jueves, 4 de junio de 2015

Nostalgia deliberada



Tengo una serie de recuerdos reservados para momentos muy específicos. Hay gente que espera una ocasión especial para abrir un vino, igualmente especial; hay gente que cocina algo fuera de lo normal para celebrar un día. A mí me es suficiente con vagar hacia atrás en los recuerdos para rescatar ese instante ido, para deliberadamente entrar en el reino de la nostalgia. Quizá debería decir, más concretamente, que también, igual que él, lo estoy haciendo mi nostalgia deliberada.

Es muy extraño el proceso del alejamiento. Es incomprensible. Uno cree que ha llegado al límite, que por fin ha dicho basta. Pero tal parece que el regreso es inamovible, por paradójico que eso suene. Y me he dado cuenta de que no estoy loca, pues no sólo me sucede a mí. Hace unos días, por ejemplo, supe que a él también le sucede. Y no es que se trate de amor. Parece que él le sigue dando vueltas al asunto del amor, de lo que pudo ser, de lo que no fue, de lo que nos perdimos. Y yo sigo sin entender por qué hace eso, cuando yo me ofrecí entera y sólo recibí su desprecio.

El caso es, en verdad, absurdo. No he hablado con él, pero de alguna manera, seguimos hablando. Ya no quiero hacerlo. Ya no quiero, en verdad, escribir más sobre estas nostalgias deliberadas, ya no quiero aumentar la tentación de autodestruirme. Porque estar con él es eso, la destrucción inminente, el dolor, las lágrimas y los insultos. No quiero andar otra vez ese camino; sin embargo, hay un lazo que no consigo romper. Y él tampoco.

Ya no pretendo hacer de estas palabras una suerte de declaración o un escrito con la intencionalidad de que llegue a sus oídos (aunque sé que llegará). Pero quería, de cualquier modo, decir, pues no existe entre los dos otra manera de acercarnos, de saber lo poco que el uno del otro podemos saber.

He dejado de creer en segundas oportunidades, no puedo darme esos deslices, en especial no con él. Podría pensar que sería muy complicado apartarme de la ilusión de que, de alguna manera milagrosa, todo puede funcionar y reconstruirse, sobre todo considerando mi tendencia a la tragedia (¿no es eso acaso la tragedia, retar un destino ya conocido, esperando que sea diferente?), mas he logrado sentirme bien en el equilibrio. No pienso acercarme al desequilibrio. He entendido las despedidas, he entendido que muchas veces lo mejor es ponerle punto final a las cosas y huir, aunque después uno quede como un cobarde (aunque eso de la cobardía esté muy malentendido). Sólo elegí ser feliz.

Él acaba de escribir que la vida es una serie de recuerdos musicales (palabras más, palabras menos). Y tiene toda la razón. Este “que tenga razón es punto de conflicto”. Cuando coincide mi pensamiento con el suyo tiendo a pensar en la posibilidad de algo nuevo, pero sé que también existe lo otro, lo que no vale la pena rescatar, eso que si merece unos minutos en el pensamiento, es para reforzar la certeza de que no hay ninguna razón suficiente para regresar ahí.

Es un engaño hermoso, pensar que podemos funcionar. El regreso debe ser, para mi propio bien, algo menos frecuente. La escritura debe ser, menos para esa visita nostálgica y más para el futuro, para las cosas que apenas van a ser. Con mi escritura él sabe que lo pienso, pero también sabe que no pretendo hacer nada por saber de él. Quiero que este ritual de escribirnos porque sabemos que es lo único que nos mantiene, desaparezca también, poco a poco. Él vive en mi memoria —y esto es bien triste— como algo a lo que no hay que volver, algo que es una nostalgia deliberada, pero que ya no quiero que lo sea; tampoco quiero que el retorno sea un gusto, quiero dejar de hacerlo.




Music on: Brenninsteinn - Sugur Rós
Quote: "Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better". Samuel Beckett
Reading: Una pesadilla con aire acondicionado - Henry Miller

jueves, 21 de mayo de 2015

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Un año después

Los momentos cruciales no tienen fecha, no se les puede encasillar. Las cosas más extrañas, aquellas que cambian la vida, llegan cuando menos se esperan, rompiendo todos los planes y todas las expectativas. Aprendizaje, así se llama. Y también agradecimiento, muy importante. En su momento uno no lo sabe, pero eventualmente las piezas van cayendo en su lugar.

Hace un año se realizó la presentación de mi primer libro de narrativa, en el cual hay mucho de mí, muchos años de trabajo y de descubrimiento tanto personal como literario. Pensé que quizá tenía que encontrar una manera de celebrarlo. Y sí, esta entrada es una manera de hacerlo.

Hace un año, también, durante de la presentación de dicho libro, esperaba ansiosa la aparición de alguien que, según yo, era importante. Con el tiempo, es verdad, uno se da cuenta de lo relativo de las cosas. Grandes cantidades de tiempo pueden ser insignificantes así como un instante puede ser decisivo. Esa persona ya no es importante. Las circunstancias nos llevaron a alejarnos y dentro de mi aprendizaje también entendí que uno solo no puede gobernar la voluntad de dos.

Hace un año, por cierto, tampoco tenía en mente todo lo que tengo ahora, no podía siquiera imaginarlo: una pareja que me ama sin condiciones, un familiar menos, otro libro ya listo para probar suerte con las editoriales, un trabajo diferente, una bicicleta y el amor por andar en ella por horas, nuevas amistades, más poesía, más proyectos todos los días.

Así pues, no es posible ponerle fecha al cambio, de nada sirve creer que los ciclos van a cerrarse siempre el día 31 de diciembre, porque los ciclos se cierran cuando se tienen que cerrar, de una manera, a veces, incontrolable. Hoy escribo para conmemorar ese hermoso día de la presentación de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, con uno de los textos que ahí aparecen, el más personal, el más escalofriante:



