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martes, 4 de noviembre de 2014

Notaciones para una suite del desamor - Alejandro Páez Varela

(Este es uno de los mejores textos de Páez Varela, lo leo una y otra vez y no le encuentro un mínimo defecto, por eso lo traigo acá, para compartirlo y trato de respetar en lo posible la estructura en la que aparece en su blog).


“El amor es sufrido, es benigno. El amor no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”
–Primera de Corintios 13, 4-7
“El amor satisfecho conduce más a menudo a la desdicha que a la felicidad”
–Arthur Shopenhauer
p.jpgrimavera. Desde la ventana veo el parque y entiendo que se viene la fiesta. La risa de las jóvenes es divertimento en clavecín, y un viejo–tuba, redondo y lento, sigue discreto la letra mientras espera su turno con paciencia. Los adolescentes, flautines aspirantes a flauta barroca, dan gritos desafinados y retan a las trompetas. Los arbustos, cuerdas sin arpa, responden a los dedos del viento con graciosos tintineos que dan ganas de creerse la escena.
Papá clarinete ha sacado a pasear a su pequeño violín. El triángulo comparte chispas de chocolate con las percusiones, de por sí con problemas de peso.
Salgo de casa decidido a abandonar el encierro, y los árboles, que compran boletos para toda la temporada, saludan con sacudidas el bullicio que precede a la obertura (y yo, que busco acomodo en la orquesta, en señal de respeto les sonrío con una reverencia). La enredadera me ve, orgullosa, y me presume con muecas: “un año más –dice, un año más y llego al palco”. El puesto de flores es jaula de veterinaria, y las margaritas, los girasoles y las lilas, como gatos abandonados, me llaman con la pata y dicen, gimiendo: “llévanos contigo, llévanos a casa”.
Es primavera, y este corazón se queja por la pauta de violonchelo. Por un instante lamento ser el triste en esta fiesta. Pero luego me reprendo: “Entiende, eso eres: el chelo”. Convencido otra vez de mí, retuerzo los tornillos de Frankenstein que llevo en el cuello, afino mis tripas y saco la panza hasta que me cuelga entre las piernas.
La batuta da tres golpes suaves. Sin hacer ruido, apenado, tomo mi lugar –abajo, izquierda– en el parque-escenario.
Y al primer movimiento de arco me siento feliz de poder ocultar, entre tanto instrumento, la melodía invernal de los que, como yo, nacieron violonchelo.
Algo sobre el preludio
d.jpgebimos entender, desde el principio, que los fuegos pirotécnicos, las escalas y los arpegios son inherentes de los preludios. Que hay música en los desencuentros. Que los desfases y las aparentes descoordinaciones son fugas necesarias que repelen y atraen y repelen y finalmente funden esas cuatro manos en una sola melodía.
No lamento haberte conocido. Me da pena porque no fuimos sabios con el tiempo. Porque no pudimos esperar a que llegara nuestro andante o nuestro allegro; porque nos malgastamos en los contrapuntos. Me da pena porque nos graduamos en la escuela de los que archivan los rencores. No debimos hacerlo. Fuimos ocupando las cinco paralelas del corazón con notaciones amargas, hasta que abandonamos la orquesta: al tararear un segundo movimiento, sin saber que habíamos vencido, nos apresuramos a sentirnos cansados y los cansados dicen adiós.
No me quejo, pero no me dicen nada –aunque finja– las arboledas; no me cantan los silbatos del afilador; no me espantan los ladrones del barrio ni las noticias de los últimos días sobre el deshielo de los polos. No me mueven ni el viento ni las ganas de salir corriendo. El mundo puede irse a la derecha, si quiere, y no me sorprende porque las aventuras y el progreso, la música de sintetizador y los gobiernos perfectos, las letras suavecitas y los ateos o cristianos o musulmanes o judíos me tienen sin cuidado. Imagina: lo más entretenido, en estos días, es regresar a la estufa esa hoya en la que preparo un caldo con tus recuerdos.
Hasta hace poco, cada tarde salía a las calles y me sembraba en el piso. Sacaba un puñado de clavos y remachaba mis pies en la banqueta. Si al segundo día me esperaban cien personas, a la semana eran hordas que aplaudían y gritaban y lanzaban monedas o hacían piruetas. La tarde en que no me presenté se comentaron pocas cosas. Y aunque me conocían y sabían bien en dónde vivía, no me obsequiaban siquiera una mirada si me encontraban, por casualidad, en el mercado, la tintorería o la tienda. Así aprendí que la tristeza no se expone al sol, no se vuelve espectáculo porque llegan las moscas. Aprendí que los muertos no provocan siquiera la compasión de los sepultureros. Desde entonces la paso en este encierro, pensando en lo que no hicimos, en cómo dejamos que nos ganara el cansancio.
No fuimos sabios con el tiempo. Nos ganó un preludio, y como novatos, decepcionados, nos retiramos del concierto.
No lamento haberte conocido. En todo caso, lo juro, lamento haberme quedado con tantos recuerdos.

