jueves, 24 de abril de 2008

Las letras y las formas

Cuando alguien me pide prestado un libro o me pide que le recomiende uno, siempre surge la pregunta "¿Y de qué se trata?" A mi modo de ver, esa es la pregunta más desagradable que se puede hacer. Porque a lo largo del tiempo me he dado cuenta de que la literatura no se trata sólo de historias, sino de sentimientos y lugares y, sobre todo, de formas.

Mi predilección por las formas, por no decir, mi obsesión por ellas, la remonto al momento en que leí un libro que yo catalogué de "poco convencional", es decir, algo que no necesariamente me cuenta una historia desde el principio al fin en un orden estrictamente cronológico o que tampoco se concentra en contarme una historia como tal sino una serie de reflexiones acerca de todo y de nada al mismo tiempo.

El libro que leí bajo esa nueva perspectiva fue La pasión según G. H. de Clarice Lispector, aunque creo que bajo este rubro se puede considerar algo más universal, Rayuela de Cortázar es la novela por excelencia y, sin embargo, rompe con la cotidianeidad de la narración e impone un nuevo orden y una nueva forma.

Las formas son los grandes atractivos que encuentro en la literatura. Así que si alguien me pregunta de qué se trata algo, yo usualmente contesto que eso no importa porque lo de menos es la historia o la patología de los personajes, sino la manera en que el escritor entreteja una realidad a través del lenguaje.

Ciertamente, las formas no son el atractivo fundamental para toda la gente. Hace unos meses un amigo me recomendó un buen libro; yo, en la tendencia normal de recomendar lo que a cada uno le agrada más, le sugerí Niebla, de Miguel de Unamuno. La historia, si es que debo contarla para contextualizar, gira en torno a un hombre indeciso que encuentra que se ha convertido en un personaje de ficción pues el mundo se le revela del otro lado, donde reina la metaliteratura y el autor cobra vida en la novela; pos upuesto, pasan una serie de cosas interesantes y puramente anecdóticas que bien vladría la pena comentar aquí; sin embargo, a mí la historia como tal no era lo que me llamaba la atención, sino más bien, el hecho de pensar en la metaliteratura en sí y en la posibilidad de crear entes de ficción a partir de nuestras propias obsesiones.

Para no hacer el cuento largo, diré que a mi amigo no le gustó la novela (nivola en realidad) y prefirió que le prestara algo de Isabel Allende. Sin ánimos de ofender a la escritora que también tiene sus cosas atractivas e interesantes, yo desistí de enseñar a la gente a comparir mi amor por las formas y lo metaliterario y dejé de sentirme como un predicador al estilo cristiano que busca recoger a tantas ovejas descarriadas se encuentre.

A mí la historia puede no importarme, pues me improta más la pasión, la tristeza y el experimento literario con que algo se construye. Ejemplos de mis libros favoritos, que manejan algo que yo insisto en llamar "diferente" existen bastantes, por mencionar algunos, diré que disfruto el absurdo de Esperando a Godot, el arrebato y la melancolía de los dos personajes que esperan a la espernza aún cuando saben que ésta no llegará; también me fascina el experimento literario de El beso de la mujer araña con sus formas discontinuas y la creación de personajes a partir de la oscuridad de una cárcel. Encanto especial tienen las Historias de Cronopios y de Famas y el hecho de que el lector nunca sabe qué es exactamente qué es un cronopio pero igual resulta encantadoramente atractivo.

Así que la literatura no se trata sólo de historias. Es más, creo que pensar en ella como una serie de relatos no es sino empobrecerla. Se ha dicho ya que la litaratura no tiene más que cinco temas posibles y si esto es cierto (que no dudo) es la forma la que rescata las historias y les otorga la novedad que sigue desgarrando almas e intrigando cuerpos.

Si fuera tan sencillo trabajar con lenguaje, todos seríamos escritores de oficio.


Music: Sigur Rós - Agaetis Byrjun
Quote: "Amar es dar lo que no se tiene a alguien que no lo quiere" J. Volpi

miércoles, 23 de abril de 2008

En pausa

Me creo artista... y como hasta los artistas más malos o inconsicnetes se dan el lujo de ausentarse de sus páginas de intenet, anuncio que estoy reconstruyendo unas cosas en el blog. Sé que casi nadie me lee, pero los pocos que lo hacen merecen la notificación de mis locuras y mis obsesiones por el no-estancamiento gráfico de esta cosa.

Pero pronto regreso...

sábado, 19 de abril de 2008

El Naturalismo, la Pardo Bazán y su Destripador de Antaño

El Realismo y el Naturalismo son movimientos artísticos y estéticos que plantean la existencia de un mundo objetivo que puede ser descrito por el artista.

Émile Zola propone la estética del Naturalismo en 1871, en la cual se concentra en explicar cómo debe ser el arte y específicamente la literatura. La importancia de la perspectiva estética de Zola es que éste ve al arte como una ciencia, dado que así como la ciencia tiene un método científico, el arte también debe tener uno y este arte debe estar basado en el positivismo. Con esto, Zola pretende construir un método científico para hacer literatura.

Para Zola, el arte no tiene que ver con la fantasía ni la imaginación, sino que tiene importancia en tanto se toma únicamente lo que es científicamente comprobable, así pues, al arte y propiamente al Naturalismo, no le interesa lo que piensa la gente pues esto no es comprobable; Zola busca únicamente lo que se puede fotografiar y como sabemos, los sentimientos o pensamientos no aparecen en una fotografía.