Funeral

No lo conozco señor, pero imagino que está aquí por la misma pena que nosotras. Tenga un cigarro, yo no fumaba ya, pero hoy he empezado: A mi mamá le dijeron, días antes de morir que podía comer lo que quisiera, tomar y fumar si se le antojaba, yo creo que con esto me voy a morir pronto, así que qué más da, voy a fumar porque me gusta. Cuando nos dijeron eso, el doctor ya sabía que no iba a durar mucho tiempo y yo, yo tampoco puedo saber si voy a durar. Tome, le ofrezco uno. Le voy a contar lo que pasó.
Antes que nada, gracias a Dios que fuimos las dos, qué bueno que así fue, se le tiene que agradecer a Dios, eso nos enseñaron, porque son misteriosos sus caminos y sólo él sabe lo que hace. Pero ¿sabe qué? Yo ya no lo creo, así que olvídelo, no le doy gracias a Dios por nada, ¿cómo puede uno agradecer esas cosas? Aunque bueno, la verdad es que si no hubiéramos ido las dos, con una sola todo hubiera sido más difícil, se necesitaba que una fuera manejando hasta el sur y la otra sacara rápido la silla de ruedas y abriera la puerta del carro. Era necesario que yo, por ejemplo, cargara a mamá hacia afuera y la sentara con mucho cuidado porque ya estaba muy débil y de moverse poquísimo se cansaba. Era necesario que mi hermana cuidara de traerle la jícara por si quería vomitar y le recogiera el cabello de la cara si lo hacía.
Llegamos a esa clínica privada que no era una clínica sino un consultorio de gastroenterología avanzada. La llevamos ahí porque mi hermana, la mayor, dijo que era un lugar muy bueno. Ya se imaginará usted, que alguien le dijo que otro alguien había dicho que ahí la tratarían excelente. Y así, como si fuera una sentencia, accedimos a llevarla pues a esas alturas cualquier opción era buena, cualquier resquicio de esperanza parecía darnos la solución, parecía quebrarnos la incertidumbre y alumbrarnos de nuevo el día.
Y la llevamos por razones absurdas, pues no teníamos otras en qué apoyarnos, por fe, decían mis hermanas, porque la chica había dicho que “tenía un presentimiento” y que sentía “en lo más adentro de su ser” que nuestra mamá no tenía nada de lo que los otros doctores habían dicho, que si después de meses en el hospital no había pasado nada era porque no estaba tan grave, que seguro algo podían hacer. Ay, la niñita, la niñita de cuarenta años con el corazón ingenuo de un infante que cree en los reyes magos nos dejó convencer, creímos que la habían dado de alta en lugar de aceptar que la habían regresado a la casa para que se muriera con nosotras y para que no ocupara una cama más en el hospital.
Eran ya medidas desesperadas, ¿sabe? pero a veces uno no puede decir ciertas cosas en voz alta, era una certeza que oscuramente todas conocíamos pero hacíamos de cuenta como si fuera otra cosa, estábamos instaladas en el mundo del simulacro, haciendo como si una cosa, aunque se tratara de otra. Yo, por ejemplo, hacía de cuenta que mi mamá no me había dicho, días antes de que la trajéramos a la casa: “Ya sé que me voy a morir”, hacía de cuenta que tal frase de angustia y verdad nunca se había pronunciado, que como yo era la única que la había escuchado podía hacerla desaparecer. Medidas desesperadas, ciertamente, aunque me atrevería a decir que más que eso eran intentos fútiles y bien sabidos como fracasos. Durante el tiempo de agonía de mi mamá optamos por yerbas y medicinas homeopáticas, buscamos medicinas alternativas con batidos y masajes. Pero ella todo lo vomitaba, así sólo fuese agua, su cuerpo lo expulsaba trasformado en una sustancia apestosa y verde, a veces negra, con apariencia a petróleo y separada por la baba pestilente. Hacía menos de un año la habían operado del intestino y le sacaron casi la mitad del órgano petrificado, bloqueado y  convertido en una bola rígida. El doctor que la operó, un guapo y joven profesionista con clínica propia, dijo que por eso no dejaba de vomitar, que después de eso estaría bien. Le creímos, pensábamos que mamá ya estaría bien. Y sí, estuvo bien unos meses pero luego el vómito regresó y cada vez era más constante. Ese doctor de pronto dejó de responder las llamadas. Mi hermana hablaba constantemente usando ya distintos nombres y frases“¿Se encuentra el doctor Gabriel?”, “Quisiera hablar con el doctor Gabriel”, “Estoy hablando para comunicarme de urgencia con el doctor Gabriel”. Pero nada, jamás pudo hablar con él y cuando acaso la secretaria contestaba, decía que no había tiempo para programar una cita. Nos desesperamos todavía más. Nos faltaba el dinero, ya sabe usted cómo es esto aquí, había que irse a formar tempranísimo para sacar una ficha y con suerte obtener una cita para el mes siguiente. Si uno llega a urgencias y lo ven con una anciana que apenas se mueve, menos atención ponen. Así es aquí.
Así que estábamos ya ahí a punto de ver a ese nuevo doctor, un consultorio elegante y limpio, radiante, pero con todo, sin que inspirara confianza, ya sabrá usted, que no se necesita ser tan inteligente para saber cuando un lugar tiene esa buena espina o no. Esperamos casi una hora y mi mamá palidecía, hablaba menos, de apenas balbucear una frase se sentía cansada, su piel estaba amarilla, sus ojos ya no lo veían a uno. ¿Sabe? Ese día, por la mañana, antes de que yo me fuera a trabajar, se despidió de mí y sus ojos ya no me encontraron. Al entrar al consultorio la vi con pesadez, ahora era un hueso viajante, orgullosa madre de tres mujeres que antaño echara a andar un negocio y diera de comer a todas, sin más ayuda que sus ventas, sus tejidos y sus costuras, ahora reducida a nada.
Apenas dejamos la sala de espera para entrar al consultorio, vomitó sangre y luego otra vez esa materia negra, igual como lo había estado haciendo por días. El nuevo médico era un señor bien parecido, con unos zapatos pulcros y un traje gris oscuro debajo de su bata, tenía los ojos pequeños y cafés y un gesto que seguramente podría esbozar una linda sonrisa. Sus manos se veían nerviosas y al mirar la sangre pestilente no pudo más que hacer un irremediable gesto de desolación imposible de ocultar de ninguna forma. Mi madre, entonces, pareció que exhalaba el último aliento, yo lo vi: la vi a ella, transparente, tristísima y frágil dirigir los ojos vidriosos hacia el techo. Me atravesé de súbito entre sus pupilas perdidas y el techo, pero nunca pude recuperarle la mirada, peor que en la mañana, era como si desde ese entonces sus ojos ya estuvieran vacíos y me hubieran traspasado toda, como si ya no sirvieran realmente para ver las cosas de este mundo sino sólo otras cosas más difíciles, profundas, inexplicables.
Minutos después murió. Lo último que dijo, con mucho esfuerzo, fue que estaba muy cansada y quería dormir. El médico le limpió la sangre, fue a tirar los trapos sucios hacia otra puerta pequeña en el fondo del consultorio; mientras, mi mamá parecía quedarse dormida. Cuando el médico regresó ya no pudimos despertarla, fue el cansancio, el sueño eterno, que le llaman.
Ni una lágrima lloró mi hermana en ese momento, y yo, de alguna forma, sentí la confirmación de que haberla llevado a ese lugar no había sido bueno, y supe al acostarla en esa cama de plástico cubierta por papeles azules, que tendríamos que salir de ahí no como habíamos entrado y sentí también un dolor tan profundo, sentí como si todos los latidos del mundo estuvieran resonando en mis oídos sin dejarme pensar en nada más, como si el sudor se me estuviera acumulando en los poros para siempre, me sentí pesada y abstraída del mundo, se me olvidó que tenía que llorar. Mas el destino nos jugó otra carta aún más difícil. ¿Cómo íbamos a sacar al cuerpo tieso de mi mamá? Ya me imaginaba yo que no sería de la manera en que entramos, aunque de hecho, justo así fue. El médico no quería que el resto de sus pacientes en sala de espera supieran del reciente fallecimiento de uno de sus pacientes, de modo que nos pidió que sacáramos el cuerpo, antes del rigor mortis, sentado en la silla de ruedas en la que había llegado, haciendo de cuenta que estaba viva, haciendo de cuenta que no pasaba nada. Entonces me sentí en el mundo de simulacro otra vez, negando cosas ciertas, haciendo de cuenta nada más. El doctor arguyó que se trataba de un problema grande para su reputación, que nadie quería ver cómo entraba un vivo y salía un muerto. En ese instante lo odié, desprecié que le importara más su reputación de médico antes que nosotras. Pero no dije nada. Yo no estaba en mí, era como si otra actuara por mí. No sé de dónde encontré las fuerzas para mirar de frente una vez más y abrir con determinación el consultorio, sin voltear la cabeza al bien parecido doctor.
Sacamos a mi mamá entre mantas, bien sentada y sostenida sobre la silla. Así entramos en el auto, me fui atrás, cuidándola, mientras mi hermana echaba a andar el coche a un ritmo que no podría precisar si fue rápido o lento. Pero seguro que usted conoce lo difícil que es andar en auto a horas pico en una gran ciudad, seguro se imagina el suplicio que seguimos para atravesar la ciudad de sur a norte. El hecho de llevar como acompañante en la parte trasera del auto al muerto, al cuerpo, al que entonces ya no era la persona que habíamos conocido, fue la experiencia que nos acercaba al infierno con la lentitud infame de las llantas, pasando sin pasar, mirando sin mirar, igual que como me miraron sus ojos sobre esa cama de consultorio. Además hacía calor, el olor del cuerpo aumentaba, el aire acondicionado marchaba mal y por nada queríamos abrir los vidrios, qué irían a pensar los vecinos de coche cuando vieran el ya casi puesto rigor mortis, la boca deformándose, el líquido saliéndole lentamente por la nariz, los párpados tiesos a la mitad de las pupilas, la piel seca y amarilla, la terrible quietud.
Al llegar a la casa nos recibía mi hermana pequeña, de inmediato metimos a mamá en su cama, como si ahí hubiese muerto, llamamos a otro doctor, el de familia, adorable viejecito simpático que jamás pudo atinar qué había de malo con mi mamá y prefirió no encargarse de su caso. Quizá pensaba que podría morir en cualquier instante y nunca nos lo dijo. Finalmente él escribió el acta de defunción, adjudicando un paro respiratorio después de una larga crisis de vómitos. Ahí la dejamos un tiempo, nos sentamos junto a ella y vimos cómo se quedaba más tiesa, cómo se le abría la boca cada vez más y cómo nunca pudo cerrar ya bien los párpados.
¿Quiere otro cigarro? Ahora estamos a punto de llevarla al cementerio, esperamos solamente que llegue el transporte. El velorio fue sencillo, vino poca gente, la suficiente. Hay que enterrarla, ella creía que algún día vendría el juicio final y que debería conservar su cuerpo bajo tierra para resucitar. Esas creencias ya no las comparto, pero qué otra cosa puedo hacer. De cualquier modo el destino se burla de uno, por eso mejor conviene no hacerle mucho caso y es preferible creer en la casualidad porque basarnos en la causalidad nos puede volver locos. Hoy por la mañana el Dr. Gabriel habló a la casa, dijo que podía atenderla esta misma tarde.



