jueves, 10 de abril de 2014

Decadentismo y crimen. Consecuencias del "ennui" sin límites

El decadentismo es un movimiento surgido en Francia que tuvo lugar más o menos en los últimos años del siglo XIX y se prolonga, en algunos casos, hasta la primera guerra mundial. El precedente ideológico, —que no el único pero sí el más importante—, es Charles Baudelaire quien logra explicar en un término el hastío específico que invade el pensamiento de los artistas finiseculares: el ennui. La palabra aparece en el primer poema de Las flores del mal, titulado “Al lector”: “C'est l'Ennui! - l'oeil chargé d'un pleur involontaire, / Il rêve d'échafauds en fumant son houka. / Tu le connais, lecteur, ce monstre délicat.” Este ennui es un hartazgo ante un mundo que no es para nada satisfactorio, se entiende como un malestar, como una impresión de vacío, y se convierte en el decaimiento general del desocupado y ocioso desencantado que intenta en vano matar el tiempo.

La estética decadentista sostiene que el presente es horrible, que el futuro no traerá nada mejor y que es sólo el pasado lo que puede tener alguna validez. Los artistas decadentes están convencidos de la condena del mundo moderno, parece que ya se ha experimentado todo y necesitan buscar alguna manera de combatir el ennui. Una forma de hacerlo es buscar la experiencia en cosas nuevas y siempre en el extremo, pues lo normal o lo convencional no parece ser suficiente, así pues, no es de sorprender que lleguen a realizar experimentos de todo tipo, sexuales, de carácter violento, con drogas, etc., en principio sólo llevados al arte. Y de ahí algunas preguntas que perfilarán el sentido de esta reflexión: ¿qué sucede cuando la experimentación es tan extrema, sin mayor justificación que el placer de una nueva sensación, o la incansable lucha por el ennui que no se reconocen límites y se llega a acciones como el crimen? ¿es verdaderamente posible justificar tales acciones? Y además: ¿qué sucede cuando el ennui traspasa los límites artísticos y es llevado a su ejecución en la realidad?

A manera de ejemplos, tomo tres textos literarios que tienen algunas coincidencias con la posibilidad o imposibilidad de justificar las acciones extremas: À rebours de Joris Karl Huysmans, un cuento breve contenido en Asfódelos: “Blanco y rojo” de Bernardo Couto Castillo y, finalmente, Los sótanos del Vaticano de André Gide. Los tres plantean concretamente el asesinato con sus móviles propios, repercusiones e ideologías para la ejecución y con base en ello el desarrollo hacia algunas posibilidades de ejecución fuera de la literatura.

Joris Karl Huysmans se convertirá en la figura más fuerte del decadentismo. Después de sus inicios en la escuela de Zola, Huysmans toma un rumbo diferente en la configuración de su literatura. En 1884 publica À rebours (algo así como A contrapelo o Contranatura en español), en esta novela rompe con la escuela naturalista pues no retrata a una sociedad, ni es detallado en descripciones al estilo cientificista de Zola; al contrario, se concentra en la recreación y descripción de una psique específica así como en la narración de episodios, gustos, aficiones y obsesiones de su único personaje: Des Esseintes, héroe totalmente artificial, que vendría a convertirse en la referencia más importante para el resto de los decadentistas, tanto en Europa como en América Latina.



Si antes se ha dicho que el ennui lleva al extremo las pasiones y los experimentos, en À rebours se muestra claramente todo esto. Las acciones que ejecuta Des Esseintes son muestra de un hastío extremo; el personaje es tan excéntrico, tan adinerado y tan ocioso que para su simple entretención, que ya es difícil de complacer con cualquier cosa, manda comprar una tortuga enorme y hace que se le incrusten pedazos de piedras preciosas por todo el cuerpo; el ennui desaparece por un momento, pero vuelve cuando se da cuenta que su “mascota” sencillamente no hace ningún movimiento ni presta atención a su dueño.

Otra de las excentricidades de Des Esseintes es clave para perfilarnos a entender cómo es que el ennui se prolonga y se desarticula tanto que lleva a las personas a hacer cualquier cosa, incluido el crimen declarado, con tal de combatir un poco ese hartazgo general por la vida. En una de sus múltiples digresiones e ideas sobre el mundo, De Esseintes piensa en un experimento todavía más peculiar que él mismo define: “La simple verdad es que estoy meramente tratando de entrenar a un asesino.

Des Esseintes toma a un muchacho de la calle y se promete llevarlo a su casa cada quince días para que disfrute de los lujos y se vaya encariñando con ese tipo de vida; el excéntrico personaje piensa concienzudamente en ese periodo espaciado para que el muchacho esté con mayores deseos cada que vuelve y para que nunca sacie completamente sus ansias. El plan sigue así: después de un par de meses Des Esseintes ya no dará esta oportunidad al muchacho, no lo dejará entrar a su casa y, dado que el muchacho querrá seguir experimentando el lujo que de ninguna otra forma hubiera tenido, se verá en la necesidad de conseguirlo a costa de lo que sea. Des Esseintes lo expresa así: “Si todo sale mal, él, espero, matará en cualquier día a un caballero que llega, mientras abre su escritorio, en el peor momento; entonces mi objetivo estará logrado, habré contribuido, en la medida que me corresponde, a crear un canalla, un enemigo más para la sociedad odiosa que nos exprime, con tan pesada redención a todos nosotros."

Des Esseintes lo deja ir y se sienta a esperar a que los periódicos de días posteriores le enteren de algún asesinato, con lo cual su experimento estará completo y podrá calificarlo de exitoso. Para ahondar en esta acción hay que analizar su motivo; sabemos que Des Esseintes es un ser totalmente invadido por el ennui y que este experimento nada tiene que ver con alguna implicación ética, no le importa haber creado un asesino, si acaso se alegra un poco porque con eso logrará fastidiar más a la sociedad que ya odiaba. La idea del crimen básicamente le da igual, pues es más importante el carácter de experimento, como si al realizarlo estuviera siguiendo el método científico experimental tan de moda en la Europa finisecular. Después de unos meses, no escucha nada del muchacho y Des Esseintes se ve envuelto otra vez por el ennui, olvida por completo este experimento pues ya le resulta aburrido y se embarca hacia otra nueva aventura, extrema, de preferencia excéntrica, novedosa, que lo libere del hastío por un rato más.

La idea del crimen que propone Des Essenites responde puramente al ocio, al aburrimiento, al hecho de que puede hacer algo y sencillamente lo hace. Esta es, en realidad, otra característica del decadentismo: si es posible hacer algo, y si hay suficientes medios o deseos, sea lo que sea, es justificable, pues el artista decadente no se adhiere a ningún código moral establecido.