En el Naturalismo, en general, las historias contadas son historias de masas y de gente con defectos o deformidades. El final es la muerte pues ésta es vista como la realidad absoluta del ser humano. Se habla de la parte agresiva del a Nautaleza, es decir, lo decadente, las enfermedades, la pobreza, la suciedad, los vicios, el hambre y la sexualidad; básicamente, todo lo existente en la vida del ser humano, pero con sentido negativo.

Emila Pardo Bazán es seguidora de Zola y rescata la visión simbólica en el Naturalismo. Su cuento “Un destripador de antaño” es un texto que tiene varios rasgos naturalistas y que ejemplifica con claridad lo que proyecta este movimiento en la literatura.

Primero que nada, hay que resaltar que efectivamente, la Pardo Bazán utiliza un lenguaje sencillo y se limita a fotografiar lo que ve, pues no se mete demasiado con aspectos sentimentales sino con descripciones de los eventos, los lugares y las personas.

El cuento inicia como si se fuese a empezar a contar una historia con tintes fantásticos e increíbles: “La leyenda del «destripador», asesino medio sabio y medio brujo, es muy antigua en mi tierra,”[2] con lo que se pone un poco en duda si se trata de algo naturalista pues el hecho de involucrar la palabra “leyenda” quizá pueda no remitir necesariamente a algo real y producto de una fotografía. Sin embargo, más adelante, al iniciar el cuento es donde se comienza a ver el sentido naturalista del relato. En el primer capítulo del cuento inicia la descripción del lugar en el que se lleva a cabo la historia; cabe resaltar que ésta sucede en un pueblo, cosa que no concuerda con el Naturalismo pues, según Zola, los escenarios deben ser urbanos. Aún así, dentro de la descripción de escenario hay un elemento muy importante que es completamente naturalista; el paisaje es hermoso y hasta onírico, aunque pobre, y desde este momento va a marcar el contraste entre la naturaleza tranquila y bella con la miseria de las personas que habitan en ese lugar.

De hecho este mismo detalle de contraste reaparece en el final del cuento en donde el amanecer resulta hermoso y en medio de la belleza es que se descubre el cadáver de Minia: “allí mismo, bajo los rayos del sol, del alegre, hermoso, que reconcilia a los humanos consigo mismos y con la existencia, divisó un bulto, un cuerpo muerto, el de una muchacha...”[3] Esto demuestra que la naturaleza no tiene nada que ver con la vida de los hombres, cosa que rompe por completo con el Romanticismo, por ejemplo, en donde la naturaleza incluso respondía al estado de ánimo del hombre y en donde había una comunión fuerte entre ambas entidades.

La imagen de Santa Herminia de Tornelos es muy importante para el relato; la santa parece muerta siempre y el enorme parecido de la santa con Minia revela que de alguna forma Minia terminará como la santa. Incluso la descripción del cuerpo con apariencia de muerto de la santa y la imagen del cadáver de Minia tienen elementos comunes; se dice de la santa que: “la postura permitía ver perfectamente la herida de la garganta, estudiada con clínica exactitud.”[4] Del cadáver de Minia se dice que: “su doblada cabeza descubría la tremenda herida del cuello.”[5] Esto ejemplifica la tremenda similitud entre la santa y Minia y el inevitable destino que tendrá la muchacha pues ella al morir ya siente que se está convirtiendo en la santa.

Ligado a esto viene el aspecto simbolista que rescata la Pardo Bazán pues los sueños de Minia o las visiones que tiene sobre su propia muerte no son cosas proféticas ni románticas sino manifestaciones psicológicas con bases reales, Minia se morirá no por un anuncio divino, sino porque las circunstancias la llevan a eso, porque trabaja mucho y no come bien, porque la falta de dinero y la leyenda de Don Custodio son el canal propicio para que Minia muera. Y la muerte de Minia es aceptada y entendida como una liberación al sufrimiento.

Otro simbolismo que utiliza la Pardo Bazán está en la yegua que monta Don Custodio pues al tratarse de una hembra, simboliza la perdición a causa de un ser de otro sexo, en este caso Minia, lo que deja ver que Custodio se dejó llevar por su instinto y se ha perdido como ser humano. Esta perdición se enfatiza porque al ir detrás de Minia, Custodio, con toda su inteligencia, se vuelve igual a la gente del pueblo, que en realidad son vistos como animales y por lo tanto se manejan únicamente por lo que el instinto les indique.

La perdición antes mencionada está relacionada también con la idea de Zola de que los hombres en realidad no son buenos sino que todos actúan con base en su propio beneficio y la bondad tiene detrás un propósito de satisfacción de alguna necesidad o deseo; así, Don Custodio tiene deseos de salvar a Minia no por altruista sino porque se le ocurre pensar que es posible contraer matrimonio con ella y así tener a alguien que lo acompañe y haga las tareas de las otras dos doncellas que se marcharon de su casa. Este aspecto es totalmente naturalista pues refleja la realidad de la naturaleza humana sin frenos y demuestra que la gente es convenenciera y que su bondad tiene siempre un propósito personal escondido.