Gotas en el techo
q.jpgué te voy a contar si lo sabes todo; si fuiste todo. Pero lo escribo –mientras me saco los clavos del cuerpo– porque tengo la esperanza de que un día te despojes de mí, y te atrevas a leer estas cartas que, terminadas, son confeti que lanzo por la ventana. Paso mucho tiempo viendo por la ventana, ¿sabes? Antes era para fugarme, para no quererte tanto, para esquivarte la mirada; ahora es para confirmar que definitivamente no vuelves, y que dos inviernos deberían ser suficientes para entender que debo regresar, sin ti, a la cama.
Quisiera decirte que te abrigues bien, que te vaya bien en el trabajo, que voy por ti para tomar chocolate con pan en el cafetín de los chinos, en el centro de la ciudad, en esas calles que conquistamos caminando. Quisiera preguntarte si eres feliz, pero no lo hice cuando estábamos juntos, y ahora me parece ridículo dirigirme a las paredes sudadas de este cuarto. Maldito cuarto. Lo recorro diez o veinte veces en la madrugada, y caigo en cuenta que era mejor cuando estabas y algunos espacios me estaban vetados. Tu recámara, por ejemplo. O el pasillo que daba al baño, y ese mismo baño.
Lo peor del desamor es la duda: uno quisiera saber si todo lo que pasó fue realidad, o si lo inventamos para sentirnos queridos, o si los dos cerramos los ojos y soñamos que teníamos todo. La duda. Gota de agua que cae del techo a las cuatro de la mañana; menta amarga en la boca del estómago; perro negro que me sigue a los conciertos, al súper y al trabajo; que me espera en la banqueta o me acerca la silla para que no me caiga de borracho.
Lo peor de la duda es saber que hay poco tiempo para encontrar respuestas, antes de voltear la página y dar esto por terminado. Duermes poco porque intentas sacarle jugo a cada segundo; crees que la vida se te va, y entonces –es mi caso– te clavas los pies al suelo, escribes cartas. Y la pasas mal. La guapa que atiende la mesa te cierra un ojo a diario y tu la ves borrosa, con ganas de que no trajera la carta y se acordara, por amor de Dios, de tu orden (siempre la misma): consomé con arroz y tostadas sin queso y sin crema. “La sopa del día bla bla bla”, dice, girando el pie derecho sobre la puntitas del zapato. Le contestas, sin entender una papa lo que está pasando, sin atender un segundo la sonrisa en los labios: consomé y tostadas, carajo. (Ella debería saber que la tristeza no sabe de comidas corridas o de especiales del día; que no se lleva con los ruidos de las cucharas y las ollas. La tristeza exige alimentos a la carta).
Ahora mismo quisiera ver llover. Cuando era un chamaco me gustaba observar cómo resbalaban las gotas del tejado, hasta estrellarse en el suelo, trayéndose consigo piedritas en varios tonos de gris que contrastaban con lo blanco de la arena. Qué te voy a contar, si tu bien lo sabes. También las seguía con el dedo mientras cruzaban arriba-abajo el vidrio, y me excitaba pensar que, al terminar el chubasco, mi ciudad-desierto sería un jardín de flores y arboledas. Qué mentira. Hoy las gotas me persiguen prácticamente todos los meses del año. No tengo que esperar a que llueva porque llueve adentro del cuarto, o este cuarto suda porque cocino para más de uno, o es mi respiración, o el encierro. No me quejo del encierro. Se antoja irse de aquí, por supuesto. Afuera hay pocos lugares en donde quiero estar, y uno de ellos es detrás de ti. Dentro de ti. Arriba de ti o debajo de ti. Por eso no salgo. Por eso vivo del trabajo al encierro a los bares a los que hago que me siga el perro negro de la duda, que a estas alturas es buen aliado y se toma mis parrandas como su paseo.
La duda. Quisiera saber, por ejemplo, si los dos tuvimos la culpa o si solamente fui yo. Si había una tonada que pudimos haber seguido, y si tu, que sabías de su existencia, no me la diste porque me fingía sordo. La duda. Cuando me vaya, me quedarán muchas dudas sobre esta vida; nunca la de saber lo que fuiste para mí, corazón sangrante y helado.
Merece morir aquél que se acomode el corazón del lado equivocado para esquivar los dardos de la duda. Merece morir, también, aquél que pretenda vivir de un corazón prestado.
Violas nuevas
