jueves, 23 de julio de 2009

El instinto

Hace unos meses escribí un artículo que jamás se publicó. Es una cosa formaloide pero interesante sobre el instinto visto un poco desde Freud y desde Darwin. Pensé que sería buena idea subirlo al blog, nomás porque me parece que no es tan malo.


Comer, dormir, desear, soñar, ¿qué tantas de estas cosas son causadas por el instinto? ¿en dónde se esconde esa parte que nace de la inconciencia y que quizá nos impela más cercanos a los animales? Un instinto es el impulso que nos lleva a hacer ciertas cosas, a satisfacer, a sentirnos bien y es algo tan antiguo como el hombre, algo que se ubica desde el animal que ya no somos y el neandertal que alguna vez fuimos; más allá de eso, ¿El instinto es diferente al de los animales? ¿Cuándo surge el ímpetu? Y ¿Cuáles son las formas en que lo satisfacemos o combatimos?

Definición de diccionario:

Calvin Hall en su libro Compendio de psicología freudiana define un instinto como una condición innata que imparte instrucciones a los procesos psicológicos. Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, en uno de sus tantos estudios sobre la psique humana lo define como “un concepto límite entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del cuerpo que arriban al alma y como una magnitud de la exigencia de trabajo impuesta a lo anímico a consecuencia de su conexión con lo somático.”[1]

Un instinto tiene una fuente, una finalidad, un objetivo y un ímpetu, esto como partes inamovibles de lo que el instinto es en sí. Las fuentes principales de la energía instintiva son las necesidades o impulsos corporales, entendidas como procesos excitantes en algún tejido u órgano del cuerpo que libera energía acumulada en el mismo. La finalidad última del instinto es la eliminación de una necesidad corporal.

Freud observó que existen finalidades subordinadas que tienen que ser satisfechas para que se puedan alcanzar finalidades últimas. Un ejemplo muy claro es la necesidad de satisfacer, por ejemplo, el hambre; existe en principio un instinto que busca complacer la necesidad fisiológica. Sin embargo, y de acuerdo a lo que plantea Freud, antes de poder aplacar el hambre es necesario encontrar el alimento y llevárselo a la boca; así, encontrar el alimento y comerlo están subordinados a la eliminación del hambre en sí. Freud llamó a la meta final de un instinto finalidad interna y a las metas subordinadas del mismo sus finalidades externas.

Un instinto tiene la peculiaridad de que es conservador porque su meta es que la persona retorne al estado de reposo que existía antes de la perturbación ocasionada por el proceso excitador. Este estado bien podría definir el comportamiento general del ser humano, es decir, la búsqueda de satisfacción de algún deseo o impulso, misma que una vez satisfecha retorna al estado inicia, como si la plena satisfacción no pudiera ser posible y el eterno retorno fuese en realidad la única condición humana. De acuerdo a la psicología freudiana y sus investigaciones se sabe que el curso de un instinto va siempre desde un estado de tensión a un estado de relajación, proceso que se repite pues siempre el instinto trata de producir una regresión a un estado anterior, este proceso es denominado compulsión de repetición.[2]

De acuerdo a Ronald Fletcher, el concepto de instinto debe incluir por lo menos lo siguiente: “la experiencia y el comportamiento instintivo suponen alguna condición interna que predispone al organismo para reaccionar ante determinados objetos específicos en su medio.”[3] Esta “selectividad” de respuesta sólo puede explicarse a partir de alguna percepción específica apropiada para producir respuestas articulares y para dirigir la atención y la actividad del organismo. La definición de Fletcher no está ligada solamente a la psicología lo cual abre otro panorama de discusión.

¿Instinto animal?

Más allá de pensar en un instinto animal y un instinto humano, conviene acaso focalizarlo bajo el término de ‘comportamiento innato’, entendido éste como “el conjunto de movimientos realizados por el animal intacto, es decir, el comportamiento que no ha sido cambiado por procesos de aprendizaje.”[4] De regreso a Fletcher, ya que el instinto sólo se explica con base en alguna percepción específica, en este caso, dada la ausencia del aprendizaje, las condiciones internas y las percepciones deben considerarse innatas. Así, ya que no ha habido posibilidad de aprender las respuestas motoras adecuadas, hay que suponer asimismo, un patrón de conducta innato y específico.

