jueves, 17 de febrero de 2022

Presentación de "La costumbre del vacío"

En enero tuvimos la primera presentación, un poco atropellada por el maravilloso caos y las manifestaciones que ocurrieron en el centro histórico y que no dejaron que gente pudiera llegar, ja.

Así que lo vamos a intentar otra vez, aquí dejo cartel e información.


Estaré muy bien acompañada por mis queridas amigas y escritoras y lectoras y cómplices de mis locuras: Michelle Pérez-Lobo y Diana Ramírez Luna (editora, además, de LibrObjeto). Se va a poner re bonito.

La Casa del Poeta Ramón López Velarde se encuentra en Av. Álvaro Obregón 73, en la colonia Roma, la presentación será en la Sala de Conferencias. 

Como dato extra: ya he tenido algunas intervenciones en medios por aquí y por allá. Dejo el enlace de una entrevista que me hicieron en Mujer Radial aquí (salgo a partir del minuto 17).


***
 

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miércoles, 24 de noviembre de 2021

La costumbre del vacío

La costumbre del vacío

Dejé el alcohol hace tiempo y no me han dado ganas de volver a él realmente. Se supone que con eso debería haber bajado de peso; conozco gente que deja el alcohol y con eso, sólo con eso, transforma su cuerpo. Para mí no. Hace años aprendí a andar en bici y rápido se me hizo hábito salir todos los domingos a pedalear unas cuatro horas. Mi novio me dijo, entonces, que así seguramente iba a perder peso. También pasa que gente comienza a moverse más de lo usual y pierde peso. Pero bueno, a mí tampoco me pasó.

A los veintitrés hice mi primera dieta y en los siguientes años, intenté no sólo dietas, sino varias cosas que mi falta de constancia y mi llanto continuo (o mi cuerpo, mi genética, no sé) me impidieron concretar: ejercicios crónicos: clases de todo lo que se pueda: spinning, step, zumba, body pump, kick boxing, natación, ejercicios de fuerza. Incluso me compré el famoso lema de que “si no duele no sirve”, y entré en una dinámica de sufrimiento, hambre y privaciones que tampoco me llevaron al éxito. Siempre que bajaba algunos kilos los recuperaba eventualmente. Y sé que esto puede tener muchos nombres: falta de voluntad, de disciplina, de constancia, de aguante, la verdad me da lo mismo. También sé cuánto hice para lograrlo (no es que ame ser una gorda), pero fracasé en absolutamente todo. En algún momento alguien me dijo que si tomaba té de diente de león seguro perdía peso. Comencé a tomar un litro diario. Sólo conseguí enfermar mis riñones. Luego, como el sentido común lo dicta, comencé a hacer ejercicio en exceso, casi todos los días, todo lo que podía y hasta lo que no podía. En dos meses de esos esfuerzos tampoco bajé de peso, en cambio me lastimé las rodillas. Un doctor me dijo que yo no debía hacer nada de esos ejercicios, que tenía un defecto en los huesos y que si seguía insistiendo en la elíptica y el zumba sólo iba a lograr lastimarme más. Y vaya, yo no quería eso, y ni modo, me quedé sentadita admirando la manera en que Murakami, que empezó a correr a sus treintaitrés, hacía maratones, y al hacerlos me recordaba mi fracaso, yo, que a esa edad ya tenía dolor de rodillas.

No tengo madera para lo que se necesita para lograrlo, pensé. Y eventualmente lo asumí, no siempre es ley que si uno se esfuerza logrará lo que quiere, a veces el esfuerzo no alcanza, a veces hay muchos factores que están ahí para impedir el éxito. En esta vida, mientras sea posible, uno puede decidir qué batallas quiere seguir peleando. Yo dejé de pelear; me resigné a que no todos podemos medirnos con la misma vara y que me tocaba asumir el fracaso.

Empecé a pensar muchas cosas, más bien, me di cuenta de que muchas de esas cosas ya las tenía en la cabeza, por ejemplo, mientras contaba mis calorías y me comía mi medio bolillo para el desayuno y mi única tortilla para la comida y me preparaba mentalmente para la lata de atún de la noche; o bien cuando hacía repeticiones en el gimnasio o cuando me bañaba en sudor y también en lágrimas y no se notaba la diferencia. Entonces, un día, todas esas cosas que había estado pensando las escribí.

También hice un recuento de hechos duros y estadísticas, así como de testimonios encontrados por aquí y por allá, tanto de gente conocida como desconocida, y me pareció que era importante complementar mis ideas con estos hallazgos. Comencé a darme cuenta de que mucho de lo que se decía en el mundo sobre el hambre, el ejercicio y el cuerpo ideal estaba equivocado. No tomo refresco y sin embargo soy gorda. Como frutas y verduras y dos litros diarios de agua y eso tampoco parece ser algo que repercuta en el tamaño del cuerpo. Me puse a pensar en por qué si estaba haciendo las cosas bien no tenía éxito. Y sentí que, si no podía arreglarlo ni entenderlo, al menos debía escribirlo.