El molino funciona también como un símbolo pues desde el inicio se muestra tranquilo y apesadumbrado, lo que refleja con su decadencia la tristeza y desilusión de la vida. También es importante que el foco de la descripción inicial es el molino ya que aquí es donde se desarrolla el eje fundamental de la historia. Aparte, el molino trae consigo la desgracia de la familia de Minia pues su mala administración los arrastra irremediablemente a la pobreza. El molino así como el lugar donde duermen es un rasgo naturalista ya que demuestra la suciedad y la promiscuidad de la familia pues todos duermen prácticamente juntos en medio de la suciedad y la carencia.

Jacoba de Alberte es un símbolo también, pues ella resume la ignorancia y la ideología de todo el pueblo; no es necesario conocer al resto de los habitantes del pueblo para saber que todos piensan de esa manera, que creen lo mismo de Don Custodio y que actuarán de la misma manera a la muerte de Minia.

Los personajes que aparecen en el cuento se describen como personas humildes y reales, desde Minia hasta Don Custodio todos parecen personas comunes y corrientes, lo cual es de suma importancia dentro de un relato naturalista. Como diría Zola, la vida de los hombres no se conforma de aventuras seguidas por aventuras sino que es verdaderamente trivial y para nada emocionante. Sin embargo, la Pardo Bazán plantea la idea de que los personajes a pesar de su condición pobre se aferran a las cosas materiales que tienen y se apegan a estas como si sin ellas pudieran morir, sin tener conciencia de que la muerte es en realidad inevitable. Pepona y Juan Ramón están dispuestos a hacer todo con tal de no perder su molino y el pedazo de tierra para sembrar, al grado de que Pepona decide matar a Minia y entregarla a Custodio a cambio de las dos onzas que tanto necesitan para que no los echen del molino.

Los personajes del pueblo son vulgares e ignorantes, su condición es irremediable y que nunca se podrán convencer de cosas sencillas y simples sino que siempre buscarán tener una explicación poco racional pues esta clase de cosas sí van con su manera de pensar. Algo que comprueba la magnitud de la ignorancia del pueblo es que ellos ven la botica de Don Custodio como algo feo y siniestro, de nuevo, algo ignorado y por lo tanto temido un parte de lo que se tienene que llenar con invenciones: “la anaquelería ostentaba aún esos pintorescos botes que hoy se estiman como objeto de arte, y sobre los cuales se leían, en letras góticas, rótulos que parecían fórmulas de alquimia (...) y otros letreros de no menos siniestro cariz.”[6]

Los personajes son pues, gente trabajadora, y algunos presentan características propias del Naturalismo; un ejemplo claro es el caso de Juan Ramón que es un alcohólico; la crudeza con que se describe su situación es interesante pues la Pardo Bazán describe cosas reales sin rodeos. Así, tenemos que Minia a pesar de ser bonita tiene rasgos naturalistas en su descripción pues sigue siendo pobre y mal alimentada: “tenía el pelo del color del cerro que a veces hilaba, de un rubio pálido, lacio, que, a manera de vago reflejo lumínico, rodeaba la carita algo tostada por el sol, oval y descolorida, donde sólo brillaban los ojos con un toque celeste, (...) Minia cubría sus carnes con un refajo colorado, desteñido ya por el uso, recia camisa de estopa velaba su seno, mal desarrollado aún.”[7] Así, Minia no es una joven fea pero no se olvida el hecho de que es pobre, que apenas tiene con qué vestirse y que el sol ha maltratado su piel.

Pepona es trabajadora y su condición ejemplifica la idea de que no hay libertad posible en el ser humano, como lo decía Zola, así como que el ser humano es un conjunto de reacciones físicas y químicas. Pepona es trabajadora y decidida pero su esfuerzo se pierde con el comportamiento de su hijo y Juan Ramón. El valor que tiene y su determinación a hacer las cosas, cualidades demostradas al acudir sin vacilar ante Don Custodio y no tenerle el miedo absurdo que le tenía el resto del pueblo, no le sirven de nada al final.

La libertad imposible también aparece disfrazada en uno de los temas ejes del relato, en el hecho de que la ignorancia es imposible de remover y que el pueblo seguirá pensando lo que quiera, así, después de la muerte de Minia siguen creyendo que ha sido don Custodio el asesino pues no pueden ver la realidad y es verdaderamente imposible convencerlos de lo contrario. Al final el pueblo ve a Custodio como “más destripador que antes, y destripador que tenía la habilidad de hacer que pagasen justos por pecadores, acusando a otros de sus propios atentados.”[8] Y la instrucción del pueblo es imposible, como bien lo había dicho Llorente.

Así pues, en este relato naturalista de la Pardo Bazán se aprecian varios elementos propios de este movimiento estético que busca, como ya se demostró, la descripción de los elementos naturales del hombre, de esta naturaleza vista como lo más propio del hombre y lo degradante de éste, lo negativo, con la idea de que ya no hay mundos oníricos diseñados para el hombre sino que éste es un elemento ajeno y eternamente triste y resignado.

La Pardo Bazán logra representar los ideales del Naturalismo en este cuento que, como ya se ha demostrado, ejemplifica la condición humana sin libertad y con una serie de obstáculos en una vida degradante, pobre y dolorosa, simplemente humana.








