lunes, 20 de mayo de 2013

El mundo se equivoca


Hace 5 años yo hubiera dicho que mi aspiración era la de un amor apasionado, tan grande que pudiera superar incluso la vida; ahora mi aspiración es a conseguir la indiferencia. A estas alturas ya he sobrepasado la náusea, ya no se trata más de revelaciones. La cosa ahí está, y uno simplemente tiene que decidir si vivirla como es en su verdad absoluta o refugiarse en engaños.

Decidí vivir la verdad, lo evidente, aunque el mundo se empeñara en decirme lo contrario. A veces me llega la sensación de que merezco más, mucha gente lo dice y está convencida de que uno no tiene que conformarse con nada, especialmente en una relación de pareja. Pero a mí no me convencen; al contrario, creo que especialmente en una relación de pareja uno no puede ponerse en una posición en la que exige cosas de otro, en la que uno espera acciones o resultados de algo que uno no mismo puede controlar.

Es verdad que a veces es complicado, porque inevitablemente uno sueña y se olvida de que la cosa no depende sólo de uno; cierto que quisiera que me den cosas, que deseo que cierta persona en particular me dé exactamente las cosas que quiero, espero, necesito. Mas ese deseo es estúpido. Luego de un rato regreso a la tierra y entiendo que el mundo puede equivocarse y que en realidad no necesito de nadie para ser feliz y plena. Así que repito, hay que hacer la cosa simple, no es que rechace la idea de estar con alguien ni de amar a alguien ni de buscar cosas juntos, sólo digo que la cosa no es sólo en blancos y negros y en realidad es bastante sencillo si nos ponemos con la cabeza fría: si uno está con alguien y quiere a alguien es porque lo acepta como es y así lo acompaña y así lo ama, no hay más. Y creo que para evitar las complicaciones uno tiene que cambiar la perspectiva; entender que nada hay más grande que la libertad propia, y que finalmente el inmiscuirse en una relación comprometida es en realidad contentarse con un tipo de resignación, que el amor no es un arrebatador sentimiento pasional ni eterno, sino que a la larga implica una aceptación estoica del otro, uno se resigna a que las cosas no dependen de uno nada más, uno se resigna a que se tiene que acoplar a lo que es el otro y quererlo como es. Pero el mundo no dice nada de esto, al contrario, el mundo enseña a ser maniqueos: o tienes todo o no tienes nada, o estás plenamente feliz o renuncias. El mundo enseña a aspirar a la eternidad, al sueño en conjunto, a mirar siempre hacia la misma dirección, a los finales felices sin problemas. Y como digo, entremedio hay muchos bemoles y tonalidades que el mundo generalmente no menciona.

He tratado de poner en práctica mi aprendizaje sobre el placer de la nulidad, a ver que nada es más grande que yo y mi libertad. Mas es difícil, por la espera, por saber que hay cosas que no llegarán y encaminarse a una existencia como la de los pobres que aguardan cada día a Godot. Eso es tortura. El mundo dice “si no te gusta vete, corta lazos, olvida, ya habrá alguien que te merezca”. Hace varios años dejé de entablar relaciones emocionales con un hombre porque aunque me quería a su manera, no me era suficiente, su forma de querer no era lo que yo creía merecer. Ahora me pregunto ¿qué es lo que se merece uno? De nuevo, el mundo enseña que te lo mereces todo, que debe haber alguien que te lo dé todo y por lo general no pensamos en lo errada que puede estar esa sentencia. Yo decidí no volver a alejarme de la gente que me quiere sólo porque no me quiere como yo quiero que me quiera (y esto aplica no sólo a las tan conflictivas relaciones de pareja). Decidí no ver más allá, sino quedarme a examinar los intersticios, no entregarme al maniqueísmo y pensar un poco. Al irme de todos modos existió la tortura, de la cual según yo estaba huyendo. Si me quedo cerca o hago como que me alejo, la espera y el dolor son iguales. Tendría que encontrar la forma no de huir sino de trascender el dolor, de no enajenarme con promesas que no tienen fundamento, de amar, sí, pero entender que eso no es más grande que la vida, que no hay nada de malo en buscar una cierta indiferencia.

El héroe existencialista por excelencia: Sísifo es feliz en la indiferencia, y no sólo en la indiferencia sino en la tortura, en la peste, en lo que algunos llamarían “mediocridad”. Mas la mediocridad afirma que uno no necesita de alguien para elevar el vuelo ni que otro otorgue la esperanza de seguir arriba, la mediocridad confirma la indiferencia pero nos lleva a concentrarnos en uno mismo. Hay una escena memorable en la película Closer, en donde uno de los protagonistas confiesa su infidelidad y decide dejar a su novia por su amante. La novia pregunta desesperadamente, después de la terrible confesión: “¿por qué me dejas? ¿qué tiene ella que no tenga yo? ¿sabes que nadie te amará como yo? ¿es acaso porque ella es más madura, más profesional?” Y el hombre responde cadavérico: “nada de eso, es porque ella no me necesita”. Entonces pienso ¿por qué habríamos de necesitar al otro de una manera que nos causa pesar y tristezas? ¿por qué el mundo nos enseña a perseguir una vida en la que busquemos sin parar a otro y hasta no encontrarlo no ser felices y luego sentirnos miserables y necesitados si lo perdemos? Una vez más, considero, el mundo se equivoca.

Sé que no quiero necesitar de alguien para ser feliz. Mas el mundo es poderoso y parece que siempre gana, entonces me bombardea con sus formas para que yo piense que estoy mal. Pero recuerdo una vez más a Camus y su sentencia de que el hombre absurdo es el que se contenta con lo que tiene y con lo que sabe, y me queda claro que contentarse no es conformarse. Mas odio, odio profundamente cuando me ataca el deseo de que las cosas sean otra cosa y peor, que esas cosas no dependen de mí y de todos modos me hacen sentir miserable. El mundo se equivoca, pero frecuentemente gana.


Sé que construyo utopías, pero hay que hacerlo, no tengo por qué esperar nada de nadie, no tengo por qué seguir los patrones que sigue toda la gente. Y debo escribirlo de vez en cuando para no olvidarme de lo que soy y lo que quiero porque ante todo lo que no quiero es sufrir y sentirme miserable por cosas que yo misma propicio a causa de mis ilusiones e ingenuidades. Tengo que ser fuerte y  ganarle un poco al mundo, tengo que recordar que no soy ordinaria y que no tengo por qué conformarme con lo ordinario que permite la ceguera, sino contentarme con la verdad y su desnudez, por más terrible que sea. La rebelión de Sísifo era ser feliz en su castigo, y con ello podía hacer que los dioses se quebraran la cabeza por su respuesta; la mía es aspirar a lo que no aspira el resto de la gente y declarar que el mundo se equivoca.

