domingo, 23 de febrero de 2014

¿Por qué Girondo?



Pasé poco más de dos años de mi vida dedicada a una investigación que muy seguramente nadie leerá, 150 páginas que se quedarán en un estante de biblioteca para llenarse de polvo. Así es esto de la vida académica, supongo, un montón de horas de dolores de cabeza y la muy tenue esperanza de poder decir algo que valga la pena. En mi examen profesional, experiencia que ha sido hasta el momento la más difícil de mi vida, un amable profesor, sin mayor saña ni mala leche, preguntó por qué consideraba que mi investigación era importante, por qué esto que yo decía aportaba algo al conocimiento en torno a Oliverio Girondo. Por supuesto que en ese momento mi estrés y mi hartazgo no me dejaron contestar. Acaso dije una tontería que se sumó a las mil tonterías que ya llevaba diciendo, tonterías que evidenciaron mi poca capacidad para sostenerme ante los juicios de tres académicos mucho más inteligentes y preparados que yo. Pero, en realidad, hay una razón muy sencilla, una respuesta que ahora daría, la cual no tiene nada que ver con teorías literarias ni con poéticas, sino con la existencia misma.


Resulta que Girondo es, sencillamente, un poeta de la vida. Esa es la razón por la cual resultó importante para mí y es el punto de partida y, al mismo tiempo, la culminación de esa tremenda investigación de años, algo así de simple. La cosa es que no me interesaba decir lo que ya se había dicho, que Girondo era vanguardista, que rompió con el cánon al ubicarse dentro del selecto grupo que marcó el inicio de la nueva era artística en latinoamérica; claro que lo dije, pues, pero esa no era la función primordial. Para mí, era innegable que las coincidencias entre Girondo y el espíritu existencialista de Albert Camus no eran, en realidad, coincidencias. Y porque nada es casualidad, valía la pena justo indagar en eso, en las conexiones sutiles o no que llevaron a Girondo a escribir una de sus mejores obras: Persuasión de los días, en el mismo año en que Camus escribió, también, una de sus mejores obras: El mito de Sísifo, 1942.


Y aquí es donde parte la justificación: la vida. Mis sinodales me dijeron que yo no había entendido nada de Camus, ni tampoco de Nietzsche y que estaba mezclando arbitrariamente conceptos como "vitalismo", "nihilismo" y "existencialismo"; a la fecha, y en mi defensa, puedo decir que yo jamás utilicé al nihilismo como base de nada en la investigación, y que expliqué precisa y exactamente qué estaba entendiendo por "vitalismo" así como qué parte de la filosofía existencialista estaba sosteniendo mis argumentos. Así es la academia, insisto, hay que explicarlo todo, y lo que parece más obvio hay que explicarlo todavía mejor. Finalmente, a mí me interesaba la actitud de alegría que Girondo retomaba en toda su obra, la misma que retomaba Sísifo, tal como lo explicaba Camus en su famosísimo ensayo. 


La cosa es, en realidad, bastante sencilla y mi trabajo de investigación se encargaba de justificar, poco a poco y con mucho detalle, por qué mi propuesta era sostenible. Fracasé rotundamente, sin embargo sigo pensando que la cosa es igual de sencilla e igual de perceptible. Camus escribe que Sísifo, al realizar día a día el castigo de subir la piedra hasta el final de la montaña, sabiendo que no hay escapatoria, que no puede ser otra cosa que su castigo mismo, encuentra una manera de alegrarse dentro de su miseria, de trascenderla incluso hasta llegar a alcanzar una actitud feliz. Así lo dice Camus con todas sus palabras: "hay que imaginar a Sísifo feliz", y de esta actitud se desprende toda una cosmogonía y postura frente al mundo. Así como Sísifo, Girondo encuentra la manera de ser feliz. No es que el mundo deje de ser terrible y por eso encuentren esa manera de ser felices, sino que, a pesar de que el mundo es terrible, son felices.


Me gusta todo tipo de poesía, es verdad que disfruto el dolor y el sufrimiento y me parece sublime que la palabra sea capaz de hundirme hasta que siento que ya no puedo tocar más fondo. Sin embargo, es aún más loable encontrar que en la poesía sigue presente la vida, a pesar de tantas tentativas de muerte. Girondo lo asegura en varios momentos de su obra mediante distintos mecanismos de forma y de fondo, se vale de alegorías, del humor y de recursos que comprenden las metáforas, las prosopopeyas, las escisiones del yo poético, la jitanjáfora y la innovación lingüística. Y en todos sus momentos hay una apuesta por la vida, siempre. Aunque existan momentos de oscuridad y angustia, en su poesía triunfa la vida por encima de todo, Girondo encuentra que dentro del absurdo de la existencia siempre es posible hallar una redención y una manera de superar todo lo que impida ser feliz. Creo que, para no hacer el cuento largo, esta actitud se aprecia con nitidez en el poema que abre Persuasión de los días, titulado "Vuelo sin orillas", el cual trata de una evasión que busca reafirmarse a través del deseo de vivir.


Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.

Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.

Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Un resplandor desnudo,
una luz calcinante
se interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.

Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Me oprimía lo flúido,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.


Curiosamente, ese libro culmina con una plena gratitud. Cuando Sísifo es capaz de, en palabras de Camus, "ser dueño de su roca", es posible la felicidad. Cuando Girondo agradece a todo lo existente, por mínimo o desagradable que sea, está logrando también ese grado de felicidad trascendente. El poema titulado "Gratitud" dice:

Gracias aroma 
azul, 
fogata 
encelo. 
Gracias pelo 
caballo 
mandarino. 
Gracias pudor 
turquesa 
embrujo 
vela, 
llamarada 
quietud 
azar 
delirio. 
Gracias a los racimos 
a la tarde, 
a la sed 
al fervor 
a las arrugas, 
al silencio 
a los senos 
a la noche, 
a la danza 
a la lumbre 
a la espesura. 
Muchas gracias al humo 
a los microbios, 
al despertar 
al cuerno 
a la belleza, 
a la esponja 
a la duda 
a la semilla 
a la sangre 
a los toros 
a la siesta. 
Gracias por la ebriedad, 
por la vagancia, 
por el aire 
la piel 
las alamedas, 
por el absurdo de hoy 
y de mañana, 
desazón 
avidez 
calma 
alegría, 
nostalgia 
desamor 
ceniza 
llanto. 
Gracias a lo que nace, 
a lo que muere, 
a las uñas 
las alas 
las hormigas, 
los reflejos 
el viento 
la rompiente, 
el olvido 
los granos 
la locura. 
Muchas gracias gusano. 
Gracias huevo. 
Gracias fango, 
sonido. 
Gracias piedra. 
Muchas gracias por todo. 
Muchas gracias. 
Oliverio Girondo, 
agradecido.


La cuestión con Girondo, que considero lo hace ser grande entre los grandes, es precisamente esa actitud. No es escapar del mundo nada más, escapar cualquiera podría hacerlo; o bien, renunciar a la vida por ser ésta demasiado difícil o pesada o terrible. Para Girondo, el secreto de la existencia no está en el escape o la evasión sino en la consciencia de la insensatez y horror del mundo, consciencia que, lejos de llevarlo al abandono, le reafirma su interés por seguir existiendo, en y a pesar del mundo. Esa actitud, aunque mis sinodales no lo vieron, es la actitud del Sísifo de Camus y es una actitud que no sólo puede verse en la poesía o en la literatura o en el arte, sino en la vida misma.

Mis traumas y obsesiones con el tema de la renuncia y de lo terrible del mundo se resolverían siendo como estos dos rebeldes que lograron ser felices, por eso Girondo, por eso la vida, porque es más sencillo hundirse en el fango y no luchar, es más sencillo renunciar a todo (yo misma renunciaría a todo) antes que dedicarse no a luchar contra corriente, sino a trascender la realidad y superarla. Pienso, por ejemplo, en Muerte sin fin, de Gorostiza, uno de los grandes poemas escritos en español, del cual no pongo en duda su poeticidad ni trascendencia literaria; sin embargo, como su nombre lo indica, se trata, de fondo, de una agonía interminable, que el poeta quiere ensalzar y donde quiere permanecer; pienso en morir sin fin, en el estado de suspensión dolorosa para toda la existencia y entiendo perfecto el sentido pero también sé que deja de lado por completo la lucha, la vida, en la manera en que lo hace Girondo. 

Así que, por eso Girondo, él es un vitalista, o así lo entiendo yo, aunque me digan que no uso el término como debería hacerlo. Por eso él, por eso la locura exquisita de En la masmédula, por eso el absurdo divertidísimo de Espantapájaros, por eso la realidad tergiversada de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. Por eso, más allá de la poesía, por la vida, aunque, por cierto, para Girondo, vida y poesía eran sinónimos y por lo tanto una cosa no podía ser separada de la otra. Por eso también Girondo. 



Music on: Everybodu knows - Avalanche city
Quote: "las mejores son las cosas que nunca se poseen del todo" Manuel Pérez Petit
Reading: El mono gramático - Octavio Paz

miércoles, 29 de enero de 2014

¿Y si todo fuera renuncia?


El poeta Marco Fonz escribió un último poema antes de suicidarse con toda la intención de que, en efecto, fuese el último. El título es: “Estudio no.1 de cráneo con luna llena”. He estado pensando mucho en los poetas que deciden irse antes de tiempo o que, más bien, deciden funcionar bajo su propio tiempo y sus propias reglas, dejando atrás al mundo, definitivamente. Fonz escribe en ese poema unos versos que me resultan fascinantes:

"Todo existe porque se aleja / alguna ola humana
algún vocablo lunático con su melena romántica
alguna mujer con su luz propia sobre el papel de sus símbolos".