Poco a poco todo lo que escribí se convirtió en un libro. Un libro que no pretende glorificar el fracaso ni abrazar la mediocridad, sino simplemente contar su historia y sus vericuetos, los errores y trabas, las dificultades; un libro que tampoco quiere justificar, sino sólo decir las cosas como son; un libro que cuenta, que mide y que pesa. Pensé que era importante asentar cómo fueron los procesos y cómo me fui topando con los hechos, también quería reproducir la desesperación y la necesidad de querer entrar en una talla o en un modelo de cuerpo. Yo quería hablar del hambre y de la locura que implica privarse de comer porque la saciedad deja de ser un estímulo normal biológico para convertirse en un mecanismo de culpa; hablar del hambre y de la privación voluntaria por la comida.

El resultado fue La costumbre del vacío, que se publicará con la hermosa editorial LibrObjeto, con quien estoy muy agradecida por haberse arriesgado a tener en su catálogo un libro incómodo y extraño que sin embargo contiene cosas necesarias y dolorosas. Por mi parte, como me cansé de seguir intentando perder peso, enfoqué mis esfuerzos en la escritura, y en que con ella pudiera cerrar un capítulo y así dejar de refugiarme en el vacío como religión, como una costumbre que por ser gorda tenía que obligatoriamente conservar.

Ya para terminar, hay un hecho consignado en el libro que no deja de darme vueltas en la cabeza. Hay gente que muere de hambre en el mundo, porque no tiene nada qué comer; mientras en otros lugares hay gente que tiene todo a su alcance y decide voluntariamente dejar de alimentarse porque hacerlo implica una culpa enorme, una vergüenza, un fracaso. ¿Por qué sucede esto? ¿Qué está tan mal en nuestra sociedad para que la gente se someta a eso? Es una pregunta que no he podido responder completamente, pero al menos he dejado de consagrarme a ese dios del cuerpo esbelto al que se le adora y se le ofrenda con hambre. Escribo estas últimas líneas mientras me como un plato de cereal con plátano y leche, cosa que antes estaba prohibidísimo y me generaba una culpa inmensa. Ya me cansé de estar hundida en tales aguas. Quizá soy una mediocre, si me lo dicen puedo vivir con eso, siempre que me dejen comer.

***

Este texto fue publicado originalmente en Los Ojos del Tecolote.

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lunes, 8 de noviembre de 2021

El comienzo

Un día, por ahí de 2017 mandé un poema a un concurso. Y ganó. Es curioso porque este poema lo estuve trabajando en un taller y me dijeron que era muy largo, que no se entendía bien, y medio me desanimé, pero decidí no hacer caso y hacerlo más largo y más críptico. Siempre hay ojos que opinan distinto, afortunadamente. Lo pongo aquí porque se publicó en un librito que no sé si se consiga, la verdad, y pues es un poema que me gusta.




El comienzo


Cayó el invierno sobre tus párpados y el cielo se pasmó de rojo.
Tardé el llanto en limpiar la sangre que no era tu sangre,
el cansancio marchitó los ímpetus
y volcó su savia en los dedos de la plaga.
 
    Querido:
    Voy a contarte ahora la historia del comienzo.
 
Desde la espuma de lo perdido,
una última oración quiso quebrar la sincronía del tiempo.
Los días pasaron en silencio,
cuidaban palabras que, como las piedras, resistían los embates del
vacío.
 
Dormí gritando sentencias que nunca habrían de conocer el aire
y desperté en un lecho desconocido
que se iluminaba penosamente con la calma del amanecer.
Tenía los ojos dirigidos al norte.
—Al norte, hubieras aprendido a decir, al norte.
Porque aunque todavía no lo sabías,
hacia allá alumbraba la estrella de tu nombre.
Decidí llamarte Arturo, no por el rey glorioso, sino por el astro,
porque la memoria de mis padres apuntaban a noches largas de mirar
estrellas,
a jornadas limpias de avistar centelleos y aprender constelaciones.
 
Al norte, habrías dicho, ya en tus primeros años
y en tu palabra comenzaría el aprendizaje
y el observar los astros como legado.
 
Cuántas veces quise mostrar el cielo a tus brazos tiernos,
enseñar las letras a tus labios y las nubes a tu frente.
Y quise también ser el regazo que sofocara la tristeza;
pero fui sólo la mano que juntó la tierra para tu apresurado descanso.
 
    Querido:
    Mienten los que dicen saber lo que se siente.
 
