viernes, 28 de marzo de 2008

La muerte dulce

En este pueblo no hay más remedio sino morir. Salir y quedarse afuera mucho tiempo implica entregarse a la muerte inmediata; permanecer adentro significa volverse loco antes de morirse de hambre.

Antes del amanecer las calles están vacías; poco después habrá quienes saldrán, por un tiempo breve (porque aquí el día dura muy poco), mientras la luz se mantenga amarilla y antes de que la oscuridad cristalice los suelos una vez más; pero regresarán de inmediato a sus casas si llueve, porque la lluvia es mortal y lloverá, de eso no hay duda.

Unos dicen que es el fin del mundo, pero nadie lo sabe con certeza y no lo pueden explicar; de cualquier modo y de ser efectivamente eso, éste empezó cuando un día el agua que llovió era más densa y dulce. Después siguió lloviendo ininterrumpidamente por días y noches y cada vez con agua más espesa, más dulce y naranja.

Al inicio, la gente se alejaba de la lluvia y no se detenía a investigar por qué ésta había cambiado de color y consistencia, hasta que alguien lo suficientemente valiente (o al menos desesperado) salió a tocar el agua, la probó y determinó que no era agua sino caramelo. Sí, llovía una especie de caramelo suave que paulatinamente cubrió el pueblo en cristal dorado y café. Todo murió; por días enteros llovió mucho y siempre caramelo.

Parecía un sueño, un pueblo tapizado de dulce que con el sol se derretía un poco y todo lo dejaba pegajoso, más muerto. No había qué comer, sino el dulce mismo que todo lo cubría y la lluvia era mortífera porque venía acompañada del viento tibio que se metía a la nariz y provocaba asfixia y ahogamiento.

Isabel y Santiago, a diferencia de algunos otros que de vez en cuando dejaban sus casas un rato, salieron con la promesa de no regresar, la misma promesa que se hicieron sobre tener una muerte conjunta. Buscaban cubrirse del rocío dulce que les taparía la nariz y los ahogaría lentamente.

Luego de contemplar el amanecer, espectáculo breve y hermoso (porque la muerte también puede ser bella), el cielo se oscureció, y después millones de gotas doradas cayeron de él. Los amantes se cubrieron de dulce poco a poco; se abrazaron antes de que les fuera imposible moverse, se besaron hasta que el aire ya no los dejaba respirar y, jadeantes, con los ojos llenos de lágrimas que se perdían en el cristal oscuro, se entregaron a la asfixia. Inmóviles y en silencio, sus cuerpos esperaron el fin de la lluvia y el frío eventualmente los cristalizó, dejándolos abrazados en el sueño de la muerte.

Después de ellos, buena parte del pueblo se resignó a la idea de la muerte dulce y en los días siguientes, más gente salió a entregarse a la lluvia y a morir por ella; otra parte siguió con miedo y prefirió guardar su vida en sus casas aún sabiendo que de todos modos habría que morir.

Al final, fueron más los que sucumbieron al dulce exterior que a la locura y al hambre del encierro; quizá viendo en el caramelo la posibilidad de una muerte más poética, muchos salieron en la tarde a cubrirse del rocío dorado y mortífero. De esta manera las calles quedaron tapizadas de estatuas doradas y amorfas ancladas en el suelo, más bellas que los cadáveres famélicos guardados en las casas.

viernes, 21 de marzo de 2008

En el arte de amar desplegado en cada centímetro de tu boca
y el dolor de no poderte asir más
y sólo pensar ahogada en silencio
en tu nombre grabado en mis dulces pesadillas
en tus ojos tristes que traspasan las goteras de mi alma

Sólo escucho el silencio de tus voces falsas en mi cuerpo cansado,

en mi piel seca de llorarte y de saberte lejos
en la tristeza crónica donde no hay sino un recuerdo
y mi voz que anhela un secreto pesado que debe salir
para decirte esa verdad que conoces y que desaparece en tu frente ciega.


