martes, 4 de abril de 2017

Stretch out and wait



Hoy te escribo porque de repente me acuerdo de ti, y de repente la nostalgia es muy grande y las preguntas muy recurrentes. Y escribo.

Hace unos días recordé el tiempo que pasamos juntos, si es que se puede recordar el tiempo como una unidad específica e indisoluble; yo creo que sí, como un bloque desperdiciado. Pensé en ti y en que yo estaba en el lugar correcto, pero no. Y ese pero no era sólo porque faltabas tú. Sí, a pesar de todo, de todo y de todo, faltabas tú.

Sé que lo sabes: son canciones que me hacen pensar en ti. Y también sé que nuestros recuerdos son distintos porque en ellos ya ni siquiera estoy yo: sigues escuchando las mismas canciones pero con otra persona, fui sustituida, inserte nueva persona aquí, adiós.

Esa noche quise escribirte, pensé que quizá estabas también ahí; pensé usar la tecnología y decirte nada y todo, así como lo hacía aquel bello gato aristócrata del Facebook... antes de que me bloquearas la comunicación por ahí (el Messenger es una cosa rara, por cierto, porque a pesar del bloqueo puedo leer todas nuestras conversaciones y, cuando mi confusión de demasiado grande, las leo, esperando entender). En fin, pensé decirte sin decir, y sabía que entenderías (porque te conozco, porque es real que sigues siendo el mismo, pero bajo otras circunstancias). Pero después reparé en la inutilidad del caso, en amargarme mi concierto al no recibir respuesta o en romper mi tranquilidad recibiendo una. Mejor así, no hay que tentar al diablo.

Así que pasó esa noche y el gusano de la escritura seguía. Y aquí está. Escribo no sé bien por qué, quizá solamente para ayudarme a entender un poco más de todo lo que aún no entiendo. A veces quisiera decirte que lo lamento todo, muchísimo, lamento haber actuado como actué (pero es que cuando te destrozan la vida es difícil ser racional), lamento no saber de ti ni poder hablar contigo.

En fin. Con esto no quiero que pienses que estoy deshecha aún; no, en general estoy bastante bien. Es sólo que sigue sucediendo, en ocasiones, que esa arañita que vive en mí y que tiene tu nombre porque nació cuando te fuiste se mueve un poco de aquí para allá y me hace pensarte. Y como sé que no hay nada mejor que hacer al respecto, escribo.

Music on: Álafoss - Sigur Rós
Quote: "No se puede dedicar el alma a acumular intentos". Shakira
Reading: Bisonte mantra - Luis Jorge Boone

lunes, 27 de marzo de 2017

¿Por qué me importa tanto ser delgada?

Y, sin embargo, no lo suficiente. No, no lo suficiente como para dejar de comerme una crepa de nutella y unos hot cakes o unas enchiladas. Soy mediocre. Si en verdad me importara tanto ya estaría acostumbrada a que no puedo comer nada que tenga carbohidratos, pero no, igual me los como porque la comida sí me llena el vacío existencial, por muy triste que eso sea. Y porque eso de acostumbrarme me cuesta mucho trabajo.

Pero luego viene el arrepentimiento, ¿por qué me tuve que comer ese pan si no había ninguna necesidad? Ah, porque es tan cómodo hacer lo simple, lo sencillo. Ni modo, yo soy de esas que hacen lo que se puede hacer sin ningún esfuerzo, así que me como el pan y la hamburguesa y el churro con chocolate, porque quiero y porque la comida es una maldita droga deliciosa que de momento me hace sentir bien.

Aunque también pasa que me siento tan mal y tan incapaz de dejar de comer, que voy y me inscribo al gimnasio, el cual odio, y me dedico con todo el dolor de mi corazón y de mi obeso cuerpo, y voy diario o casi diario a chillar y a seguir intentando. Hasta que de pronto por tanta obsesión por hacer algo y que no me digan que no me merezco un pan (por Dios, llevo una hora en la caminadora, dame mi pan), me pongo al límite de mi cuerpo y termino lastimada.

Así es, el saldo de dos meses de gimnasio es cero kilos menos y dos rodillas lastimadísimas, que truenan y duelen de sólo doblarlas. Qué satisfacción ¿verdad? Es la prueba de que todo el esfuerzo se recompensa, de que sí funciona eso de joderse en el ejercicio a cambio de la delgadez. Estoy más gorda que nunca y, encima, lastimada. Eso significa que si deseo dejar de subir de peso, al menos, debo otra vez dejar de comer.