No es sólo el deseo por revertir lo hecho,
es el silencio helado entre la carne y el escalofrío que surca
incluso las lágrimas;
no es el tiempo que ha faltado ni el error desconocido,
es esa suerte de hueco que me dice que de algo sirve el lamento,
esa urgencia de decirte todo, aunque no lo haya comprendido,
el deseo de enunciar con cuidado cada letra
para construir una verdad que me haga menos insatisfecha,
es esa gotera roja que no acaba de arder en mi vientre
y que busca echar raíces
pero no puede.
 
Apenas te supe tuve un sueño:
una voz me cantaba que tendrías unos ojos grises que se irían
haciendo oscuros con el tiempo.
Poco después el vaivén de tu pequeño cuerpo empezó a hacerse lento.
Y cuando dejé de saberte entendí que el sueño era un anuncio,
oráculo de verdades temibles:
el negro de tus ojos era la hoz que extendía la oscuridad
hacia adentro.
 
   Querido:
   El refugio se secó y sólo tú supiste que la noche sería
   la única linterna.
 
Yo llenaba el cántaro encerrando un tiempo,
cantaba a la nada esperando un eco de regreso.
Dolía la espera,
de mirarla tanto le hallé el cuerpo:
un anfibio deforme con múltiples lenguas y hedor a incienso rancio:
tenía pestañas poderosas como fauces que rompían las sábanas,
gritos burbujeantes de estertores flotaban de su mandíbula
y siluetas deformes se agazapaban en los pliegues de su propia baba.
 
Como una niebla ingrávida,
mis cobardes palabras flotaban fracturadas.
 
   Querido:
   Comencé a hablarte porque no sabía.
 
Di las lecciones que no podía esperar hasta mirarte,
pensaba en el futuro ignorando que tus respiros de bruma
volvían el aliento al fondo,
a la cueva vedada a los pedazos de mi boca.
 
Entre la ciega angustia de la ignorancia,
el tacto pulverizó los atajos
cual vuelo impostergable de pájaros furiosos.
Mi mano comenzó a temblar deshecha en la profundidad de la madrugada.
Piel adentro la quietud reinaba,
la semilla marchitada se dolía de desesperanza.
 
Entonces las preguntas empezaron a llover de la estancia y,
como hormigas ponzoñosas,
cada una caminaba hasta las raíces de mis huesos:
qué sendero andar para dar fin a lo que nunca tuvo inicio,
qué poner en tu piel recién bañada,
cómo arreglarte el ceño si aún no te conocía,
qué atuendo vestiría la noche,
con qué alhajas de adiós se adornaría.
 
La duda estaba instalada con un zumbido de ponzoña,
con olor a vinagre y sal envejecida.
 
   Querido:
   Tu cabello apenas crecido cascabeleaba despacio al ritmo  
   de la angustia.
 
Que nadie sepa de las sombras, me dije.
Que nadie note que no puedo deletrear esa verdad
amagada entre mis pestañas entumecidas.
Que nadie hable de esta certeza helada que marca el sendero
del desierto.
 
Quise contarte que esto no fue así todo el tiempo.
La realidad no nos derrumbaba y se podía dormir en calma;
pero la presencia constante de la verdad derrotaba mis intentos,
y ahora sólo tenía entre la carne
un anhelo agujerado con la constancia abatida,
y esperaba cuervos que llegarían hambrientos, volando impetuosos
con sus plumas de hierro,
a deshacer la sábana con que tapaba mis intentos.
 
   Querido:
   He cuidado de ti mirando el reino de los insectos.
 
Te hablo y te imagino con la devoción que enciende la ignorancia.
—Mira a la distancia, te digo,
un rayo de sol asoma y pinta las montañas de rosa.
Mira los árboles, las estrellas, el mundo entero, te digo.
Pero las cosas las miro sola
y las imagino a través de tus ojos desconocidos,
tus ojos:
la negrura y el presagio que no supe entender en tus ojos.
 
Estoy atrapada en un tiempo que no comprendo,
y tengo nada más diez uñas que no alcanzan,
diez uñas quebradas que no pueden salvarte del encierro.
 
   Querido:
   No dejé de alimentar lo que creía eran tus latidos.
 
Mis venas irrigaban sangre viva a las cavernas del gélido silencio,
hasta que un escalofrío despertó mi conciencia errada
y el grito de todos los muertos retumbó en la calidez de mis empeños.
 
   Querido:
   Quiero convencerte de que esto es sólo la puerta del comienzo.
 
Esta tierra no es la desembocadura de los esfuerzos arrojados al vacío,
no es ésta una cárcel sino una puerta a amaneceres que yo no
pude regalarte.
 