Music on: Such great hights - The postal service
Quote: "La vida es una larga preparación para algo que jamás sucede." W. B. Yeats
Reading: El mundo es un lugar extraño - Severino Salazar

lunes, 20 de abril de 2015

"Say her name", o de cómo la vida de Aura Estrada llegó a mi vida



Creo que existen libros que llegan a nuestras manos en el momento exacto y preciso, que su arribo nos produce un cambio significativo en la existencia. La primera vez que sentí esto fue con La pasión según G. H., de Clarice Lispector, yo tenía apenas unos 20 años, llegó el profesor de "Seminario de filosofía de lenguaje" quien se suponía que debía darnos textos del medievo, pero decidió que sería mejor leer a Lispector, a Borges y a Octavio Paz. La segunda vez que aquello pasó, con mayor intensidad incluso, fue cuando leí Trópico de Cáncer, de Henry Miller, algunos años después, para la clase de "La generación perdida", en el sexto semestre de la licenciatura.

Esos han sido mis grandes parteaguas en la carrera literaria; después de ellos han habido algunos otros que, por supuesto, han sido muy significativos en mi existencia: No incluye baterías, de Alejandro Páez Varela; La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera; 1Q84, de Haruki Murakami, entre varios otros.

Pero hacía tiempo que no experimentaba esa empatía única que me pasó con Lispector y Miller. Y me llegó a través de un libro inesperado: Di su nombre (Say her name), de Francisco Goldman, un libro que cuenta la vida de Aura Estrada, desde la pluma de su esposo. Fue inesperado porque ni siquiera lo compré yo. Vi que una amiga subió un fragmento a facebook y me interesó, pregunté el título y, para mi cumpleaños, otra amiga, viendo mis actualizaciones, también en facebook, y mi extraña intriga por dicho libro, me lo regaló.

Desde el inicio me identifiqué profundamente con Aura. Ella murió a los 30 años, la edad que ahora tengo yo. Por lo que escribió Francisco, supe que teníamos muchas cosas en común: la escritura obviamente, además de otras excentricidades como pintarse el pelo de colores, tener un tatuaje, usar vestidos con jeans abajo, entristecerse por cosas que a otros parecen nimias, amar a un hombre considerablemente mayor, disfrutar la playa, no haber crecido con un padre. Yo también estudié letras, llegué a odiar la cerrazón de la academia; yo también creo que escribir es uno de los grandes motores de mi vida. Sobre la academia, Aura escribió en su diario lo siguiente:



Aura murió a causa de un accidente provocado por una ola, en la playa de Mazunte; Francisco hizo lo necesario por transladarla a un hospital para que fuera atendida; primero hacia Pochutla y luego vía aérea a la Ciudad de México. Pero Aura no sobrevivió. Murió esa misma noche, se había lastimado algunas vértebras, necesitaba ayuda para respirar y no sentía sus piernas, murió y con ello, una parte de la vida de Francisco, quien escribió el libro para recordarla y para darla a conocer a la gente, para dejar testimonio de su amor y para que, de alguna manera, la existencia de Aura pudiera trascender, aunque ella se haya quedado muy corta en el camino de realizar sus planes.

El libro es, sobre todo, triste. La pérdida del ser amado es, tal vez, una de las cosas más desafiantes que se deben (¿deben?) superar. Francisco, creo yo, sigue cargando un luto muy profundo, sobre todo porque en sus páginas se lee un amor verdaderamente incondicional y apabullante. Francisco trata de hacer perdurar los recuerdos, pero se enfrenta con la imposibilidad y la fragilidad. Existen varias partes que me parecieron sublimes, mas las que hablan de la memoria me resultan especialmente atinadas:



Vaya que es triste la pérdida; nuestras pequeñas tragedias cotidianas son nada comparadas con la muerte. Aun así, creo que a Francisco podría quedarle el consuelo, -manso, casi imperceptible- de que Aura se marchó justo en el momento en que más se amaban; así Francisco no tendría que sufrir la posible decadencia y puede vivir sabiendo que fueron lo más felices que se hubiera podido, esa idea tiene que ser su consuelo, su talismán para sobrevivir.