Aquí en los muros grises de mi cuarto, en el hogar de los lamentos
pregunto sin voz al sueño y a la muerte
cómo decirte otra vez que te amo y no pecar de lo ridículo,

cómo hacer que me sientas y no huyas,
que me ames de regreso,
cómo dejar de mirar tus pupilas en cada uno de mis suspiros.

Pero sé que esto es la ilusión y la esperanza,
el dolor tuyo y mío de un todo infinito
que se alimenta del sonido de tus pasos perdidos en la distancia

y lo imposible de tu perfección a mi placer vedada.

No me queda tiempo de elegir otro mundo posible,
o de creer que hay redención mediante el olvido;
tampoco de negar la cabeza del destino insondable
o para dormir entregada al sueño del descanso eterno.

El peso de la vida sofoca las palabras
y en los párpados más duros que el silencio
deseo el final de mis horas ancladas en la condena
y pienso en la muerte fría y trémula
y aún le temo a sus manos desconocidas
o a sus murmullos de hielo.

Pero más temo que venga a mi alcoba perdida
y le mire el rostro desalmado y encuentre que hasta la muerte misma
tiene en la faz la mirada de brisas y atardeceres lejanos,
de los ojos tristes que no son sino los tuyos.

jueves, 13 de marzo de 2008

Muerte, amor y metafísica en los sonetos de Quevedo

Francisco de Quevedo y Villegas es uno de los escritores más importantes del Siglo de Oro español; es también el máximo representante del conceptismo, corriente retórica basada en la condensación expresiva, recargada con figuras de dicción como las elipsis, las oposiciones de contrarios o antítesis, las paradojas y en general, todo lo que exija una agudeza conceptual. La figura de Quevedo dentro de las letras universales es de suma importancia debido a la variedad de los temas que trató en su obra, la complejidad de ésta y su extensión. Es un escritor que cultivó varios géneros literarios de manera contrastante; de la misma forma que lograba las páginas burlescas y satíricas más brillantes, también cultivó una obra lírica de gran intensidad y unos textos morales y políticos profundos intelectualmente.

Los sonetos escogidos en esta ocasión son aquellos que de alguna forma logran condensar profunda y explícitamente la idea que el autor tenía acerca de la muerte ya que ésta resulta un tema recurrente en una parte bastante considerable de su poesía, y, no sólo eso, sino que el tratamiento que da Quevedo también llega a reflejar su entorno sociocultural así como el estilo del Barroco dominante en ese momento. Esta clasificación podrá resultar un tanto arbitraria si se toma en cuenta que en la mayoría de su obra el tema de la muerte se manifiesta de diversas maneras, sin embargo, se han elegido principalmente los poemas metafísicos porque expresan mejor sus inquietudes e ideas acerca de este tema, así como los amorosos pues, para Quevedo, la muerte y el amor son conceptos que se relacionan íntimamente.

Quevedo tiene siempre el deseo de manifestar que la vida de los hombres resulta demasiado breve e insignificante incluso para los hombres mismos, que resulta incomprensible y extremadamente efímera, tanto, que no es posible siquiera hacer una distinción temporal entre un hoy, un ayer o un mañana: “Ayer se fue; mañana no ha llegado; / hoy se está yendo sin parar un punto: / soy un fue, un será y un es cansado.”[1]

Quevedo muestra el nulo conocimiento del hombre con respecto al paso del tiempo, y la confusión que éste genera en la existencia; peor aún, expresa la imposibilidad de contabilizar nuestra vida, pues ésta resulta tan breve que no tiene sentido analizarla a través de un parámetro tan arbitrario como la concepción humana del tiempo. Esta misma idea, de manera muy similar, la expresa en otro soneto cuando dice: “Ya no es ayer; mañana no ha llegado; / hoy pasa, y es, y fue, con movimiento / que a la muerte me lleva despeñado.”[2] En este terceto se aprecia que sigue la misma idea, sólo que en esta ocasión se añade que la muerte es el fin último y único de la existencia humana y de todo lo que haga el hombre como entidad. De alguna forma, todas las acciones en el mundo tienen que llevar a la muerte. Aparte, Quevedo dice que él no tiene una conciencia real de lo que es su vida y que su muerte puede llegar en cualquier momento, sin embargo, él no puede saberlo: “Como el que divertido, el mar navega, / y, sin moverse, vuela con el viento, / y antes que piense en acercarse, llega”,[3] no existe una manera de prever la muerte, así como no es posible tener una concepción total de la vida, quizá porque ésta es algo difícil de entender o porque sencillamente sucede demasiado rápido y dura demasiado poco.