—Ya no temas, te digo,
hoy es el último intento.
He contado trescientos sesenta y cinco días y aún más
porque ignoro el momento exacto,
la noche me engaña, el hormigueo nunca fue el mismo.
 
He cumplido tu primer año, querido, porque es el tiempo
que dura cualquier ciclo.
 
Escucha una última vez
cómo mis manos escapan de los frescos bordes de la tierra:
hoy la mezcla de barro y agua
llegará a protegerte más de lo que yo he logrado.
 
Pronto vendrá la hora de remover el luto,
espera,
hay rituales que deben continuarse hasta que la memoria
les permita la consagración;
yo te enseñaré,
con la alegría del primer descubrimiento,
qué significado guarda el pasar de los astros
y te seguiré hablando hasta que mi voz se acabe
o lleguen las lágrimas a florecer el campo.
 
Ya no hay nada que te ate a mis inútiles deseos,
pronto habrá tiempo para perdonar los recuerdos,
para cambiar las flores de esta vida por un sueño.
 
Erigiré un palacio, donde el silencio sea palabra
y la oscuridad incendio,
aquí, en las fuentes de plata que salvan el cauce de los naufragios
y encienden los precipicios hasta la llegada del alba.
 
Llegará un último granizo para cortar la oscuridad tiránica
y fracturar las rejas que alimentan la humedad de las tinieblas.
 
Quiero creer que el futuro no te hará desaparecer por completo,
que entre la niebla suave del silencio encontrará tu voz su camino
y que los mismos astros que me enseñaron a hablarte
llevarán entre tu mano la llave de un mejor camino.
 
El monstruo de la espera recuperará la forma primigenia
de las buenas nuevas;
y mis uñas, maceradas de intentos,
habrán de retirarse de su guardia de nostalgia y sufrimiento.
 
   Querido:
   tus cuencas informes ya no serán presagios,
   nacerá una última luz para atravesar la tierra,
   con pasos inaudibles
   marcará la pauta del comienzo.


***

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martes, 2 de noviembre de 2021

28 de octubre y la nueva alegría

El 28 de octubre de 2013 fue un parteaguas importante en mi historia personal. Yo ya no debería hablar de eso, pero hay cosas que me siguen dando vueltas y que vuelven. Y justo en este momento me parece importante sacarlo a flote porque me puso a reflexionar sobre el viejo adagio que insiste en las vueltas que da la vida. 

Ese día, en 2013, una persona (no sé si llamarlo novio) me aplicó ese "tenemos que hablar" que siguió de una muy elegante manera de decir que ya no quería estar conmigo y todas esas cosas que se dicen cuando se busca terminar con alguien. Y bueno, la verdad es que ya con perspectiva y el bonito pasar de los años, me doy cuenta de que el cortón no fue lo feo, sino la mentira, porque no me dijo que me dejaba por alguien más, y yo me enteré dolorosamente semanas después. 

Recuerdo ese día y los que le siguieron porque se caracterizaron por una desconexión muy fuerte de mí misma con el resto de las cosas. Fue extraño, el mundo seguía rodando y por supuesto que mi pequeña tragedia era intrascendente, pero yo no podía dejar de sentir que me quedaba atrás, que no estaba en sintonía con nada de lo que me rodeaba. Entonces hice cosas (el tipo de cosas que se hacen quesque para cerrar ciclos): me pinté el cabello y unos meses después me hice un tatuaje. Y eso me ayudó a redefinirme y ubicarme con menos dolor en una nueva realidad.

Para no seguir ahondando en la tragedia, quiero decir que el 28 de octubre de este año yo iba a escribir algo en mi Facebook para rememorar el día de la desgracia. Pero en cambio logré suplirlo con una buena noticia y, como ya me ha pasado en otras ocasiones, traté de conservar los recuerdos como lo que son, como parte de mí, pero no lo único que me define, y le di paso a la buena noticia con los brazos abiertos, la buena noticia que llegó justo un 28 de octubre, como si el mundo me dijera que ya puedo tener un recuerdo hermoso en este día.

Así fue que salió la noticia de la preventa de mi nuevo libro, y se hizo la mini campaña de promoción en redes y ya gente lo quiso comprar aunque aún no lo entregue la imprenta. Ese día lo guardaré entonces como el día en que la editorial y yo dimos conocer de manera oficial "La costumbre del vacío", y yo decidí enfocar mis esfuerzos en él,

Aprovecho el comercial para informar que todo lo que necesitan saber sobre la preventa está en la página de LibrObjeto. Más adelante escribiré algo más profundo sobre el libro en sí, pero por el momento dejo la invitación a adquirirlo.