p.jpgorque estoy muerto, veo el fin del mundo como poca cosa y las películas me dan ganas de llorar, sin haber entendido siquiera la trama. Porque estoy muerto, y desde hace tiempo apesto, trato con cariño los residuos de plomo y nicotina en los pulmones, únicas partículas de mí (sin ser mías por completo) que no dan asco. Me dejaste sin hijos y ahora pongo pañales a cada gusano que me sale de los ojos; de ellos brotarán mis nietos, que no son flores de panteón sino motos Vespa en Italia, cardamomo en polvo para el té, títulos profesionales que se venden en el mercado negro del Distrito Federal, cuerdas de plata para violas nuevas, vinagre de miel, compota de manzana, foie-gras y residuos de orina, secos, en tubos de ensayo sobre anaqueles de un hospital-prisión moscovita donde se archivan horrores de cierta guerra fría.
Porque estoy muerto, vivo. Porque estoy muerto, siento. Porque no vendrás, te espero. Porque ya no estás, te canto.
Ruido de trombones
t.jpgomé la carretera con el corazón envuelto en un periódico. Vi el reloj: las dos de la mañana. Pasé las casetas y luego la desviación a Querétaro; olí la humedad y supe que la laguna estaba cerca. Vi la luna, enorme y abollada, bonachona y cacariza, acostada a nivel piso. Es Cuitzeo, me dije; el cielo se toma un descanso.
Estiré la mano al asiento del copiloto para tomar mi encargo. Chapoteaba sangre. Abrí el bulto y lo puse frente a mí: era un corazón rojo, brillante, cruzado por clavos de lado a lado.
Abrí la ventana y escuché los juncos. Tomé fuerte el corazón con la derecha: no me atreví a lanzarlo. Pensé en acelerar, en desviarme de la carretera. En dos segundos desistí. Reasumí el control y aplaqué las ganas.
Fue entonces que volteé los ojos al corazón con clavos, luego a la carretera, y me espantó una paloma perdida que volaba, polilla suicida, hacia las luces del auto. La vi golpear el parabrisas y sentí una lluvia ligera de polvo de vidrio. Frené a la mitad del asfalto. Abrí la puerta y me eché a correr.
Era una bola de plumas y carne. La encontré junto al carril de alta velocidad; la levanté del suelo y me la llevé al pecho. Respiré; aferrado a la almohada sangrante me hinqué a mitad de la carretera, y pensé –después de tener la mente en blanco–: “Voy a darme la oportunidad”. Vi el reloj otra vez y cerré los ojos. Había llovido, y la laguna, desbordada, hacía ruido. Pensé muy poco en el impacto.
Medio minuto, un minuto hincado. Me puse de pie. Solté los restos de la paloma y regresé al auto. Tomé el volante, me toqué el cuerpo: todo bien con las piernas, el estómago y los brazos. El corazón, de regreso al pecho, estaba temblando.
Merece morir, pensé, aquél que pretenda vivir sin corazón; merece morir el que lo traiga en un periódico doblado.
Olía a sangre fresca; de hecho, la llevaba en las manos. Seguí camino a Morelia, tranquilo y con sueño. Añoré la cama: eran las cinco pasaditas cuando vi la luna de Cuitzeo por el espejo del auto.
Los camiones de carga llenaron al carril de alta velocidad con su ruido de trombones.
Ese día dormí hasta tarde.
Tema principal
l.jpgos argentinos hablan, en voz baja, sobre formas migratorias y sobre el caso de dos expulsados, “que a pesar de que tenían buen trabajo fueron obligados a tomar su avión de regreso a Buenos Aires”. Hay un psicólogo entre nosotros, hombre amable y de fiar, que fue abandonado por su mujer hace ya casi veinte años y todavía la usa como ejemplo para ayudar a los deprimidos (entre crucigrama y crucigrama) en consultas de café por las que no cobra un centavo. Otra vez esa gordita, solterona de 40 años, que parece que se aburre en el banco de la barra pero no se queja porque aprovecha bien la tarde: se lame la espuma del capuchino con la lengua azul, y saborea a los jóvenes, la mayoría gay –ella no tiene por qué saberlo–, que presumen piernas musculosas, de libro vaquero, enaceitadas. Tres mujeres se dan cita para discutir sobre maridos y matrimonios y amarran sus perros en las sillas de las mesitas del exterior. Los adolescentes se esconden en el fondo para rozarse las puntas de los dedos y alguien los mira con ojos de malo –y lo entiendo–, no porque desapruebe que se toquen, cada quién, sino porque quiere impedir, antes de que sea demasiado tarde, una escena de melcocha de amor. Las niñas cruzan la calle gritándose nombres de novios, como hace una semana una pareja seleccionaba, en este mismo lugar, el nombre del nonato. El cielo contrasta su gris iluminado con el verde de los árboles. Un viejo arrastra los pies. El vendedor de pan muestra la canasta en la bicicleta. Los perros, que no viven un solo día sin hambre, abren y cierran el hocico lleno de saliva, jadeantes.