1] Émile Zola, « Le naturalisme aun théatre », en Le roman expérimental, G. Charpentier, Éditeur, París, 1880, cuarta edición, págs. 123-124.
[2] Emilia Pardo Bazán, “Un destripador de antaño” en Un destripador de antaño y otros cuentos, Alianza, Madrid, 2003, p. 53.
[3] Ibíd., p. 82.
[4] Ibíd., p. 57.
[5] Ibíd., p. 84.
[6] Ibíd., p. 69.
[7] Ibíd., p. 55.
[8] Ibíd., p. 82.

viernes, 11 de abril de 2008

Carta

Dicen que las cartas también son literatura, no lo sé de cierto, lo supongo; y sin embargo, hoy estoy dispuesta a creerlo porque hoy debo ser capaz de amarte aquí y ahora sin los sueños, pero sí con las palabras justas para escribirte lo que no te puedo decir, lo que te odio y te amo y lo que soy contigo o lo que no soy sin ti.

Y si se puede, lo tomo… y te escribo desde el dolor más limpio y dulce, ese que ya no es sólo dolor sino una disciplina constante de la vida, un aborto de mil suspiros que despiertan a la razón. Te escribo porque tú eres el recuerdo que pesa más que la muerte y la vida juntas, el destino insondable que se pierde en el amanecer de mis huesos, porque por más que te niegue, te vuelvo a encontrar, una y otra vez, siempre.

No ahora ni antes, sino eternamente, es tu rostro el único que mi alma admira y busca en la vigilia y el sueño. No hay otro sino tú, ese otro que se impone a la verdad de mi vida, otro que es el poder que me hace regar mis esperanzas con mis ojos, otro que es dulce y falso y aún bello.

Es que todo eres tú y tú no lo sabes. Aquí hay un hueco, el hueco de tus pisadas hundidas en la alfombra y el vacío de mis heridas secas. Y yo me trasmuto en el hueco también porque tú eres mi esencia primera y última y no me puedo llenar de nada porque no estás más; perdí lo mío en tus brazos, en el tiempo que traspasó la distancia y que desvistió a los árboles tantas veces, perdí también tu beso prohibido en la dura página de hielo de tus ojos y en la escala maldita que tocó mi réquiem.

Es sólo un silencio, un vacío y la sombra de ti atada al delirio, a la enfermedad crónica que padezco cada minuto por tu forma etérea y tu nombre impronunciable.

Y yo que quería la eternidad, sé ahora que no tengo sino la falaz esperanza del encuentro plasmado en la urna que guardará mis cenizas. Habrá un muro y ahí grabados nuestros cuerpos y nuestros labios insaciables tan cerca de encontrarse en un beso, un beso congelado en el tiempo, eterno, imposible.

No sé si te acuerdes, yo sí, porque mi vida y mis manos se arrugan de sal con puros recuerdos. Y yo me acuerdo de todo lo que eres y éramos y seríamos, me acuerdo también del porvenir dichoso que no tendremos. Esa tarde afuera del café, el frío de mis manos congeladas ante tu abrazo perplejo, tu sombrilla negra que apenas nos cubría, la forma que éramos unidos bajo la lluvia.

Me pregunto a veces qué es lo que eres, de dónde escapaste o qué hiciste para robar mi cordura y destrozar mi razón, para lanzarme hacia todo lo que me afirma y me niega si tú no estás conmigo. Eres el amor puro, sí, la encarnación de aquello que llamamos vida, la concreción de las cinco letras del deseo y el respirar de la pasión y la entrega.

No importa lo que seas, sino lo que soy yo contigo, no importa que estos versos quieran limpiar el alma triste y que no lo logren. No importa tampoco que estas no sean mis últimas palabras. Yo necesito escribirte siempre aunque seas ausente e impersonal, lejano y frío, las palabras me recuerdan que eres y que soy.

Acuérdate: Tepotzotlán al atardecer y el hotel que no tenía sino una cama pequeña, los dulces del mercado y la lluvia bajo los árboles. Siempre la lluvia como cómplice del encuentro y un cuarto con sábanas blancas que enredara nuestras formas para que bebieras el cáliz de mi ombligo y yo tocara el marfil de tus piernas.

Y luego, de mañana yo sentada en algún lugar del centro esperando tus llegadas tardías. Escribiéndote más de mis dulces versos antes de verte llegar como un ángel bajado del cielo, tus ojos tristes, tu simpleza.

Eso y aún más recuerdos… El encuentro en el pasillo del claustro, tus manos tibias sudando el rocío que nunca más volvería a tocar así, o el aula que cerrara el momento casual y jamás se consumara la pasión por culpa del miedo.

Y después, un mundo de posibilidades y yo simplemente despierta, saber que todo se derrumba y que la condena me persigue porque siempre eres tú el que miro y el que busco, o el que me busca. ¿Cómo decirte todo esto? ¿Cómo hacer que existas de nuevo? Si la vida no es sino un conjunto de instantes almacenados en la memoria, dime, dulce vida, ¿qué hacer para detener el tiempo y congelar el beso realizado y no el recuerdo de lo imposible?
Siempre tú y tú, el mismo aparecido en otro cuerpo, con la consigna de la ilusión robada a mis ansias infinitas. Siempre tu rostro, tu sonrisa que encuentro en todos lados y que es perfecta y suave. Tu verdísimo amor que regresa y el dolor que nunca se va.


No quisiera seguir la confesión ante tus oídos sordos, no quisiera deshacer el encanto de lo que queda; más bien quisiera delirar siempre. Pero sé que he de alcanzarte en el mundo y en todos los hombres que a veces creo, son el mismo, todos tú, buscarte para pensar que soy yo la que encuentra y no tú el que busca oscuramente y me domina y me doblega.