Music on: Sigur Ros - Brenninstein
Quote: "soy vertical pero preferiría ser horizontal" Sylvia Plath
Reading: 1Q84 - Haruki Murakami

jueves, 2 de mayo de 2013

Un poco sobre Quién vive




He tenido gratas experiencias con la presentación de Quién vive, he aprendido mucho, me he dado cuenta de que es esto lo que quiero hacer por el resto de mi vida, seguir leyendo poesía, seguir escribiendo poesía, no hay más. Y quiero compartir el tránsito, el descubrimiento y la pasión. 

La experiencia global ha sido maravillosa. Si bien empezó cuando el libro salió de la imprenta, el impacto personal sucedió cuando tuve la oportunidad de hablar del libro con la gente. A finales de febrero del 2013 visité un CCH para dar una charla sobre poesía muy en general y sobre la creación del libro. Los chavos, bien aleccionados por su profe, de que se tenían que portar bien y hacer preguntas inteligentes, hicieron bien la chamba y unos de ellos se sacaron interrogantes interesantes, interesantes porque eran bien básicas. Uno de ellos me preguntó que por qué escribía, que qué había en la literatura y concretamente en la creación que me era tan fascinante. Es difícil dar una sola respuesta, pero como sea uno piensa, trata de dar la respuesta perfecta y llega la paradoja, que el poeta se queda sin la palabra y sólo resuelve con el silencio. Así que me traté de ir a lo más básico, porque a veces nos olvidamos de lo básico. Y es que de la poesía me gusta lo más evidente y lo más complicado: el lenguaje, la palabra, la magia que trae el decir, no por nada antes del caos lo primero que hubo fue palabra, verbo y no deja de sorprenderme la necesidad primigenia de nombrar para ser. No por nada se han hecho estudios filosóficos e intentos poéticos para descifrar y encontrar la manera de nombrar, desde El Cratilo hasta la deconstrucción del habla en los proyectos de vanguardia y tantísimas cosas más.

Además sé que la palabra escrita es creación, no sólo comunicación, que el lenguaje tiene muchas posibilidades más allá del famoso circuito del habla que nos enseñan en la secundaria, que la poesía no es sólo comunicar sino que es un arte fascinante por sus técnicas, sus historias, sus figuras, así como sus grandes escritores. Recuerdo que en una clase de poesía que tuve hace poco la maestra citó a José Emilio Pacheco, con una frase que me parece fundamental, totalmente simple y que sirve perfecto para entender la poesía, Pacheco decía: “No dejo de pensar en lo que México sería si la gente supiera de poesía el uno por ciento de lo que sabe de futbol, su historia, sus técnicas, sus grandes figuras, su pasión, su misterio”. Personalmente no creo en definiciones categóricas, pero estoy convencida de lo importante que es leer y entender las funciones del lenguaje. A todos los poetas les preguntan al menos una vez en su vida qué es la poesía, me lo han preguntado a mí y no tengo tanta vida. No me voy a sacar ni la conocidísima respuesta Becqueriana ni intentaré sacudirme con un dilema filosófico al estilo borgeano. Sin embargo, me convence la idea de Nietzsche sobre que el hombre tiene al arte para no morir de la verdad. Yo quiero a la poesía para eso, para poder desnudar un mundo, para denunciarlo, y también para poder crear una ficción a la medida. Recuerdo que en la última presentación que realicé en la feria del libro de Irapuato, regresó la pregunta sobre "qué es poesía". Me gusta pensar que la poesía es una paradoja irrenunciable, y creo que sólo así podría explicarlo, más allá de las pretensiones ficcionales o la mirada peculiar del mundo; es como tener a Eurídice tomada de la mano, saberla propia pero al mismo tiempo saber que no es posible voltear a verla porque la perderemos; la poesía es así, ¿qué sería del poeta si por fin consigue la palabra exacta? claro: moriría, mas como no la tiene la sigue buscando y es una búsqueda que no termina. Igual que Orfeo, el poeta está en un inacabable proceso, con la palabra en el brazo pero consciente de que nunca la va a tener por completo, y sin embargo no renuncia, si llega a poseerla por completo, pierde. 

Le debo muchas cosas a Quién vive, hay muchas cosas de mí en él, pues pertenece a una época de descubrimientos personales, de decepciones y de encuentros, de esperas y renuncias forzadas, de llantos que regeneran una parte del alma que nunca vuelve a ser la misma. El título, ya que soy muy mala para hallar títulos aplastantes, proviene de un verso de Xavier Villaurrutia, de Nostalgia de la muerte, un libro muy querido para mí y muy estudiado desde muchos modos en las clases, es una obra ante cuyo encanto terminé rendida, por los silencios, las ausencias, los lugares intermedios que no se pueden habitar y que son imposibles pero que se buscan de todos modos. Este ambiente tiene Quién vive, es un libro también de alguien que desea y sueña, alguien que no se contenta con lo perdido pero que no puede sino vivir de su nostalgia para hallar una manera de reconstrucción. Trata sobre la espera, sobre el dolor y sobre la carencia, temas que me movían, me inquietaban y de cierta forma me siguen rondando sin poderme dejar.

El libro está dividido en cuatro partes. La primera contiene un guiño poético a uno de los grandes escritores mexicanos, injustamente olvidado, Severino Salazar, a quien le hago un homenaje por uno de los pasajes más impactantes de su libro Donde deben estar las catedrales; en esta parte también hablo de algunos demonios cotidianos como la tristeza y la soledad, sobre la vieja dupla del amor y la muerte y sobre algunos seres míticos cuyas historias me fascinan: Ícaro y Sísifo, quizá porque pienso igual que Camus, que de alguna manera la sabiduría antigua trágica coincide con el heroísmo contemporáneo, en especial en este par de necios y rebeldes que a causa de su hybris sufrieron el peso del destino inamovible y el castigo de los dioses. La segunda parte abre con un epígrafe de Francisco Hernández que alude a lo fantasmal y al recuerdo que duele. Abre con la retahíla del cuervo que repite una sola frase, para afirmar lo que se ha perdido o ya no podrá volver a ser. También visito a los ángeles y su condición no humana pero tampoco divina y recorro los paisajes de la nostalgia, de lo ido. Hago un canto a la imposibilidad y al deseo de que las cosas sean otra cosa, a través de las oraciones, la manera más común de pedir por lo imposible, por aquello que sabemos fuera de nuestro control, y que muchas veces intuimos como azaroso y perdido.

La tercera parte puedo decir que es mi preferida, porque se trata de los sueños, me fascina el intersticio en el que el hombre se encuentra cuando duerme, Homero designó al sueño y a la muerte como hermanos gemelos y esa idea que los lleva siempre tan de la mano me incitó a pensar entonces en el despertar como un levantamiento trémulo que desemboca en un deseo más profundo por dormir, o mejor morir. La última parte viene a confirmar la angustia del grito que con miedo hacemos entre la desolación: “Quién vive”, en este momento hago una última revelación a través de unos poemas más íntimos, más desnudos, el primero inspirado en el poema “Autorretrato” de Rosario Castellanos, y los siguientes dando pie a la plenitud de mis carencias y mis dolos, la pérdida del amor, los silencios forzados y la conclusión que llegó a través de la Beatriz de Dante, personaje que para mí es el epítome de lo que se busca hasta la eternidad, hasta los infiernos, pero que en mi caso, en este poemario, no se encuentra ni se concreta.