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miércoles, 1 de septiembre de 2021

La "salvación" del olvido


“Quizá sobreestimamos la memoria. Quizá es mejor olvidar. Denme el Proust del olvido y lo leeré mañana”, escribió Francisco Goldman al rememorar a Aura Estrada y el dolor que le causaba su muerte. Creo que todos hemos coqueteado con la idea de que el olvido nos salvará del dolor, pero el dolor ¿no es acaso parte de la vida?

Hace unos días volví a la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, de Michel Gondry. Volví y reconfirmé que el final no es un final feliz. Quizá en 2004, cuando salió por primera vez, en mi ingenuidad sí me pareció la alternativa perfecta, romanticé las segundas oportunidades y me pareció hermosa la posibilidad de deshacerse de aquello que lastima. En aquel año tenía varias cosas que quería borrar y obviamente una perspectiva bastante cerrada al respecto. Hoy afirmo sin miedo que el olvido es más doloroso que todo recuerdo.

La premisa de la película es muy coherente y universal, ¿a quién no le ha sucedido que después de una experiencia devastadora, lo único que quisiera es no haber tenido que pasar por ahí? Y, además, ¿cuánto tiempo nos atormenta terriblemente un recuerdo que se clava en la memoria y por más que queramos no lo podemos sacar? ¿No incluso pensamos que seríamos felices, muy felices de no tener ningún registro al respecto? En la película se obtiene esa posibilidad mediante un método que más o menos resulta convincente y, entrados en el pacto de ficción con Gondry, lo compramos sin problemas a pesar de las nebulosas bases científicas que nos presenta.

Joel y Clementine mantienen una relación que se podría tildar actualmente como “tóxica”. Se aman, sí, pero es tan intenso el asunto y ambos son tan apasionados en sus propias formas que terminan haciéndose daño (esto es tan asquerosamente real y en otro momento habría que hablar de si eso es o no amor). De modo que se separan de manera dolorosa y su forma de aliviar ese dolor es el olvido de la existencia del otro. Clementine acude a una suerte de clínica en la que se encargan de borrar todo recuerdo relacionado con Joel. Joel eventualmente termina en la misma clínica rogando por el mismo “tratamiento”. Pero Joel tiene una serie de revelaciones en el proceso y ante ciertos episodios (que pasan frente a sus ojos mientras sucede el proceso de eliminación) siente arrepentimiento.

El hecho es que, aunque su relación estaba llena de cosas horrorosas, también tuvo sus luces y sus alegrías. Es clásica la escena de ambos acostados sobre el río congelado en una burbuja de perfección del instante. “Podría morir ahora mismo, estoy exactamente donde quiero estar”, dice Joel. Ahí está la evidencia más grande de la luz y belleza de sus encuentros, de la felicidad, y de esa sensación de perfección que lo hizo sentir que ya ha terminado de vivir y puede morir en completa paz.

Tiempo después de la ruptura, mientras el cerebro de Joel está siendo analizado y los técnicos focalizan los recuerdos que debe borrar, él, desesperado, busca comunicarse con ellos: “Déjame conservar este recuerdo”, les implora, pero el sedante no le permite moverse ni hablarles. Joel quiere resistirse al proceso y tiene un leve grado de éxito porque algunos recuerdos de Clementine permanecen. Y es por esos recuerdos que eventualmente da con ella y le hace ver y recordar lo que fueron.

Después de muchas vueltas y escenarios de locura ingeniados por Gondry, que remiten bastante bien a lo que suelen ser los sueños, Joel y Clementine se encuentran de nuevo en la realidad, aún a pesar de que ambos han sido “borrados” de la mente del otro. En su momento me pareció hermoso que pudieran hacer las cosas bien, pero luego pensé ¿cómo lo van a hacer bien si no tienen registro de lo que hicieron mal? Jamás van a aprender de sus errores y si uno no puede aprender de ellos es casi un hecho que la inercia de la propia personalidad bajo las mismas circunstancias va a desembocar en los mismos resultados.

El momento en que coinciden y deciden recomenzar es una epifanía, y, aunque se dan cuenta —mediante las grabaciones de sí mismos que rescataron (o robaron) de la clínica— de lo que les ha sucedido deciden retomar y tratar de no romperlo todo otra vez. Su decisión es tal porque no tienen real registro en la memoria al respecto, ¿acaso unas grabaciones serán suficientes para ayudarles? Les ha faltado la experiencia, el recuerdo, la verdadera catarsis. Podríamos pensar, y quizá yo lo hice en su momento, que el amor lo puede todo y que, como ambos se amaban intensamente era imposible que no volvieran a estar juntos; incluso podríamos refugiarnos en el pensamiento de que estaban hechos el uno para el otro o algo así. Sin embargo, existe algo terriblemente triste en su situación: lo que se esconde bajo ese final “esperanzador” es la lección de que el olvido nunca es una opción para ser más felices, en este caso les funciona como un placebo, pero no es difícil vislumbrar que al final terminarán odiándose y sufriendo, exactamente como la primera vez antes de olvidarse.