Quizá cada uno sea diferente y pueda creer en milagros. Pero el milagro no me será otorgado nunca, y no alcanzo a comprender, no sé qué he hecho para condenarme así, pero lo peor, lo que más duele es que intuyo con la verdad pegada a mis poros, que todo error radica en mi culpa, en haberte querido amar demasiado.

sábado, 5 de abril de 2008

Planes frustrados

No sé si a Shakespeare le angustiaba perder un manuscrito. yo imagino que sí y que igual le pasaba a muchos de los grandes escritores del pasado antes de que existiera el blogger.com. Y también imagino que entraban en crisis al extraviar alguna hoja o el contenido mínimo de alguna parte de sus obras. sin embargo, me parece que es mayormente angustiante estar escribiendo al borde de la inspiración poética y que de pronto el servidor de Internet o algún extraño error de la Matrix se lleve de manera misteriosa tu post del día y te quedes con la pantalla en blanco y la incógnita de por qué rayos sale esa página horrible que dice "No se puede mostrar la página." Y ahí van tus grandiosas ideas y tu creación alterna de realidades, tus sentimienetos desboradaos en el enguaje preciso y la palabra perfecta. Todo en un segundo.

Pues eso me acaba de suceder... y más allá del coraje y la frustración, creo que esta patología que me sucede es común a pocas personas. Esto se siente como perder un pedazo de uno mismo en esta red que no alcanzamos a entender (yo no la entiendo, no sé cómo es que es posible el funcionamiento de la banda ancha). Pero es pérdida... una muy grande. Y es tristeza también proque uno quisiera ser como Neo y entrar a la Matrix y matar al señor de traje negro... pero es imposible y, por lo tanto, me quedo sin post esta semana porque el nojo me impide iniciar de nuevo y porque, seguramente, el sistema hará que la ley de Murphy se potencie y frustre de nuevo mis planes.

viernes, 28 de marzo de 2008

La muerte dulce

En este pueblo no hay más remedio sino morir. Salir y quedarse afuera mucho tiempo implica entregarse a la muerte inmediata; permanecer adentro significa volverse loco antes de morirse de hambre.

Antes del amanecer las calles están vacías; poco después habrá quienes saldrán, por un tiempo breve (porque aquí el día dura muy poco), mientras la luz se mantenga amarilla y antes de que la oscuridad cristalice los suelos una vez más; pero regresarán de inmediato a sus casas si llueve, porque la lluvia es mortal y lloverá, de eso no hay duda.

Unos dicen que es el fin del mundo, pero nadie lo sabe con certeza y no lo pueden explicar; de cualquier modo y de ser efectivamente eso, éste empezó cuando un día el agua que llovió era más densa y dulce. Después siguió lloviendo ininterrumpidamente por días y noches y cada vez con agua más espesa, más dulce y naranja.

Al inicio, la gente se alejaba de la lluvia y no se detenía a investigar por qué ésta había cambiado de color y consistencia, hasta que alguien lo suficientemente valiente (o al menos desesperado) salió a tocar el agua, la probó y determinó que no era agua sino caramelo. Sí, llovía una especie de caramelo suave que paulatinamente cubrió el pueblo en cristal dorado y café. Todo murió; por días enteros llovió mucho y siempre caramelo.

Parecía un sueño, un pueblo tapizado de dulce que con el sol se derretía un poco y todo lo dejaba pegajoso, más muerto. No había qué comer, sino el dulce mismo que todo lo cubría y la lluvia era mortífera porque venía acompañada del viento tibio que se metía a la nariz y provocaba asfixia y ahogamiento.

Isabel y Santiago, a diferencia de algunos otros que de vez en cuando dejaban sus casas un rato, salieron con la promesa de no regresar, la misma promesa que se hicieron sobre tener una muerte conjunta. Buscaban cubrirse del rocío dulce que les taparía la nariz y los ahogaría lentamente.

Luego de contemplar el amanecer, espectáculo breve y hermoso (porque la muerte también puede ser bella), el cielo se oscureció, y después millones de gotas doradas cayeron de él. Los amantes se cubrieron de dulce poco a poco; se abrazaron antes de que les fuera imposible moverse, se besaron hasta que el aire ya no los dejaba respirar y, jadeantes, con los ojos llenos de lágrimas que se perdían en el cristal oscuro, se entregaron a la asfixia. Inmóviles y en silencio, sus cuerpos esperaron el fin de la lluvia y el frío eventualmente los cristalizó, dejándolos abrazados en el sueño de la muerte.

Después de ellos, buena parte del pueblo se resignó a la idea de la muerte dulce y en los días siguientes, más gente salió a entregarse a la lluvia y a morir por ella; otra parte siguió con miedo y prefirió guardar su vida en sus casas aún sabiendo que de todos modos habría que morir.

Al final, fueron más los que sucumbieron al dulce exterior que a la locura y al hambre del encierro; quizá viendo en el caramelo la posibilidad de una muerte más poética, muchos salieron en la tarde a cubrirse del rocío dorado y mortífero. De esta manera las calles quedaron tapizadas de estatuas doradas y amorfas ancladas en el suelo, más bellas que los cadáveres famélicos guardados en las casas.

viernes, 21 de marzo de 2008

En el arte de amar desplegado en cada centímetro de tu boca
y el dolor de no poderte asir más
y sólo pensar ahogada en silencio
en tu nombre grabado en mis dulces pesadillas
en tus ojos tristes que traspasan las goteras de mi alma

Sólo escucho el silencio de tus voces falsas en mi cuerpo cansado,

en mi piel seca de llorarte y de saberte lejos
en la tristeza crónica donde no hay sino un recuerdo
y mi voz que anhela un secreto pesado que debe salir
para decirte esa verdad que conoces y que desaparece en tu frente ciega.