La muerte es una solución a esta vida, que no es más que un sueño: “Si fuere que, después, al postrer día / que negro y frío sueño desatare / mi vida, se leyere o se cantare / mi fatiga en amar, la pena mía.”[4] El morir es como despertar a ese gran sueño que se ha tenido; con esto se reflejan las dudas del Barroco y la confusión de ese mundo en el que no se tiene por seguro lo que en realidad se vive y lo que no; en las propias palabras de Quevedo: “El sueño, que es imagen de la muerte,[5]” demuestra que hay una duda constante entre lo onírico y lo real, a veces el sueño es mejor que la vigilia, a veces sucede lo contrario, pero siempre hay una confusión entre un mundo y otro, como se demuestra en el siguiente soneto:

Ay Floralba! Soñé que te… ¿Dirélo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?

Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.

Y dije «Quiera Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte.»

Mas desperté del dulce desconcierto;
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.

Al igual que lo hiciera Pedro Calderón de la Barca en su obra La vida es sueño, Quevedo expresa una incertidumbre sobre el mundo, incluso parece que la muerte es una especie de desengaño ante la vida que ha sido una falacia. Esta concepción del mundo tiene su fundamento en el tópico barroco español de pensar que todo aquello que había sucedido en un pasado era mejor que lo que se está viviendo en ese momento. De esa manera, se piensa que lo bueno no era más que un sueño y que los hombres al fin estaban despertando a la realidad, la cual no es tan agradable y placentera como el sueño.

Paralelamente, Quevedo también maneja el tópico del ubi sunt, tal y como lo hiciera un siglo antes Jorge Manrique en las Coplas a la muerte su padre, donde se plantea que todo tiempo pasado fue mejor: “¿Qué se hizo el rey Don Juan? / Los Infantes de Aragón, / ¿Qué se hicieron? / ¿Qué fue de tanto galán, / qué fue de tanta invención / como trajeron.”[6] Quevedo, en uno de sus Salmos, expresa la misma idea: “Descansan Creso y Craso, / vueltos menudo polvo, en frágil vaso. / De Alejandro y Darío / duermen los blancos huesos sueño frío: / porque con todo juega la Fortuna;”[7] como se puede notar, el concepto es muy similar, sólo que con Quevedo se introduce explícitamente la idea de que la Fortuna es quien decide lo que sucede, con lo que se enfatiza aún más la imposibilidad del hombre de controlar su propia vida.

Una forma en que Quevedo habla de la muerte sin hacerla tan explícita es a través de los juegos retóricos acerca de la juventud y la vejez; el poeta utiliza ciertos epítetos y adjetivos para hacer alusiones al paso del tiempo, por ejemplo: “La vida nueva, que en niñez ardía, / la juventud robusta y engañada, / en el postrer invierno sepultada, yace entre negra sombra y nieve fría.”[10] Aquí aunque no aparecen explícitamente las palabras “muerte”, o “tiempo”, es evidente que hay un juego con esos conceptos. Es frecuente que Quevedo utilice adjetivos como “fría” o sustantivos como “nieve” para referirse a la vejez; de la misma forma utiliza las estaciones como la primavera para hablar de la juventud así como referencias al tiempo y su fluir dentro de la existencia humana: “Pues cerca de la noche, a la mañana / de tu niñez sucede tarde yace yerta, / mustia la primavera, la luz muerta, / despoblada la voz, la frente cana,”[11] todo esto para remitir a su constante angustia por el paso del tiempo y la brevedad de la vida mortal.