En América Latina el decadentismo llega a aquellos jóvenes modernistas que pretendían recrear Europa, vivir en la bohemia, experimentar y buscar sus propios medios de combatir el ennui. Es indudable que no se puede pensar en una semejanza total para la forma de experimentar el ennui en Europa y en América, de hecho, en América la adaptación de las experiencias decadentistas europeas es bastante difícil. Europa está a punto de sufrir una de las mayores y más devastadoras guerras en el continente, que dejará además de muertos, naciones fragmentadas y en crisis económicas y sociales. El ennui europeo está más encaminado a la rememoración del pasado y al anhelo de aquello ido, consecuentemente, al odio hacia la modernidad y al desprecio por las cosas nuevas que, por novedosas que sean, no reconstruyen el ánimo del ser humano y de todos modos lo arrastran al aburrimiento.

La Europa finisecular tiene el sentimiento general de que algo grandioso está acabando, está, literalmente, en total decadencia. América pasa por una transformación distinta pues, en todos los aspectos, es un territorio con naciones recién construidas que están en busca de una identidad nacional. Los que se hacen llamar decadentistas son en realidad poetas refinados que han tenido acceso a la cultura europea y en algunos aspectos tratan de emularla adaptándola a su realidad. No es de sorprender que estos modernistas hayan logrado aportar nuevas formas lingüísticas al español y su gran logro es haber creado un movimiento común en toda América Latina cuyas pretensiones eran puramente artísticas y de renovación de la literatura.

Uno de esos modernistas entusiastas, cuyos modelos lingüísticos y vitales eran los grandes artistas decadentistas europeos, es el joven Bernardo Couto Castillo. Antes de cumplir 17 años, escribía “La canción del Ajeno” haciendo honores a la droga preferida de los poetas malditos y estaba inmerso en la evasión como modo de vida, precepto que el mismo Baudelaire proponía en su poema “Anywhere out of the world.” Couto era aristócrata y adinerado y fue uno de los pocos modernistas que sí tuvo la oportunidad de realmente viajar a Europa y estudiar ahí, quizá por esto es que logra hacer la adaptación más consecuente del decadentismo europeo. Muerto a los 21 años, fue escritor de cuentos grotescos y totalmente decadentes. El Asfódelos (1897) aparece: “Blanco y rojo”, un cuento que relata perfectamente el carácter del ennui y la ejecución de un crimen por puro placer. El protagonista de este cuento es un esteta muy semejante a Des Esseintes, siempre está en busca de nuevos experimentos, se declara inquieto y en constante búsqueda por conocer y ver de todo hasta la saciedad y desea ir atesorando impresiones únicas sobre todas las cosas. Es entusiasta, pero pronto le llega el aburrimiento y se da cuenta de que nada lo puede satisfacer del todo y por ello va detrás de las cosas más excéntricas y las emociones más únicas: “Como era natural, cada vez fui siendo más difícil en mis elecciones y cada vez tenía que buscar impresiones más difíciles.”


El cuento abunda en referencias intertextuales varias; recordemos que la literatura para Couto refiere a la literatura, no al mundo real, esto, en un intento más de evasión. Así, no es de sorpresa encontrar que en el texto se cita explícitamente a varios de sus grandes ídolos: Barbey D’Aurevilly, Edgar Allan Poe, Paul Bouget, Gabriele d’Annunzio, etc. Esto lo había hecho ya también Huysmans citando casi a los mismos a los que recurre Couto y teniendo Las flores del mal como el único libro que se diferencia de los otros y que tiene un lugar privilegiado. En “Blanco y rojo”, Couto describe la casa de la amiga del protagonista como un palacio de exquisitez decadentista y exótica: “La rodeaban objetos raros, libros preciosamente encuadernados, cuados con imágenes rusas en las que las vestiduras eran de metal, pinturas arcaicas o bien del más acabado modernismo; magistrales copias de Böklin, Burnejones y algunas de Dante Rosseti.” Además de bustos, un piano bordado con oro y múltiples obras de literatura clásica, este lugar recuerda, con su gusto peculiar y exagerado al de la casa de Des Esseintes. Couto no sólo hace referencias literarias, sino, quizá ligado a la “Teoría de las Correspondencias” de Baudelaire, propone la inmersión de otros tipos de arte, como la música. El crimen en sí es concebido como una referencia a la conocida Symphonie en Blanc Majeur de Théophile Gautier, o como escenificación del lema “de la musique avant toute chose” con el que inicia el Art Poétique de Paul Verlaine. La relación con la música se hace más explícita cuando el artista observa a su víctima desangrada y define este  momento como una sinfonía en blanco y rojo."

El asesinato que comete nuestro protagonista es distinto ideológicamente al propuesto por Huysmans; Couto vincula el placer artístico a su crimen y concluye que la experiencia artística convencional no es suficiente. Aquí se ve de nueva cuenta el deseo por ir más allá de los límites y de experimentar sensaciones nuevas. El cenit de la música de Wagner y la visión de la mujer descansando en el diván con unos listones rojos sobre sus muñecas fueron el detonante de su crimen, mismo que partió de un éxtasis visual y sonoro; son sus nociones artísticas las que lo llevan al asesinato: “Instantáneamente, de un golpe, una idea fantástica se fijó en mi cabeza; vi a esa mujer blanca, desnuda, extendida en ese  mismo diván; la vi plástica, pictórica, escultural, un himno de la forma; la vi ir palideciendo lenta,  muy suavemente, el fuego de su mirada vacilando en los ojos, y la idea del crimen nació.”

Un detalle crucial es el lugar desde el cual se enuncia el cuento; desde la primera página estamos presenciando un juicio y partiendo de ahí se nos cuenta la historia del crimen. De suma importancia, enfatizo, pues eso implica que el crimen aún tiene un castigo posible; si bien el asesino jamás siente culpa al respecto, hay una sociedad que puede emitir juicios sobre lo bueno y lo malo. El jurado quiere justificar el asesinato por la locura que le atribuye al asesino: “Un defensor de oficio, hacía lo imposible por probar mi locura o cuando menos atribuir mi acto a un momento de enajenación mental: creo que ante lo imprevisto del caso los médicos hubieran fácilmente declarado a mi favor, pues efectivamente, en la conciencia de esas gentes se necesita estar irremediablemente loco para cometer un crimen como el mío." Pero sabemos que el asesino siempre se muestra consciente de su actuar y sabe que fue resultado de una experiencia artística producto de un insoportable ennui. Y de hecho el asesinato sí le causa placer: “y yo quedaba inmóvil, extasiado, ante aquella palidez, ante aquella sinfonía en Blanco y Rojo." Ese placer es pleno aunque momentáneo y al haber un grado de éxtasis la acción es justificable.