Gondry, además de la historia principal, enfoca el tema del recuerdo dañino a otros de sus personajes. El doctor líder del maravilloso olvido se ha valido de su invento para fines propios y repulsivos. Ha borrado la memoria de su asistente tantas veces por su propia cobardía y para “no lastimarla”. Así, es incapaz de asumir el sinnúmero de aventuras sexuales que ha mantenido con ella y que no conviene que ella tenga presente. Esto es terrible. El olvido no debería ser jamás una solución.

La vida tiene sus dolores y no hay forma de escaparlos. El olvido de este dolor no es una salida, al contrario, es una condena que nos llevará a andar los mismos pasos. Sólo el recuerdo y por supuesto el aprendizaje podrá salvarnos. Gracias a esa lucidez, de repetirnos hasta el hartazgo todas esas cosas que incrementan el dolor, acaso podremos aprender para no repetir. El recuerdo forja lo que somos y en este hipotético planteamiento, al ser como nuestros ingenuos personajes, estaríamos optando por un olvido que irremediablemente nos llevaría a cometer los mismos errores de nueva cuenta.

¿Qué deberíamos elegir, si pudiéramos? Yo, aunque me lastimen, prefiero una buena carpeta de recuerdos antes que el olvido que, de paso, me estará perdiendo también a mí misma y a la que seré a partir de la experiencia.

***

Este texto se publicó originalmente en el sitio Los Ojos del Tecolote.
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Music on: The future - Leonard Cohen
Quote: "La persona muere, pero no piensa, no puede creer que está muriendo." Svetlana Alexiévich
Reading: Poeta chileno - Alejandro Zambra

martes, 24 de agosto de 2021

Lighthouse

Hay una persona a la que extraño. 
Hay una persona que dejó de ser la que extraño. 
Pero extraño a esa otra que era antes de que dejara de ser.
Tal vez no dejó de ser y siempre fue y ya. 
Y yo me enamoré de algo que no existía.

***
Es tan triste que no hablemos. Es aún más triste que cada que hablamos, nos enojamos, peleamos.
Y es todavía más triste que lo último que nos escribimos por Whatsapp fue "Qué flojera". 
Corrijo, no; es todavía todavía más triste que después de tantos años de estira y afloje y otros más de supuesta curación de mi parte, de no pensar, de no querer verlo, de no escribir, aquí estoy hablando de él porque hay una canción que estoy segura de que él la amaría (si no es que ya la ama). ¿Cómo no la va a amar si el mismo YouTube solito me puso después "To build a home" de The Cinematic Orchestra que él ya ama?
Y porque quiero escribirle y mandársela pero también porque no quiero hablarle y peleas, aquí vengo, a quedarme en esta comunicación que antes, ya quién sabe cuánto tiempo hace, era efectiva y real. 
Esa persona ya no tiene su blog, ni su cuenta de Twitter ni me acepta en Facebook ni me escribe ni me llama (bueno, eso de llamar no era su fuerte). Es como si todo aquello que existió cuando existimos ya ha dejado de ser. Se desvaneció como todo se desvanece sin remedio todo el tiempo cíclicamente, inevitablemente.
Qué triste que sólo pueda dejarle esta canción aquí, por el bien de nosotros mismos.

***
Ten, Erick, sabor de sal, de trigo, de miel entre las veredas de la carne...





Music on: Lighthouse - Patrick Watson 
Quote: "Sometimes I think language should cover its own eyes when it speaks". Anne Carson
Reading: Habitantes del aire caníbal - Iliana Vargas

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martes, 27 de julio de 2021

La falsa eternidad





Somos dados a pensar en la eternidad, o al menos en que, a pesar de que las cosas cambien, siempre habrá algo en nuestras vidas que será constante y que estará ahí sin importar lo que suceda. Más o menos así se piensa cuando uno se matrimonia y cuando tiene amigos muy queridos y cuando encuentra el trabajo soñado. Existe ahí ese deseo de que haya cosas que se queden y que aguanten a pesar de que todo lo demás se caiga.


Tristemente no es así. Y cuesta trabajo entenderlo porque el discurso de lo eterno inunda las películas con sus historias de finales felices. Por lo general la realidad es más tremenda que la ficción, y cuando en la ficción las historias son terribles como en la realidad no hay el mismo auditorio entusiasta que las quiera ver.