Años después de la muerte de Aura, además de escribir el libro, Francisco se hizo cargo de hacer una página web en honor a su esposa, también ha conseguido patrocinios que permitan otorgar un premio literario junto con una estancia artística a escritoras. Creo que esto es una de las maneras de hacer que la memoria de Aura no se pierda, y lo ha logrado, ahora yo sé de ella y trato de que más gente sepa de ella, de su vida, sus letras y sus ganas de vivir.

Qué irónica es la vida, qué raros somos todos. Existen seres que tienen grandes deseos hacer cosas, de simplemente seguir existiendo, mientras hay otros que renuncian por voluntad. Cuenta Francisco que él no estuvo en la sala de terapia intensiva cuando Aura dijo lo que serían sus últimas palabras. Su madre la sostenía cuando ella dijo: "no me puedo morir, tengo muchas cosas que hacer". Así la vida. Que sobreviva su memoria, es lo más que se puede hacer ahora.




Music on: Even though - Norah Jones
Quote: "En la herida la sal halle su suerte" - Francisco Hernández
Reading: After dark - Haruki Murakami

miércoles, 8 de abril de 2015

¿Qué dijo "El cuervo"?


El 19 de enero de 1809 nació en Boston el escritor y crítico Edgar Allan Poe. Famoso en la actualidad por sus cuentos de terror y por haber revolucionado este género dotándolo de profunda perspectiva psicológica, Poe fue también padre del género detectivesco y contribuyó a la emergente ciencia ficción. En su veta poética logró una de las composiciones más influyentes y significativas en la literatura actual: “El cuervo”. Este poema de largo aliento vio la luz por primera vez en enero de 1845 y se convirtió en uno de los textos más importantes del romanticismo norteamericano, un símbolo de la literatura gótica y una referencia literaria fundamental.

La magia poemática de la obra radica, en parte, en la versificación y sonoridad hipnótica (apreciable en su idioma original), así como en la atmósfera lúgubre y la angustia que proyecta el personaje narrador. A través de características propias de la poesía como imágenes, figuras retóricas y estribillos, Poe introduce una historia narrada por un personaje sin nombre cuya voz cuenta un episodio singular que cambia el resto de su existencia.  

La historia es, en realidad, muy sencilla. Abre con un verso que recuerda la tradición cuentística de relatos fantásticos, situados en ningún lugar y en todos: “Una vez, al filo de una lúgubre medianoche”; ya desde aquí se advierte el tono que el resto de la composición tendrá: lo siniestro, la noche y el secreto se fusionan en un relato mágico inmerso en la atmósfera que alude al misterio.

El hombre, adormilado en su sillón, escucha el llamado a la puerta de su cuarto. Luego de algunas cavilaciones sobre si quizá el sonido sólo proviene de su mente y dilucidando la razón por la que alguien venga a buscarlo, se decide a abrir la puerta. Con este acto, a la par del viento gélido, penetra a la casa un horrible cuervo presto a instalarse en el busto de Palas sobre el dintel de su puerta. Ahí, en la inmovilidad tétrica y fantasmagórica, alucinante y diabólica, el pájaro permanece con el movimiento nimio del susurro de dos palabras: “Nunca más”. 

El narrador se siente sorprendido y desconcertado ante el animal cuya quietud y misterio comienzan a abrumarlo. Ante su impavidez, empieza a dirigirle preguntas sobre su procedencia o el motivo por el cual lo ha elegido a él para instalarse en su hogar. Mas el cuervo no otorga respuesta concreta sino un constante: “Nunca más”. Conforme avanza la historia, el lector se va enterando de que el personaje atormentado ha perdido a su amada Leonora y urge de saber en qué lugar post mortem se encuentra. El grito y la desesperación lo llevan a ver en el cuervo a una suerte de profeta sapientísimo, o bien, a una figura de los infiernos que le ha de decir algo más sobre su propia vida. Pero ante su única respuesta, el terror del personaje aumenta, tanto que se expande hacia todos los rincones de la habitación, a través de las cortinas y la alfombra, igual por los ojos que por los oídos, hasta contagiar al mismo lector con una angustia incontrolable.

El único repertorio lingüístico de la bestia aumenta la locura. El personaje está fuera de sí y son sólo sus digresiones y problemas los que aparecen a los ojos del lector. Es un hecho que al final del poema sólo sabemos lo que sucedió al inicio: que el cuervo está en el dintel de la puerta, quieto, con los ojos encendidos como fuego y atormentando al hombre que lo mira. Pero, ¿qué esconde, pues, su letanía repetitiva, tan fuerte y poderosa que ejerce tal control sobre el protagonista?

Ese “Nunca más” es cuna de muchas significaciones e interpretaciones. Puede pensarse que el cuervo es sólo el reflejo de la psique alterada del hombre, quien halló en el pájaro una especie de salida a sus propios conflictos; quizá el cuervo sea el narrador mismo, quien ha entrado en un proceso de alucinación esquizofrénica. Una de las maneras de leer este poema es pensando al cuervo no como un simple animal sino como un símbolo, una representación física de un fantasma que atormenta la mente y el espíritu.

No es casualidad la contraposición entre la rigidez y estatismo del cuervo y la movilidad y alteración del protagonista. Cabe recordar que el inicio del poema presenta a un hombre adormilado y poco a poco sus sentidos se alteran hasta que acaba sin reconocimiento de sí y sin control, gritando por la locura y la angustia que lo invade. El cuervo existe más allá de su forma física, pues su verdadera fuerza es la representación de aquello que no se va nunca, como los recuerdos o la tristeza. En alguno de los versos, el protagonista clama por un poco de Nepente, un bálsamo que se usaba en la antigua Grecia para provocar el olvido; asimismo, clama por otro aliciente divino, procedente de Galaad; esto lo hace en un intento desesperado por deshacerse del dolor que el ominoso pájaro representa. 

La composición se titula “El cuervo”, pero la carga existencial y angustiosa recae siempre en el hombre, al pájaro lo tilda de demonio o bestia, pero es sólo una representación del personaje narrador y se convierte en un ser que no se irá nunca. La mínima esperanza del personaje que dice: “Otros amigos se han ido antes; / mañana él también me dejará” es una ilusión vana, pues el cuervo se quedará eternamente sin que él sea capaz de hacerlo desaparecer. Así pues, el recuerdo de Leonora está vivificado por el cuervo quien nunca emprende el vuelo y que con su presencia inmóvil no logrará generar el alivio de una compañía sino fabricará una soledad vigilada, angustiosamente.

El cuervo bien podría ser una proyección física de múltiples demonios internos, así como de la imposibilidad de escapar de ellos, de olvidarlos o de trascenderlos. La locura del narrador es tal porque todos aquellos demonios han conseguido materializarse. Pensando en Poe, cabe señalar que su vida fue tortuosa: pasó temporadas de verdadera pobreza en su intento por hacer del oficio de escritor algo redituable, su padre lo desheredó y sufrió la muerte prematura de su esposa —acaecida cuando ella tenía 24 años, después de una larga agonía por la tuberculosis—, además de que su constante contacto con el alcohol y las drogas lo arrastraban a estados de alucinación y profundo desgaste físico.