¿Por qué me importa? No lo sé. Nunca voy a ser verdaderamente feliz, siempre algo me va a hacer sentir mal; de momento es lo gorda, hace unos años era no ser correspondida, hace más tiempo era no poder con la tesis, siempre hay algo, un pequeñito drama que no se resuelva. Por lo mientras, después de desnudar mi patética existencia, me queda encerrarme en mi casa a llorar hasta que ya no pueda abrir los ojos. Y comer, claro, porque eso me hace sentir muy bien.

Son remedios absurdos y estúpidos para una vida ordinaria y simple, por no decir insignificante y miserable. Así soy, así las cosas.


Music on: Running up that hill - Placebo
Quote: "Y no se muere una, / hace sólo el ridículo con su pequeña muerte / que es sólo una niña azorada". Enriqueta Ochoa
Reading: La joroba - Andreas Kurz

lunes, 6 de marzo de 2017

Presentación de "¿No habrá puerta de salida?"

Mañana presento mi nuevo libro, estoy nerviosa, es la primera vez que siento que esto es serio, no estoy segura de por qué, quizá porque me presenta gente que ya tiene un camino recorrido en esto de la poesía, y que se enfrenta a mis poemitas, que yo sigo viendo como muy de adolescente.
Como sea, espero tener casa llena.



Music on: Valtari - Sigur Rós
Quote: "He dejado mi cuerpo junto a la luz / y he cantado la tristeza de lo que nace". Alejandra Pizarnik
Reading: Fuego 20 - Ana García Bergua

martes, 14 de febrero de 2017

La niña normal

A veces sí quisiera serlo, la niña normal. Pero hasta mi mamá me lo dice, que desde chica siempre fui "rarita". Hace unos días me enteré de la muerte de uno de mis profesores de la preparatoria. Alguien lo puso en Facebook y de ahí todos nos enteramos. Lo leí y claro que lo lamenté, no tengo el corazón de piedra, siempre es triste que alguien muera y sobre todo cuando sabes que no es una persona particularmente vieja. Siempre te ayuda a dimensionar la finitud de la vida, lo increíblemente efímero que es todo.

Sí, pero de eso a lamentarnos colectivamente, nosotras, sus alumnas, bueno, ahí sí ya no le entro. Sí fue mi maestro, sí era bueno; tampoco tengo el nítido recuerdo como no lo tengo de casi toda la preparatoria -años perdidos de mi vida- porque fue una época poco memorable y sobre todo porque después de esos años yo me desentendí de las matemáticas y de todo lo que tenía que ver con esa escuela. Sí, era un hombre que era amable con mi familia, que me llevaba a la escuela a veces y quizá debería ser más empática por eso, por ese detalle exclusivo. Pero no.

Y es que en realidad, ¿de qué nos sirve darnos golpes de pecho por alguien a quien dejamos de tratar desde hace más de diez años? Nadie sabía siquiera que el hombre estaba enfermo, todas nos enteramos por el Facebook. Pero por cosas que aún no logro entender, ése justo era el mejor momento para decir que fue una excelente persona. Así que una compañera formó un grupo para organizarnos para ir al funeral o bien para comprar entre todas una corona. "Que se vea que sus alumnas lo recuerdan", algo así dijo alguna. ¡Pero si ya está muerto! ¿Cómo lo va a ver? Entonces, más bien yo recordé el poema aquel de "En vida, hermano, en vida", el cual tengo en la cabeza grabado por otros eventos que ahora no vienen al caso. Y aunque sé que no es el mejor poema, tiene razón. En vida, así se hacen las cosas. Estuve leyendo lo que escribían en el chat: muchas se disculparon por vivir lejos, por no estar disponibles, pero claro que se unirían a la colecta para la corona; yo decidí abandonar el grupo antes de decir algo indeseable, pero lo voy a decir ahora: de nada sirven las coronas, de nada sirve ir a plantarse a rezar un rosario y hablar de lo maravilloso que era, de mucho menos sirve rezar por su eterno descanso.

Pero bueno, yo no soy una niña normal. Yo salí vomitando la religión después de 15 años en una escuela de monjas. Y es muy cierto que uno espera que la gente piense como uno mismo, así que de algún modo iluso, tengo la idea de que mis compañeritas deberían vomitarse también, al igual que ellas tienen la idea de que yo debería rezar y unirme al lamento.