En la poesía amorosa hay ciertos tintes petrarquistas, especialmente en aquellas composiciones en las que la voz poética se dirige a una mujer. Sin embargo, cabe destacar que a pesar de ser poemas amorosos, la mayoría no deja de ser filosóficos y metafísicos. La muerte nunca se separa del amor y éste es más fuerte que ella. Quevedo se muestra en algunos momentos un tanto pesimista, pues dice que la vida no es más que una prisión: “Del vientre en naciendo; / de la prisión iré al sepulcro amando, / y siempre en el sepulcro estaré ardiendo.”[12] Sin embargo, es firme la noción de que el amor existe en ese momento crucial durante el paso al otro mundo. El amor trasciende la muerte, lo cual es un detalle muy especial, ya que, para Quevedo, como se ha demostrado hasta ahora, todo termina con la muerte y en muchos sonetos no da esperanzas a nada, al contrario, reduce la vida humana a una cosa con importancia mínima; sin embargo, ahora es evidente que sí existe algo que puede ir más allá de la muerte: el amor. Este sentimiento es, más bien, como una fuerza a la que el hombre se aferra y, a pesar de no saber si en verdad trasciende o no después de la vida, el hombre tiende a creerlo firmemente, a aferrarse a él. Esta idea se demuestra claramente en su soneto más famoso:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a la ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado
médulas que han gloriosamente ardido

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
[13]

Después de estas líneas es ya evidente cómo Quevedo coloca al amor como la única constante certera en la vida de los hombres, pues a pesar de todo, el amor permanece más allá de lo físico. Este soneto en particular es uno de los mejor logrados en Quevedo, pues no sólo trata el tema del amor y de la muerte con una unión magistral y novedosa, sino que también emplea elementos retóricos del Barroco como el hipérbaton y las alegorías; asimismo, están presentes los elementos que más caracterizan la poesía de Quevedo por ejemplo, la referencia a la muerte como una sombra y el ver la vida como una luz, también aparece la alusión a la memoria como algo importante para dejar en el mundo y el anhelo por el encuentro con la muerte.


La obra poética de Quevedo puede engañar al lector a la primera impresión y hacerlo pensar que la muerte es el elemento más importante dentro de su ideología; sin embargo, ahora es evidente que quien ocupa el primer lugar es el amor, pues éste resulta ser lo más importante en la existencia, es incluso tan importante como la vida misma, como si una cosa no pudiera, o debiera, existir sin la otra. El amor y la vida son como enfermedades que no se pueden curar sino con la muerte, la que consecuentemente no es vista como algo terrible, al contrario, es una mano amiga que es capaz de reducir el sufrimiento que ocasionan tanto la vida como el amor y nótese que tan sólo puede aminorar el dolor pues el amor mismo resulta ser más fuerte que todo: “Si agradable descanso, paz serena, / la muerte, en traje de dolor, envía, / señas de su desdén de cortesía: / más tiene de caricia que de pena.”[14]

Tan resulta amiga la muerte que el poeta concibe a la vida misma como un accidente en la materia, como si la existencia de los hombres fuera parte de algo meramente casual y que el estado primordial del ser humano sea la inexistencia en este mundo terrenal. Esta idea resulta un tanto platónica en el sentido de que el alma, según Platón, cae al mundo sensible para estar encarcelada y que su existencia primera es la que sucede en el mundo de las ideas. Quevedo afirma que la vida no es nada: “Vivir es caminar breve jornada, / y muerte viva es, Lico, nuestra vida, / ayer al frágil cuerpo amanecida, / cada instante en el cuerpo sepultada.”[15] La vida no vale, es una ilusión, la brevedad de ésta no alcanza para hacer nada y sólo provoca una angustia por el paso del tiempo. De hecho, Quevedo anhela la muerte, espera ansiosamente que ésta se presente a su vida y pueda regresar al lugar al que él pertenece; esto, que es parte fundamental de su ideología es condensado en un cuarteto: “No me aflige morir; no he rehusado / acabar de vivir, ni he pretendido / alargar esta muerte que ha nacido / a un tiempo con la vida y el cuidado.[16]”, no existe angustia o tristeza por la llegada de la muerte, la vida misma es más dolorosa que eso y el poeta está feliz porque la muerte aparezca junto a él.