El crimen que comete es especialmente significativo por la experiencia artística, la descripción que hace Couto da cuenta de ello: “Yo la veía vaciarse, las venas se aclaraban, eran abandonadas por el carmín; sus labios sobre todo, se tornaron lívidos mientras la sangre seguía corriendo y extendiéndose como un tapiz. Ella palidecía como yo lo había soñado, tan tenue, tan suavemente como cruel era la huida de la sangre." El protagonista ansía capturar la belleza que existe en el contraste de la piel con el vestido blanco de su amada junto con el brillante rojo que poco a poco tiñe la estancia en el instante en que los ojos de la mujer lo miran. Es un escenario totalmente estético que pareciera incluso una puesta en escena, un performance único compuesto por la música de Wagner, la imagen visual de la mujer desangrándose y la poesía de la narración de Couto.

Años después, en la Francia que muy pronto se vería envuelta en la gran guerra, aparece Los sótanos del Vaticano (1914), del aristócrata gay, fundador de la Nueva Revista Francesa y ganador del Premio Nobel de Literatura, André Gide, quien en esta novela logra una excelente parodia del decadentismo, de la sociedad francesa y europea al tiempo que propone la idea de un crimen ejecutado sin la menor intención, sino sólo por la posibilidad de ejecutarlo.


La literatura de André Gide es considerada como un puente entre la novela decadentista y la novela interiorizante —importante mencionar como representantes de este tipo de novela a Oscar Wilde y a Marcel Proust quien termina perfeccionándola—. Las pretensiones estéticas de Gide están más bien relacionadas con la famosa postura de “el arte por el arte”, es decir, la literatura es puramente un constructo estético en donde la moral tiene que estar afuera. La pretensión artística está relacionada con el móvil que retrata Couto Castillo en su cuento, sin embargo en Gide tiene otras implicaciones. No es casualidad que Gide esté formando deliberadamente su propia moral; el escritor, admirador de Nietzsche, está siguiendo simplemente los preceptos del übermensch, el hombre por encima de los hombres que no sigue una moral de masas y es capaz de construir su vida por encima de las normas que establece alguna sociedad determinada.

En Los sótanos del Vaticano Gide propone un asesinato fuera de todas las normas, en principio por su motivación inicial: la posibilidad, y también porque plantea la idea de impunidad en el crimen pues no hay mayores consecuencias para la sociedad, ni para el asesino, incluso ni siquiera para los familiares o allegados del asesinado. La historia es, por supuesto, mucho más compleja, y en ella reside la gran parodia de Gide. La narración tiene como punto de partida el secuestro del Papa por los francmasones e informa que ha sido suplantado por un doble. Aterrorizados los devotos ante la amenaza de una posible crisis de fe, sólo un grupo de “elegidos” católicos ha sido puestos al tanto de la situación. Esto es un fraude por el que un grupo de estafadores se llenarán el bolsillo a costa de la ingenuidad de tanto católico burgués consigan embarcar.

La burla de Gide se continúa cuando propone un intercambio de papeles en el destino “justo” que deberían tener sus personajes; Fleurissoire es bueno, católico, casto, humilde, por lo cual debería irle bien en la vida, pero no es así. Lafcadio, al contrario, es hipócrita, embaucador, mentiroso y asesino, y al final le va bien y nunca paga sus culpas. Consecuentemente, Gide propone que aquellos que siguen al Papa, sin importar si actúan bien o no, son personas que carecen de voluntad propia y por lo tanto no pueden triunfar. En cambio, aquéllos que han logrado deshacerse de una moral de masas y que tienen pensamiento propio tienen mayores oportunidades de triunfo en el mundo. Ejemplo de esta manera de comportamiento está en el personaje más interesante de la novela: Lafcadio.

El ennui está presente en la personalidad de Lafcadio, existe ese constante hastío por lo ordinario y la búsqueda por experimentar cosas nuevas siempre. En un episodio de la novela Lafcadio se encuentra con una casa en llamas y entra a salvar a dos niños, acción por la cual el gentío lo aclama y lo tilda de héroe; pero Lafcadio en realidad sólo lo ha hecho para experimentar algo nuevo y nada le importa la gente. El mecanismo del asesinato responde al mismo ennui. Estando en un tren, coinciden en el mismo vagón Lafcadio y Fleurissoire. Lafcadio sabe que no hay un motivo real para matar a Fleurissoire, si acaso porque le molesta su tristeza, si acaso porque le molesta la luz del vagón que el viejo Fleurissoire ha encendido, pero nada más. No lo piensa demasiado, hasta le fascina la idea de actuar y le atrae especialmente la posibilidad de que no haya consecuencias. Su monólogo interior previo a la ejecución dice:

“¡Vaya lío para la policía! Pero en este condenado terraplén cualquiera puede, desde el compartimiento vecino, darse cuenta de cómo se abre una puertecilla y ver brincar la sombra chinesca. Menos mal que las cortinas del pasillo están echadas… Siento más curiosidad por mí que por los acontecimientos. Hay quien se cree capaz de todo y luego retrocede a la hora de actuar… ¡Qué lejos está la imaginación del hecho concreto!... Y uno no tiene derecho a repetir la jugada, es como el ajedrez. ¡Bah! Si no hubiera ningún riesgo, el juego perdería todo su interés…" 

Así lo ejecuta, con la idea de poder atesorar una nueva impresión de experiencia, al pasar por un río empuja del vagón a Fleurissoire, quien lucha por agarrarse inútilmente al tren. Lafcadio nunca lo había hecho antes, le atrae el peligro como novedad y la posibilidad de salir librado sin problemas, necesita saber qué se siente todo aquello. Lafcadio es un personaje puente entre el decadentismo y la modernidad postguerra. Por un lado es un hombre que teme el ennui y hace lo necesario para combatirlo, y por otro, es una representación del übermensch pues no tiene arrepentimiento ni se adhiere a formas éticas ni códigos morales que le causen algún tipo de sufrimiento.