Aquí en los muros grises de mi cuarto, en el hogar de los lamentos
pregunto sin voz al sueño y a la muerte
cómo decirte otra vez que te amo y no pecar de lo ridículo,

cómo hacer que me sientas y no huyas,
que me ames de regreso,
cómo dejar de mirar tus pupilas en cada uno de mis suspiros.

Pero sé que esto es la ilusión y la esperanza,
el dolor tuyo y mío de un todo infinito
que se alimenta del sonido de tus pasos perdidos en la distancia

y lo imposible de tu perfección a mi placer vedada.

No me queda tiempo de elegir otro mundo posible,
o de creer que hay redención mediante el olvido;
tampoco de negar la cabeza del destino insondable
o para dormir entregada al sueño del descanso eterno.

El peso de la vida sofoca las palabras
y en los párpados más duros que el silencio
deseo el final de mis horas ancladas en la condena
y pienso en la muerte fría y trémula
y aún le temo a sus manos desconocidas
o a sus murmullos de hielo.

Pero más temo que venga a mi alcoba perdida
y le mire el rostro desalmado y encuentre que hasta la muerte misma
tiene en la faz la mirada de brisas y atardeceres lejanos,
de los ojos tristes que no son sino los tuyos.

jueves, 13 de marzo de 2008

Muerte, amor y metafísica en los sonetos de Quevedo

Francisco de Quevedo y Villegas es uno de los escritores más importantes del Siglo de Oro español; es también el máximo representante del conceptismo, corriente retórica basada en la condensación expresiva, recargada con figuras de dicción como las elipsis, las oposiciones de contrarios o antítesis, las paradojas y en general, todo lo que exija una agudeza conceptual. La figura de Quevedo dentro de las letras universales es de suma importancia debido a la variedad de los temas que trató en su obra, la complejidad de ésta y su extensión. Es un escritor que cultivó varios géneros literarios de manera contrastante; de la misma forma que lograba las páginas burlescas y satíricas más brillantes, también cultivó una obra lírica de gran intensidad y unos textos morales y políticos profundos intelectualmente.

Los sonetos escogidos en esta ocasión son aquellos que de alguna forma logran condensar profunda y explícitamente la idea que el autor tenía acerca de la muerte ya que ésta resulta un tema recurrente en una parte bastante considerable de su poesía, y, no sólo eso, sino que el tratamiento que da Quevedo también llega a reflejar su entorno sociocultural así como el estilo del Barroco dominante en ese momento. Esta clasificación podrá resultar un tanto arbitraria si se toma en cuenta que en la mayoría de su obra el tema de la muerte se manifiesta de diversas maneras, sin embargo, se han elegido principalmente los poemas metafísicos porque expresan mejor sus inquietudes e ideas acerca de este tema, así como los amorosos pues, para Quevedo, la muerte y el amor son conceptos que se relacionan íntimamente.

Quevedo tiene siempre el deseo de manifestar que la vida de los hombres resulta demasiado breve e insignificante incluso para los hombres mismos, que resulta incomprensible y extremadamente efímera, tanto, que no es posible siquiera hacer una distinción temporal entre un hoy, un ayer o un mañana: “Ayer se fue; mañana no ha llegado; / hoy se está yendo sin parar un punto: / soy un fue, un será y un es cansado.”[1]

Quevedo muestra el nulo conocimiento del hombre con respecto al paso del tiempo, y la confusión que éste genera en la existencia; peor aún, expresa la imposibilidad de contabilizar nuestra vida, pues ésta resulta tan breve que no tiene sentido analizarla a través de un parámetro tan arbitrario como la concepción humana del tiempo. Esta misma idea, de manera muy similar, la expresa en otro soneto cuando dice: “Ya no es ayer; mañana no ha llegado; / hoy pasa, y es, y fue, con movimiento / que a la muerte me lleva despeñado.”[2] En este terceto se aprecia que sigue la misma idea, sólo que en esta ocasión se añade que la muerte es el fin último y único de la existencia humana y de todo lo que haga el hombre como entidad. De alguna forma, todas las acciones en el mundo tienen que llevar a la muerte. Aparte, Quevedo dice que él no tiene una conciencia real de lo que es su vida y que su muerte puede llegar en cualquier momento, sin embargo, él no puede saberlo: “Como el que divertido, el mar navega, / y, sin moverse, vuela con el viento, / y antes que piense en acercarse, llega”,[3] no existe una manera de prever la muerte, así como no es posible tener una concepción total de la vida, quizá porque ésta es algo difícil de entender o porque sencillamente sucede demasiado rápido y dura demasiado poco.

La muerte es una solución a esta vida, que no es más que un sueño: “Si fuere que, después, al postrer día / que negro y frío sueño desatare / mi vida, se leyere o se cantare / mi fatiga en amar, la pena mía.”[4] El morir es como despertar a ese gran sueño que se ha tenido; con esto se reflejan las dudas del Barroco y la confusión de ese mundo en el que no se tiene por seguro lo que en realidad se vive y lo que no; en las propias palabras de Quevedo: “El sueño, que es imagen de la muerte,[5]” demuestra que hay una duda constante entre lo onírico y lo real, a veces el sueño es mejor que la vigilia, a veces sucede lo contrario, pero siempre hay una confusión entre un mundo y otro, como se demuestra en el siguiente soneto:

Ay Floralba! Soñé que te… ¿Dirélo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?

Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.

Y dije «Quiera Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte.»

Mas desperté del dulce desconcierto;
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.

Al igual que lo hiciera Pedro Calderón de la Barca en su obra La vida es sueño, Quevedo expresa una incertidumbre sobre el mundo, incluso parece que la muerte es una especie de desengaño ante la vida que ha sido una falacia. Esta concepción del mundo tiene su fundamento en el tópico barroco español de pensar que todo aquello que había sucedido en un pasado era mejor que lo que se está viviendo en ese momento. De esa manera, se piensa que lo bueno no era más que un sueño y que los hombres al fin estaban despertando a la realidad, la cual no es tan agradable y placentera como el sueño.

Paralelamente, Quevedo también maneja el tópico del ubi sunt, tal y como lo hiciera un siglo antes Jorge Manrique en las Coplas a la muerte su padre, donde se plantea que todo tiempo pasado fue mejor: “¿Qué se hizo el rey Don Juan? / Los Infantes de Aragón, / ¿Qué se hicieron? / ¿Qué fue de tanto galán, / qué fue de tanta invención / como trajeron.”[6] Quevedo, en uno de sus Salmos, expresa la misma idea: “Descansan Creso y Craso, / vueltos menudo polvo, en frágil vaso. / De Alejandro y Darío / duermen los blancos huesos sueño frío: / porque con todo juega la Fortuna;”[7] como se puede notar, el concepto es muy similar, sólo que con Quevedo se introduce explícitamente la idea de que la Fortuna es quien decide lo que sucede, con lo que se enfatiza aún más la imposibilidad del hombre de controlar su propia vida.

Una forma en que Quevedo habla de la muerte sin hacerla tan explícita es a través de los juegos retóricos acerca de la juventud y la vejez; el poeta utiliza ciertos epítetos y adjetivos para hacer alusiones al paso del tiempo, por ejemplo: “La vida nueva, que en niñez ardía, / la juventud robusta y engañada, / en el postrer invierno sepultada, yace entre negra sombra y nieve fría.”[10] Aquí aunque no aparecen explícitamente las palabras “muerte”, o “tiempo”, es evidente que hay un juego con esos conceptos. Es frecuente que Quevedo utilice adjetivos como “fría” o sustantivos como “nieve” para referirse a la vejez; de la misma forma utiliza las estaciones como la primavera para hablar de la juventud así como referencias al tiempo y su fluir dentro de la existencia humana: “Pues cerca de la noche, a la mañana / de tu niñez sucede tarde yace yerta, / mustia la primavera, la luz muerta, / despoblada la voz, la frente cana,”[11] todo esto para remitir a su constante angustia por el paso del tiempo y la brevedad de la vida mortal.

En la poesía amorosa hay ciertos tintes petrarquistas, especialmente en aquellas composiciones en las que la voz poética se dirige a una mujer. Sin embargo, cabe destacar que a pesar de ser poemas amorosos, la mayoría no deja de ser filosóficos y metafísicos. La muerte nunca se separa del amor y éste es más fuerte que ella. Quevedo se muestra en algunos momentos un tanto pesimista, pues dice que la vida no es más que una prisión: “Del vientre en naciendo; / de la prisión iré al sepulcro amando, / y siempre en el sepulcro estaré ardiendo.”[12] Sin embargo, es firme la noción de que el amor existe en ese momento crucial durante el paso al otro mundo. El amor trasciende la muerte, lo cual es un detalle muy especial, ya que, para Quevedo, como se ha demostrado hasta ahora, todo termina con la muerte y en muchos sonetos no da esperanzas a nada, al contrario, reduce la vida humana a una cosa con importancia mínima; sin embargo, ahora es evidente que sí existe algo que puede ir más allá de la muerte: el amor. Este sentimiento es, más bien, como una fuerza a la que el hombre se aferra y, a pesar de no saber si en verdad trasciende o no después de la vida, el hombre tiende a creerlo firmemente, a aferrarse a él. Esta idea se demuestra claramente en su soneto más famoso:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a la ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado
médulas que han gloriosamente ardido

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
[13]

Después de estas líneas es ya evidente cómo Quevedo coloca al amor como la única constante certera en la vida de los hombres, pues a pesar de todo, el amor permanece más allá de lo físico. Este soneto en particular es uno de los mejor logrados en Quevedo, pues no sólo trata el tema del amor y de la muerte con una unión magistral y novedosa, sino que también emplea elementos retóricos del Barroco como el hipérbaton y las alegorías; asimismo, están presentes los elementos que más caracterizan la poesía de Quevedo por ejemplo, la referencia a la muerte como una sombra y el ver la vida como una luz, también aparece la alusión a la memoria como algo importante para dejar en el mundo y el anhelo por el encuentro con la muerte.