Así el resultado. Para ir terminando, quiero decir también que muchos de estos poemas surgieron gracias a la guía de ciertos profesores que me compartieron no sólo el gusto por la poesía sino la técnica, la pasión y el misterio de la palabra y la creación. Si nos ubicamos en la caverna de Platón y siguiendo a la idea de María Zambrano, los poetas no quieren escapar a la cueva para hallar una verdad en el mundo sino que dentro de la penumbra son felices, cultivando su propio jardín, creando en las sombras. Hice una presentación en Minería, también en febrero; se hizo allá la pregunta sobre los temas que se escogen (o no), sobre los que escribimos invariablemente. Yo regreso a las mismas cosas siempre, en parte por decisión, en parte por obsesión. Creo que todos tenemos nuestras propias tierras de Jauja, las cosas con las que soñamos, nuestras específicas cornucopias y deseos exacerbados. Para mí, una forma de hablar de esas cosas es con la poesía; escribo sobre mis carencias y mis humillaciones, escribo para la memoria, porque creo que a través de la palabra seguimos existiendo en una suerte de realidad ingrávida en la que no es posible olvidar; escribo también sobre el dolor que también es gozo e idealmente espero lograr un resultado conmovedor. No desapruebo escribir sobre las mismas cosas, a veces es inevitable. Y para muestra, cito un membrete de Oliverio Girondo: “Ambicionamos no plagiarnos ni a nosotros mismos, a ser siempre distintos, a renovarnos en cada poema, pero a medida que se acumulan y forman nuestra escueta o frondosa producción, debemos reconocer que a lo largo de nuestra existencia hemos escrito un solo y único poema”. Y es en parte cierto, las recurrencias salen en donde creamos; basta ver la obra de Borges y darse cuenta de que a cada rato sale un espejo o un laberinto y esos elementos son parte de su obra, sin que uno crea que se está simplemente repitiendo o que ya se le acabó el ingenio, para nada.

Regresando al libro, puedo decir que también es en buena parte un diálogo poético, quizá muy ingenuo pero auténtico, están mis ideales y sueños surgidos desde la lectura de los escritores que admiro, condimentados con mis propios ángeles negros, obsesiones y admiraciones. No voy a decir que tengo el manual para escribir bien ni para lograr la perfección, pero creo que es muy importante leer, ser auténticos y atreverse. Otro de los chicos del CCH me preguntó que qué era lo que se necesitaba para escribir un libro de poesía. Y la respuesta no es tan compleja. Sólo se necesita escribirlo y ya. Sentarse a leer mucho y luego atreverse, porque si uno no se atreve no hace nada, de verdad, te lo dicen hasta en los libros de superación personal, pero es cierto, hay que hacerlo y hacerlo lo mejor que uno pueda, si, como yo, se lo toma en serio, si uno es lo suficientemente necio como para entrar en un proyecto que nunca terminará por consumarse, que no  implicará una satisfacción completa y amarlo precisamente por eso, porque lo que culmina y acaba muere, y la poesía es una de las pocas cosas que permite el acceso a auténticas permanencias y a eternidades.



Music on: Untitled 4 - Sigur Rós
Quote: "El mundo es finito, nuestras ilusiones lo desbordan" Salman Rushdie
Reading: 1Q84 - Haruki Murakami

El sueño y la muerte en Nostalgia de la muerte de Xavier Villaurrutia o de cómo definirse por la indefinición


Hermanos gemelos, como los llamara Homero, sueño y muerte han estado en relación íntima en la literatura, incluso forman parte del tópico Vita somnium utilizado por Calderón de la Barca en La vida es sueño, para ilustrar el carácter onírico de toda la existencia. También lo escribió Quevedo: “El sueño, que es imagen de la muerte” (Quevedo, 1986: 55), morir como despertar al sueño que es la vida. El tópico de la muerte fue muy apreciado por los Contemporáneos; muy cerca de la publicación de la obra cumbre de Villaurrutia, en 1938, vieron la luz Muerte sin fin (1939) de José Gorostiza y Muerte de cielo azul (1937), de Bernardo Ortiz de Montellano. En el caso de Villaurrutia, la influencia del surrealismo será fundamental para su poesía pues, de hecho “la reflexión y la crítica en torno al surrealismo las empezó a desarrollar Villaurrutia a partir de 1930 en numerosos artículos de prensa, reseñas, comentarios, ensayos o conferencias” (Monge, 2001: 283).
            Los escenarios en que Villaurrutia inscribe su obra no se separan del sueño; es posible rastrear el origen de esta predilección en sus propias filiaciones. El poeta se declara hijo de la vanguardia europea, de los simbolistas y románticos, más que de la generación hispana que literariamente lo precede. El gusto de Villaurrutia está fuertemente marcado por lo onírico, el sueño de vida que encuentra en la poesía romántica, por ejemplo, en la Aurelia del romántico francés donde él encuentra que “vigilia y sueño se comunican en el texto poético de Gérard de Nerval al punto que las fronteras entre ambos mundos no sólo se han borrado ya sino que son innecesarias” (Villaurrutia, 1974: 896). Villaurrutia halla, de hecho, una manera de unir armónicamente la vida y el sueño, constante muy marcada en su obra.
El primer verso de “Nocturno miedo” se inscribe en la noche, lugar de oscuridad física y también del interior del poeta: “Todo en la noche vive una duda secreta”[1] (Villaurrutia, 1974: 45). El poeta se instala en un no-decir, en un intersticio, con el escenario nocturno como espacio de su secreto, mismo que ofrece la posibilidad de realizar acciones:
Entonces, con el paso de un dormido despierto,
sin rumbo y sin objeto nos echamos a andar.
La noche vierte sobre nosotros su misterio,
y algo nos dice que morir es despertar. (vv. 9-12)