Los móviles de asesinato que hemos analizado tienen semejanzas (el ennui como base de las acciones y la estética decadentista que las justifica), pero también diferencias notables, mismas que se concentran en las repercusiones sociales. Si en “Blanco y rojo” el crimen tiene una aspiración estética, existe aún una sociedad que castiga. Es por eso que el texto parte del juicio legal del asesino con lo cual existe la noción de castigo. En Los sótanos del Vaticano tal cosa no existe, Gide se burla de la ineficacia de la policía que nunca es capaz de hallar al verdadero asesino y con la increíble buena suerte que tiene Lafcadio logra librarse de toda evidencia que lo pueda culpar. Para Julius, antes de saber la identidad del asesino está convencido de que no puede existir un crimen sin motivo y asegura que la muerte de su cuñado ha sido por el supuesto secreto que guardaba sobre el secuestro del Papa. Julius se muestra contrariado cuando se entera que Lafcadio es el asesino pero no está en posición de juzgarlo pues en una de las conversaciones que ambos habían tenido antes, Julius afirma que: “No hay ninguna razón para considerar criminal al que ha cometido el crimen sin razón” con lo cual lo absuelve de toda culpa posible y apoya la falta de castigo. Así que lo único que puede hacer es sugerirle que vaya a confesarse y que rehaga su vida en sociedad: “No quisiera dejarle marchar sin darle un consejo: sólo depende de usted, estoy convencido, volver a ser un hombre honrado y ocupar un puesto en la sociedad, al menos el que le permite su nacimiento… La Iglesia está para ayudarle. Vamos, hijo, un poco de valor: vaya a confesarse." Gide cierra el libro con la interrogante de Lafcadio: “¿sigue pensando en entregarse?" El autor se ha deslindado de su personaje y abre esa posibilidad ambigua, pero el lector intuye que no puede entregarse pues eso va a en contra de sus preceptos, ni quiere, ni lo hará y el crimen seguirá impune.

Con esta concepción del crimen sin móvil fijo Gide está perfilándose a anunciar incluso el génesis de algunos preceptos de la filosofía existencialista. Mersault asesina sin un motivo real, o al menos, verosímil, pues insiste en que lo ha hecho debido al sol y en la novela de Camus se exploran profundamente las implicaciones del actuar del ser humano sin ningún asidero moral, ni un código ético fijo pues la crisis del hombre es tanta que encuentra absurdo en todas las acciones que hace, de la índole que sea, desde contraer matrimonio hasta asesinar deliberadamente.

Al principio de este análisis preguntaba sobre las consecuencias del pensamiento decadentista no sólo aplicadas al arte, como bien lo ilustra Couto o a la crítica social de Gide, que finalmente se queda en la literatura. ¿qué sucede cuando estos planteamientos se salen de la literatura? Noticia internacional fue la exposición hecha por el costarricense Guillermo Vargas, alias, Habacuc, quien en una galería en Managua colocó a un perro atado en una esquina y lo dejó expuesto sin alimento mientras la gente lo veía, como parte de su proyecto artístico. La instalación también consistía en un audio con el himno sandinista al revés y un incensario que quemaba crack y mariguana. El perro, horas más tarde, murió de inanición. Muchos se preguntaron si eso se podía justificar como arte, le gente pedía la libertad del perro y el artista se rehusó. Y ahora cabe preguntarnos ¿qué distancia ideológica hay entre el protagonista de Couto Castillo que prepara una instalación para desangrar a una muchacha, y Habacuc que amarra a un perro para apreciar cómo poco a poco muere de hambre? Cierto que la literatura de Couto era conscientemente referida a la literatura misma y que él escribía ficciones como parte de la evasión que, como ya se mencionó anteriormente, caracterizaba a los modernistas y decadentistas. Pero esto a ellos ya no les corresponde explicarlo. Lo que salta a la vista ante la comparación es que los efectos del decadentismo y de quizá una forma nueva de ennui llevados a la realidad tienen resultados grotescos y monstruosos.

Regreso a Huysmans, después de À rebours publicó Là-bas (1891) una novela en la que habla de la investigación sobre la historia del criminal Gilles de Rais, o Barba Azul, un conde que vivió en el siglo XV y cuyos asesinatos se caracterizaban por la crueldad y a veces por la necrofilia. Huysmans cuenta que este peculiar personaje asesinó a su hermana pues tenía las piernas demasiado gordas y esto le bastó para matarla. El pensamiento criminal de este sujeto tampoco sabía de asideros espirituales y por ello creó sus propios códigos de acción. Las malas interpretaciones del übermensch han llevado a la creación de políticas fascistas, el gobierno del III Reich de la Alemania nazi es ejemplo de ello. Hitler decidió que podía justificar el asesinato de millones para alcanzar su ideal de “raza pura” y hubo el quórum necesario para que lo lograra “justificadamente”. Estas mismas lecturas erróneas de Nietzsche y el eterno retorno llevan a la falsa maravilla de las figuras mesiánicas, tales como las que se han encontrado en algunos dictadores de América Latina, Fidel Castro por ejemplo. Estas figuras son peligrosas para las sociedades porque pretenden romper con los códigos establecidos y sus formas de vida pero sus ideales eventual y lógicamente desembocan en la creación de otros códigos y normas que no variarán mucho de las derrocadas en un principio. Fidel Castro luchó en contra de la dictadura de Batista y terminó convirtiéndose en algo peor que aquello en contra de lo que luchaba.

El decadentismo ha escapado de la literatura y hasta la ha superado. Es probable que ni Hitler, ni Habacuc, ni Castro hayan leído ninguna de las obras aquí comentadas, pero es interesante y hasta aterrador que las ideas que éstas proponen trascienden el texto literario y eso ha desembocado en prácticas bestiales que de alguna forma han encontrado la forma de justificarse. La pregunta sigue abierta y sin respuesta satisfactoria; cierto que la pretensión de Gide era apelar al arte por el arte sin contemplar reglas morales, el autor ha partido de la literatura pero el problema ya no es parte de ésta; ¿qué hacer cuando su ideal artístico llega un punto tal en que sus propios preceptos se han salido de proporción?


Music on: Passenger - All the little lights
Quote: "en la otra orilla de la noche / el amor es posible". Alejandra Pizarnik
Reading: Los años de peregrinación del chico sin color - Haruki Murakami

lunes, 31 de marzo de 2014

Him



Seguramente hoy, por la noche, esperaré un mensaje o una señal de ti, y seguro es que mañana por la mañana levantaré el celular para escribirte. Me detendré, por supuesto, porque recordaré lo mucho que no quiero ser una vez más como la imbécil que se desvive por ilusiones sin sentido. La vida, en sí, no tiene sentido, eso lo sé desde hace bastante tiempo, pero también sé que no tengo ninguna necesidad de seguir caminando hacia lo que entiendo como explícitamente inútil desde ahora, no hay por qué añadir a la vida un sufrimiento más, ya tengo suficientes.