Quizá nos gusta creer en lo eterno (al fin y al cabo, la religión que domina en el país incita a que esa es la verdadera recompensa), entonces trabajamos para que las cosas sigan iguales sin pensar que esto es imposible. Una vez más me suelto a escribir a partir de lo que pasó en Facebook, porque todos los días reviso mis recuerdos y hay ocasiones en que termino sorprendida de estos cambios en mi vida. Me tocó ver un álbum de fotografías que subí en julio de 2011 sobre una “fiesta de despedida” que hicimos mi amigo Fernando y yo puesto que al mes siguiente nos embarcaríamos a la aventura de estudiar la maestría fuera de la ciudad. No me sorprende verme distinta a mí, porque yo no he cambiado físicamente casi nada. Más bien es la gente, pues de la mayoría de los invitados reconozco que en nuestra relación hubo un quiebre, un cisma, un distanciamiento declarado y explícito. 


No crean que no me pongo a pensar seriamente si la del problema soy yo, si la que ha roto los lazos soy yo y que nada más le estoy echando la culpa a la circunstancia, a la evolución, a los cambios en la existencia, a la madurez o a cualquier otra cosa que se me pudiera ocurrir. Muchas veces he pensado que he sido yo. Y a ratos me lamento y pienso que estoy mal, pero también me pasa que entiendo; es decir, ya he procesado la verdad de que mucha gente no tiene sentido de seguir ahí, y que sí, hay casos en que yo misma la he hecho a un lado, pero no dejo de estar convencida de que ya no tenían nada que hacer cerca. 


Tampoco es tan así en todos los casos. En las fotos aparece mi novio de entonces, que con todo lo que pasó y ya viéndolo en perspectiva, ni siquiera sé si deba ponerle la etiqueta de novio. Voy a detenerme en este caso. Sí, algo teníamos ahí los dos, en esa fiesta estaba él y un par de amigos suyos (que eran novios). Él terminó conmigo en 2013. La pareja que entonces conformaban sus amigos se deshizo más o menos en ese año o uno después, quizá. Ahora ella está casada con otra persona y tiene un bebé y un perro. A él hace un par de años lo topé en una feria de libro y lo incorporé de nuevo a mis amistades de Facebook, pero eso no significó la gran cosa porque ni hablamos. Mi exnovio me tiene bloqueada de Facebook y Twitter, del Whatsapp no, sólo porque no tiene mi nuevo número; de Instagram no, pero da lo mismo porque su cuenta es privada. En fin, en esas fotos la historia era muy diferente. 


Me detengo en otro caso. Mis amigos de entonces. A uno lo eliminé porque se convirtió en gordofóbico, esto ya tiene algunos años que sucedió. A otro lo quité hace unos meses porque me cayó mal su delirio de superioridad y juicio. A otra amiga la perdí porque no la invité a mi boda (el caso es mucho más complejo para este breve espacio) y ese evento generó un cisma irreparable. Otra más no es que me haya dejado de hablar, simplemente nos distanciamos y como hace poco fue su cumpleaños me nació escribirle algo, ella me respondió diciendo que tenía las puertas abiertas de su casa y que no había ni enojo ni rencor o algo así, ¿rencor? Yo no había contemplado siquiera que pudiera haberlo, entonces no entendí nada. Bueno, supongo que algo se podrá hacer ahí. 


Viendo las cosas en perspectiva entiendo que la vida, como decía mi mamá, da muchas vueltas. Aquella amiga a la que no invité a mi boda basaba sus argumentos de amistad en la eternidad. Ni modo, hay cosas que no se pueden sostener (el asunto es de verdad mucho más complejo), ya que todos tomamos las decisiones que en ese momento consideramos mejores para nosotros y nadie tendría que reclamarnos por ellas.


Es muy curioso cómo se dan en ocasiones las cosas. La vida es verdaderamente impredecible y no deja de sorprenderme lo diferente que es al día de hoy en algunos aspectos. Muchas cosas no dependen nada más de uno y creo que es importante darse cuenta de que la nostalgia por la amistad no es suficiente para sostener una que se está desmoronando por nuevos factores y porque cada vida cambia hacia direcciones insospechadas. 


Hace tiempo me dolía, quizá ahora soy demasiado radical porque he decidido cortar de tajo en muchas ocasiones. Vaya, a mí también me lo hicieron y sigo viva. Lo entiendo como parte de existir. Afortunadamente, siempre hay nuevos encuentros, nuevas amistades y relaciones afectivas que se dan a partir de las personas en que nos hemos convertido. Después de esa fiesta he conocido a tantísima gente (a mi esposo no lo conocía entonces y de no haberme ido seguramente no lo hubiera conocido). Si por alguna razón ya no me identifico con ciertas compañías entiendo que es por múltiples razones y sobre todo porque la eternidad no existe, mientras que el cambio sí, la perspectiva distinta, la evolución. Parecen pretextos, pero a mí me resultan verdades fundamentales.


No deja de dejarme pensando todo lo que se va, lo que se pierde. Aunque por ahí hay cosas que siguen y me dan esperanza, también las veo como pasajeras, porque nada tiene la garantía de permanecer para siempre.