La lucha entre estar despierto y estar dormido sucede en tensión; un verso antes se lee: “en la gruta del sueño la misma luz nocturna nos vuelve a desvelar” (v. 7-8). En los versos se advierten dos posibles significados de “desvelar”: “estar sin dormir” y “descubrir”; la luz, que es nocturna, contribuye a la tensión, pues se trata de la pugna por dejar ver a la luz, y por esconder con la noche, al mismo tiempo.
Mucho se repite la tensión en la obra de Villaurrutia, reforzada con el uso de antítesis; Octavio Paz resume el tema verdadero de Nostalgia de la muerte como un conflicto, pues se trata de una poesía “habitada por una doble oposición: el sueño, la vigilia, la conciencia y el delirio” (Paz, 1978: 58). El choque de conceptos, las estatuas despiertas, los ojos cerrados que ven, los abiertos que no ven, son algunas representaciones de ese conflicto.
Si bien la noche es, como vimos en la doble tensión de “ver y “esconder”, un escenario de la  duda y lo inconcreto, es, más allá de elemento paisajístico, un cómplice, ya que bajo su oscuridad permite el encuentro con el otro, espacio donde la sombra puede transformarse en luz. Otro cómplice posibilitador de los encuentros es el sueño. Villaurrutia lo hace evidente en el último verso de “Nocturno miedo”, que tiene un antecedente en la rima lxix de Gustavo Adolfo Bécquer que dice: “¡despertar es morir!” (Bécquer, 1976: 60). El sueño, igualmente posibilita el encuentro con el otro y en la otredad existe un cambio de perspectiva. El sueño, según Argullol es “una necesidad y un poder” (Argullol, 2006: 65). Es sólo con el paso del “dormido despierto” que el poeta se mueve también, es decir, hay un paso del estatismo al movimiento. Si el mundo onírico ofrece mayores satisfacciones vitales que el mundo real, se puede seguir que el poeta intuya, igual que Bécquer, que despertar es morir. Además, el sueño permite una nueva descripción del mundo, es una verdadera relación con la poesía, pues para Villaurrutia “el tema del poeta es el sueño…, pero es muy difícil abordarlo” (Paz, 1978: 56).
En el mismo poema, Villaurrutia, sumergido en la duda secreta, es consecuente con el carácter indefinido de la otredad. La antítesis remite a la indefinición, la cual se trata muchas veces de un punto “entre” dos conceptos definidos y que resulta bastante abstracto, como lo es también el otro. El sonámbulo no es ninguna de las dos cosas, ni despierto, ni dormido. Para continuar con la idea de lo “entre”, el siguiente verso plantea una pregunta fundamental:
 ¿Y quién entre las sombras de una calle desierta,
en el muro, lívido espejo de soledad,
no se ha visto pasar o venir a su encuentro
y no ha sentido miedo, angustia, duda mortal? (vv. 13-16)

Es de notar el adverbio de lugar: “entre”, y la elección de las sombras de una calle desierta que conforman una indefinición. Aquí se refiere a un ser, marcado por el “quién”, pero es imposible saber la identidad y tampoco su constitución física. Además, lo desierto no está realmente desierto, pues tiene sombras, y conectando con los versos anteriores, lo secreto no es realmente secreto pues siempre se logra develar algo.
Pareciera que en la mitad de un concepto y otro, el poeta buscara siempre mostrar algo más. No es que el poeta busque sólo contraponer o bien trasmutar esto con aquello, sino que busca el lugar que se inserta entre dichos conceptos y justo dicho lugar indefinido es uno de sus preferidos. Apunta Paz la importancia del momento de tránsito, el instante en que algo deja de ser una cosa y se convierte en otra, por ejemplo, cuando “la nieve comienza a obscurecerse pero sin ser sombra todavía” (Paz, 1978: 84). Mucho de eso se observa en Villaurrutia, un “entre” que no puede asirse ni expresarse pero que paradójicamente, es el lugar más seguro. Siguiendo a Paz, el entre “no tiene cuerpo ni sustancia. Su reino es el pueblo fantasmal de las antinomias y las paradojas. El entre dura lo que dura el relámpago” (Paz, 1978: 85).
La indefinición de Villaurrutia sucede también al enfrentarse al otro. El “Nocturno de la estatua” muestra una carrera sin hallazgo, una búsqueda sin logro. Este camino errático es lo que Xirau llama “desrealización radical”, pues “el poeta pasa a la ingravidez de los sonidos; y el sonido mismo se le convierte en eco, fantasma desdibujado de sí mismo” (Xirau, 2004: 163). En efecto, el poeta busca a la estatua y desea tocarla, pero esta actividad está condenada a no consumarse desde el principio:
Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito
querer tocar el grito y sólo hallar el eco,
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro y tocar un espejo (vv. 5-6)

El poeta recorre distancias pero se enfrenta a puertas sin salida. Mas él lo sabe desde el principio, no sufre realmente la imposibilidad y en este poema se sitúa de nueva cuenta en el espacio intermedio al reafirmar que el contacto no es viable. Para Villaurrutia el “entre” no es un destino trágico sino la decisión que toma como su verdad. Después, aunque ya materiales, no lo llevan a ningún lugar: el muro y el espejo. Esta persecución es discontinua y fragmentada, propia del espacio onírico: “Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera” (v. 1) y contiene las peculiaridades inmateriales y contrapuestas de los sueños. Hacia el final, entra en un sueño dentro del sueño, pues la estatua, en la que él mismo puede reconocerse, rompe de lleno el movimiento en el último verso: “hasta oírla decir: ‘estoy muerta de sueño’” (v. 13). De este modo se evidencia la indefinición del otro. El poeta desea la otredad pero lo único que obtiene es un reflejo de sí mismo, igualmente indefinido, difuso, producto de un sueño; se ha reconocido muerto frente a su propio reflejo “hallar en el espejo la estatua asesinada” (v. 7) y de esta manera no se puede decir que esté vivo ni realmente muerto pues aún puede enunciar palabras. De nueva cuenta se ha posicionado en lo indefinido, en el lugar intermedio donde no se puede terminar de ser, de ser o de nombrar.
Otra respuesta frente a la indefinición aparece en el miedo que es la conclusión en sí de “Nocturno miedo.” El poeta establece un sentimiento paradójico: teme estar vacío y también teme hallarse ocupado por otro que le cancele su identidad. El último verso es fundamental pues glosa el conflicto de la definición del ser, al tiempo que cierra la idea de la vida como sueño y el despertar como muerte para crear una veta de lectura sobre la existencia y el reconocimiento de uno mismo: “y la duda de ser o no ser en realidad” (v. 20).  ¿Dormir o despertar? Se pregunta Villaurrutia constantemente, mas el caso es que no elige ninguna opción, sino que regresa al punto intermedio. El sonambulismo definido por el “dormido despierto” es ese espacio onírico-consciente que permite el reconocimiento de uno mismo y también ahí existe la posibilidad de contacto con el otro.
No es gratuito el título que Villaurrutia eligió para la obra; la figura de la muerte es sin duda fundamental, ya sea como arquetipo, como forma, o como persona, y el poeta la retrata con diferentes características. Una que me parece fundamental es la factura de la paradoja del miedo. Recordemos “la duda de ser y no ser realidad” (.v.20). Ahora bien, sabemos que ante un sueño es necesario despertar y al hacerlo llegaría una angustia que se correspondería con el verso de Bécquer citado anteriormente. Pero hay aquí otra paradoja cuando el poeta afirma: “Dos temas son particularmente interesantes para mí: la muerte y la angustia. La angustia del hombre ante la nada, una angustia que da una peculiar serenidad” (Villaurrutia, 1966: 18-19). Villaurrutia escribe también sobre el dolor de: “no ser sino la estatua que despierta / en la alcoba de un mundo en el que todo ha muerto” (v. 38) donde podemos rastrear un despertar angustioso que al mismo tiempo puede ser sereno. De hecho este último verso tiende un puente perfecto hacia la conclusión sobre el manejo del sueño y la muerte. Cabe resaltar que el dolor del que habla es “inesperado” pero el énfasis del poema está en unos versos antes:
Abre mis ojos donde la sombra es más dura
y más clara y más luz que la luz misma
y resucita en mí lo que no ha sido. (vv. 33-35)