Y entonces voy a odiar la tecnología, porque todos los días escribes algo y yo te leo, porque no tengo la voluntad de no entrar al twitter o a tu blog. Tú eres tu blog, en el sentido más amplio que tal cosa pueda entenderse. También soy un poco más racional de lo que parezco y bastante más ordinaria de lo que tú crees. Sé que leernos a la distancia ha sido siempre nuestra única constante, que ha sido un error mío querer tener más, querer pedir, demandar, exigir, llorar por lo faltante. Yo siempre lo dije desde el principio, que tendríamos una bonita relación por Whatsapp, pero me resulta tan terriblemente absurdo, más absurdo es, todavía, que tú insistas en que no va a ser siempre así ¿Siempre? ¿Quién puede, acaso, controlar la eternidad?.

Escribo ahora esto para que sepas que es tal como te platiqué cuando te mandé “The moon song” y no te gustó, cuando te dije por primera vez que así éramos; te dije que deberías ver “Her” y que quizá entenderías la manera en que nos veo a nosotros, la situación es tan absurda que parece que uno de los dos carece de cuerpo. No parece, me corrijo, así es. No me gustó la película, he de confesarlo, y la odié no por su destreza fílmica o alguno de esos argumentos lo suficientemente válidos como para aprobar o desaprobar algo objetivamente, sólo la odié porque es algo que ya estaba viviendo: desear a alguien que vía redes sociales y aplicaciones de celular está siempre al pendiente de mí, pero que es incapaz de trasladarse a un plano más real. No tienes cuerpo y lo peor es que no deseas tenerlo, no deseas estar a mi lado, asumo que no deseas escucharme pues tampoco respondes el teléfono. ¿Cómo podría asegurarme, además, de que si estás “en línea” por el Whatsapp todo el día no mantienes las mismas relaciones con otras personas igual que conmigo? Insisto, no tienes cuerpo ni deseas tenerlo. Al menos Samantha deseaba realizarse físicamente.

Se terminó, eres un sistema operativo que caducó, una cuenta de Twitter que en cualquier momento puedo dejar de seguir o bloquear, una cuenta de Facebook que no existe; eres un emoticón al otro lado de un celular, una idea, bellísima idea de que tenemos tres canciones que nos unen o un par de versos exactos, o alguna otra cosa que en realidad nunca hemos experimentado juntos. Puedo entender tus razones pero no puedo trascenderlas. A ti te basta que seamos así, me queda claro; y lo lamento porque a mí no. Eres nada más un video que mandas por Youtube, una foto que no es nunca de ti, sólo eso, una manera de amar que mi corporalidad no entiende, un deseo que no termina de satisfacerse. Qué lástima que yo quise más, qué lástima que caí, como Theodore, antisocial, con una herida irreparable en el corazón, en la añoranza de alguien, algo, tan asquerosamente artificial.

Quizá eres más grande que yo, quizá entendiste desde hace mucho tiempo el daño que causa el amor, el dolor de ser como todos los demás. Pero yo soy simplemente ordinaria, terrenal, orgánica y falible. Yo no puedo.



Music on: Last mile home - Kings of Leon
Quote: "Nada tiene sentido; he despertado / en un mundo al revés". Rubén Bonifaz Nuño
Reading: La infancia de Jesús - J. M. Coetzee

martes, 25 de marzo de 2014

"Vendrá la muerte y tendrá tus ojos" o de cuando escribo relatos



Empecé escribiendo cuentos cuando estaba en la preparatoria y me gustaba Edgar Allan Poe. Mis primeros intentos eran, de hecho, un pastiche de lo que hacía Poe, con ambiente gótico, en mansiones lúgubres y con personajes escalofriantes y trastornados de distintas maneras. Poco a poco me fui dando cuenta de que los trastornos, las depresiones y los escalofríos no necesitaban, necesariamente, desarrollarse en mansiones, parajes suizos, cuevas y castillos, sino que podían situarse a nuestro lado, en la más bella cotidianidad mundana. Así son estos cuentos.

Existen tres ejes que, a mi parecer, sostienen a todos los relatos o buena parte de ellos, uno es la familia, otro la locura, y finalmente, la muerte. Los tres están íntimamente relacionados. Hay por ahí tres relatos que son mucho más metafóricos y al mismo tiempo, un tanto fantásticos, no con la fantasía de los dragones y las hadas, pero sí contienen esa extrañeza que irrumpe en lo cotidiano, muy al estilo de La metamorfosis donde lo extraño y terrible se vuelve normal. De este corte es “Los dedos”, por ejemplo. Está también la historia de la araña que sale de las lágrimas de una persona y que es metáfora de la tristeza. Cuando escribí ese relato me preguntaba cómo sería si de una manera más física pudiéramos externar nuestras tristezas, si del llanto podríamos no sólo limpiarnos con el agua sino a través de otra cosa; entonces se me ocurrió la idea del insecto portador de todas nuestras decepciones, que sale y entra a voluntad sin nuestro control, tal como nos sucede con la tristeza y la alegría, sentimientos que nos llegan de pronto y los tenemos que dejar ser, dejar fluir, dejar existir. Asimismo, está el relato de la sombra que ejemplifica la alienación de la persona y la fatalidad de no poder escapar a un destino. En este relato está presente el tema del doble y la idea de que la sombra de uno mismo es como el recuerdo de una muerte que, de tan certera que es, descansa personificada, todos los días a nuestro costado sin que podamos hacer nada.

En cuanto a los ejes fundamentales, buena parte tienen que ver con experiencias personales. Yo nací, crecí y viví en una familia de mujeres, con mi mamá, mis tías y mis tías abuelas, había sólo un hombre: mi abuelo, la única figura paterna imponente e importante; con ellas crecí, a ellas me amoldé, a partir de ellas conocí la vida. Mis relatos incluyen historias de mujeres enclaustradas, dos de ellos, al menos, son reflejo directo de sucesos familiares, el de “Funeral” narra la muerte de mi tía y el de “Los dedos”, ya mencionado con anterioridad, recrea el encierro y hermetismo de una familia de mujeres que se han hecho distantes a cualquier petición de amor. En el cuento, las consecuencias son de corte fantástico, de imaginación e irrupción del extrañamiento dentro de lo cotidiano. En cuanto a la locura, tomo como punto de partida una frase de Clarice Lispector que dice: “la locura es vecina de la más cruel sensatez”; en uno de mis relatos aparece esta frase como epígrafe, sin embargo está relacionado con más de un relato. A veces la realidad nos resulta tan abrumadora que nos vemos en la necesidad de sucumbir a la locura antes que entregarnos a la muerte, a crear otras realidades que nos resulten menos terribles. Estamos negando la realidad pero al mismo tiempo estamos viviendo en otra. En Viaje al fin de la noche Céline escribe: “¿a dónde ir cuando no llevas contigo la suma suficiente de delirio? La verdad es una agonía que nunca acaba. La verdad de este mundo es la muerte”. Así les pasa a algunos de mis personajes, como Rosa de “Rosa a media noche” o como Leonardo de “Atardecer” o bien la niña sin nombre que pinta compulsivamente en “Rojo”. Todos ellos son incapaces de aceptar la verdad del mundo, pero siguen convencidos de que deben seguir viviendo y lo hacen a través de engaños fabricados que se convierten en una alternativa. La otra opción, claro, sería renunciar en definitiva a la vida, pero ellos no lo hacen. Hay quienes, también en mis relatos, sucumben porque, ni cómo negarlo, la renuncia es también otra idea tentadora e igualmente exploro esa segunda posibilidad, la cual evidentemente lleva directo a la muerte, otro tema sostén de este libro.