Es decir, que uno existe en tanto se va alejando, alejando de este mundo, quizá. Kafka ya había establecido que el mundo en sí era una suerte de tratado inverosímil y absurdo frente al cual no se puede luchar y ganar, habría que asumirnos como un insecto asqueroso y ver que este hecho no inmuta a nadie, y seguir viviendo. Y me dirán que no es verdad que la muerte no inmute a nadie, y tendrán razón, pero la mano de aquel que renuncia tiene otras miradas para su propio destino, pues ha decidido no acostumbrarse a ser ese insecto que habita un mundo inmutable; aquel que renuncia desea ser algo que la realidad no le permite y entonces, opta por una existencia que es tal sólo en tanto se aleja. Fonz lanza en ese mismo poema la sentencia ¿y si todo fuera renuncia? Y aunque no contesta abiertamente en el poema sí lo hizo con su vida. Renunció.

Han habido otros grandes poetas, verdaderamente grandes, sabios y geniales que se han visto seducidos por la muerte, y no sólo seducidos sino totalmente encantados. Xavier Villaurrutia fue partícipe, toda su vida, por ese encanto, hasta que sucumbió a él. El poeta afirmaba tener a la muerte dentro de sí, como una semilla que le crecía y con la cual había aprendido a existir. Es ya sabido que Villaurrutia trató a la muerte en casi toda su obra —no es casualidad que su obra cumbre se llame Nostalgia de la muerte—, en ella se aprecia cómo el autor vivió escondido entre la sigilosa sombra nocturna y el intersticio, el poeta que siempre coqueteando con la muerte, renunció a la vida, con su propia mano.

Reza un proverbio persa que “la renuncia es la verdadera corona”. Renunciar a la vida es la más grande renuncia de todas. Parece que existen ciertas almas suprasensibles o extremadamente alertas que aunque al igual que todos entienden que la gravidez del mundo será algo que nunca podrán superar, no logran satisfacerse con eso. Alejandra Pizarnik también optó por la renuncia, ingirió barbitúricos en la primera oportunidad que tuvo de salir del hospital psiquiátrico. Virginia Woolf es otro caso, y ella, para asegurarse de tener éxito en esta misión se metió piedras en los bolsillos para que le fuese imposible salir a flote. Ejemplos hay más pero de momento no hace falta ahondar en ellos.

Regresando al poema de Fonz, creo que no pudo haber encontrado mejores palabras para terminar ese poema, pues es una declaración por lo fascinante y poderosa que es la muerte: “aquel fosforescente cráneo / que competía con su leve rumor de encanto / con la más fugaz y alta luna llena”. El cráneo, tomado como metonimia, fue finalmente más grande que la luna y si puede serlo, también puede ser más grande que la vida. Una vez más ¿y si todo fuera renuncia? No es que trate de dar razones concretas para sus suicidios, seguro me equivoco. Pero la manera que tengo de explicarlos es esa: la necesidad de renunciar completa y totalmente a una existencia que les resulta demasiado pesada y abrumadora. Llego a esa conclusión un poco a partir de una conversación que tuve recientemente con un amigo, él me dijo algo tan seco y directo como: “El mundo va a ser feo. Acostúmbrate.” Y luego: “No es falta de decisión, es apechugar.” Quizá simplemente ellos decidieron no “apechugar” y optaron por la última renuncia.

Siempre he sostenido que se requiere más valor para renunciar que para continuar, puesto que esta renuncia lo engloba todo. Uno puede renunciar a un montón de cosas pequeñitas sin mayores consecuencias, se renuncia a pintarse el pelo, a algún trabajo, a ciertas formas de vida; se renuncia a terminar una carrera o a estar en una relación. Y para todas esas pequeñas renuncias, la gente tendrá una buena cara que ofrecer y entenderá que debemos renunciar un poco, a ciertas cosas. Si uno renuncia a comer carbohidratos porque quiere adelgazar, la gente lo verá bien, o si renuncia a ir al gimnasio porque prefiere aceptarse como es, también lo verá bien, en general. Incluso cuando uno renuncia a tener una relación tortuosa con alguien, con mayor seguridad y aprobación la gente dirá que qué bueno que lo hizo, que era lo mejor para estar bien. Pero renunciar de manera global es incomprensible y no es exaltable. Qué tal si la vida misma provoca mayor desazón y mayor tortura que ese último ejemplo, el de una relación amorosa fracasada, qué tal si uno encuentra que toda la existencia, en todas sus formas y particularidades no ofrece nada que valga la pena de nada. Ahí viene la renuncia.

A pesar de todo creo, como Camus, que la renuncia implica perder el juego, mas no por eso me parece menos loable querer perderlo. Perder está muy desvalorado, perder podría significar, en algunos casos, ganar. Sin embargo, todavía creo, todavía lucho en contra de todo lo que existe para seguir existiendo. Es verdad que me duele demasiado el mundo, pero carezco de valor para renunciar a él porque me invade una tremenda y estúpida esperanza que me hace pensar que yo sola podré vencerlo, que debería triunfar ante la porquería, en lugar de luchar absurdamente contra ella. Pero qué pasará conmigo si un día me canso, si no puedo, finalmente y como hace la mayoría, conformarme, como me dice mi amigo: “apechugar”. Temo un poco el día en que me canse y tampoco quiera apechugar. Temo el día en que de pronto me convierta en una mujer valiente cuya única valentía se concentre en no querer soportar el mundo, porque ese día no me va a ser suficiente la fuga hacia lugares o personas o situaciones, como suelo hacer todos los días, y quizá en ese momento, cuando el mundo me aplaste por completo voy a optar por la renuncia y pensaré conscientemente: ¿y si todo fuera renuncia? Existiré sólo en medida en que me alejo. La renuncia, hay que pensarlo así, será la verdadera corona.