El despertar es oscuro pero también es luminoso y le sucede una resurrección. Extraño resultaría, que dentro de una obra en que habita la oscuridad y la muerte existan múltiples menciones a lo abierto, a la luz y a la vida. Alí Chumacero escribió que en Nostalgia de la muerte: “la emoción, vínculo inmediato con el mundo, se convierte ahí en ideas que, acariciadas por el verso y volcadas en palabras, llegan a construir el poema” (Chumacero, 1974: 15). Siguiendo esta afirmación habría que detenernos a reflexionar sobre la visión de la existencia que Villaurrutia refleja en este poemario, lo que lo transporta directamente a la emoción central de la que habla Chumacero. Dicha emoción es en realidad la vida y la luminosidad de la misma.
En el poema “Paradoja del miedo” el poeta se afirma como un ser para la muerte y explica que el miedo mayor no es a la muerte en sí, sino a la falta de reconocimiento y pérdida de la identidad propia:
El miedo de dejar de ser uno mismo
ya para siempre,
ahogándose en un mundo
en que ya las palabras y los actos
no tengan el sentido que acostumbramos darles;
en un mundo en que nadie,
ni nosotros mismos,
podamos reconocernos. (vv. 16-23)

Este sentimiento de confusión, inseguridad y falta de definición, supera al miedo a la muerte y explica la nostalgia. En ese caso sería más fácil temer a la muerte, que es algo fuera de uno mismo, que temerle a un yo incomprensible, a verse como un ser que no se define y al que nadie puede reconocer. Pero recordemos que la muerte en Villaurrutia no es una extraña. En el “Nocturno en que habla la muerte”, vemos que cuando la muerte habla, le anuncia la imposibilidad de su propia comprensión como sujeto y ese es el verdadero temor:
Nada es la tierra que los hombres miden
y por la que matan y mueren;
ni el sueño en que quisieras creer que vives
sin mí cuando yo misma lo dibujo y lo borro. (vv. 23-26)

El final de “Paradoja del miedo”, además, no es una oda a la muerte, sino a la vida y ahí también nos presenta el poema una suerte de paradoja: “puesto que ya no puede morir,  / sólo un muerto, profunda y valerosamente, / puede disponerse a vivir” (vv. 58-60). Villaurrutia sentía que la muerte la llevaba dentro, en sus palabras, era traerla “como el fruto lleva a la semilla” (Villaurrutia, 1966: 18). El despertar de la estatua está vinculado con la abstracción que hace Villaurrutia de la muerte. Octavio Paz explica que se trata de una inversión del viejo “despertar es morir” y no se equivoca: “en la vigilia, si somos lúcidos, vivimos nuestra propia muerte. El contenido de nuestra vida es nuestra muerte. Estamos habitados por ella” (Paz, 1978: 81). El sentimiento de la estatua que “despierta en la alcoba de un mundo en el que todo ha muerto” (vv. 37-38) es un sentimiento de claridad y luz, de serenidad puesto que “resucita en mí lo que no ha sido” (v. 35) y así funciona como demostración de la inversión sugerida por Paz en torno al antiguo tópico. Una vez más Villaurrutia demuestra sus filiaciones y predilecciones como hijo de la tradición romántica europea pues esta idea tiene raíces justo ahí, donde la vida y el sueño tienen todo en común, “sobre todo desde el romanticismo, el sueño se ha identificado con la vida; el sueño no es la muerte sino la otra vertiente de la vida” (Paz, 1978: 56).
En la apreciación de Xirau, Villaurrutia es un hombre que “excesivamente subjetivo para dar con símbolos universales de la muerte, vive su muerte, la hace pan de todas las noches” (Xirau, 2004: 169). Villaurrutia no puede, entonces, mostrarse temeroso de morir. Él mismo afirma: “La muerte no es, para mí, ni un fin, ni un puente tendido hacia otra vida, sino una constante presencia, un vivirla y palparla segundo a segundo… presencia que sorprendo en el placer y en el dolor” (Villaurrutia, 1966: 19). La muerte sería para el poeta esa mezcla de algolagnia también entre la angustia y la serenidad, y en ese umbral indefinible se encuentra él mismo, de la mano de su propia muerte, en el lugar “entre.”
Así es que es sólo en ese intersticio de la indefinición logra paradójicamente definirse. Al igual que sólo en la misma paradoja del miedo a la muerte se instala en una afirmación de la vida. En el estado intermedio puede hallar su verdad y dicho estado se encuentra en el sueño. Siguiendo a Albert Béguin, al igual que la poesía, el sueño y las revelaciones sucedidas en la indefinición tienen el precio inestimable de que “nos liberan de nuestra soledad de individuos separados, nos ponen en comunicación con esos abismos interiores que ironizan la vida de la superficie” (Béguin, 1992; 161).
Por eso el poeta no teme al despertar, pues se afirma desde el inicio del poema, a manera de Heidegger, como un ser para la muerte, “todo poeta descubre su filósofo y yo lo he encontrado en Heidegger” (Villaurrutia, 1966: 19). Si no hay muerte que aceche peligrosamente, no habrá más remedio que entregarse a la vida. Villaurrutia entiende totalmente que sólo la muerte puede afirmar la vida, así como sólo el sueño puede afirmar la realidad predilecta y sólo dormir/morir lleva a despertar/vivir.

Bibliografía:
·         Argullol Rafael (2006), La atracción del abismo, un itinerario por el paisaje romántico, Acantilado, Barcelona, 124pp.
·         Bécquer, Gustavo Adolfo (1976), Rimas y leyendas, Aguilar, México, 367pp.
·         Béguin, Albert, El alma romántica y el sueño, FCE, México, 1992, 500pp.
·         Monge, Carlos Francisco (2001), “Entornos del surrealismo en Xavier Villaurrutia: la poesía y el ensayo”, en Las vanguardias literarias en México y la América central. Bibliografía y antología crítica, Merlin H. Foster (comp), Frankfurt am Main, pp. 277-296.
·         Quevedo y Villegas, Francisco de (1986), “Más solitario pájaro ¿en cuál techo?”, en Poesía amorosa, Joan Boldó i Climent Editores, México, 134pp.
·         Paz, Octavio (1978), Xavier Villaurrutia en persona y obra, FCE, México, 85pp.
·         Villaurrutia, Xavier (1966), “La poesía”, en Revista de Bellas Artes No. 7, México, pp. 17-19.
·         _______________ (1974), Obras, FCE, México, 1096pp.
·         Xirau, Ramón (2004), “Xavier Villaurrutia: presencia de una ausencia”, en Entre la poesía y el conocimiento. Antología de ensayos críticos sobre poetas y poesía iberoamericanos, FCE, México, pp. 161 – 171.


[1] Todas las referencias a los poemas de Villaurrutia corresponden a esta edición.