Quevedo es sin duda, el autor más importante del Siglo de Oro; la sensibilidad y la retórica que utiliza en su poesía son incomparables. Su concepción de la muerte es vigente hasta hoy, dado que los hombres aún están en busca de las respuestas que preguntaba Quevedo. La sociedad actual aún se puede preguntar: “«¡Ah de la vida!»… ¿Nadie me responde?”[17] y seguir sin respuesta.

No es novedad que la poesía y la literatura en general, encuentran un porcentaje de su importancia en la vigencia y trascendencia que pueda tener la obra literaria a través del tiempo y de las sociedades e ideologías humanas, Quevedo es uno de esos autores que ha logrado perdurar, y no sólo eso, sino que provoca incluso una especie de empatía con sus lectores. Sus ideas, inquietudes y pensamientos son fácilmente transportables a esta sociedad, en este momento. Esto comprueba que aquello que él planteaba con extrema angustia: el tiempo mismo como algo que es inasible e incomprensible a veces; la existencia humana que no es más que un leve accidente de la materia, pensamiento que considero uno de los más profundos e importantes dentro de su poesía. Actualmente aún podemos decir: “Diez años de
mi vida se ha llevado / en veloz fuga y sorda el sol ardiente,”
[18] y saber que esa idea, a pesar de haber sido planteada hace cinco siglos, aún representa la angustia humana.

El tema de la muerte está presente siempre en nuestro existir diario y eso no es una sorpresa, pues todos alguna vez nos hemos cuestionado acerca de ella. La vida y la muerte son, evidentemente, conceptos cotidianos, inseparables el uno del otro; sin embargo, es necesaria una gran sensibilidad y reflexión para dotar un tema cotidiano de tintes filosóficos e intelectuales. Y eso lo logra Quevedo a través de sus palabras profundas y su genio espectacular.


[1] Francisco de Quevedo y Villegas, “¡Ah de la vida!... ¿Nadie me responde?”, en Antología poética, México, Origen, 1984, p.8.
[2] Quevedo, “¡Fue sueño ayer; mañana será tierra!, Ibíd., p. 9.
[3] Quevedo, “Vivir es caminar breve jornada”, Ibíd., p. 12.
[4] Quevedo, “Si fuere que, después, al postrer día”, Ibíd., p. 80.
[5] Quevedo, “Más solitario pájaro ¿en cuál techo?”, Ibíd., p. 76.
[6] Jorge Manrique, “Coplas a la muerte de su padre”, en Antología de Poetas líricos Castellanos, México, Cumbre, 1977. p. 41.
[7] Quevedo, “¿Quién dijera a Cartago”, Ibíd., p.18.
[8] Manrique, “Coplas a la muerte de su padre”, Ibíd., p. 48.
[9] Quevedo, “Falleció César, fortunado y fuerte”, Ibíd., p.12.
[10] Quevedo, “Huye sin percibirse, lento, el día”, Ibíd., p. 9.
[11] Quevedo, “Ya, Laura, que descansa tu ventana”, Ibíd., p. 74.
[12] Quevedo, “¡Qué perezosos pies, qué entretenidos”, Ibíd., p. 83.
[13] Quevedo, “Cerrar podrá mis ojos la postrera” Ibíd., p. 82.
[14] Quevedo, “Ya formidable y espantosa suena”, Ibíd., p. 10.
[15] Quevedo, “Vivir es caminar breve jornada”, Ibíd., p. 12.
[16] Quevedo, “No me aflige vivir; no he rehusado”, Ibíd., p. 84.
[17] Quevedo, “«¡Ah de la vida!»… ¿Nadie me responde?”, Ibíd., p. 8.
[18] Quevedo, “Diez años de mi vida se ha llevado”, Ibíd., p. 81.

jueves, 6 de marzo de 2008

Mi verde embeleso

Amor...
eres mi verde embeleso
y me rehuso a quitarme los anteojos de vidrio
que ven tu sombra de vanos tesoros.

No buscaré más el día para negar tu sombra,
así te quiero,
pintando a capricho mi deseo.

Porque no me puedo extasiar sólo con lo que toco
con la cordura ante lo que sí eres.
La realidad me volvería loca y en ella tú no existes.