Miro todo esto desde mi punto de vigía. En cuanto salgo del trabajo me instalo aquí, en este torreón improvisado. Lo mismo hago sábados y domingos, de preferencia por la tarde, porque, no me creerás, ahora duermo, ahora permanezco más tiempo en la cama. De qué vale levantarse temprano, pienso. Para qué ponerme tenis y salir a correr, como me aconsejan, si nunca lo he hecho. Mejor pido café, fumo, me acuerdo de ti y veo gente.
No hay día que no piense en ti. De hecho, mi única esperanza, al salir con luz de sol, es encontrarte por allí, en donde sea, comprándote un vaso con fruta o un yogurt o un licuado. O haciendo cola en los cines. A eso, a buscarte entre la gente y a comprar palomitas y pendejadas en la dulcería, voy a los cines. Jamás entro. Reviso la cola de reojo para ver si apareces. Hago como que veo los carteles –que me valen una chingada– y alguna vez he preguntado las funciones para tal o cual película, y hago cara de interés profundo cuando inquiero: ¿y quién es el director?, como si realmente me interesara algo. No entro a las salas, como tampoco me atrevo a abandonar los linderos de este barrio-prisión en el que vivo. Me he trazado un perímetro y no cruzo hacia los lugares de la ciudad en los que estarás y te encontraré, con toda certeza. Te conozco bien; me conoces perfecto; sabemos en dónde estamos a cierta hora, y yo, a pesar de eso, pienso que un día, como las aves desorientadas, como los leones marinos o las focas o las ballenas que pierden la brújula por lo del calentamiento global y esas cosas, llegarás a los lugares que ahora frecuento, los más lejanos a ti, a pedir un café o un boleto de cine o una botella de vodka o pan de centeno. No me atreveré a saludarte. Te seguiré un par de cuadras. Comprarás vino y queso feta y entonces sabré que el mundo te sirve sin mi, definitivamente. No quiero enterarme. No quiero saber que rehaces tu vida porque será muy difícil regresar a casa a tirar a la basura los últimos rastros de tu existencia (más allá del dolor), que mantengo ocultos en rincones estratégicos: una bolsa, varios libros, un champú, algunos discos, tu olor (bendito olor que no se va ni con los diez mil cigarros que me fumo a diario) y la música, tu música, nuestro tema principal, que jamás notamos y que habrá de perderse. El desamor tiene fecha de caducidad, tu lo sabes, igual que la memoria.
Amor, mi dulce amor. Una mujer con pañoleta arrastra una caja de cartón; una niña que ayer me ofrecía chicles ahora carga la guitarra; esos dos reparten droga en los cientos de departamentos de solteros; llegaron los que destapan las coladeras; los mequetrefes brincan sobre los charcos; un hombre bien vestido y su esposa emperifollada miran los aparadores; los judíos que vienen de la sinagoga; esos otros traen tiznada la frente. Mientras, yo espero que entre tanta gente decente aparezca uno que de pronto me dispare a quemarropa; aquí, en donde estoy en las tardes; aquí, en mi torreón desarmado y sin defensas, del que no me levanto a menos de que aparezcan los mogoles, los persas, los visigodos o los aztecas dispuestos a que corra la sangre (de preferencia la mía), o a menos de que aparezca la señorita con la cuenta y advierta, ya molesta, que apagaron la cafetera porque simplemente está “en reparación”.
El desamor tiene fecha de caducidad. Desaparecerán también, espero, los argentinos, la niña, los judíos y los católicos, la señora de las joyas, los perros amarrados, la solterona del capuchino y los destapacoladeras.
Francamente quisiera que la vida tuviera un poco de prisa. Que se destaparan las ojivas nucleares del planeta y que miles de cohetes, vueltos locos, desquitaran su sueldo y destruyeran. Que no quede nada de pie. Que una piedra sobre otra se interprete como un acto público de indecencia y promiscuidad.
Reexposición con clavos
a.jpgrriero soy, de clavos. En mis corrales hay propios y ajenos. Si salgo a caminar, los descubro en los surcos de los rostro y los pastoreo como si fueran míos. Si recorro las banquetas, sé que estarán acurrucados en el canto de la acera. Si estoy acompañado, puedo ubicar los agudos y los que, de tan graves, prefieren esconderse bajo la mesa y emborracharse con lo que nos sobra. No es difícil verme por allí, con mi rebaño de clavos, de día o de noche, llamando a los descarriados por su nombre. (Como un apostolado. Se pierden amigos, obvio; las invitaciones a las fiestas escasean. Hay que comprenderlo: el pastor de clavos es pastor de miserias. Y a nadie le gustan los arrieros de la miseria).