La muerte es algo extraño que me persigue siempre, "una forma escondida tras la puerta", diría Emily Dickinson; y también creo que tengo una manera diferente de llegar a ella o de pensarla, de lucharla o de aceptarla. También tengo mi idea del más allá, o más bien no tengo ninguna. Al respecto, acabo de ver en el Facebook otra cosa que tiene que ver con la muerte: una compañera (también de aquella escuela de monjas) pide a sus contactos que se haga oración todos los días a las 9 de la noche, para pedir por la salud de su abuela, porque: "los médicos dicen que ya no hay más que hacer, pero Dios tiene la última palabra"; y yo no entiendo nada, ¿para qué es el rezo?, ¿en qué ayuda ponernos una hora?, ¿Dios sabe de horarios? Si Dios tiene la última palabra, ¿por qué causa concreta estamos rezando si ya todo está dicho? Yo no entiendo nada.

Por eso, justo, mejor me quedo callada. Y bueno, así andamos, sin entrarle a la normalidad desde chiquilla.


Music on: Soldier on - Richard Hawley
Quote: "Prefiero creer que nada te ha ocurrido, que andas por ahí, como yo, convencida de que nada vale la pena"
Reading: Al final del vacío - J. M. Servín

miércoles, 18 de enero de 2017

Miedo

Crecí en una casa donde vivía mucha gente. Mis abuelos, mis tías abuelas, mi mamá, mis tías, mis primos, las primas de mi mamá, el perro, los canarios... La casa era siempre un festín, ruidosa, atiborrada, pero armónica, tengo buenos recuerdos de esa época. Conforme fui creciendo la gente se fue yendo, algunos yendo a otras partes, algunos otros, la mayoría, muriendo, como es natural.

Vi de cerca cómo mis tías abuelas se morían una a una, veces más agónicas que otras; vi cómo se murió mi abuelo, cómo se fue enfermando y decayendo, vi morir a otra de mis tías, poco a poco, marchitándose dolorosamente. Así es la muerte. Y yo estoy sola, sola para cuidar a la gente que me dio todo lo que pudo, sola para cuidar no sólo a mi mamá sino a mis tías. Sé que no se me nota, que me distraigo con cosas raras que mi familia no entiende, pero vivo con un temor constante del día en que mi mamá no esté y todo aquello se derrumbe. Porque yo, aunque ya tiene tiempo que no vivo en esa casa, sé que ella es el sostén de mil cosas que en ella suceden y sostén de mil más que pasan en mi ser. Miedo constante y firme de cuando se enferme y algo le pase; siempre, soterrada y calladamente, miedo.

Y ahora comienza a pasar. No creo en Dios, no tengo a quién pedirle bríos con esperanzas, me tengo a mí misma y sé que no me basto pero no puedo ponerme en manos de nada ni nadie. Comienza a pasar y nunca estaré preparada para que pase. No creo en Dios y no creer en él me enfrenta a la soledad que los creyentes no quieren ver, no creo en Dios y sé que nada puede detener el curso de la vida.

Pero el miedo es muy real, no es una creencia innecesaria. El miedo apela y carcome despacio. Comienza a pasar, comienzo a tener la conciencia plena de que no hay manera de huir a lo inevitable; y sé, con una certeza heladísima y dolorosa, que el ciclo debe completarse. Mientras, tengo un miedo espantoso, seguiré teniendo un miedo espantoso y me preparo, fracaso en el intento, claro, porque algún día tendré un hueco inmenso que nada podrá llenar nunca... y para eso no sé cómo se debe preparar uno.


Music on: Running up that hill - Placebo
Quote: "Es necesario que el hombre se encuentre a sí mismo y se convenza de que nada puede salvarlo de sí mismo". Jean Paul Sartre
Reading: Oriundo Laredo - Alejandro Páez Varela

viernes, 13 de enero de 2017

No ser yo

Quisiera no ser yo. Quisiera no ser una niña mensa que trata de escribir versitos a partir de sus traumas. Quisiera no ser una gorda que no puede salir de su propia gordura. Quisiera no ser una persona insuficiente.

Y quisiera muchas cosas más, pero la realidad es que no hago el tremendo esfuerzo para conseguirlas. Me quedo a la mitad porque sé que no alcanzo. Pero al mismo tiempo entiendo de la frágil línea que divide la aceptación de la resignación; la mediocridad de la imposibilidad. Aunque el hecho de que sepa de su existencia no significa que pueda ser capaz de distinguir dónde se ubica exactamente.