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Quote: "tu voz hace un imperio en el espacio" - Vicente Huidobro
Reading: 1Q84 - Haruki Murakami

sábado, 6 de abril de 2013

Fragmentación bidimensional en "Croquis en la arena" de Oliverio Girondo



Guillermo Sucre en su libro La máscara, la transparencia, afirma que “desde el comienzo, Oliverio Girondo optó por una poesía experimental” (Sucre, 1985: 235). Mas su renovación no sólo se quedó en el campo de la poesía sino que, como no era raro en las vanguardias, optó por lo interdisciplinario, de modo que su creación estaba ligada también a la pintura. Esto era evidente desde Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, su primera obra, publicada en 1922, la cual venía acompañada en su primera edición por acuarelas realizadas por el autor. No sobra resaltar que Girondo se encargó de realizar un ensayo en torno al arte de su época que funcionaría como prólogo al catálogo de la colección homónima Rafael A. Crespo;[1] el texto, titulado simplemente Pintura moderna, es una suerte de tratado sobre el arte, mismo que si bien se presenta como una guía para el espectador desprevenido, es innegable que en éste se muestran las preferencias y gustos del autor con respecto a diversas manifestaciones pictóricas.

 Una de las características que más llama la atención a Girondo dentro de su misma tendencia al experimento reside en las diversas manifestaciones de la fragmentación, tanto en la palabra escrita, característica que toma auge en En la  masmédula (1956), como en la pintura.  La fragmentación de imago y poiesis y la unión de ambas es fundamental para entender la creación de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía y es el motivo central de este breve comentario.

Hay que decir antes que todo que el fragmento es un principio para Girondo; el poeta corta, fragmenta, separa y escinde en diversos niveles y formas en cuanto a su visión del mundo, del cuerpo y del lenguaje. Este proceso está relacionado con la deformación, concepto que aparece desde Baudelaire, según lo apunta Hugo Friedrich en su ensayo en torno a la lírica moderna:

En la deformación impera el poder del espíritu. Lo que nazca como un ‘mundo nuevo’ a partir de esta destrucción ya no podrá ser un mundo ordenado realísticamente. Será una imagen irreal que ya no se dejará regir por las leyes normales de la realidad (Friedrich, 1974: 74).

Desde sus primeras manifestaciones poéticas, Girondo se instala en la distancia hacia esas leyes normales. Más allá de una renovación lingüística, Girondo apuesta también por el discurso visual en esta obra, y la simbiosis de su interés en dos manifestaciones artísticas resulta en la satisfacción de inquietudes idénticas, a saber, perspectiva desde el detalle, deformación, y “nueva sensibilidad”. En 1913 Guillaume Apollinaire elaboró un ensayo en torno a la pintura cubista: Meditaciones estéticas, en el cual menciona una modalidad específica de creación, que surge no a partir de la mímesis sino de la transformación. Al referirse a los artistas, y a sí mismo como parte de dicho grupo, escribe: “los grandes poetas y los grandes artistas tienen por función social renovar sin cesar la apariencia que reviste la naturaleza a los ojos de los hombres” (Apollinaire, 94: 15).

En  las acuarelas que acompañan la primera edición de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía hay una predilección transformadora desde la perspectiva; los dibujos muestran personas con un solo ojo, se enfocan en detalles y es frecuente que haga a un lado el resto de la composición. El poeta toma en cuenta la existencia del fragmento y lo inserta en paisajes totalizadores, para lo cual cobra relevancia el trato que se da al universo entero en que se realizan las acciones. “Croquis en la arena” es el tercer poema del volumen; la ilustración que acompaña este poema muestra a un hombre de un único ojo deformado y anchos bigotes, parado al lado de una inestable cámara fotográfica y mostrando en su mano derecha una fotografía del paisaje.

El resto de los dibujos oscilan entre la propuesta deformativa del cubismo al tiempo que ofrecen una idea grotesca de las imágenes, no en un sentido peyorativo sino como parte de la misma estética. Girondo subvierte la mirada a través de la caricatura que en sí está deliberadamente deformada. Jorge Schwartz apunta que estas acciones responden a una subversión de la mirada y que “los dibujos tienen el mismo efecto de lectura de su poesía al deformar, ridiculizar, fragmentar, monumentalizar, universalizar un momento” (Schwartz, 1999: 501). Así pues, en la acuarela que acompaña “Croquis en la arena” predomina una deformidad en la que son sólo detalles los que definen el género: el moño en el cuello y el bigote, lo que dan al espectador la certeza de que se trata de un hombre, con rasgos deformes, centrado en un fragmento que sobresale del todo. El cuerpo del personaje no es más que un bulto de un color, una pincelada única. Lo mismo sucede con la cámara fotográfica que sostiene a su lado, pues tiene sólo la forma básica necesaria para saber qué es. Los colores elegidos, o bien la ausencia de estos, conforman un elemento de importancia ya que funcionan en conjunción con los detalles que el pintor quiere destacar sobre los otros. El fotógrafo es una mancha verde apenas abierta para formar brazos y piernas; la cámara es igualmente una mancha de color café, de la que escurren las patas en desorden y sin uso correcto de las proporciones.

Así pues, si desde el discurso plástico es posible apreciar el gusto por el fragmento, por lo aparentemente inacabado, lo grotesco y surgido deliberadamente y por una selección de detalles particular, es en el cuerpo del poema donde se aprecian completamente dichas decisiones y propuestas estéticas. Jorge Schwartz propone que esta representación es en realidad un cuestionamiento de la representación misma, la ilustración:
Corta el poema en dos, intercala en la misma secuencia poesía e imagen, representando un momento clave para la comprensión del proyecto girondiano en esta etapa inaugural de su obra. El poema anticipa varios elementos cruciales para lo que hoy se ha convenido llamar posmodernidad: el carácter inacabado de la obra de arte, la fugacidad de ejecución, la pérdida del ‘aura’, la percepción fragmentada y la representación puesta en jaque (Schwartz, 1999: 501).

Podríamos afirmar que en efecto la percepción se transfigura en un fragmento del universo que a su vez está contenido en una tarjeta postal de viaje. El poema presenta una fragmentación muy evidente a partir del segundo verso:

Brazos.
Piernas amputadas.
Cuerpos que se reintegran.
Cabezas flotantes de caucho.[2] (vv. 2-5)

Hay que notar, de inicio, cómo el cuerpo humano se encuentra desmembrado, el adjetivo “amputadas” no deja duda al respecto, y con ello el lector se halla frente a un cuerpo mutilado. El poeta está otorgando pequeñas impresiones fotográficas, una especie de “close up” de lo que está viendo. Llama la atención que un verso después de la declarada fragmentación, el poeta inmediatamente responde con un verso antitético en donde ilustra que estos mismos cuerpos se reintegran. Mayor asombro causa la decisión de recurrir a una imagen que no es muy clara sobre si se refiere a la unión o a la fragmentación: “cabezas flotantes de caucho” (v. 5). Lo anterior tiene que ver fundamentalmente con la perspectiva del yo lírico quien no capta todo lo que está viendo, quizá puede, pero no le interesa reproducir el paisaje completo. El poeta funciona como un voyeur, mas el peso de la mirada no tiene la finalidad de abstraer una totalidad sino que esa totalidad pasa a través del filtro del ojo que otorga mayor importancia a lo que se genera desde su visión, no a la visión global en sí. Dentro del mismo juego de la fragmentación y de lo entero, más adelante se refiere al cuerpo como un todo al hablar de las bañistas. También escribe versos como: “Por ochenta centavos, los fotógrafos venden los cuerpos de las mujeres que se bañan” (vv. 12-13).