Music on: Gravity - Coldplay
Quote: "La resignación es un suicidio cotidiano" Honoré de Balzac
Reading: La infancia de Jesús - J. M. Coetzee

jueves, 23 de enero de 2014

Weltschmerz

El otro día pesqué por casualidad en facebook esta imagen/frase, del tipo que abundan. Estaba en el muro de alguien y venía de un sitio llamado: “Vida y Armonía. Centro terapéutico”.


El sentido de la frase, seguramente, debería ser alentador, es decir, viene de un lugar que se compromete con la armonía y la terapia para el buen vivir, debería ser algo para ser feliz, algo tranquilizador, pero, contrario a eso, me quedé pensando en lo patética que es, verdaderamente, nuestra existencia, nuestra condición de “tener que aceptar”, de existir donde te aconsejan que luchar un poco a contra corriente parece ser terrible. En serio ¿tenemos que aceptar las situaciones así como así? ¿Tenemos que resignarnos a que el mundo es una mierda? ¿Acaso hay algo tan espantoso en compadecernos por nosotros mismos y querer sufrir porque las cosas no son como nosotros queremos que sean? ¿Es tan malo tener pensamientos al respecto y estar en desacuerdo con la situación? No pienso ahondar en más ejemplos específicos porque creo que de esto está lleno todo el comportamiento humano, ya sea enfocado a nuestras familias, nuestras amistades, relaciones de pareja, ambiciones, sueños, y demás cosas que nos conforman.

El mundo es bastante desagradable, por más que queramos idealizarlo. Hay un término en alemán,  bastante curioso y muy difícil de traducir al menos al español: “Weltschmerz”. El diccionario Pons lo traduce pobremente como “melancolía”, pero en realidad trata de significar un peculiar dolor por el mundo, como lo dice literalmente, se trata de una suerte de dolor por la insuficiencia del mundo en comparación con la propia voluntad y las propias exigencias. Muchas veces experimento esa sensación, de que el mundo duele. Y quizá sí, uno sufre porque no acepta, porque el pensamiento quiere cosas mejores, pero entonces ¿el mejor consejo que se nos pudo haber ocurrido es, simplemente, aceptar que el mundo es así y ya? Quizá soy una idealista de lo peor, pero sí me parece desagradable que la existencia sea tan terrible, tan asquerosa. Somos un puñado de hipócritas que van por la vida pregonando que existen mejores cosas, pero ni siquiera nosotros mismos nos las creemos y entonces terminamos pregonando cosas como que la aceptación de las situaciones es la mejor manera para estar bien. Qué mediocre suena eso.

En un fragmento de uno de sus textos menores: Preparativos de boda en el campo, Kafka demuestra un gran sentimiento de inadaptación y zozobra por el mundo en general, afirma estar totalmente solo, sin ningún asidero de ningún tipo. Escribe:

"Yo no he aportado  -que yo sepa- nada de las cualidades exigidas por la vida, no he aportado más que la general y humana debilidad, merced a la cual he absorbido vigorosamente –a este respecto de una fuerza inmensa- el elemento negativo de mi tiempo, un tiempo que está muy cerca de mí, que no tengo derecho a combatir, pero que puedo, hasta cierto punto, representar."

Este estado, totalmente existencialista, ubica a Kafka como un testigo de la tragedia del mundo. El escritor se veía a sí mismo como un ser acusado y condenado y escribía un registro exhaustivo de los múltiples desengaños, de una vida en completa bancarrota. Kafka, sintiéndose extranjero en su propia familia y en su propio tiempo, sigue viviendo en un mundo que lo desconcierta. Leyendo algunos de los estudios sobre la obra de Kafka, encontré una mención bastante lúcida en el libro de Marcos Suances, El irracionalismo, esta mención explicaba el arte de Kafka mediante lo que le sucede a Gregorio Samsa: “en un principio, evita vivir trágicamente la absurda transformación y trata de ordenar lo sucedido con una patética buena voluntad, confía en que lo terrible se vuelva normal”.

Creo que esa mención no es sólo una manera de entender la obra de Kafka sino una buena ventana para entender nuestra propia existencia. Es cierto que al principio estamos luchando contra corriente, creyendo que existen cosas mejores, más elevados ideales, otras maneras de existir; pero tarde o temprano, aunque no nos estemos convirtiendo literalmente en un bicho desagradable y asqueroso, sufrimos una transformación interna que nos dice que a pesar de que queramos reordenar el caos del mundo, creer ilusiones, incluso comprarnos la idea de que somos buenas personas, no podremos y que finalmente tendremos que confiar en que esa parte tan terrible que es el mundo en sí, debe formar parte da la normalidad, nuestra normalidad. Es decir, que aceptaremos todas las situaciones sin luchar más por ellas. Insisto, qué mediocres.