El asunto de la muerte se liga a la familia, al amor —porque el amor también es una de mis obsesiones fundamentales, amor tortuoso, imposible, que te va carcomiendo poco a poco pero que no te mata—, a la imposibilidad de crear una vida satisfactoria. Los relatos de desamor culminan en la muerte, como “¿Te acuerdas?” o bien “El espíritu de los muertos observa”. La muerte está en todo, de distintas maneras, morir en vida no es una posibilidad que yo descarte. El relato final está inspirado en el poema de Cesare Pavese, que le da título al volumen: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. En el poema, Pavese habla de una muerte que acompaña al ser humano siempre y, al mismo tiempo, de una persona a través de cuyos ojos existe un reflejo de la muerte:

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.

En mi relato dejé de lado la metáfora y lo trasladé a lo literal. Se trata, entonces, de la figura de la muerte que pasea con los ojos de alguien y ese alguien sólo puede mirarlos así, pendiendo de su mano, en el instante previo a que se le esfume la vida para siempre. Además, como escribe Pavese: “para todos tiene la muerte una mirada” y creo que esa es una veta que sigue abierta para escribir sobre este tema que desde hace siglos es importante para el arte.

No pienso que este libro vaya a ser trascendental para la literatura mundial, de verdad no lo pienso, pero es mi primer libro de cuentos y lleva mucho trabajo detrás pues un par de ellos los escribí hace 4 o 5 años, y han tenido varios procesos de revisión y corrección y así como de necesarios cambios. Estos relatos son una mezcla de experiencias personales, obsesiones bien marcadas que he cultivado a lo largo de mi vida y, al mismo tiempo, son una apuesta por una literatura de calidad, por algo que traté que estuviera, por lo menos, bien escrito. Verlos así me causa una sensación extraña, por un lado me da terror saber que una parte tan escondida de mí está ahí afuera ventilándose sin pudor, pero por otro lado sí es una satisfacción muy grande poderlos dar a conocer. El terror estriba en haberme desnudado tanto ante mi familia, para quienes guardo muchísimas reservas sobre mi manera de ser; a quienes jamás les he confesado abiertamente cuáles son las vetas de mi dolor y de quienes a últimas fechas me he alejado mucho por haber tomado decisiones que no aprueban. Pero al terror lo salva la creación, y esta es finalmente el motor más grande de este libro, crear, escribir, esperar que, con suerte, alguien pueda tener una impresión grata o llevarse algún recuerdo.

Music on: I'm your man - Leonard Cohen
Quote: "La felicidad también existe fuera de la luz." Marco Fonz
Reading: La infancia de Jesús - J. M. Coetzee

miércoles, 19 de marzo de 2014

La rotura



Baste esta entrada para que sepan que la rotura de fábrica no se me quita, es ya como imposible, me imagino. Quizá tengo expectativas demasiado altas, quizá he desarrollado una aversión a dejar que la gente sea como es y me dé lo que yo quiero que me dé, pues la última vez que dejé a la gente ser libre igual terminó y terminó mal.

Uno exige lo que cree merecer, dicen. Y al parecer estoy jodida porque creo que me merezco la eternidad. No somos personajes de novelas, me dijo una vez alguien; no puedo darte lo que mereces, también me dijo. Y yo lo dejé. Entonces traté de no cometer los mismos errores y empecé a dejar ser libre a la gente, a no exigir, a no poner la vara tan arriba con respecto a lo que yo quería, y también fracasé. Yo fui la más linda del mundo y me cambiaron por otra.

A prueba y error intento de nuevo y fracaso. Acabo de perder a una persona más, por ser simplemente como soy, por decir lo que no me gusta, por pedir lo que creo que debo tener. Ya me lo decía un amigo, que el problema soy yo. Ya no sé cómo más intentar. Haga lo que haga, decida lo que decida, pida o no, diga lo que pienso o no, todo se jode. Y yo, la verdad, no puedo con eso. Entonces lloro, porque soy estúpida, porque soy cobarde y porque soy necia y quiero seguir tratando con la imbécil esperanza de que algún día lo haré bien, pero igual sabré que no será así; que hay gente para la cual no es posible el amor, que yo desde hace cuatro años me di cuenta de que no era para mí pero no puedo resignarme. 

Baste esta entrada para que sepan que me duele ser yo, que soy irreparable, que no importan los logros. Sigo siendo yo y ser yo no sirve para nada.

Music on: Push your head towards the air - Editors
Quote: "desconfía del que ama: tiene hambre, no quiere más que devorar" Rosario Castellanos
Reading: nada, ya no leo nada.

lunes, 3 de marzo de 2014

Una metáfora de los amantes imposibles




En momentos como este, en que siento que nada sirve de nada, en que no supero el absurdo, en que la incompletitud me abruma, no sé si acaso escribir ayude de algo. Siento que siempre escribo la misma cosa, la misma cantaleta, el mismo dolor. Pero no consigo salir de él. Las personas cambian, pero el hecho es más o menos el mismo, siempre regresa a mí el tema de la imposibilidad. Y para ello nada mejor que la historia de Orfeo y Eurídice, porque pienso en ella como una metáfora perfecta del amor, al menos en mi caso. Orfeo baja a los abismos infernales en busca de su amada con la consigna de que no puede voltear a verla, pues si lo hace, en ese instante la perderá para siempre. Me refiero a que es una metáfora en el sentido de que no podemos tener nada completamente, que al tener al amor, lo perdemos, —lo pierdo— que siempre estaremos tentados a voltear y lo perderemos, como le pasó al héroe. Por una u otra razón yo siempre pierdo el amor, si acaso con buenísima suerte lo tengo bien agarrado de la mano, es por rebeldía, impaciencia, ineptitud, aburrimiento, hybris, o qué sé yo, que siempre lo echo todo a perder, igual que Orfeo. Su caso es claro, le dijeron que no volteara y volteó, yo estoy peor pues desconozco la prohibición y haga lo que haga, siempre pierdo.