Quisiera poder enfocarme en cosas productivas. Quisiera poder contener el llanto que a cada rato se instala en mis ojos en cualquier momento del día, a veces sin causa alguna. Quisiera tener la disciplina para lograr cosas que valen la pena o saber distinguir las que valen la pena de las que no. Quisiera no ser tan fácilmente seducida por Netflix y Facebook ni gastar tan fácilmente mis horas de soledad. Quisiera no haberme humillado ante el tipo que me gustaba, con tal de tener un ápice de su atención. Quisiera no tener esta necesidad de escribir de todo lo vergonzoso que soy. Quisiera poder aplicar a un doctorado sin el miedo de que no lo voy a lograr. Quisiera no sentir que todos en la oficina hacen un mejor trabajo que yo, que tienen mejores ideas y que ni siquiera les cuesta lograrlo. Quisiera haber podido enamorar al tipo que me gustaba, quisiera que no me hubiera dejado por otra.

Y también quisiera muchas cosas más. Ser capaz de decirle a mi mamá que la quiero, tener empatía y platicar con ella de cosas que no sólo me importan a mí. Quisiera poder hacer a un lado el hecho de que mi tía no me habla porque desaprueba mis decisiones. Quisiera tener fuerza para contestar con la verdad sin preocuparme por sus consecuencias. Quisiera no tener depresiones espontáneas que nadie aguanta ni entiende. También quisiera no haber subido 14 kilos en los últimos cinco meses y quisiera no tener hambre nunca.

Quisiera no haber escrito esto, no desear la humillación, no necesitar que me miren. Quisiera dormir y no tener que empezar de nuevo.


Music on: Running up that hhill - Placebo 
Quote: "Lo propio de la poesía es iluminar. La oscuridad depende de la noche que explora: la del alma misma y el misterio en que está inmerso el ser humano." Saint John Perse
Reading: Morirás lejos - José Emilio Pacheco

martes, 27 de diciembre de 2016

Querido Santa Claus:


Antes que nada, disculpa que te diga la siguiente verdad: siempre le he hecho cartas a los Reyes Magos. No es que tuviera algo en tu contra, querido, pero mi mamá nunca me inculcó la fe en el señor que anunciaba la Coca Cola. Y la fe la he perdido, en general, con el paso de los años.

Pero cuando uno tiene deseos da igual a quién se los pida, querido Santa Claus, los mitos encierran un carisma inigualable y el receptáculo se ajusta a la persona y su realidad individual. Así pues. Lo que deseo en este momento es lo que creo que necesito o no necesito, según sea el caso, pocas cosas, concretas, ambiciosas:

Primero que nada, querido Santa Claus, quiero resignación, sí, de esa que te dicen que debes tener cuando las cosas te salen mal, frase muy recurrente cuando se te muere alguien, pero también aplicable a cuando trabajas muy duro para lograr algo y fracasas, cuando intentas muchas veces y descubres que por más que trates no eres suficiente. Resignación, sí, para no enloquecer ni deprimirse; resignación, querido Santa Claus, porque no hay manera de luchar contra la corriente sin morir de agotamiento.

Después quiero valor, en grandes dosis, porque necesito despertar todos los días en este mundo que se cae a pedazos y poder responder como aquel Sísifo en la montaña, con alegría y felicidad plena frente a una condena eterna; responder, querido Santa Claus, que estoy bien a pesar del castigo, a pesar de que nado en el fango cuando lo que espero es volar sobre las estrellas, responder que todo está bien y que sí soy feliz.

Y quiero amor, querido Santa Claus, porque uno debe tener algo hermoso que te destruya y al mismo tiempo te haga renacer, porque es siempre sorprendente y te hace romper límites impensados, porque estoy convencida de que es mucho más de lo que dicen que es, y que, aunque no alcance y no sea más grande que mil cosas, encuentra la manera de hacer girar la existencia entera, hacia rumbos desconocidos. Y eso siempre es necesario.

Y al final, querido Santa Claus, quiero vida, porque sin ella no se hace nada; y además quiero ser capaz de vivir pensando profundamente sin azotarme por la pequeñez de mi ser en el mundo, para así poder siempre abrazar la vida sin pensar en la muerte. Y no, por si te lo preguntabas, no quiero muerte, sobre todo no muerte, querido Santa Claus, no quiero que venga a rondar con la certeza gélida de su presencia irremediable, la quiero lejos, lejos para pensar que el tiempo presente es hoy y es bueno y que, mientras haya vida, hay posibilidad, a pesar de todo.

Querido Santa Claus, hasta ahí mis deseos. Disculpa la retahíla, entiendo que no podemos establecer convenios más allá de esta ocasión especial, mas es mi plan escribirte de nuevo el siguiente año y aseguro estar deseando cosas diferentes, porque nada me basta, querido, siempre falta algo, todo es insuficiente. 