El poeta propone una nueva realidad para alterar al público, para hacerlo cómplice de su visión, pero también para sacarlo de su equilibrio. El ojo de Girondo va al detalle y en cuanto a esto, su creación en esta etapa está más emparentada con ciertas ideas de la vanguardia latinoamericana y la consigna de la “nueva sensibilidad”. En 1921 Vicente Huidobro escribió uno de sus ensayos de estética más importantes: “La creación pura” en donde se deslinda por completo de la mímesis y propone una creación poética semejante a la de un Dios. En dicho ensayo anota que “el artista obtiene sus motivos y sus elementos del mundo objetivo, los transforma y los combina, y los devuelve al mundo objetivo bajo la forma de nuevos hechos” (Huidobro, 1988: 95). Dentro de esta propuesta rescata sobre todo la elección del poeta, de acuerdo a la libertad y las necesidades de la creación, y sobre todo un pensamiento estético que acusa a una estructura: “el estudio de los diversos elementos que ofrecen al artista los fenómenos del mundo objetivo, la selección de algunos y la eliminación de otros, según la conveniencia de la obra que se intenta realizar, es lo que forma el Sistema” (Huidobro, 1988: 96). En Girondo se aplica la elección de las cosas del mundo, es decir, aunque pareciera deliberado dejar sin pintar una camisa o haber deformado una parte del cuerpo, existe un proyecto escritural, en el sentido de que demuestra que tales elecciones, en su fragmentariedad, deformación, yuxtaposición, o absurdo, han sido sometidas a un designio intelectual del creador.

Al verso: “La sombra de los toldos” (v. 9.), se nota un acercamiento que refuerza la posición del yo lírico frente al paisaje. El voyeur mira pero a la vez crea. Quizá dichos cuerpos, por estar acostados bajo sombrillas de playa o toldos de tiendas no puedan verse por completo. Es esa perspectiva la que hace parecer que las piernas están amputadas, pues son ellas las que sobresalen de los toldos, como partes independientes. Igual sucede con los brazos, pues el cuerpo se ha guarecido bajo una sombra y ocasionalmente salen los miembros al encuentro fortuito de la mirada del voyeur quien no se mueve de su lugar y prefiere crear desde lo que alcanza a percibir.

El yo lírico desmiente el afán naturalista al no buscar describir el cuerpo completo ni acercarse como científico a su objeto de estudio. Girondo mira desde lejos para crear. La mímesis no sólo está sustituida arbitrariamente por la visión distorsionada e individual, sino que no es el motivo de discusión en su acercamiento pues “cuando se tiene presente el amplio conocimiento que poseía Girondo en otras expresiones artísticas contemporáneas se percibe que su estrategia de fragmentación está lejos de ser susceptible de reducción a moldes comunes” (Zepeda, 2006: 153). El cierre del poema sigue dando cuenta de la creación de la realidad, ya no sólo desde su ojo sino desde una cuestión relacionada con la creación del poema en sí: “bandadas de gaviotas, que fingen el vuelo destrozado de un pedazo / blanco de papel” (vv. 17-19); versos con los que evidencia lo fragmentario de esa realidad, que puede ser la referente a las aves o a la página. Al igual que los cuerpos se representan mutilados, también existe una página mutilada pues, finalmente las gaviotas salen de un pedazo de papel. Es decir, no existe una realidad determinada y por ello hay que construirla. El poeta está sacando elementos de la naturaleza, en este caso las gaviotas, como si salieran de su propia escritura, del papel en el que se está creando esa realidad particular, con lo cual se genera una discusión sobre la escritura poética, en donde el acto mismo de escribir es crear.

La transformación y la “nueva sensibilidad” regresan mediante el movimiento de las olas, las cuales también se presentan como fragmentos,  son extensiones de un gran todo que es el océano. Las olas se mueven y el movimiento instaura un devenir de cambio constante, las virutas van y vienen como una metonimia de la parte por el todo: “las olas alargan sus virutas sobre el aserrín de la playa.” (vv. 6-7) El movimiento es significativo, pero será una constante en muchos poemas y su presencia, combinada con el estatismo de algunos otros elementos será vital para comprender este mismo juego de realidades propuestas y cambios.

Para el poeta es fundamental el quiebre, el “romper las amarras lógicas” frase escrita en la carta-prólogo de “Carta abierta a ‘La Púa’” de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, pues similar a su deseo por trastocar ese límite lógico, Girondo enarbola y exalta las manifestaciones artísticas que pugnan por la renovación. No es gratuito que en Pintura moderna, el poeta encuentre en el impresionismo la manera pictórica más semejante a dichos ideales. Escribe Girondo, al respecto de este movimiento artístico: “Una vuelta por la ciudad, por los alrededores, y la vida, lo cotidiano, irrumpe y se hospeda en sus telas, tan impetuosamente, que desborda el marco que la oprime” (Girondo, 2002: 209).

El poeta se muestra consciente de la necesidad de renovación del arte, y también se percata de la ruptura con las viejas normas del arte en cuanto a la representación de la realidad. Al referirse al Cubismo explica una manera peculiar de creación, no mimética, reforzada en la perspectiva personal del artista. Apunta que para los cubistas la creación se transforma en un acto mental, evadido de la realidad:

Dentro de los límites de su tela, el artista se halla en un trance semejante al de Dios ante la Nada. Su creación ha de surgir de su propia sustancia y ha de someterse a las leyes que le impone su voluntad omnipotente. Cuando apela a lo exterior, cuando incurre en la debilidad de manifestar alguna ternura por un objeto humilde (vaso, periódico, botella) le inflige las deformaciones que se le antojan, lo somete a la estructura y al ritmo que requiere la composición (Girondo, 2002: 209).

De esa reflexión es importante destacar, por un lado la creación “espontánea” que no remite a una realidad dada y, por otro, la representación de ese objeto humilde pero deformado, lo cotidiano con un toque peculiar, transformado. Esto explicaría la predilección de Girondo por “cortar”, por presentar su mundo en fragmentos, privilegiando la perspectiva y el detalle. Y es indudable que sus poemas de viajes, como “Croquis en la arena” no se corresponden sólo a un viaje horizontal que guarde registro simple de lugares y fechas sino que acusa siempre un motivo de creación desde sus más personales maneras de ver, transformar, crear el mundo.