Como sea, la metáfora no es muy esperanzadora. Nos dice que, en efecto, la eternidad no es posible y que, como Orfeo, no podemos aspirar a tenerlo todo por completo, mucho menos eternamente. Estoy convencida de que así es la vida: andar por los abismos aferrados a algo que amamos, pensando que lo podremos poseer por completo. Tener, no tener, desear algo tanto y perderlo sin remedio. No sufro siempre, no necesariamente, pero el hecho de haber perdido años de mi vida amando fantasmas sí me afecta; años, meses, días, el tiempo que sea en el cual he invertido esfuerzos para lograr cosas, tiempo de viajes abismales sosteniendo algo con una errada seguridad, sólo para perderlo. Yo creo que todas las veces ha sido mi culpa y he tratado de hacer las cosas de manera diferente, uno vive y aprende, dicen por ahí. Yo aprendo y desaprendo porque no he hallado el camino correcto, no he encontrado la manera de no entrar en ese infierno bajo las mismas condiciones y consecuencias. Me sucede que a veces creo que “algo” es lo correcto y luego caigo en el desencanto, en el error, inevitablemente. Y me carcome, sobre todo, la evidencia viva y latente que me recuerda todos mis errores. Uno cree que ciertas cosas son posibles, uno cree en el amor, de una o de otra forma. Uno cree, estúpidamente, uno cree. Y cree que por una vez en la vida Eurídice no se va a desvanecer, que uno no va a cometer el error.

A veces pienso que es mejor adentrarse al abismo con lámpara y cuerdas, poco a poquito, en lugar de dejarse caer. En muchas ocasiones deseo que la agonía termine antes, pero, absurdamente, jamás se me ocurre desear que no hubiese iniciado. Estos abismos se tienen que recorrer, así como la vida se tiene que vivir. Muchas veces me he preguntado si acaso hay algo roto en mí, me lo pregunto casi todos los días, de hecho, si hay algo que hace que la gente simplemente no se enamore de lo que soy cuando yo estoy dando todo lo mejor de mí. Y pienso tonterías como “ojalá le hubiera dicho a tiempo que no me parecía lo que hacía, que yo quería más, que no aguantaba sus ausencias” pero sé que eso tampoco cambia nada, decir o no decir, por desgracia, no salva. Actuar o no actuar; sufrir o no sufrir. La verdad, el resultado es el mismo. Entiendo que no hay que encontrarle tres pies al gato. Uno se enamora, o no. La gente se gusta, o no. La gente desea encontrar la manera de estar junta o no. La gente elige una cosa por otra, o no. Y sin embargo, no hay respuesta que me contente.

Ya no se trata de aprendizaje; hay millones de maneras de volver a hacerlo todo mal. No hay una regla general para el amor, para fortuna o no nuestra, no la hay. Quizá lo mejor es estar a la deriva como Orfeo y Eurídice mientras caminan, tal vez esa vida no está tan mal. Al menos ellos están seguros de su actuar, seguros y a salvo, hasta que Orfeo decide salir de ahí y voltear. No tengo una solución, no sé cómo conservar, cómo no desear más, cómo escapar a la maldición y perderlo todo. Es más complicado amar que no amar, eso me queda claro. Es mentira eso de que el amor es suficiente. Nada es suficiente. No importa todo lo que uno haga, lo que se desviva o lo que invierta, siempre se va a terminar. Así se quede uno acatando las reglas, la tentación existe y el voltear hacia Eurídice se manifiesta en miles maneras. Caminando los dos, es inevitable, uno o el otro se va a volver a enamorar, tarde o temprano, el hecho de que siempre volvemos a amar no es una sentencia que nos dé, necesariamente, esperanza.

Un hecho importante es que, para muchos, conseguir “todo lo que quieres” nunca es en realidad “todo lo que quieres”, siempre se desea más y de tanto, aquello que se supone que se anhela, por lo que se supone que se está dejando la vida, desaparece. Entonces regreso a la incompletitud, al amor imposible y a la sentencia: nada es suficiente y por eso se pierde todo, sin remedio.          

Music on: Stubborn love - The Lumineers
Quote: "Nunca como a tu lado fui de piedra". Rosario Castellanos
Reading: Diario invento - Francisco Hernández

domingo, 23 de febrero de 2014

¿Por qué Girondo?



Pasé poco más de dos años de mi vida dedicada a una investigación que muy seguramente nadie leerá, 150 páginas que se quedarán en un estante de biblioteca para llenarse de polvo. Así es esto de la vida académica, supongo, un montón de horas de dolores de cabeza y la muy tenue esperanza de poder decir algo que valga la pena. En mi examen profesional, experiencia que ha sido hasta el momento la más difícil de mi vida, un amable profesor, sin mayor saña ni mala leche, preguntó por qué consideraba que mi investigación era importante, por qué esto que yo decía aportaba algo al conocimiento en torno a Oliverio Girondo. Por supuesto que en ese momento mi estrés y mi hartazgo no me dejaron contestar. Acaso dije una tontería que se sumó a las mil tonterías que ya llevaba diciendo, tonterías que evidenciaron mi poca capacidad para sostenerme ante los juicios de tres académicos mucho más inteligentes y preparados que yo. Pero, en realidad, hay una razón muy sencilla, una respuesta que ahora daría, la cual no tiene nada que ver con teorías literarias ni con poéticas, sino con la existencia misma.


Resulta que Girondo es, sencillamente, un poeta de la vida. Esa es la razón por la cual resultó importante para mí y es el punto de partida y, al mismo tiempo, la culminación de esa tremenda investigación de años, algo así de simple. La cosa es que no me interesaba decir lo que ya se había dicho, que Girondo era vanguardista, que rompió con el cánon al ubicarse dentro del selecto grupo que marcó el inicio de la nueva era artística en latinoamérica; claro que lo dije, pues, pero esa no era la función primordial. Para mí, era innegable que las coincidencias entre Girondo y el espíritu existencialista de Albert Camus no eran, en realidad, coincidencias. Y porque nada es casualidad, valía la pena justo indagar en eso, en las conexiones sutiles o no que llevaron a Girondo a escribir una de sus mejores obras: Persuasión de los días, en el mismo año en que Camus escribió, también, una de sus mejores obras: El mito de Sísifo, 1942.