Entonces...
Sé eternamente mi frenesí dorado,
mi sueño de los desdichados,
mi hermosísimo embeleso,
aunque éste, con el tiempo,
se convierta en un decrépito verdor imaginado...

viernes, 29 de febrero de 2008

Y sin la literatura ¿qué?

A tres meses de conlcuir la larguísima licenciatura de Literatura y Ciencias del Lenguaje, me pregunto un poco (sólo un poco) a cerca de qué voy a hacer con el futuro y la angustia me entra de pronto también porque desde que empecé a estudiar a cada rato salía alguien que me decía: "Ah, literatura, y ¿para qué?" o "¿Y de qué puedes trabajar?" o peor aún "¡qué aburrido!"

Yo no me aburro para nada y no tengo necesidad de contestar con un para qué ni tampoco me preocupa sobremanera de qué puedo trabajar. Auqneu contestara, nadie entendería; al contrario, me siento bien de saber que a diferencia de otras personas cuyas visiones a futuro son meramente prácticas yo decidí estudiar lo que quería sin importar el incongruente futuro que me espera y sobre todo, que no me equivoqué al tomar esa decisión, com muchos otros que brincan de ingeniería a licenciatura y de una carrera a otra sin ningún fundamento sólido y que a veces jamás encuentran algo que les guste.

De cualquier forma, cuando alguien pregunta ese tan molesto para qué y yo trato de responder, lo que sea que responda no les es suficiente y lo sé perfectamente. Porque yo diría, bueno, para qué, pues para leer, para aprender de lo que dicen los libros, las historias y las formas porque la liteatura, por si no lo saben, no es sólo que alguien cuente una historia fascinante o haga una poesía desbordante de sentimiento; la literatura no es sólo de anécdotas sino de formas, intenciones, experimentación y de logar un dominio perfecto del lenguaje para decir la palabra precisa en el momento exacto. La literatura es ficción y realidad mezcladas en el limbo de lo desconocido, es vivir a través de otrs lo que no se puede vivir en uno mismo y reinventarse, vibrar con las historias y las formas, aprender y apreciar el lengjau de una manera jamás trabajada y perfeccionada. Pero claro que muchos no entenderían y segurían preguntando "¿para qué?"

Y sobre el futuro, sé que no me debo preocupar demasiado (nadie debería). Mi vida es lo más feliz que puede ser cuando escribo y tengo revelaciones sobre historias y formas fascinantes y eso me es suficiente para muchas cosas. La disciplina literaria es algo que no me cuesta perfeccionar, tengo maestros muy gandes que me han enseñado cómo hacer eso (Faulkner, Keats, James, Shakespeare, Miller, Lispector y muchos etc.); para mí, experimentar literariamente es mucho más fácil que una clase de pilates, por ejemplo, o que aprender a manejar. Es relajante, apasionante y libre; es otro mundo lleno de las posibilidades que este mundo real no alcanza a poseer, es crear, ser, vivir, posicionarse en el pedestal de los dioses y mover a voluntad a los demás hombres, ¿qué cosa más poderosa que eso?.

Todo eso para mí es la literatura, la creción mágica, la investigación de las palabras que otros han dicho y la manera de llegar al fondo de las cosas, las más mínimas intenciones: descubrir que Cervantes no dibujó a un Quijote loco sino a uno que estaba demasiado triste, leer un cuento de Lispector y saber que está narrando sensaciones y no acciones, releer a Miller una y otra vez y amar el existencialismo avant la lèttre por el cual hasta el momento no ha sido reconocido, sentir en Sabines las palabras que uno nunca habría podido decir pero que siempre pudo imaginar... En fin, ejemplos hay miles y de esos ejemplos vivenciales es que se alimenta mi vida.