Los buenos arrieros –como yo– con capaces de juntar suficientes clavos en una sola madrugada como para apuntalar los durmientes de un ferrocarril del Distrito Federal a Ciudad Juárez y de regreso, o para clavar un pie (el derecho, en la banqueta) de cada habitante en una ciudad mediana, como San Luis Potosí. No conozco un arriero similar a otro. Los hay de todo tipo: con familia, hijos, fortuna; los que pagan alquiler en el hotel de paso de Insurgentes; los gerentes de banco, los vecinos intachables, los relojeros, los burócratas federales; los del camión, los del metro, los de la tienda, los del mercado. Abundan los que sí duermen sus horas, y los sonámbulos que frecuentan los bares porque allí –han aprendido– los clavos son moneda de cambio. Pero son más los arrieros insomnes.
Los pastores de clavos (arrieros de penas, como también se les llama) tienen miles de fórmulas para apacentarlos. Conozco a los que los llevan al cine, único lugar que los acepta oficialmente durante el día. Otros los esconden en el trabajo o se bañan con ellos. Los rancheros engordan sus clavos; los chefs les enseñan cocina. Mi abuelo sacaba sus clavos a tomar sol; los depositaba con dulzura sobre el piso del patio y se sentaba a verlos bajo la higuera. (Comí de esa higuera. Le arrancaba hojas para verla llorar).
Antes, te decía, utilizaba los clavos para remacharme los pies en la banqueta. Supe después que los enfermos de parkinson, si quieren caminar, necesitan un estímulo táctil para que los pies despierten. Y sólo así se mueven. Recurren a bastones para irse dando golpecitos, o procuran que el pie en movimiento, al bajar, roce la pata de un mueble y les garantice el siguiente paso. Por eso dejé de clavarme a las banquetas. Qué pena, el parkinson del corazón.
Ahora acumulo clavos en el departamento. Noche tras noche. Voy cerrando las habitaciones en cuanto están llenas. Si ya son muchos y me ahogan, corro y tomo el martillo y me los gasto en el pentagrama que me rallaste en el corazón, con las uñas, el día en que te marchaste. Cada nota de esta melodía, imaginarás, la vivo con dolor.
Cuando me acabo los clavos y mi casa vuelve a quedar vacía, salgo a buscar más. Los hay en el traje del señor de bigotito que paga para que las muchachas le bailen; están en los rostros de los casados y de los solteros, en el de la señora que pasea el perro; los patean los futbolistas en la televisión y los gritan los que venden camotes con miel en las calles. Clavos da de mamar una madre a sus hijos, creo. Clavos lleva la joven bajo la blusa.
Arriero de penas soy. Pastoreo clavos.
Notas sueltas
l.jpgas palomas hicieron del techo vecino un portaaviones. Todas las mañanas las veo aterrizar y despegar, peligrosamente, y me espanto porque andarán cargadas de bombas. Hace fresco, y me siento Tora Bora humeando.
Me escondo en una taza de café. He dejado el cigarro para evitar los radares de aves y de cánceres.
***
Voy a correr a las aves del corazón, a los caracoles del corazón, a los clavos del corazón. Y luego los voy a atrapar. Porque no quiero a nadie por su voluntad: busco prisioneros.
He sentido un balazo en la nuca más de una vez, y se siente poco. Hay soluciones que no serán, jamás, suficientes.
***
Alguien tiene recetas para todos los males, dicen. Alguien que no soy yo, seguramente.
(Para mirar al sol sin que te duela, comentan los muertos, es necesario sacarse los ojos primero).
Coda con cencerro
a.jpgnda, ven, te muestro: he colgado en la ventana un pequeño cencerro que se mueve con el viento, y al roce del badajo suena seco y delicado como si fueran tus nudillos palpitándome en la puerta. Invento teorías sobre cómo te convenciste (tú que no tienes estos gestos) para llegar tan lejos (un tercer piso) a pedirme que por favor te abra.
Por las mañanas camino el barrio e imagino que alguien se aparece entre los autos y me roza el hombro, y dice: “hey”, con tu tono. Que luego me acompaña al café. Que lee conmigo la prensa. Que se despide porque se nos ha hecho tarde, y dice que regresará de noche. Por eso duermo ligero, atento al sonido de la puerta, que es, lo sé, la música que el cencerro me dedica –y bendito también el viento–: hermosas sonatinas cortas, mentiras deliberadas, notitas de esperanza que plagio impunemente para hacer, en estas largas madrugadas, una breve suite del desamor.