"Nunca más" es una sentencia que, lejos de pensarse como un carácter liberador, está oprimiendo el alma y el pensamiento, bañando de estatismo doliente toda la existencia. El pico del cuervo grazna y reverbera el silencio con una sola frase que recuerda a cada segundo que nada es posible mejorarse, siempre la misma respuesta ante una infinidad de preguntas llega con la certeza de un dolor insondable por no ser capaces de cambiar nada ni de olvidar nada. 

Así pues, tanto para el narrador del poema como para el mismo Poe, la cantaleta constante del cuervo, en la letanía idéntica del “Nunca más” igualmente simbolizan lo inamovible del destino, la desesperación de ver materializadas las más profundas tristezas irreparables. Esta tortura es suficiente para horrorizar a cualquiera y para hacer de esta vida de terror algo que no termina nunca, si acaso sólo con la muerte. Así lo explicita el grandioso poema en sus versos finales: “Y mi alma, / del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo, / no podrá liberarse. ¡Nunca más!”


Poe sucumbió a los horrores que atormentaban su consciencia. Murió a los 40 años en el hospital del Washington College, luego de haber sido encontrado en las calles, delirando y necesitado de ayuda. Las causas reales de su muerte no han sido esclarecidas totalmente y hay muchas conjeturas al respecto. Al final, el poeta dejó el mundo con el mismo halo de misterio que pobló su literatura y con la intensidad que transmitió en muchos de sus personajes.

Music on: Me & Mr Jones - Amy Winehouse
Quote: "porque del amor / uno nunca regresa a tiempo ni regresa limpio." A. E. Quintero
Reading: Dí su nombre - Francisco Goldman

miércoles, 18 de marzo de 2015

El presente perpetuo


He tenido muchos episodios de mi vida anclados a la música, no sé cómo dejar de hacerlo pues, en ocasiones esa relación se realiza de manera involuntaria. Esto les pasa a todos, quizá sólo soy yo la obsesionada, porque una parte de esa obsesión, a su vez forma parte de otro problema que traigo cargando a cuestas, esto es, la imposibilidad de la eternidad de la mano con la tremenda nostalgia que acompaña saberse en otro lugar, alejado de cosas que ya terminaron y no volverán a ser.

Es curioso porque, en realidad, no es que tenga una vida terrible, me va muy bien. Es sólo que todavía no sé cómo arreglarme con los recuerdos, cómo reconciliarme con las cosas que no pudieron ser, cómo aceptar que hay sólo una elección, que no hay marcha atrás. La música es un pretexto excelente, me funciona como la magdalena proustiana que lanza la mente hacia atrás con sólo un estímulo. Pero existen recuerdos menos musicales, igual de tristes, ¿de tristes?, sí, una suerte de tristeza los envuelve.

Hace años estaba en San Miguel de Allende con una persona que ahora ya no es parte de mi vida. Mirábamos la preciosa catedral en la noche y creo que, de alguna manera, los dos sentimos lo mismo, cosa rara, pues pasando el tiempo nos fuimos alejando más y más, hasta perdernos. Y bueno, así es la rareza, lo mágico, lo espontáneo, no puede ser de otra manera. Olvido un poco las palabras exactas, pero trataré de ponerlo lo mejor posible; él dijo: "Hay que recordar bien esto y disfrutarlo porque quién sabe cuándo volvamos a estar en este lugar los dos juntos como ahora; tal vez nunca". La finitud, la ruptura, nada de ilusiones por regresar. Así es él ¿era? Quizá entonces él ya sabía que no andaríamos por esta vida juntos mucho tiempo. Después de unos meses yo lo empecé a sospechar, que habría que despedirnos y la certeza de mi presentimiento fue abrumadora, pues supe que no sería sencillo, como no lo fue. Pero ese instante, el inmaculado instante se quedó en mí y se quedará por mucho tiempo más, estoy segura (y más curioso que todo es que no podría decir por qué exactamente recordé ese instante peculiar, en este momento). No podría recordar con tanta precisión nada más importante de esa noche. Ahora lo veo como el inicio del derrumbe y la certeza de que, en efecto, no volveremos a estar juntos para nada, mucho menos sentados coincidiendo en aquel pueblito, de noche, mirando una catedral hermosamente iluminada, queriéndonos ¿queriéndonos? sin decírnoslo.

Me pregunto si acaso él recordará esto como yo lo hago, o si siquiera lo recuerda, de alguna manera; me pregunto si fue cierto que por un instante coincidimos, que nos dijimos lo que nos dijimos e hicimos lo que hicimos. Los recuerdos no siempre son compartidos y dependiendo del cristal con que se mire, la tragedia es la misma que su redención: se van perdiendo, insalvables.

A mí, todo recuerdo me llena de la misma nostalgia, sin importar el lugar en el que esté viviendo ahora, el pasado entero se tiñe de un halo irreal, inaccesible y trae consigo esa tristeza mansa de las cosas que uno no pudo ya rescatar, a veces ni siquiera entender. "El presente es perpetuo", escribió Octavio Paz, qué belleza hubiera sido esa, lograr un presente perpetuo, a pesar de que eso implicaría privarnos de muchas cosas más. Mucho se dice que el ser humano es ambicioso, pero la realidad es que todos nosotros hemos deseado ese presente perpetuo, sin más ambiciones o aspiraciones, un momento incuantificable extendido hacia una eternidad anhelada aunque desconocida.

Así pues, un recuerdo más es otro presente perpetuo en fracaso, otra incertidumbre, otro derrumbe. Es el cauce de nuestras vidas; pero afortunadamente tenemos la oportunidad de crear nuevos recuerdos, de anhelar nuevos presentes perpetuos. No importa que aquéllos fracasen, mientras nosotros no renunciemos.



Music on: It takes a lot to know a man - Damien Rice
Quote: "El tiempo transcurre rápidamente, nuestras penas no se transforman en poemas y lo invisible permanece como es". 
Reading: La telenovela de las cuatro no se detendrá porque alguien logró matarse - A.E. Quintero

lunes, 2 de marzo de 2015

Se habla de cerrar



Desperté en la mañana de mi cumpleaños número 30 y lo primero que hice fue poner música de Sigur Rós, no se me ocurrió otra manera de seguir armando el soundtrack de mi vida, tampoco pensé que al cumplir 30 debía cerrar un ciclo y vivir hacia adelante, como muchos sugieren. Pensé, eso sí, en mi presente: en el hombre que me ama, al que he aprendido a amar, porque sé que a amar se aprende, pensé en la calma que me infunde su presencia pero igual pensé en que, aunque él sea mi presente, no tengo por qué cancelar el pasado, ya que el pasado es aprendizaje y, si bien el amor es grande, también existen muchas cosas que son más importantes o mayores que el amor.

Pero vamos por partes. Primero el hoy: esa mañana pensé en la extraña sensación de “contentud” inexplicable y me sentí en paz. El dolor sigue presente, en diversas formas; siempre existe la manera de entrar en la tristeza, en la nostalgia, en la maldita duda y en la melancolía de no haber podido resolver misterios anteriores, casos de angustia sin respuesta. El desamor con sus infinitas vetas, sus casos únicos, su imposibilidad de hacer un manual para no volver a padecerlo y, al mismo tiempo, su permanencia arraigada en los bordes del alma.