No puedo evitar recordar una vez más a Sísifo y esa loable actitud de ser feliz a pesar de todo, —entiéndase a pesar de que la propia familia te retire el habla, a pesar de que el tipo al que amas te pone el cuerno, a pesar de que por más que te esfuerces no vas a lograr lo que quieres, a pesar de que tu vida sea mediocre y sólo vivas en un pastiche, a pesar de que uno mismo es también bastante desagradable— y una parte de mí quiere ser egoísta totalmente y dejar de poner las esperanzas en cursilerías de cambios, en creencias de que no somos tan deplorables. Pero fracaso y me duele el fracaso y la verdad, sigo luchando un poco a contra corriente creyendo cosas imposibles y no me resigno a aceptar así como así, aunque duela. Sísifo es loable y sabe que aunque el mundo se esté viniendo a pedazos y aunque sepa que si acaso logra burlar por unos momentos el castigo, siempre tendrá que regresar a su miseria. Así es nuestra vida y para dejar de sufrir deberíamos aceptarla.

Hace no mucho tiempo un amigo notó que yo gozo el dolor. Tenía razón, sufro siempre antes  de tener que aceptar que el mundo es tan terrible, lo sufro y de tanto hacerlo he encontrarlo un cierto placer en ello; quisiera poder aceptarlo con más sencillez, debería mejor acostumbrarme, pero no puedo. Sé que Sísifo es el epítome de un cierto tipo de rebeldía que se jacta de triunfar entre lo inamovible, él es más grande que su propia porquería y es grande porque ha aceptado que el mundo es así de terrible y puede seguir siendo feliz. Ah, aceptar, ¿cómo aceptar? Quisiera ser así, que no me importara el mundo, pero no dejo de cuestionarme, ¿esa es la felicidad? ¿en serio? Pues Camus lo apunta categóricamente: “hay que imaginarnos a Sísifo feliz” ¿no nos queda sino aceptar que no podremos escapar de la porquería y sabernos esclavos de un determinismo inalterable? ¿debemos, como dice Kafka, confiar en que lo terrible se vuelva normal, así como así? 

Pues sí, o sea, sí, no estoy en negación, entiendo perfecto que la respuesta es sí, sin duda, pero no porque conozca la respuesta me encuentro muy satisfecha con ella: ¿cómo podemos satisfacernos sabiendo que somos tan pero tan desagradables, miserables y asquerosos? Pues así. Y qué terrible.

  

Music on: Stop crying your heart out
Quote: "Estás en algún punto entre el deseo y la desilusión, en el largo descenso hacia la muerte." Philip Roth
Reading: Engaño - Philip Roth

sábado, 28 de diciembre de 2013

No visitaré el reino esta mañana


Homenaje a Francisco Hernández

No visitaré el reino esta mañana ni pasado mañana y tal vez nunca. Mi corazón está hundido en lo más abismal de los mares de la tristeza. La palabra nunca me alcanzará para decirlo todo, el lenguaje siempre mentirá por mí, pero como sea debo intentarlo. No buscaré mis pasos por el solar sombrío ni escucharé a los cuervos picotear esmeraldas alrededor del foso. Hago un réquiem a través de alas rotas, dedicado a lo perdido, a la realidad más pura. Soy nada a tu lado, te miro y recuerdo cómo mi ingenua alma quería pasar el resto de los días junto a ti. No seguiré el curso del torrente con la bandera en alto ni ensartaré a los peces de vísceras hinchadas que llegan a la orilla. Seré testigo impávido de cómo tus besos son de otra, para otra, con la que haces todo lo que quería que hicieras conmigo. La desolación nunca fue más pesada. Como una herida que no cierra, sobrevive luminosa la duda, nunca poder saber si acaso, de haber actuado de otra manera, las cosas hubiesen sido distintas, o si tal vez sólo fue mi propia estupidez que no quiso ver las señales de catástrofe generadas hace meses. La duda, la duda es una gotera ácida traspasándome el pecho. No estaré para levantar la tienda bajo la vibración de las colmenas ni mi corazón será turbado por la memoria de tu cuerpo desnudo. Y no sabré nunca qué estuvo mal, o si yo estuve mal. Allá, en el reino, otras manos amasarán la lluvia con la ceniza que llena el sayo de los muertos. Seré un ser para el abandono y sabré, todos los días hasta mi muerte, que miras hacia lados tan distintos, que sientes cosas tan diferentes a mí. Me entregaré a andar ese camino de espinas con la estúpida esperanza de poder llegar a ver otra luz, a dejar de sentir, a trascender (aunque no a vencer o eliminar) el dolor. Allá se harán pedazos los íconos, uñas ajenas adormecerán los muslos de las parturientas y las mejillas de los niños serán pasto de esos pequeños monstruos que vuelan en parejas, conducidos por un ejército de piojos. No volveré a tocarte. Tu nombre ya no pronunciaré. Nada, nada qué decir que me salve, nada que llorar que me limpie. No tengo ya nada sino el maldito recuerdo, Aquí, sobre la espalda de un combatiente que agoniza, acepto la derrota y esta imbécil nostalgia por el reino.