Más adelante, la fragmentación trasciende incluso los límites de la palabra. Como lo mencioné en el inicio, la descomposición y la deformidad se percibe en la lengua misma con los experimentos realizados en su última etapa de creación con su obra cumbre, ya bien entrado el siglo XX. Con En la masmédula el poeta reafirma sus predilecciones vanguardistas y se establece como dentro de una búsqueda constante por nuevas realidades y nuevas maneras de nombrarlas. De modo que las experimentaciones creativas que realiza en 1922 son sólo una puerta hacia el camino de la fragmentación, la nueva creación y la nueva mirada del mundo.

Bibliografía:
·         Apollinaire, Guillaume, Mediciones estéticas. Los pintores cubistas, Visor, Madrid, 1994, 112pp.
·         Girondo, Oliverio Obras completas, Losada, Buenos Aires, 2002, 460pp.
·         Huidobro, Vicente “La creación pura” (ensayo sobre estética), en Manifiestos, proclamas y polémicas de la vanguardia literaria hispanoamericana, edición, selección, prólogo y bibliografía, de Nelson T. Osorio, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1988, 417pp.
·         Fernández García, Ana María, Catálogo de pintura española en Buenos Aires, Universidad de Oviedo, 1997, 223pp.
·         Friedrich, Hugo, La estructura de la lírica moderna, Seix Barral, Barcelona, 1974, 398pp.
·         Schwartz, Jorge, “Ver/leer: el júbilo de la mirada en Oliverio Girondo”, en Oliverio Girondo, Obras completas, Edición crítica por Raúl Antelo, Madrid, 1999, pp. 490-512.
·         Sucre, Guillermo “Adiciones, adhesiones”, en La máscara, la transparencia, FCE, México, 1985, 394pp.
·         Zepeda, Jorge “Para una poética de la fragmentación”, en Ficciones limítrofes. Seis estudios sobre narrativa hispanoamericana de vanguardia, El colegio de México, México, 2006, 157pp.



[1] La exposición Pintura moderna, colección Rafael A. Crespo fue organizada por la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires en 1936. Cfr. Ana María Fernández García, Catálogo de pintura española en Buenos Aires, Universidad de Oviedo, 1997. P. 207.
[2] Todas las citas de la obra del autor son tomadas de la misma edición. Cfr. Bibliografía.


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Quote: "Quien exige demasiado a la vida, es decir, quien exige de la vida todo lo que promete, acaba en la desesperación" Aldo Pellegrini
Reading: Mariana Constrictor - Guillermo Fadanelli

miércoles, 13 de febrero de 2013

¿A dónde va uno a curarse el rencor?


¿A dónde va uno a curarse el rencor?

Tengo un dolor niño, niño es porque no sabe, porque no discrimina, porque crece. Tengo un dolor niño adherido a la piel, un dolor líquido que me pasa por toda la sangre y las lágrimas, un dolor tan mío que no lo puedo separar de mí.

Vuelve el viejo dilema, de si sería más sencillo poderlo olvidar todo, deshacerse en una palabra, hacer una perfecta discriminación de los recuerdos que uno quiere guardar. Pero son ilusiones, (mis ilusiones también son niñas porque son demasiado ingenuas, demasiado entusiastas y también demasiado tiernas).

Necesito unas pastillas que sanen la ausencia, unas inyecciones fuertes para que se me cure el recuerdo, para que mi cabeza no regrese a recrear los espacios que fueron nuestros, las calles que recorríamos, las películas que vimos, los libros que leímos, las cosas nuevas que descubrimos, la gente que conocimos, las cosas tan sinceras que nos decíamos, y todo, todo, no sólo lo que éramos sino lo que era yo cuando era a su lado.

Y si tuviera sólo dolor, pero no… Tengo rencor y me estoy pudriendo de no poder superar la pérdida voluntaria. Sería tan fácil si estuviera muerto, si en mis oraciones el dios escuchara que no quiero que se haga su voluntad omnisciente sino la mía, que quiero que el mundo se adapte a mis deseos, que quiero que él no exista más porque me lastima su desprecio. He tenido que ser fuerte, fuerte o necia, y alejarlo de mi vida porque no he podido aceptar que ya no me quiera, que ya no me busque, que ya no me necesite, he tenido que hacerme a la idea de que se terminó y que hay que dejar ir. Pero dejar ir no quiere decir dejar ir el dolor.

Y lo pienso una y otra vez… que sería tan fácil si estuviera muerto.

Sé, oscuramente, que la solución no es olvidar, porque olvidarlo sería olvidar la mitad de lo que yo soy. ¿Cómo se reconstruye uno después de tal escisión? ¿Cómo le hace uno para seguir adelante cuando la persona que supiste siempre estaría a tu lado, de manera incondicional, de pronto decide suplantar tu lugar con alguien más? Pues uno se consigue gente nueva, dirán, experiencias nuevas, se va uniendo de nuevo a otras personas y rehace los sentimientos…

Pero yo no quiero un nuevo rencor. Me mató el amor que había en mí. Me destruyó por completo. Y ahora ¿qué hago?, ¿cómo me dispongo a querer a alguien más? Cómo me dispongo a hacerme otra yo sin que él siga siendo en mi vida?

Y repito, ¿a dónde va uno a curarse el rencor?


Music on: Videotape - Radiohead
Quote: Hay que ser alegres, no a pesar de que el mundo es irracional, sino porque el mundo es irracional
Reading: El malentendido - Albert Camus

jueves, 7 de febrero de 2013

No es que deje de doler



No es que deje de doler. Pero a veces el orgullo y el rencor y el odio son más grandes que cualquier dolor existente. Cuando uno odia y tiene rencor y está enojado con el mundo, tampoco se puede ser racional. No pido que me entienda nadie, me es suficiente con entenderme yo. Pero es cierto, hay dolores que no se pasan tan pronto, hay ausencias que no se curan en quién sabe cuánto tiempo, porque mientras uno no sienta no odio sino indiferencia, podrá seguir adelante en la vida.

Me detiene el odio, me detiene la falta de comprensión, me detiene la maldita nostalgia y saber que el futuro brillante no está como lo había planeado, pues se derrumbó sin avisar, pero bueno, eso les pasa a todos. Como decía el poeta, espero curarme de ti en unos días, y lo he estado haciendo, sólo que a veces es bien difícil mirar sólo hacia adelante, porque el peso del recuerdo es como una hermosísima Eurídice que cuida mi espalda y a la cual tan sólo quiero poseer.

Así es como es. Me duele, sí, te digo que te odio, por aquí nada más, porque mi orgullo no me permite decírtelo de frente, ni siquiera por internet, en un chat, en la distancia más declarada posible. Dije que no te hablaría más y eso hago, pero reconozco que me duele y que mi irracionalidad no me permite sino odiarte, porque de alguna forma tu ausencia me daña y no encuentro la manera de reparar el hueco, porque seguramente no hay manera de reparar el hueco.

Escribo, al fin, cosas que se quedan en el anonimato, en el todo y la nada de la web, donde quizá me leas, quizá no, donde quizá esto y lo otro... o no.


Music on: Cosmic love - Florence and the machine
Quote: "una vez que has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza, aún en pleno caos" Henry Miller 
Reading: La peste - Albert Camus