Para comprender de lleno lo que es el comportamiento innato, baste visualizar el ejemplo de un tigre al cual se le ha puesto enfrente un espejo en el que se refleja. Lo curioso del experimento es que el tigre, lejos de sorprenderse por su propia duplicación o de identificarse con ella, se enfurece y arremete en contra de la imagen como si ese otro fuese efectivamente otro, y no él mismo. El tigre responde de esta manera pues dentro de su comportamiento innato está establecido que debe atacar a cualquier otro macho que ronde su territorio y que lo pueda amenazar. Su respuesta está determinada por la naturaleza interna, cosa que más allá de ser relacionada con el impulso, es una reacción que no tiene propiamente una causalidad; se trata de un evento subjetivo que no se puede analizar mediante métodos objetivos. La forma de actuar de un animal hambriento no se puede reducir a que el animal caza porque tiene hambre pues la causalidad es lo que se entiende después de un proceso de racionalización que le animal no posee.

Inteligencia e instinto.

El ser humano se distingue de los animales, gracias a un grado de inteligencia específica que en cuanto a los instintos también es perceptible; la gente aprende a acumular grandes cantidades de tensión porque la liberación repentina de las mismas proporciona intenso placer. El humano, asimismo, es capaz de diseñar y modificar los medios por los cuales, no sólo logrará la satisfacción de un instinto sino que lo ayudarán para reducir la tensión de los mismos. De hecho, la elaboración de estos medios es uno de los caminos principales del desarrollo de la personalidad.

Se diría que la protección de una madre frente a sus crías, ya sea que se trate de una especia animal o humana, es un instinto de preservación nato que todas las madres poseen, esto es válido en los mamíferos generalmente; tomemos como ejemplo los cachorros de los perros, mismos que se ven protegidos por su madre a costa de todo; de una hembra humana se podría decir que conserva un instinto de protección semejante, aunque el factor “inteligencia” pueda ver modificado el instinto original. Las crías de otras especies, por ejemplo, no gozan del mismo grado de protección de la madre, lo cual cuestionaría seriamente cuál es el papel del instinto y por qué no se ejerce de la misma manera.

De regreso a la personalidad humana, que bien ayudaría a entender sus formas de comportamiento, ha sido clasificada por Freud en niveles: está constituida por el Ello, el Yo y el Superyo. Esta clasificación es importante para analizar el nivel de la personalidad y el inconsciente en que los instintos tienen lugar y ejecución.

Al respecto es necesario considerar la teoría de la evolución de Darwin en la que sugiere la probabilidad de que el conocimiento de procesos animales –de la experiencia y del comportamiento así como de la estructura y de la fisiología—arroje luz sobre la experiencia y el comportamiento humanos.[5] Esto nos habla de la continuidad del proceso evolutivo únicamente, pero tampoco cierra la posibilidad necesaria de establecer ciertas diferencias en las especies y enfocar estudios comparativos específicos en cada una de ellas.

Tanto Charles Darwin como Wiliam James afirman que “no existe una relación inversamente proporcional entre el instinto y la inteligencia. William James llega a sostener que incluso, el hombre tiene, en realidad, un mayor número de tendencias instintivas que cualquier otra especie.[6] Más allá de las obvias limitaciones de esta afirmación es crucial reconocer la importancia de la cuestión subyaciente: el que hallemos inteligencia en un animal o en una especie, no implica la ausencia de elementos instintivos en ellos. Acaso, como lo planteara Freud, es labor del Yo y el Ello balancear y manifestar los instintos o reducirlos a conveniencia de acuerdo a normas establecidas.

Ello, Yo y superyo ligados al instinto.

Freud dice que en el nacimiento de un individuo, el sistema nervioso es como el de cualquier animal, denominada Ello. El sistema nervioso como Ello, traduce las necesidades del cuerpo a fuerzas motivacionales llamadas pulsiones o deseos. El Ello tiene el trabajo particular de preservar el principio de placer, el cual puede entenderse como una demanda de atender de forma inmediata las necesidades. Cuando una necesidad no es satisfecha de inmediato y la necesidad misma sólo logra potenciarse, el deseo irrumpe en la conciencia. Es en esta conciencia donde el Ello se va convirtiendo en el Yo, este es el anclaje que existe con la realidad en la que es posible satisfacer los deseos del ello a través de una búsqueda de soluciones de manera conciente.

No obstante, el Yo se encuentra con obstáculos en el mundo externo en el camino de la satisfacción; sucede que el Yo en ocasiones se encuentra con objetos que ayudan a conseguir sus metas, ayudas de las cuales guarda un registro que eventualmente se convertirá en el Superyo.