Music on: Aevin Endar - Jónsi
Quote: "El tiempo, eso que yo conozco como tiempo, se mide con tu ausencia". Francisco Hernández
Reading: Engaño - Philip Roth

martes, 17 de diciembre de 2013

La pérdida


Hace unos días terminé de leer Kitchen de Banana Yoshimoto, pensé que se trataba de una novela, pero en realidad, el libro contiene dos noveletas, Kitchen y Moonlight Shadow. Ambas historias tratan del amor desde la pérdida. De formas diferentes, las dos cuentan cómo se construye un amor a partir de la ausencia de otro, un amor extraño, poco convencional, pero más fuerte, en ambas está presente la muerte y la pérdida de los seres queridos: ¿a dónde vamos cuando nos quedamos sin la mitad de nosotros mismos? ¿cómo nos reconstruimos después del dolor? ¿en qué momento dos soledades similares, dos seres que han sufrido pérdias parecidas pueden encontrarse para sanarse mutuamente? De eso tratan, a muy grandes rasgos, las historias de Yoshimoto.

Moonlight Shadow narra la muerte trágica de un amante, ¿qué puede hacer la novia, viva, sin él, muerto? Me parece interesante, en general en la literatura japonesa, la posibilidad de abrir puertas hacia otras dimensiones, Murakami lo hace frecuentemente, Yoshimoto lo hace en Moonlight Shadow; esta puerta funciona como una posibilidad de redención, una suerte de cierre y de paz. En la puerta, la mujer, deprimida y abandonada puede decir adiós al amante que la muerte le arrebató, es una oportunidad única y mágica, en ella realiza un cierre y se llena de paz.

Justo el fin de semana hablaba con un amigo sobre el amor y, concretamente, sobre el instante en que una relación era perfecta, sin posibilidad de hacerla mejor y donde las dos partes son en extremo felices, tanto, que no quisieran que se les terminara ese amor jamás. Él me decía que dada la certeza de que todas las relaciones cambian y no es posible dejarlas en el limbo de la perfección más allá de unos instantes, lo mejor sería que, en ese justo momento la muerte llegara a separarlos. Es una situación más cómoda que trágica, si lo miramos así, pero algo tiene de verdad. Es cierto que las relaciones cambian, que los momentos perfectos desaparecen y que, muy probablemente, todo terminará; entonces la única manera de conservarnos perfectos es dejando de existir, que viniera la muerte y nos arrebate lo perfecto, para que en nuestras mentes y nuestras vidas, sepamos que lo tuvimos todo y así nunca saber nada de los momentos posteriores en que todo, seguramente, habría de cambiar y de descomponerse.

Me quedé pensando en ese consuelo. ¿Será que es mejor renunciar a lo perfecto justo en el instante de la perfección? Culpar a la muerte resulta mucho más conveniente, mediocre, quizá, pero conveniente. ¿Será que deberíamos agradecer que la muerte nos arrebate el amor a cambio de nunca ver el deterioro de nuestro amor? Algo de esa propuesta me parece interesante, pero en esta ocasión no tengo una respuesta al respecto, todavía no.


Music on: Another world - Antony and the Johnsons
Quote: "Pienso que estaría bien que las personas a las que amo fueran más felices de lo que son ahora"
Reading: El libro del desasosiedo - Fernando Pessoa

lunes, 9 de diciembre de 2013

Sor Juana también habla del amor



Sor Juana Inés de la Cruz afirma en la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz que el único escrito auténticamente suyo y hecho a voluntad era el Primero Sueño. Pero habría que ser bastante ingenuos si creemos que nada del resto era sólo escrito por encargo. Los sonetos amorosos demuestran una clara experiencia en el tema; la monja, estando enclaustrada, entendió a la perfección una de las vicisitudes más fundamentales en las relaciones amorosas, es decir, el viejo adagio de amar y buscar a quien no nos ama y despreciar e ignorar a quien nos busca y nos quiere. Ella lo escribió así:

Feliciano me adora y le aborrezco;
Lisardo me aborrece y yo le adoro;
por quien no me apetece ingrato, lloro,
y al que me llora tierno, no apetezco:
a quien más me desdora, el alma ofrezco;
a quien me ofrece víctimas, desdoro;
desprecio al que enriquece mi decoro
y al que le hace desprecios enriquezco;
si con mi ofensa al uno reconvengo,
me reconviene el otro a mí ofendido
y al padecer de todos modos vengo;
pues ambos atormentan mi sentido;
aquéste con pedir lo que no tengo
y aquél con no tener lo que le pido.

Y es la misma cantaleta de siempre, terriblemente actual. Sor Juana se dio cuenta de que así funcionaban, en buena medida, las relaciones humanas. No es que me sorprenda que seamos los mismos hace 500 años que ahora, a pesar de los renovados acuerdos sociales y culturales; no me sorprende, pero sí me intriga que nuestra naturaleza sea así de simple y de primitiva. Parece que no somos capaces de amar sino lo que no tenemos y por estar empecinados en lo que no tenemos, despreciamos a la gente que nos procura, nos cuida, nos llama, nos busca y hasta nos quiere.