Music on: Let my love open the door - Eddie Vedder
Quote: "What did my fingers do before they held him?" Sylvia Plath
Reading: La telenovela de las cuatro no se detendrá porque alguien logró matarse - A.E. Quintero

domingo, 27 de abril de 2014

Tabaquería - Fernando Pessoa

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.


Music on: Gravity - Coldplay
Quote: " no existe perdón sin que se derrame sangre". Haruki Murakami
Reading: Amistad de juventud- Alice Munro

jueves, 14 de junio de 2012

ºº Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir ºº







Es muy difícil, digan lo que digan, simplemente querer a alguien. Por más que uno se engañe y se diga fervientemente que uno está más allá de todo eso, que tales cosas no pueden llegarle a pegar como a todos, que tal cosa no puede suceder, sucede. La barrera se rompe y cuando uno menos piensa ahí está en el abismo que causa el apego a la gente, con angustia por no saber, por deseo de saber y al mismo tiempo con la consciencia de que saberlo todo puede generar más problemas. Siempre se complica querer a alguien. Ya no digamos amar, pues es doblemente difícil. Es la cárcel, es la guerra, es la derrota.


Escribió Borges, a quien recuerdo hoy en especial por ser su aniversario luctuoso número 26, un poema llamado “El amenazado” en donde sencillamente condensa todo esto que trato de decir en un torpe balbuceo:


Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. 

La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. 
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, 
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para sus mares y sus espadas, 
la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejercitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

No hay mejor manera de decirlo. Amar es entregarse a una causa perdida, es algo tan grande y tan impenetrable que de poco valen todas las demás cosas. Yo me refugio en la poesía, dedico mis esfuerzos ya no a preguntarme por qué antes me llamaba y ahora ya no lo hace o en hacerme telarañas en la cabeza sobre si desea estar conmigo realmente, o por qué le cuesta tanto trabajo decirme que me ama, sino que ahora me concentro en leer y en tratar de escribir un poco al margen de esas cosas tan nimias y al mismo tiempo tan magnificentes, como el amor, que aunque las ponga en el margen, no dejan de trastornarme. 


Tal como lo ha dicho, señor Borges, así es: es estar en un sueño atroz. Y eso que he aprendido con el tiempo a dejar de hacer preguntas para las que no quiero la respuesta, he aprendido a quedarme en la mediocridad, a no cuestionar, a no esperar, sino simplemente a ser como yo soy y dejar que el otro sea como es y que me quiera en tanto le sea posible y ya. Yo seré la misma y el estado mediocre me ha salvado de algunas estupideces y algunas ilusiones. 