La obra poética de Quevedo puede engañar al lector a la primera impresión y hacerlo pensar que la muerte es el elemento más importante dentro de su ideología; sin embargo, ahora es evidente que quien ocupa el primer lugar es el amor, pues éste resulta ser lo más importante en la existencia, es incluso tan importante como la vida misma, como si una cosa no pudiera, o debiera, existir sin la otra. El amor y la vida son como enfermedades que no se pueden curar sino con la muerte, la que consecuentemente no es vista como algo terrible, al contrario, es una mano amiga que es capaz de reducir el sufrimiento que ocasionan tanto la vida como el amor y nótese que tan sólo puede aminorar el dolor pues el amor mismo resulta ser más fuerte que todo: “Si agradable descanso, paz serena, / la muerte, en traje de dolor, envía, / señas de su desdén de cortesía: / más tiene de caricia que de pena.”[14]

Tan resulta amiga la muerte que el poeta concibe a la vida misma como un accidente en la materia, como si la existencia de los hombres fuera parte de algo meramente casual y que el estado primordial del ser humano sea la inexistencia en este mundo terrenal. Esta idea resulta un tanto platónica en el sentido de que el alma, según Platón, cae al mundo sensible para estar encarcelada y que su existencia primera es la que sucede en el mundo de las ideas. Quevedo afirma que la vida no es nada: “Vivir es caminar breve jornada, / y muerte viva es, Lico, nuestra vida, / ayer al frágil cuerpo amanecida, / cada instante en el cuerpo sepultada.”[15] La vida no vale, es una ilusión, la brevedad de ésta no alcanza para hacer nada y sólo provoca una angustia por el paso del tiempo. De hecho, Quevedo anhela la muerte, espera ansiosamente que ésta se presente a su vida y pueda regresar al lugar al que él pertenece; esto, que es parte fundamental de su ideología es condensado en un cuarteto: “No me aflige morir; no he rehusado / acabar de vivir, ni he pretendido / alargar esta muerte que ha nacido / a un tiempo con la vida y el cuidado.[16]”, no existe angustia o tristeza por la llegada de la muerte, la vida misma es más dolorosa que eso y el poeta está feliz porque la muerte aparezca junto a él.

Quevedo es sin duda, el autor más importante del Siglo de Oro; la sensibilidad y la retórica que utiliza en su poesía son incomparables. Su concepción de la muerte es vigente hasta hoy, dado que los hombres aún están en busca de las respuestas que preguntaba Quevedo. La sociedad actual aún se puede preguntar: “«¡Ah de la vida!»… ¿Nadie me responde?”[17] y seguir sin respuesta.

No es novedad que la poesía y la literatura en general, encuentran un porcentaje de su importancia en la vigencia y trascendencia que pueda tener la obra literaria a través del tiempo y de las sociedades e ideologías humanas, Quevedo es uno de esos autores que ha logrado perdurar, y no sólo eso, sino que provoca incluso una especie de empatía con sus lectores. Sus ideas, inquietudes y pensamientos son fácilmente transportables a esta sociedad, en este momento. Esto comprueba que aquello que él planteaba con extrema angustia: el tiempo mismo como algo que es inasible e incomprensible a veces; la existencia humana que no es más que un leve accidente de la materia, pensamiento que considero uno de los más profundos e importantes dentro de su poesía. Actualmente aún podemos decir: “Diez años de
mi vida se ha llevado / en veloz fuga y sorda el sol ardiente,”
[18] y saber que esa idea, a pesar de haber sido planteada hace cinco siglos, aún representa la angustia humana.

El tema de la muerte está presente siempre en nuestro existir diario y eso no es una sorpresa, pues todos alguna vez nos hemos cuestionado acerca de ella. La vida y la muerte son, evidentemente, conceptos cotidianos, inseparables el uno del otro; sin embargo, es necesaria una gran sensibilidad y reflexión para dotar un tema cotidiano de tintes filosóficos e intelectuales. Y eso lo logra Quevedo a través de sus palabras profundas y su genio espectacular.


[1] Francisco de Quevedo y Villegas, “¡Ah de la vida!... ¿Nadie me responde?”, en Antología poética, México, Origen, 1984, p.8.
[2] Quevedo, “¡Fue sueño ayer; mañana será tierra!, Ibíd., p. 9.
[3] Quevedo, “Vivir es caminar breve jornada”, Ibíd., p. 12.
[4] Quevedo, “Si fuere que, después, al postrer día”, Ibíd., p. 80.
[5] Quevedo, “Más solitario pájaro ¿en cuál techo?”, Ibíd., p. 76.
[6] Jorge Manrique, “Coplas a la muerte de su padre”, en Antología de Poetas líricos Castellanos, México, Cumbre, 1977. p. 41.
[7] Quevedo, “¿Quién dijera a Cartago”, Ibíd., p.18.
[8] Manrique, “Coplas a la muerte de su padre”, Ibíd., p. 48.
[9] Quevedo, “Falleció César, fortunado y fuerte”, Ibíd., p.12.
[10] Quevedo, “Huye sin percibirse, lento, el día”, Ibíd., p. 9.
[11] Quevedo, “Ya, Laura, que descansa tu ventana”, Ibíd., p. 74.
[12] Quevedo, “¡Qué perezosos pies, qué entretenidos”, Ibíd., p. 83.
[13] Quevedo, “Cerrar podrá mis ojos la postrera” Ibíd., p. 82.
[14] Quevedo, “Ya formidable y espantosa suena”, Ibíd., p. 10.
[15] Quevedo, “Vivir es caminar breve jornada”, Ibíd., p. 12.
[16] Quevedo, “No me aflige vivir; no he rehusado”, Ibíd., p. 84.
[17] Quevedo, “«¡Ah de la vida!»… ¿Nadie me responde?”, Ibíd., p. 8.
[18] Quevedo, “Diez años de mi vida se ha llevado”, Ibíd., p. 81.