Y aquí es donde parte la justificación: la vida. Mis sinodales me dijeron que yo no había entendido nada de Camus, ni tampoco de Nietzsche y que estaba mezclando arbitrariamente conceptos como "vitalismo", "nihilismo" y "existencialismo"; a la fecha, y en mi defensa, puedo decir que yo jamás utilicé al nihilismo como base de nada en la investigación, y que expliqué precisa y exactamente qué estaba entendiendo por "vitalismo" así como qué parte de la filosofía existencialista estaba sosteniendo mis argumentos. Así es la academia, insisto, hay que explicarlo todo, y lo que parece más obvio hay que explicarlo todavía mejor. Finalmente, a mí me interesaba la actitud de alegría que Girondo retomaba en toda su obra, la misma que retomaba Sísifo, tal como lo explicaba Camus en su famosísimo ensayo. 


La cosa es, en realidad, bastante sencilla y mi trabajo de investigación se encargaba de justificar, poco a poco y con mucho detalle, por qué mi propuesta era sostenible. Fracasé rotundamente, sin embargo sigo pensando que la cosa es igual de sencilla e igual de perceptible. Camus escribe que Sísifo, al realizar día a día el castigo de subir la piedra hasta el final de la montaña, sabiendo que no hay escapatoria, que no puede ser otra cosa que su castigo mismo, encuentra una manera de alegrarse dentro de su miseria, de trascenderla incluso hasta llegar a alcanzar una actitud feliz. Así lo dice Camus con todas sus palabras: "hay que imaginar a Sísifo feliz", y de esta actitud se desprende toda una cosmogonía y postura frente al mundo. Así como Sísifo, Girondo encuentra la manera de ser feliz. No es que el mundo deje de ser terrible y por eso encuentren esa manera de ser felices, sino que, a pesar de que el mundo es terrible, son felices.


Me gusta todo tipo de poesía, es verdad que disfruto el dolor y el sufrimiento y me parece sublime que la palabra sea capaz de hundirme hasta que siento que ya no puedo tocar más fondo. Sin embargo, es aún más loable encontrar que en la poesía sigue presente la vida, a pesar de tantas tentativas de muerte. Girondo lo asegura en varios momentos de su obra mediante distintos mecanismos de forma y de fondo, se vale de alegorías, del humor y de recursos que comprenden las metáforas, las prosopopeyas, las escisiones del yo poético, la jitanjáfora y la innovación lingüística. Y en todos sus momentos hay una apuesta por la vida, siempre. Aunque existan momentos de oscuridad y angustia, en su poesía triunfa la vida por encima de todo, Girondo encuentra que dentro del absurdo de la existencia siempre es posible hallar una redención y una manera de superar todo lo que impida ser feliz. Creo que, para no hacer el cuento largo, esta actitud se aprecia con nitidez en el poema que abre Persuasión de los días, titulado "Vuelo sin orillas", el cual trata de una evasión que busca reafirmarse a través del deseo de vivir.


Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.

Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.

Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Un resplandor desnudo,
una luz calcinante
se interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.

Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Me oprimía lo flúido,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.


Curiosamente, ese libro culmina con una plena gratitud. Cuando Sísifo es capaz de, en palabras de Camus, "ser dueño de su roca", es posible la felicidad. Cuando Girondo agradece a todo lo existente, por mínimo o desagradable que sea, está logrando también ese grado de felicidad trascendente. El poema titulado "Gratitud" dice:

Gracias aroma 
azul, 
fogata 
encelo. 
Gracias pelo 
caballo 
mandarino. 
Gracias pudor 
turquesa 
embrujo 
vela, 
llamarada 
quietud 
azar 
delirio. 
Gracias a los racimos 
a la tarde, 
a la sed 
al fervor 
a las arrugas, 
al silencio 
a los senos 
a la noche, 
a la danza 
a la lumbre 
a la espesura. 
Muchas gracias al humo 
a los microbios, 
al despertar 
al cuerno 
a la belleza, 
a la esponja 
a la duda 
a la semilla 
a la sangre 
a los toros 
a la siesta. 
Gracias por la ebriedad, 
por la vagancia, 
por el aire 
la piel 
las alamedas, 
por el absurdo de hoy 
y de mañana, 
desazón 
avidez 
calma 
alegría, 
nostalgia 
desamor 
ceniza 
llanto. 
Gracias a lo que nace, 
a lo que muere, 
a las uñas 
las alas 
las hormigas, 
los reflejos 
el viento 
la rompiente, 
el olvido 
los granos 
la locura. 
Muchas gracias gusano. 
Gracias huevo. 
Gracias fango, 
sonido. 
Gracias piedra. 
Muchas gracias por todo. 
Muchas gracias. 
Oliverio Girondo, 
agradecido.


La cuestión con Girondo, que considero lo hace ser grande entre los grandes, es precisamente esa actitud. No es escapar del mundo nada más, escapar cualquiera podría hacerlo; o bien, renunciar a la vida por ser ésta demasiado difícil o pesada o terrible. Para Girondo, el secreto de la existencia no está en el escape o la evasión sino en la consciencia de la insensatez y horror del mundo, consciencia que, lejos de llevarlo al abandono, le reafirma su interés por seguir existiendo, en y a pesar del mundo. Esa actitud, aunque mis sinodales no lo vieron, es la actitud del Sísifo de Camus y es una actitud que no sólo puede verse en la poesía o en la literatura o en el arte, sino en la vida misma.

Mis traumas y obsesiones con el tema de la renuncia y de lo terrible del mundo se resolverían siendo como estos dos rebeldes que lograron ser felices, por eso Girondo, por eso la vida, porque es más sencillo hundirse en el fango y no luchar, es más sencillo renunciar a todo (yo misma renunciaría a todo) antes que dedicarse no a luchar contra corriente, sino a trascender la realidad y superarla. Pienso, por ejemplo, en Muerte sin fin, de Gorostiza, uno de los grandes poemas escritos en español, del cual no pongo en duda su poeticidad ni trascendencia literaria; sin embargo, como su nombre lo indica, se trata, de fondo, de una agonía interminable, que el poeta quiere ensalzar y donde quiere permanecer; pienso en morir sin fin, en el estado de suspensión dolorosa para toda la existencia y entiendo perfecto el sentido pero también sé que deja de lado por completo la lucha, la vida, en la manera en que lo hace Girondo. 

Así que, por eso Girondo, él es un vitalista, o así lo entiendo yo, aunque me digan que no uso el término como debería hacerlo. Por eso él, por eso la locura exquisita de En la masmédula, por eso el absurdo divertidísimo de Espantapájaros, por eso la realidad tergiversada de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. Por eso, más allá de la poesía, por la vida, aunque, por cierto, para Girondo, vida y poesía eran sinónimos y por lo tanto una cosa no podía ser separada de la otra. Por eso también Girondo. 



Music on: Everybodu knows - Avalanche city
Quote: "las mejores son las cosas que nunca se poseen del todo" Manuel Pérez Petit
Reading: El mono gramático - Octavio Paz