En este momento, lo que escribo con pretexto de Sor Juana, se torna totalmente personal. Es cierto que quiero a alguien, que tengo, pues, mi Lisardo, alguien que si bien no me aborrece, sí me roba buena parte de mis esfuerzos y no  me da lo que yo quiero. Por otro lado tengo varios Felicianos, gente que me busca, que quiere estar conmigo, que me llama, que me pregunta cómo estoy y qué voy a hacer, que quiere verme. Y yo, como la monja, los hago a un lado. Me he dado cuenta de que este no es, para nada, un caso aislado, sino que forma parte de la vida. Supongo que sucede que, de pronto, uno encuentra exactamente lo que está buscando, o no lo encuentra y sigue en la deriva de lo que cree que quiere.  Pasa como a Summer y Tom, de 500 days of Summer, pasa que uno encuentra al amor de su vida, mientras el otro, no. Y así nos la vamos llevando, hundidos siempre en este tipo de contradicciones, sufriendo algunas veces por no lograr lo que queremos –por no ser suficiente para el otro-  y sí, es tormentoso de los dos lados. Uno se dice a sí mismo “no soy una mala persona” pero en el camino, por propio enamoramiento (o empecinamiento) ya hemos despreciado y quizá lastimado gente por perseguir lo que creemos que hemos encontrado, por no dejarlo ir jamás.

Así somos y nos creemos el cuento de que hacemos lo correcto, pero ¿habría que esperar a encontrar exactamente lo que uno quiere? ¿Y mientras qué? Aquí Sor Juana ofrece un giro interesante a la situación, tangible a través de otro de sus sonetos amorosos, en el cual se encuentra finalmente resignada al dilema, donde se dice derrotada y conforme en la mediocridad. Escribe:

Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata,
y mato al que me quiere ver triunfante.
Si a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo, por mejor partido, escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que, de quien no me quiere, vil despojo.

Por ahí he leído y escuchado de bocas de la gente que es mejor buscar emparejarse con alguien que te quiera y te procure y te busque y así, sin importar que no sientas lo mismo. Sor Juana termina aceptando esto: quédate con quien te quiere, en lugar de ser la sobra del que no. Así lo entiendo, en mis parafraseos tropicalizados de la excelsa poeta. Y no estoy de acuerdo. De todos modos se sufre, eso sí, pero no por aceptar ser ese “violento empleo” de quien nos quiere, alcanzaremos más felicidad. La mediocridad, en esta situación, no la acepto. Prefiero seguir penando por quien no me quiere que resignarme a estar con quien no quiero pero sí me quiere. Sor Juana eligió, todos tenemos la opción de elegir. Una vez elegí la mediocridad y tampoco tuve buenos resultados, quizá vale la pena buscar más, quizá.

El ser humano, como sea, no deja de ser primitivo: si tiene algo perfecto lo desprecia, si tiene algo seguro, no lo cuida; en cambio busca con fervor lo que no le dan en bandeja de plata. Así somos. Pero ese ya es otro asunto, y, tomando la frase de Michael Ende en La historia interminable: “esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.”

Music on: Us and them - Pink Floyd
Quote: "Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay". Alejandra Pizarnik
Reading: El libro del desasosiego - Fernando Pessoa

lunes, 2 de diciembre de 2013

Shakespeare -forever- in love


No recuerdo hace cuántos años vi por primera vez esa película. Me encantó la chispa jocosa, la música, los ambientes; por supuesto que amé la idea de Shakespeare haciéndose tonto con una joven enamoradiza y vestida de hombre, amé a una Viola ingenua y con la rudeza necesaria para aventurarse en el teatro. Claro que toda la trama parece, en verdad, otra comedia más de propio Shakespeare. Pero lo mejor, y al mismo tiempo más terrible de todo, es el amor. La película no tiene final feliz. No es una historia que busque la redención de los personajes en pos de una más alta justicia. Las cosas terminaron como tenían que terminar, luego de su breve y apasionado amorío, fue necesario regresar a la realidad. Viola termina cumpliendo los votos de matrimonio con un hombre que no ama; William acaba con el corazón roto, creyendo que ya no escribirá más. Sin embargo, los amantes ganan algo: consiguen, de un modo muy extraño, la eternidad, la trascendencia, el amor perfecto y la capacidad de conservar el instante intacto.

Esta idea de la permanencia ha sido de interés para varios escritores. Muchos años después de Shakespeare, John Keats escribió su poema "Oda a una urna griega" en el que proyectó a la perfección la eternidad y lo imposible de ésta. En el poema se describe con detalle el grabado de una urna griega, ahí aparecen dos amantes, a punto de encontrar sus labios en un beso. Keats explica que ellos gozan de una felicidad eterna, pues el grabado los rescata en el instante en que son más plenos y felices pues están a  punto de unir sus bocas. Cierto que Keats también sugiere que en esta suerte de suspensión también hay una condena, ya que realmente jamás van a tocarse y sólo se quedan suspendidos en el instante previo, mas la redención radica en que no se puede verdaderamente alterar ese momento perfecto y en aras de su conservación, lo que sucedería o podría suceder después no es tan importante.