Ahora estoy en paz. Y entiendo perfecto que la paz está infundada en la aceptación y la mediocridad; es decir, estamos en paz porque hemos decidido aceptar, acostumbrarnos. Y a mí me ha causado mucho conflicto esa parte de la forzada costumbre, aceptar que el mundo es una mierda pero que no hay otro lugar a donde ir. Esta es la actitud del hombre absurdo, aprender a contentarse con lo que se tiene, ser feliz con lo que se puede, con lo que hay. Pero, por ningún motivo, aunque sepamos la absurdidad y finitud de las cosas, por ningún motivo renunciar a la acción, seguir realizando, construyendo, y al mismo tiempo, aceptando. Difícil misión, lo sé, la vida no es fácil.

Mi aspiración ha sido, desde hace varios años, llegar a ese estado de felicidad que se halla al aceptar lo absurdo del mundo. A veces lo logro. Por ahí alguien me dijo alguna vez que estar enamorado no es precisamente hermoso, pues tiene cosas muy gachas. Lo creo, todo lo que existe tiene su cara fea, amarga, oscura. A mí no me ha tocado, esta vez, esa parte. Nada es totalmente blanco ni totalmente negro, y, como me dijeron también alguna vez, la vida también se trata de lo feo. Ni modo, sea fuerte, apechugue, acepte que nada es color de rosa. Sé de cierto que en cualquier momento llegará el momento del derrumbe. Mientras, continúo.

Continuar, también parece sencillo, y no lo es. Es de nuevo ese viejo discurso de cerrar el ciclo, de trascender. ¿Cómo lograrlo? Bueno, pues yo he logrado moverme gracias al cansancio, y ahora mismo explico esta aparente contradicción. Uno se cansa de aguantar, yo me cansé. Me cansé del desprecio, me cansé de intentar y, sobre todo, de esperar que otra persona me diera algo que yo necesitaba, ¿no es acaso esto el amor: creer que el otro me debe dar aquello de lo que yo tengo necesidad? Me cansé de sobre esforzarme por cosas que no dependían sólo de mí, me cansé de enfocar mis ilusiones en quimeras y creer que merecía más de lo que tenía, sí, por razones que nunca pude definir.

Me he cansado también de las definiciones y las búsquedas. Estoy en paz, aunque haya quienes me recriminen con el argumento de que he tenido tan poco en mi vida (emocionalmente hablando) que cuando tengo un poquitito más, creo que es mucho para mí. No soy una persona que piense que merece muchas cosas, más bien, no soy una persona que piense que otros me deben dar muchas cosas, “la completitud” es una ilusión tan vana como la esperanza o la luz al final del túnel. Por el cansancio se da uno cuenta de este tipo de cosas.

Mi único deseo es, como siempre lo ha sido, la eternidad. En este sentido no he logrado evolucionar ni aceptar. Pero he bajado la línea de las aspiraciones. Sólo quiero que este estado de “no querer más” me dure por los siglos de los siglos, vaya, quizá la línea no se ha bajado, sólo se ha concretado. El caso es que hace algunos años pensaba que mi vida tendría que tener un amor aplastante, incendiario; amar a alguien como una actividad correspondida que se convirtiera en el motor de mi existencia, eso quería. Ya desde hace tiempo pienso que esto no sólo es ilusión pura, sino que, de existir, no vale la pena. Prefiero la mansedumbre y el equilibrio de algo simple que la fuerza desolladora de un amor en ráfaga, destructivo.

Cuando uno llega al cumpleaños, es el momento en que más se habla de cerrar ciclos, varias personas mencionaron el tema junto con su felicitación. A mí no me queda muy claro cómo debe hacerse eso o si en verdad es lo que debe hacerse; ¿cómo se trasciende?, ¿cómo se dejan de buscar los frutos secos de una parte de la existencia que lleva pudriéndose años?, ¿cómo se decide uno a tirar todo eso a la basura? Uno mismo es el resultado de esos ciclos, no pueden cerrarse. Yo he tratado de hacerlo, pero mi mente romántica no puede evitar el regreso; ahora las visitas al pasado se quedan sólo en la memoria, al menos, pero no se han terminado. Trato de hacer eso que la gente llama “cerrar ciclos”, pero se me ocurre hacer un ritual que incluya una pieza de Sigur Rós, acto que en sí mismo es contradictorio pues su música es parte de buena parte de mi pasado. Qué importa.

Tampoco sé exactamente en qué consiste la felicidad. Creo que es un estado de tránsito, más que un objetivo. Si fuese un objetivo muy poco tendría sentido atraparlo, quizá no sbaríamos qué hacer con él. El presente es bueno, ahora, quisiera que, como Paz, fuese perpetuo. Pero soy más partidaria de los eternos retornos. Si la felicidad es constante, es un vehículo, el regreso no debería ser tan complejo. Entonces, ¿cerrar? No estoy tan segura, quizá haya quien cierre por mí y yo no tenga que preocuparme por hacerlo, tal vez ni siquiera me dé cuenta. Pero si voy a cerrar esto lo haré con Sigur Rós, no creo que pueda hacerse de otra manera.




Music on: My blue supreme - Interpol
Quote: "El deseo ha volado dejando sólo un rastro de perfume tras de sí." Mark Strand
Reading: Tres veces al amanecer - Alessandro Barico

miércoles, 18 de febrero de 2015

The unbearable lightness of writing





Hace unos días una conversación insulsa llevó a concluir que yo no tengo pasión real por nada. Que si tengo un trabajo mediocre que no me gusta es porque no sé qué es lo que me gusta realmente. Y es cierto. Entonces pensé que debía encontrar eso “que me gustara de veras”. Yo me sentía devastada, vacía. Después alguien me dijo que era sólo cuestión de darle tiempo al tiempo, que ahora tengo este trabajo porque es lo que conseguí debido a lo difícil que es encontrar chamba en este país, pero que luego podría encontrar algo que me gustara y que disfrutara hacer; pero volví a pensar en lo preocupante que se ha tornado en mi vida no saber ni siquiera cuál sería ese trabajo ideal para mí, ese que disfrute.

Lo que me molesta de este trabajo es salir tarde y entrar temprano, porque no estoy acostumbrada a trabajar para vivir, y es peor puesto que sé que la mitad del día es tiempo muerto, el hecho de trabajar más no igual a producir más. Ese es mi enojo con el sistema y, además, el enojo conmigo misma por ser incapaz de, en esas horas de encierro, poder hacer algo de provecho o trabajar en algo que me interese de verdad, porque lo cierto es que estuve pensando en qué me interesa de verdad, no sabía qué era ese algo que puede suplir el tiempo perdido, ese algo por el que yo pueda sentir satisfacción. Quizá sigo sin saberlo, pero cuando uno no sabe algo, puede crearlo y lograrlo, si le echa ganas. 