Pero siempre regreso a sentirme como el amenazado, como si el amor fuese la causa primera y última de la huida declarada, como si tuviera que salir de una cárcel de muros infinitos, en donde habita una eterna noche , donde el sueño no apacigua ningún sentimiento. Entonces trato de no pensar, de volcar mis esfuerzos una vez más hacia otras cosas, cosas que considero más trascendentales. Pero me engaño. Lo cierto es que quiero, lo cierto es que amo, con cada célula de mi ser y hay una parte, muy enterrada ya, en mí que anhela tenerlo todo, y lo peor, no es tenerlo todo con cualquier persona… es sólo un solo hombre el que me trastorna y me hace desvariar de esta manera a estas horas de la noche. Un solo nombre y un solo cuerpo del que necesito el néctar y la constancia, uno solo que es como es y no va a ser lo que yo pida. Ese del que por culpa del amor, maldito amor, me hace que me duelan los espacios que lo recuerdan, los ecos de un abrazo perdido, la luz que alguna vez compartimos, en ese instante caprichoso y desvanecido que suele conformar la percepción. 


Yo amo, señor Borges, amo y duele. Encamino mis tropas hacia la resistencia, hacia el dolor de no estar a su lado y ante la certeza. Lucho un poco, pero sé que debo perder. Me repito un mantra para quedarme en donde estoy, para alejar al amor, para confinarlo al margen, al a frontera donde no lastime. Pero fracaso. Como usted ha dicho: es el amor, habrá que ocultarse o que huir. 


 Music on: Valtari - Sigur Rós 
Quote: " y yo arrojo fuera de la noche mis últimas angustias que los pájaros cantando dispersan por el mundo" Vicente Huidobro 
Reading: El tambor de hojalata - Günter Grass

jueves, 24 de noviembre de 2011

"Porque la idea de un fin es intolerable para mí"

A veces no encuentro manera de decir, el llanto se me va para adentro, ya lo he dicho bastante, pero es verdad, pocas veces lloro ya hacia afuera… hoy no quiero decir, porque decir no siempre salva, hoy quiero que otros digan por mí y callar hasta tragarme todo el llanto en el precioso silencio... Me aterra el ciclo que no deja de repetirse, me cuesta trabajo imaginar a Sísifo feliz.

Me he tomado unas libertades poéticas, básicamente de cambio de género, pero así tal cual, que el escritor admirado, el que sí sabe escribir, Henry Miller, lo diga por mí.


Cuando me dejó, fingía, o quizá lo creyese, que era necesario para nuestro bien. Yo sabía en el fondo de mi corazón que estaba intentando librarse de mí, pero era demasiado cobarde como para reconocerlo. Pero, cuando comprendí que él podía prescindir de mí, aunque fuera por poco tiempo, la verdad que había intentado desechar empezó a crecer con abrumante rapidez. Fue más doloroso que ninguna otra cosa que hubiese experimentado antes, pero también fue curativo. Cuando quedé completamente vacía, cuando la soledad hubo alcanzado tal punto, que no podía aguzarse más, tuve de repente la sensación de que, para seguir viviendo había que incorporar aquella verdad intolerable a algo mayor que el ámbito de la desgracia personal. Tuve la sensación de que había dado un cambio de rumbo imperceptible hacia otro ámbito, un ámbito de fibra más fuerte, más elástica, que la verdad más horrible no podía destruir. Me senté a escribirle una carta en la que le decía que me sentía tan desdichada por haberlo perdido, que había decidido empezar un libro sobre él, un libro que lo inmortalizaría, dije que sería un libro como nadie había visto antes. Seguí divagando extáticamente y de pronto me interrumpí para preguntarme por qué me sentía tan feliz. Al pasar bajo al sala de baile, pensando de nuevo en este libro, comprendí de repente que nuestra vida había llegado a su fin: comprendí que el libro que estaba proyectando no era sino una tumba en la que enterrarlo… a él y a mi yo que le había pertenecido. Eso fue hace algún tiempo y desde entonces he estado intentando escribirlo ¿por qué es tan difícil? ¿Por qué? Porque la idea de un fin es intolerable para mí.

Music on: Black mirror - Arcade fire
Quote: "Seré todos o nadie. Seré el otro que sin saberlo soy, el que ha mirado ese otro sueño, mi vigilia." Jorge Luis Borges
Reading: Un soplo de vida - Clarice Lispector