Music on: Not even jail - Interpol
Quote: "El futuro es de quien lo ve como presente". Mauricio Montiel Figueras
Reading: Los niños están locos - Héctor Manjarrez

viernes, 23 de diciembre de 2016

Yo hubiera hecho lo mismo


Leyendo a José Emilio Pacheco, di con un poema titulado "La mayoría de edad", y me hizo pensar en ese momento en que me dejaron, más bien en los muchos momentos en que me han dejado. El poema dice así:

La mayoría de edad
no se alcanza por fecha de nacimiento
ni consta en los archivos oficiales.
Nos graduamos de adultos nada más
cuando alguien nos deja.
En plena juventud llega de pronto
el sabor de la muerte.

No vengo a azotarme porque me dejaron ya que, aunque sí es terrible en muchos niveles, creo muy importante recalcar el otro lado: siempre somos víctimas. Es decir, siempre vamos a herir a alguien, a dejar a alguien, por el simple hecho de que queremos estar bien y hacer lo que creemos que nos hará felices.

La última vez que me dejaron fue hace tres años. Por ridículo que suene, aún me duele, y todavía puedo llorarlo y sufrirlo con gran facilidad; me duele no haber sido suficiente, me duele sobre todo, que me dejaron por otra persona que era todo lo que yo no era y que sí era suficiente y más.

No sé si haya un adjetivo para lo que sigue, pues yo nunca he dejado a alguien por alguien más. En mis relaciones amorosas es usual que me dejen por alguien más. He escuchado de personas maravillosas que se convierten en verdugos tremendos. Gente que viviendo un matrimonio tranquilo y en paz logran dejarlo todo por otra persona porque esa persona sencillamente les cambia la vida y consideran pertinente arriesgarlo todo por intentar (¿amor? bueno, supongo que es amor) y lograr.

Sí creo que la mayoría de edad se alcanza cuando te dejan, ahí toda la razón, querido José Emilio, porque terminas devastado y sabes que el mundo sigue su curso pero te sientes en pausa, como un intruso; porque no puedes dejar de hacer el resto de las cosas que normalmente haces y que necesitas hacer, pero todo se siente distinto, vacío, pesado, enrarecido, y sólo deseas despertar de una pesadilla terrible en la cual no sabes en qué momento te metiste ni qué hiciste para joderlo todo y estar ahí. Y nada, eres tú, insuficiente y triste, mirando a la persona que amas amando a otra, haciendo todo lo que no hizo contigo con otra y te mueres un poquito cada vez que lo reflexionas o lo atestiguas. Ni modo: la madurez no es bonita.

Y como amo la paz y la tranquilidad, deseo profundamente que nunca me pase a mí (no hablo ya de ser la víctima porque eso, de tantas veces que me ha pasado, es algo que, aunque no se haga costumbre, al menos sé las etapas y los desenlaces); me refiero a ser el verdugo. No quiero que llegue alguien a mi vida que prometa cambiarla y darme todo lo que creo que no tengo y necesito, no quiero que nadie me entregue castillos y estrellas y me haga pensar que puedo echarlo todo por la borda, sin más consideraciones. No quiero ser el verdugo que ejecute el alma de quien me ama y me da todo lo que es, no quiero.

Pero ¿lo haría? Mucho he pensado en esa última vez que me dejaron, he pensado en él y he visto un poco de su vida a la debida distancia de las redes sociales (tan cerca, tan lejos); veo que es feliz y que haberme dejado no fue un capricho, sino algo que tenía que hacer para estar bien. A veces pienso que fue la decisión correcta, incluso pienso que, de hallarme en la misma situación yo hubiera hecho lo mismo, y no hubiera tenido consideración por la víctima; al final uno hace lo que tiene que hacer para estar bien, aunque eso implique lastimar a la gente como daño colateral (y estaría bueno que él leyera esto, en la misma distancia que nos da internet pero que de alguna manera nos mantiene en contacto). Así es la vida. ¿Lo hubiera hecho? Sí, seguramente también lo hubiera hecho.

Y es normal, pasa todo el tiempo... Pero ya estuve del otro lado y, en verdad, no quisiera hacerlo.

Music on: Nancy from now on - Father John Misty
Quote: "Escribes porque somos puertas / mal cerradas delante del vacío". Jeremías Marquines
Reading: Los niños están locos - Héctor Manjarrez