Por meses he pensado, de manera no tan consciente, que ese algo es escribir. Pero me he dado cuenta de que me equivoco, me gusta escribir pero tampoco me lo tomo muy en serio. Si lo hiciera, ya tendría muchas más cosas escritas, más publicaciones en revistas, más maneras de darme a conocer. Tengo amigos que postean un poema a la semana en Facebook, yo puedo tomarme un mes o dos en escribir algo que valga la pena. Y no es porque no me guste lo que hago, sino porque en realidad ni siquiera lo intento; prendo la tele, leo cosas insulsas en internet, socializo. Y me olvido de lo que debería importarme, de lo que según yo alardeo que es lo importante.

Y no es cuestión de talento, no necesariamente, es cuestión de estar comprometido con algo, es cuestión de creer en algo lo suficiente como para lograrlo. Me preocupa porque no tengo los bríos de regresar el camino andado o de desaprender lo aprendido y ponerme a buscar otra cosa que me apasione. No tengo tiempo. Entonces debo trabajar sobre lo que ya tengo, sobre o que sin querer se me fue presentando en la vida, esto es, la escritura.

Me pone mucho a pensar el hecho de carecer de pasión, me aturde un poco, incluso, saber que he estado muchos años de mi vida sin un plan de vida en concreto, sabiendo que mi única aspiración real era vivir sola. Y ya logrado eso no sé qué sigue… o tal vez sí, pero estoy muy ocupada tonteando, viviendo, extasiada comiéndome el mundo, haciendo mil cosas que no pude hacer cuando era adolescente porque no me dejaba mi mamá…, tanto que me he olvidado de buscar un camino, de saber qué es lo que quiero, de reconocer planes reales y proyectos reales.

Lo cierto es que quiero divertirme, que no me molesta el trabajo que tengo, de hecho podría hacer cualquier trabajo siempre que no me quitara el día entero, odio no saber administrar mi tiempo de encierro en cosas productivas, odio no saber exactamente qué son esas cosas productivas.
Escribiré, porque no encuentro que haya manera de hacer otra cosa. No es que tenga talento para escribir, insisto, pero lo he hecho por mucho tiempo y no lo hago tan mal. No es una necesidad tampoco, no como una necesidad física, por supuesto, pero pensando una y otra vez, es el único camino.

Hace unos meses aprendí que el amor también se aprende. Quizá la pasión sea otra de esas cosas que, de alguna manera, se domestica, se adapta, se crea. Seré como Henry Miller, al menos en la escritura aunque no así en la brillantez, y haré el esfuerzo descomunal por concentrar la pasión ahí, en cultivar la pasión en eso, porque en verdad necesito encontrar una pasión en lugar de estar como una veleta que se mueve por donde la lleva el viento, porque Henry Miller escribió grandes novelas mientras era un empleado mediocre en una oficina de telégrafos, porque me han dicho que la pasión lo supera todo. Escribiré todo el día, lo más que pueda, como una consigna, porque los proyectos de vida no siempre son basados en las gana o en los gustos, escribiré porque no me queda nada más que hacer. He intentado varias cosas y de ellas sólo la escritura ha traído frutos, lentamente, pero los ha traído.

Así que, después de la devastación por otra incompletitud y porque el vacío se presenta de muchas formas y halla siempre otros caminos para encontrarme, voy a escribir siempre. Escribiré aunque logre diez cuartillas y me deshaga de cinco, escribiré aunque no tenga nada que decir, porque este tiene que ser el trabajo real, ese debe ser el inicio y el fin y el medio y todo…, sólo así, a imponerse, porque me gana mucho el deseo de divertirme, de probar todo lo que hay en el mundo y de vivir como si no tuviera nada que hacer…, es un gran placer vivir como si no tuviera nada que hacer; no es que encuentre algo malo en vivir como si no tuviera nada que hacer, mas el caso es que debo estar encerrada once horas y tengo que hacer algo que sustituya el vivir y ese algo es escribir.

Ya lo dije, no pienso regresar y empezar a buscar un camino. Tiene que ser este: escribir o morir, escribir o enloquecer. 

Music on: The backward step -  Hammock
Quote: "Un mar de sombra eres, y entre tu sal oscura / hay un mundo de luz amanecido" - Alí Chumacero
Reading: Mr Gwyn - Alessandro Baricco

miércoles, 11 de febrero de 2015

Entre mares alados: creación, transformación, desconocimiento

El texto que leí, no tan fielmente pues improvisé, durante la presentación de Entre mares alados, a continuación:

