viernes, 5 de marzo de 2010

El Autorretrato de Rosario Castellanos


De Poesía no eres tú (1972) aparece este poema maravilloso que describe a la poeta y a la persona con un toque de realidad que no muchos logran en la poesía:

Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia. 
Así, pues, luzco mi trofeo y repito:
yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.
Rubia, si elijo una peluca rubia.
O morena, según la alternativa.
(En realidad, mi pelo encanece, encanece.)

Soy más o menos fea. Eso depende mucho
de la mano que aplica el maquillaje.
Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo
—aunque no tanto como dice Weininger
que cambia la apariencia del genio—. Soy mediocre.
Lo cual, por una parte, me exime de enemigos
y, por la otra, me da la devoción
de algún admirador y la amistad
de esos hombres que hablan por teléfono
y envían largas cartas de felicitación, 
que beben lentamente whisky sobre las rocas
y charlan de política y de literatura.
Amigas...hmmm... a veces, raras veces
y en muy pequeñas dosis.
En general, rehuyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.
Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.
Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.
Hablo desde una cátedra.
Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.
Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.
Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.
Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.

Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.
Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.
En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.
Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.
Así pues, aquí nos habla la fea, la triste, la sola, la que enfrenta la verdad y se atreve a gritarla. Rosario Castellanos explora su yo interior a través de un poema sencillo, sincero y sobre todo universal. La poeta se posiciona quizá sin quererlo, como la voz unánime de la mujer que llora y se esconde detrás del maquillaje.

No es de sorprenderse que la poesía de Rosario Castellanos esté dotada de un sentimiento de dolor disfrazado, a ratos, con la fina ironía envuelta en versos directos, no es de sorprenderse, digo, si hemos de remitirnos a su vida de amores tortuosos e imposibles y al matrimonio que nunca le resultó del todo satisfactorio. Varias son las poesías en las que se demuestra su peculiar desencanto por la vida, su queja sin llegar al melodrama y su dolor sin llegar a la tragedia, es decir, un extracto fiel de la realidad.
En Autorretrato se puede percibir sin problemas la posición que la autora tiene frente a situaciones específicas y comunes en la existencia, concretamente, en las vicisitudes de ella misma como mujer, madre, profesionista y persona.

La verdad arrojada con prestancia llama la atención del lector y lo pone en alerta frente a la sinceridad del yo poético, tan abierta, frente a esa risa que también existe por las situaciones irremediables ante las que uno se encuentra. “Yo soy una señora” dice, un título mejor que cualquier otro de academias, una señora que bien se puede poner una peluca rubia o morena, que se maquilla y se viste, que sale a coquetear y mantiene conversaciones con la gente, que escribe en el diario y que cuida a su hijo. En fin, una señora que en apariencia, cumple con la normalidad establecida socialmente. 

Esta señora, poco a poco nos va diciendo que está triste, que se llena el alma con la soledad que extrañamente le resulta más familiar y amiga y que es la escritura el medio con el cual existe y trasciende. ¿Qué importan los parques, el bosque naciendo frente a su ventana, el estreno del cine o las exposiciones de pintura? La literatura es la salvación y la fuga: “prefiero estar aquí, como ahora, leyendo y, si apago la luz, pensando un rato en musarañas y otros menesteres”

La palabra es el medio que le permite ser en todo momento, a pesar de las convenciones sociales, el llanto que se le acumula y las terribles verdades que poco a poco se van cerniendo sobre su cabeza: que habrá de envejecer, que no es bonita, que al coquetear se ve ridícula, que su hijo al que ahora ama se convertirá en juez de su vida. Entonces, para escapar a todo eso, escribe: “Este poema. Y otros. Y otros.”

¿Por qué Rosario Castellanos llega al colmo del absurdo y reduce sus tragedias a lo trivial, como por ejemplo, al hecho de que se le queme el arroz? Acaso porque su posición en el mundo la ha eximido de esa parte que le da importancia a hechos que otros llamarían “importantes” o “trascendentales”. Castellanos propone un dolor manso que aparece frente a las cosas más nimias, quizá porque las otras le han dolido por tanto tiempo que ya no tienen significado real. Como bien lo dice, la enseñaron a llorar, el sufrimiento es un hábito bien inculcado desde la infancia y está convencida de que la felicidad no es algo abstracto, metafísico o incluso espiritual, sino que ésta consiste, al igual que muchas otras cosas, en una serie de pasos a seguir, instrucciones, guías sacadas de un manual perfecto que nunca llegó a sus manos. 

Autorretrato es uno de los textos más sinceros de Castellanos. Envuelve en sí una verdad que abarca la existencia y desnuda el alma no sólo de la autora sino del lector que se encuentra con ella. Detalle curioso es que a través de algunas frases de sutil humor se esconde un dolor profundo, familiar y triste que está a flor de piel del yo poético pero que hay que buscar con la sensibilidad correcta. Quizá el dolor está sólo debajo de un muy buen disfraz, éste se dibuja suavemente en cada una de las cosas que en el poema se describen y quien sepa aprehenderlo, sabrá que el llanto auténtico, realmente, no responde a haber perdido el último recibo del impuesto predial.


Music on: Flathead - The Fratellis
Quote: "Un fantasma no es mas que una persona que ha cambiado de costumbres" J. Joyce
Reading: "Poesía no eres tú" Rosario Castellanos

1 comentario:

Locura dijo...
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