Se entiende que como individuos sociales, no damos total apertura a la satisfacción necesariamente inmediata o completa de los instintos. Los conflictos entre el Yo y los instintos no constituyen las únicas oportunidades de realizar una penetrante observación de las actividades del primero. El Yo combate solamente con los derivados del Ello que intentan introducirse en su territorio para aflorar la conciencia y obtener así su gratificación. El Yo es responsable de mediar, controlar y transformar los instintos. Este despliega una defensa no menos enérgica y activa contra los afectos asociados a aquellos impulsos instintivos. Cuando pretende rechazar las exigencias instintivas, la primera tarea del Yo es siempre lograr un acuerdo con estos afectos.

Sea amor, nostalgia, celos, resentimiento, dolor y aflicción, lo que acompañe a los deseos sexuales; sea odio, cólera, rabia, lo que se asocie a los impulsos agresivos, todos estos afectos deben resignarse a aportar toda suerte de transformaciones; deben admitir toda tentativa de dominación por parte del yo que procure defenderse contra las exigencias instintivas a las que aquéllos pertenecen dondequiera que la transformación de un efecto sobrevenga dentro o fuera del análisis, encontramos un coactivo y nos es factible estudiar un modo de operación. Sabemos que ele destino de una carga afectiva no es exactamente idéntico al de la idea que representa su demanda instintiva.[7] Es, empero, obvio, que el Yo no cuenta más que con un limitado número de posibles recursos defensivos. Dependiendo de la situación y de acuerdo a determinados periodos de la vida, este yo individual puede seleccionar entre uno y u otro método defensivo: represión, desplazamiento, transformación en lo contrario etc.

Eros y Tánatos.

En su planteo final, Freud reconoció dos grandes grupos de instintos: los que están al servicio de la vida y los que están al servicio de la muerte. Esto lo conjetura a partir de 1920 en su artículo “Más allá del principio del placer.” Freud considerará que existen dos fuerzas en todo organismo biológico, fuerzas que determinan el curso de sus actividades y de apetencias:

Existen los instintos de vida o Eros, caracterizados por la disposición que crean en el sujeto para formar unidades siempre mayores; Eros es siempre apetito de unión y, por ejemplo, se manifiesta en el amor, la actividad sexual y el afán por mantener la propia unidad física y psíquica; por otro lado existen los instintos de muerte o Tánatos. Freud consideró que todo ser vivo manifiesta también una disposición a la disgregación, a la ruptura de la unidad entre sus distintas partes para volver al estado desorganizado y, en último término, inanimado. Tánatos es siempre un apetito de pasividad, de separación y de disolución de unidades. Las manifestaciones patológicas de este instinto son el sadismo, el masoquismo, el suicidio.

Instintos en la sociedad

Dejando atrás y sólo como telón de fondo los análisis sobre los instintos y su relación con cada uno de los rubros de la ciencia, el ser humano aún se distingue, a pesar de la inteligencia, por una necesidad semi animal que lo lleva a la satisfacción de sus necesidades a través de distintos medios. La sociedad está enmarcando un límite para la realización inmediata o plena de ciertos instintos, sin embargo, su existencia no cancela el hecho de que la naturaleza humana tenga ciertas partes de primitividad innata.

Si bien es cierto que la teoría de la evolución conecta al ser humano con el primate gracias a alguna especie intermedia, no es evidente que el comportamiento de uno y otro, aún conociendo el eslabón perdido, tenga su respuesta plenamente en el estudio de los instintos. Estos son cruciales en la construcción de la personalidad humana así como en el comportamiento de los animales y es aún más interesante la relación de estos indicadores y sus manifestaciones en primates, homínidos y el resto de los animales conocidos.

La inteligencia y la formación de comunidades y sociedades quizá han mermado la afloración de ciertos instintos y se han encauzado de manera diferente, acaso más racionalizada, aunque con esto no se niega la existencia de éstos.


[1] Sigmund Freud “Los instintos y sus destinos". Obras Completas, T2, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, p. 2041.
[2] Cfr. Calvin S. Hall, Compendio de psicología freudiana, Paidós, Psicología profunda, México, 2003.pp. 43-44.
[3] Ronald Fletcher, El instinto en el hombre, Paidós, Buenos Aires, 1972, p. 21.
[4] Niko Tinbergen, El estudio el instinto, Siglo XXI, México, 2006, p. 7.
[5] Op. Cit., Ronald Fletcher, p. 17.
[6] Ibíd., p. 19.
[7] Cfr. Anna Freud, El yo y los mecanismos de defensa, Paidós, Psicología profunda, México, 2003, pp. 41-42


Music on: Leslie Feist - La même histoire
Quote: "El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable" J. Sabines
Reading: Revista Algarabía de Julio

1 comentario:

el que sabe, sabe; y el que no, tiene un blog dijo...

¿Es el instinto un sentido?

http://elquesabesabeyelquenotieneunblog.blogspot.com/