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Music on: Alewife - Clairo

Quote: "La persona muere, pero no piensa, no puede creer que se está muriendo". Svetlana Alexiévich
Reading: Bajo el volcán - Malcolm Lowry

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jueves, 22 de julio de 2021

Reseña del libro "Los divinos" de Laura Restrepo



Laura Restrepo consigue, con el excelente manejo del lenguaje, una historia narrada en voz de uno de los personajes centrales de esta novela: apodado Hobbit (entre otros) cuenta como un testigo lejano, pero al mismo tiempo cómplice, la tortura y asesinato de una niña de siete de años a manos de uno de sus compañeros de escuela.

El tema de este libro es la violencia. Es parte fundamental y motivo de la novela esa violencia que un hombre adinerado ejerce frente a una niña pobre. Pero por otro lado, y quizá de manera velada pero muy central para el actuar de los personajes, el poder y la conciencia de impunidad que conlleva este poder son el eje conductor del libro.

Cada capítulo está titulado con el nombre de uno de los cinco miembros de esta hermandad o banda de amigos llamada los Tutti Frutti, a excepción del capítulo central titulado “La niña” en donde se cuentan los pormenores del crimen. La banda está compuesta por cinco personajes, todos con sus características peculiares, pero todos también adinerados y de cierta posición social. Como toda banda, la alianza de complicidad es casi una obligación, algo que no se discute. La hermandad y la amistad existe en ellos para cubrirse las espaldas en las buenas y en las malas, aun cuando uno de ellos sea un asesino.

Sin embargo, luego del crimen cometido por el llamado “Muñeco”, el resto del grupo se ve escindido y fuera de balance. A partir de este hecho se demuestra que su tan sonada hermandad se quiebra cuando cada uno necesita ver por su propio beneficio y no importa perjudicar a los demás si es por salvarse sólo a sí mismos. El “Muñeco” traspasa los límites “regulares” de sus maneras de diversión y su grupo de amigos se muestra dispuesto a ayudarlo, hasta que, por distintas circunstancias, deja de hacerlo y, quien decide continuar en la lealtad, corre con la peor de las suertes.

Laura Restrepo escribe esta novela inspirada en hechos reales: un caso bastante sonado en Colombia en el que Rafael Uribe Noguera, bogotano de clase privilegiada, asesina a Yuliana Samboní, una niña de siete años de uno de los barrios pobres de la ciudad. En la novela la autora busca demostrar la desigualdad que existe en la sociedad colombiana, donde muchos de los jóvenes adinerados se sienten con el derecho de utilizar a aquellos que no pertenecen a su mismo estatus social, y donde la muerte de una niña de zonas marginadas trasciende sólo por la denuncia unida y organizada de la gente que pone de cabeza la ciudad para exigir justicia por el asesinato. Y lo logra. La autora nos revela una muchedumbre fúrica que como en Fuente Ovejuna quiere tomar las riendas del caso y condenar al asesino que es arrestado en un edificio de departamentos.

Con maestría y una disección cuidadosa de los hechos, la autora cuenta esta historia a partir de las particularidades de cada uno de los miembros de la banda. A lo largo de sus breves capítulos nos deja ver algunos rasgos propios de su época, así como sus gustos en música, lugares, comida, sus expresiones, espacios de divertimento y costumbres. Al mismo tiempo, aunque de manera sutil, retrata cómo entre los cinco amigos, también existe una diferencia de clase y un rol propio que deben seguir para seguir formando parte de la élite imaginaria del grupo.

El libro contiene pocos detalles del asesinato en sí. Se concentra más en el “entierro” ejecutado con flores y adornos en el agua. Curiosamente nos muestra apenas lo suficiente del asesino en sí. Su participación más cuantiosa está en la orquestación de su propia huida donde se aprecian su cinismo y su sangre fría. El asesino, entonces, se construye sobre todo a partir de las impresiones y opiniones de sus amigos y concretamente del narrador protagonista quien, de una forma cobarde y casi obligada, contribuye a entregar evidencia incriminatoria.

Esta novela es muestra de la gran maestría de Laura Restrepo en cuanto a la estructura narrativa y la manera tan inteligente de presentar personajes que de a poco van contribuyendo a una historia del poder que pudre y permite que la violencia y el asesinato se vean como una pequeña consecuencia para conseguir lo que se quiere.


Restrepo, Laura, Los divinos, Alfaguara, México, 2018


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Este texto se publicó originalmente en el sitio web: Fahrenheit 452

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Music on: I'm outta time - Oasis
Quote: "Toda palabra está de más / Estar de más duele" Berta García Faet
Reading: Antes del exilio - Jazmín García Vázquez