Si no hubiera literatura en mis días tristes y melancólicos, en mis días algeres y radiantes, si no pudiera encontrar la poesía emanando del cuerpo de quien amo o de los ojos que le lloran, si no tuviera la certeza de una muerte bella gracias a los poemas de Quevedo, si no supiera del dolor y el misterio que vi en los cuentos de Allan Poe, si no supiera que el hombre va buscando siempre lo que nunca puede tener, como Oliveira buscó eternamente a La Maga... sin todo eso, sin conocerlo y analizarlo, no sería yo. Y estos años de estudio constante, desde la sangre negra de los heridos en la Ilíada hasta las mariposas amarillas de Macondo han sido una larga y plena actividad de disfrute y lo más importante, aquello que muchos temen poseer porque ya tienen demasiado, esto es, conocimiento del hombre y de las causas y principios que lo mueven.

Y esto me basta y me sobra... casi me hace totalmente feliz.

viernes, 22 de febrero de 2008

Proust y la búsqueda del tiempo perdido

Marcel Proust, junto con James Joyce, es uno de los grandes escritores del siglo XX. Su obra cumbre es precisamente Búsqueda del tiempo perdido, una novela dividida en siete tomos en los que el autor propone un viaje hacia la memoria y el recuerdo mediante inmersiones hacia el interior del ser humano a partir de lo cotidiano del mundo externo.

Se requiere un tipo de paciencia especial para leer a Proust, ya que la mayor parte del tiempo, a pesar de que su prosa es ágil, el lector siente que al estar en la búsqueda del tiempo perdido de Proust está perdiendo inútilmente el tiempo propio. ¿Por qué sucede esto? Bueno, se me ocurre pensar que el lector siente que el viaje de Proust sólo funciona para sí mismo ya que está conformado por una serie de divagaciones y reflexiones demasiado íntimas que el lector promedio no puede seguir con atención (y eso del lector promedio es exagerar pues que yo sepa sólo verdaderos estudiosos literarios se han aventurado a completar el viaje desde Por el camino de Swann hasta el Tiempo Recuperado).

Lo que Proust pretendía hacer (y esto es una percepción impresionista nada más) es privilegiar la memoria y vivir a través de ella. Ciertamente uno podría pensar sin más dudas que esto es en su totalidad, una gran pérdida de tiempo; sin embargo para Proust las cosas no eran tan sencillas; la memoria es una doble vida y el recuerdo exacto de las cosas permite no sólo recrearlas en el tiempo sino modificarlas y encontrar que en ellas existe un legado importante para el presente y el futuro.

Una de las ecenas más emblemáticas del primer volumen: Por el camino de Swann es aquella que narra el recuerdo producido en el momento en que el protagonista huele una magdalena (una especie de pan) y el olor de ésta le despierta el recuerdo del pasado y no sólo eso sino que transporta su pasado al presente y gracias a esto lo puede cambiar y vivir de otra forma.

A Proust le interesaba también el detalle y la descripción exhaustiva de las cosas; estaba convencido de que el recuento específico de los hechos y las personas también era una forma de reubicarse en el mundo actual. En un pasaje del tomo A la sombra de las muchachas en flor, Proust nos deleita con una descripción exhaustiva de tres muchachas que pasan por la calle y nos sumerge en el detalle de la anécdota haciendo que las muchachas no sean sólo un hecho o una descripción sino parte de la vida misma. Lo mismo sucede al explorar en el paisaje las catedrales cuyas torres se pierden a la distancia y gracias a la perspectiva muestran cosas diferentes a la vista y a la realidad.

Como dije antes, Proust es cosa de paciencia y más que de paciencia, de sensibilidad, del deseo de leer unas líneas y no sentir que el mundo de Proust es válido sólo para sus ojos sino que en la lectura el autor transmite ideas y sensaciones que recrean no unicamente su realidad sino la de cada persona que lo lea.

De esta manera, la Búsqueda del tiempo perdido es una búsqueda de nuestro pasado también y de un futuro no tan distante que se construye también, en buena parte, de recuerdos.

viernes, 15 de febrero de 2008

San Valentín y demás celebraciones insulsas

Días de febrero 14 van y vienen a través de los años. Muy pocos saben la historia del tal San Valentín y en realidad, mejor que no la sepan porque es muy cursi y tonta, aparte de llena de un sentimiento de moralidad católica y del debido milagro que en esta clase de historias pueden suceder: un mártir que se enamora y manda un recado de amor a su enamorada antes de ser ejecutado y que dice algo asñi como "soy tu Valentín" (una cosa así de horrible); de cualquier modo y como es de esperarse, lacelebración original de la fiesta se ha tergiversado hacia globos rojos de helio, bombones, rosas y una cantidad tan impresionante de corazones que resulta tan increíble que uno hasta se pregunta a dónde va a parar tanto papel rojo de desperdicio y el paisaje se torna alucinante, como un cuento de Cortázar.