¿Qué es "entre mares alados"? Antes que nada es un robo, he robado todos mis títulos y esta no es la excepción. Suelo pensar en la ilusión de la originalidad y en que estoy haciendo tributos y honores a otros grandes escritores pero creo que, en mi caso, el robo tiene una función y una pretensión artística para la construcción de lo que escribo. He puesto tres sustantivos importantes en el título de este texto: “creación, transformación, desconocimiento” pues creo que buena parte de la creación consiste en crear algo desconocido y, al mismo tiempo, transformar para obtener algo nuevo. Este libro tiene ya más de un año que se terminó de escribir, en ese entonces yo estaba extasiada en Santiago, leyendo a Huidobro y sus teorías de la poesía y sobre todo de la creación. Huidobro escribió en esa famosa conferencia dictada en el Ateneo de Madrid en 1921 que “el poeta crea fuera del mundo que existe el que debiera existir. Yo tengo el derecho a ver una flor que anda o un rebaño de ovejas atravesando el arco iris.” El título de este libro se debe precisamente a Huidobro y dicta, para el contenido del mismo, ese ímpetu de creación que pretende hacer el mundo que yo quiero que exista, irlo descubriendo, sacando de su estado de “desconocimiento”.
Pero también se trata de embarcarse de lleno a lo incierto, como un ser abandonado en el mundo. Y buena parte de ese abandono, acompañado de una búsqueda se instaura en todas las páginas del libro. Creo que fue de gran influencia haber escrito esto mientras me encontraba lejos, porque fue entonces que se consolidó la idea del viaje y del renacimiento con nuevas oportunidades, empecé a escribir algunos versos en mi cuarto en Guanajuato, a ratos también en el exterior, pero todo tomó forma en Sudamérica, en los volcanes rosados al atardecer, en el sol que no llegaba a tocar lo más alto del cielo y particularmente en la nubosidad deprimente de Lima, en el mar apenas intuido..., y es que, como alguien dijo una vez, no es lo mismo escribir viendo una montaña que viendo el mar, así que todo trascendió durante aquellos meses y terminó de hacerse al regresar a México.
Creo que este es el libro que más trabajo intelectual ha tenido, más cuidado estructural así como poético, más seso para acomodar de tal forma la pasión que se lograra una obra orgánica, cerrada, bien delimitada en todas sus partes, con un principio y un final concebidos casi al mismo tiempo, un libro trabajado de afuera hacia adentro, sabiendo exactamente hacia dónde quería ir y delimitando con calma todos los pasajes de enmedio, las vicisitudes, las voces, las llamadas, todos los versos. 
Soy amante de los epígrafes y busco que cada uno sea elegido a la perfección y que sea como un sostén o modo de conducir lo que yo estoy escribiendo. El motivo de Huidobro ya lo expliqué y qué bueno pues no había manera de que en el solo título se intuyera la idea de la creación, mas en el resto del libro hay motivos importantes, selecciones fundamentales. Yo siempre he creído que para escribir poesía hay que leer poesía y procuro acompañar lo que escribo, por un lado, con la tradición poética y, por otro, con mi propia propuesta, la cual básicamente se trata de un viaje, algo totalmente clásico, un tópico que se ha utilizado hasta el cansancio pero que siento que todavía tiene mucha trascendencia y mucho de dónde exprimirle.
La primera idea fue la del viaje a secas, pensando incluso en Ulises y su Ítaca, por eso el epígrafe de Kavafis que básicamente indica que uno debe viajar y disfrutar lo más posible antes de querer pensar en un regreso, también pienso en Cristina Peri Rossi que dice que “Ítaca existe a condición de no recuperarla”, en la misma idea de abandonar sin completar ese famoso “regreso al origen” sino mas bien quedarse por allá en el viaje o llegar a otros lugares. Precisamente el viaje que planteo no contempla un regreso sino un nuevo comienzo, en otros lugares. Posteriormente la idea del viaje cambió hasta pensarse como un proceso bidimensional, es decir, un viaje físico con todo lo que esto requiere, un medio de transporte, un lugar al que llegar, una distancia que recorrer, etc., lo cual se ve a través del barco, el puerto, y el mar. Pero por otro lado, un viaje interior, de reconocimiento y enfrentamiento con uno mismo. Jung afirmó que el viaje es una imagen de la aspiración, del anhelo nunca saciado. En el sentido más primario, viajar es buscar. Mi manera de entender y de construir este poemario tiene ese sentido de búsqueda: se busca olvidar. Tanto en el sentido literal del viaje físico y horizontal, como del viaje interior o vertical, se está buscando un renacimiento a través del olvido, de un puerto de luz que otorgue justo esa bendición, de una suerte de purificación interna que permita comenzar desde cero.
Así pues, la primera parte es el viaje explícito y lineal; cabe resaltar que se trata de un viaje que, en las ocasiones en que se hace mención a la naturaleza circundante, se habla de la noche. El tópico del viaje nocturno específicamente por el mar recuerda la idea antigua de que el sol, al caerse sobre el horizonte efectuaba una travesía por los abismos inferiores y desconocidos experimentando la muerte. Esta idea se asemeja a la que fue retomada posteriormente con los viajes a los infiernos hechos por Dante o por Eneas, en los que, desde un punto de vista simbólico, se desciende al inconsciente en donde es posible tomar consciencia de todas las posibilidades del ser. Así se realiza un viaje vertical hacia dentro de uno mismo y un viaje horizontal a través del mar y las tormentas. Esta idea del viaje se me vino gestando de leer a Oliverio Girondo como un viajero que retrata el mundo físico a través de sus propias percepciones, y al mismo tiempo, de un viajero que se adentra en la médula del lenguaje, en lo que él llama la “masmédula”, entendida como una suerte de conducto hacia lo más interior y al mismo tiempo lo más metafísico posible. De aquí surgió esa inquietud por hacer un viaje en esos dos ejes que, al final, concluyera con una revelación de corte existencialista, porque –y esto es harina de otro costal pero ya hablando de Girondo yo sostengo que es existencialista- el fin del viaje nos entrega una realidad pesimista en la que el olvido no es posible y renacer como la tabula rasa de John Locke.
Mas el viaje tiene sus complicaciones, pues el recorrido hacia los adentros de uno mismo remueve las memorias y las penas. La segunda parte titulada “El espejo” trata sobre un encuentro con la memoria y con una manifestación un tanto sobrenatural que aparece en el espejo en la forma de una niña. Esta parte viene con un epígrafe de Borges, lo cual no requiere mayor explicación pues me da trabajo pensar en espejos y no pensar en Borges. Esta situación de la niña es algo que me he plagiado a mí misma del primer libro que escribí, la idea de un posible desdoblamiento de uno mismo pero en otro tiempo distinto, como si pudiéramos conversar con nosotros mismos cuando fuimos niños, por ejemplo. La niña misteriosa simboliza esa parte a la cual hemos descendido, y representa todo aquello con lo cual nos hemos de enfrentar.
La parte final es el puerto, el lugar que simbolizaría el triunfo y la redención, el olvido. Esta parte tiene un epígrafe de Francisco Hernández que es el que termina dándole cohesión al libro entero pues incluye el verso de “olvidar es nacer” y esa era la pretensión de quien canta en este poemario. Sin embargo, no se concreta. Olvidar no es posible, un renacimiento sin recuerdos, sin aprendizaje, no es posible; es decir, no podemos llegar a instalarnos en esa tábula rasa, en un posible principio como si fuésemos una hoja en blanco –y que esto, aunque también es harina de otro costal, revela la paradoja del escritor, quien se encuentra constantemente tratando de llenar le hoja en blanco, pero ¿por qué no pensar en un escritor que quiere convertirse en la hoja en blanco para empezar de cero?-.
Ahora bien, hay también una invitación al canto, así como la recurrente llamada a las plegarias. Esto tiene su explicación: una de las cosas que me gustan de la Biblia es el hecho de la creación a través de la palabra. El mundo no se hizo sino hasta que Dios habló, y cuando él dice que haya luz, hasta entonces se hizo la luz; la palabra crea, por un lado, pero también me parece importante recuperar la estructura de aquellos viejos cantos griegos que se realizaban. El inicio de La Ilíada es una petición a la diosa para que cante las grandes hazañas de los héroes. De manera que, en mi libro regresan esos cantos hacia una musa o una diosa, un ser que a lo largo del libro funciona como varias cosas, a ratos es una musa buena, a ratos es una suerte de súcubo desgraciado, pero es una figura femenina de esas que ya no abundan en la literatura porque todavía se trata de una musa y de una femme fatale que al tiempo que crea, destruye. Esta evocación a la musa tiene que ver directamente con Huidobro también y el final del canto I de Altazor que consiste en esa evocación. No es casualidad que exista un gran epígrafe de Huidobro abriendo todo el libro, éste, junto con el de Villaurrutia, conjuntan la visión creativa de la mano de la justificación del mar como el escenario predilecto y minuciosamente elegido para que exista el libro.

Estoy muy agradecida con el resultado, pues el libro tiene la parte artística que lo convirtió, además, en un libro objeto. Ediciones y Punto hizo un trabajo por demás extraordinario. Siempre pensé en un texto que pudiera, de alguna manera, desdoblarse, como se desdoblaba la primera edición de Un golpe de dados y que, contuviera algo de "objetual" en sí mismo. Esta edición lo logró. El diseño captó la idea de la verticalidad del viaje interior así como de la horizontalidad que es el mar a la vista humana; los colores y las ilustraciones no sólo complementan sino que hablan del libro también, de manera individual. No creo que hubiera podido resultar de mejor manera. Estoy feliz, tuve presentadores excelentes y, en conclusión, todo terminó de una manera mejor de la que había imaginado.

Music on: You are so beautiful - Joe Cocker
Quote: "I move to keep things whole". Mark Strand
Reading: Mr Gwyn - Alessandro Baricco