No entiendo aún la necesidad de designar un día del año en especial para festejar algo que bien se puede demostrar todos los días. Aquí viene ya el cliché evidente: no necesitamos un día para recordarnos si nos amamos. Pero esa no es la cuestión; utlilizo el ejemplo del 14 de febrero porque es el que me resulta cercano, sin embargo, si nos damos cuenta, sucede exactamente lo mismo con muchas fechas.

Por alguna extraña razón, el hombre necesita legitimarse e identificarse con otros para sentirse bien, para reafirmar que tiene una conexión, una especie de asidero con su entorno y por eso inventa fechas especiales para identificarse con aquéllo que tal vez es pero que no reconoce constantemente.

Si ponemos atención, esa tendencia se ha hecho más y más pronunciada; si antes había día de la madre, día del maestro, día de la familia, ahora las celebraciones se han hecho más absurdas, de manera que tenemos el día de la familia, el día de las naciones unidas, el día de las montañas (sí, aunque no me crean, existe) y el día de la mujer (que se me hace absurdo porque es resultadod e un feminismo mal aplicado).

Muchas de esas celebraciones no tienen un origen claro y la gente no conoce su razón de ser, como el día del niño, por ejemplo, que se celebra gracias al Walpurgis realizado por las brujas, en donde era costumbre sacrificar a un niño para la comunión perfecta con el diablo. Y uno se pregunta la razón por la cual hay un día para todo y no sólo eso sino por qué es que nos dejamos llevar por hechos que no entendemos y festejamos sin saber ni pensar en si lo queremos hacer o no, nos dejamos llevar por la emoción (al menos sí una buena parte de nosotros) y ahí vamos a comprar chocolatitos envueltos en papel estaño rojo y en general, todo lo que se nos venda con motivos conmemorativos del día a celebrar.

No digo que seamos los Grinchs de las celebraciones, pero sí conviene pensar en la trascendencia real de éstas y del efecto que tienen en nosotros; también es válido dejarse llevar y aprovechar para ser muy cursis, eso yaqueda en cada quien, lo que importa es saber por qué se están haciendo las cosas y entender la condición primitiva del ser humano que necesita asideros de algún tipo, para legitimar y disfrutar su vida.

jueves, 7 de febrero de 2008

Hay tanto amor y ya es tan tarde

Es tan corto el amor y tan largo el olvido
Neruda

Tengo demasiado corazón para amar a muchos... pero sólo te quiero amar a ti. Y me guardo las palabras porque el tiempo de decir se ha ido, me abandonó como me han abandonado mis tristes esperanzas.

Siento que ya es demasiado tarde también para existir, para actuar y para cualquier cosa, más para decirte que te amo, para pedirte otra oportunidad. Te sueño de día y de noche y recreo tus besos dulces en mi cuello, mi respiracón tibia en tu boca y mi beso perfecto en los extremos de tus labios. Te sueño y espero que de pronto te me aparezcas en el camino, con tu mochila al costado, tus lentes y tus manos frías, y sólo eres un sueño ya, uno muy triste.

No sabes cuánto me duele el arrepentimiento que pesa en mis párpados cada que te miro y tus ojos jamás buscan los míos. Ya sé que soy una sombra amorfa en tu vida, una pesadilla; pero es que yo no puedo deshacerme de ti ni dejar de verte ni dejar de esperar eternidades por un beso, sólo un beso.

Es muy tarde para todo, y no importan mis heridas abiertas ni mi angustia constante, no importa que me duelas, que me duela cada gota de sangre. Es demasiado tarde, lo sé, tarde para la redención, para el perdón y el olvido, muy tarde para curarme del accidente de tu amor.