Habría que preguntarse cuál es la más grande perfección y qué acusa mayor trascendencia en el recuerdo, la de un instante perfecto, tangible y conservable; o la de una vida entera, totalmente incierta. Yo me quedo con el instante, no hay más. Muchos años después de Keats, Octavio Paz regresó a rescatar la belleza de lo efímero y la paradoja que existe entre lo permanente y lo mutable. Los amantes de Keats son los más felices pues en su haber no cuentan con más que ese instante pleno en que no pueden sino estar alegres y dichosos. Keats, a través de esta urna, nos está salvando del precipicio. Paz diría que es sólo en el instante donde se puede hacer poesía, donde puede contenerse el todo y que es entonces donde existe una verdadera manera de salvarse, incluso de trascender. Los jóvenes William y Viola se salvan a sí mismos del precipicio, de una manera muy poco convencional. El final, como ya dije, no es feliz;  nos indica que nunca van a estar juntos, que el matrimonio arreglado de Viola con Sir Robert de Lesseps es inevitable y que la fama y prestigio del aún joven escritor está por comenzar y debe quedarse en Inglaterra a continuar su oficio. No es un final feliz,en el sentido en que estamos acostumbrados, pero es un final loable que apuesta por conservar la eternidad.

En el último diálogo que ellos sostienen, se establece algo fundamental: el recuerdo sin marchitarse. Muchas veces al seguir adelante en una relación con alguien las cosas lejos de mejorar, empeoran, los recuerdos agradables se tornan en dolorosos y resulta difícil rescatar los instantes de dicha. Esto no sucederá jamás para Viola y William, ellos se separan y afirman: "tú no envejecerás jamás, ni desaparecerás, ni morirás para mí"; y este sentimiento es recíproco. En esta declaración los amantes establecen un recuerdo perfecto el uno del otro, el cual guardará cada idilio, cada beso, cada palabra dicha, en una perfección que en muchos casos se pierde para los que siguen adelante.

Esa es la verdadera eternidad, el verdadero instante preciado y puro. Esto es lo que buscaba Paz al rescatar los instantes. Es lo que quería decir Keats al loar el momento exacto en que se encapsula la perfección. En efecto, de esta manera Shakespeare estaría siempre enamorado. Ahora bien, que a costa de la eternidad uno tenga que abandonar lo que más ama es una lástima. O quién sabe, quizá no lo es.

Music on: Ludus - Arvo Pärt
Quote: "Amar a alguien y poco a poco ya no amarlo. El único dolor que me permito" Jorge Volpi
Reading: Kitchen - Banana Yoshimoto

jueves, 28 de noviembre de 2013

El dolor es una araña dentro de mí



Edgar Allan Poe se drogaba con todo lo que podía, tenía sueños de opio en los que visualizaba sus más grandes creaciones, mas su arte no era sólo producto de la alucinación. Poe, en sobriedad, cuando apenas durante el viaje había esbozado lo que sería un cuento, se reponía para redactar de manera perfecta y tranquila, gracias a la razón, todo aquello que había visto en el sueño.

Puedo decir que ya estoy sobria, en un estado de sobriedad asqueroso después de haberme enfrentado, una vez más, al desencanto y a la tristeza. Ya puedo escribir, aunque el dolor no se haya ido. Pienso que eso, el dolor, es como una araña pequeñita que vive dentro de mí, que ha estado ahí desde siempre y sólo de vez en cuando se alborota y comienza a recorrerme, yo y mi araña viva, de ojos puros y totalmente ignorante de lo que causa. Ahora puedo escribir y hablar un poco. El amor ha sido muy difícil para mí, no tengo otra manera de ponerlo, he tratado de cambiar mis formas, de buscar otras cosas, a otras personas, pero siempre regreso a la misma situación en la que yo doy y no recibo nada. Hace tiempo había llegado a la conclusión de que estaba mejor no recibir nada de nadie y que tener una relación de libertades y cero complicaciones era saludable y yo estaba bien. Pero me engañé, sí esperaba algo de él, esperaba que no cambiara, esperaba, de una forma estúpida, un poco de eternidad. Sabía que él no podía amarme como yo lo hubiera querido, pero aún así me amaba y me era suficiente, de alguna manera me compré la idea de que esa era “su manera de amar” y no se me ocurrió pensar que fuera solo “su manera de amarme a mí” ni que pudiera, en verdad, amar a otra persona de una forma en que nunca me amó a mí. Me compré una idea tonta, sin fundamentos, llegué a ella sin argumentos válidos y pasó lo que tenía que pasar: se enamoró de otra como nunca lo hizo de mí, decidió hacer con otra lo que nunca quiso hacer conmigo.

No se lo reprocho, estas cosas pasan (que me pasan muy seguido, sí, sin duda), no lo odio pero deseo, si acaso es momento de ponerse a desear, deseo que todo esto hubiera pasado antes, que aquella otra hubiera aparecido antes, para poner fin, desde entonces, a algo que estaba condenado a fracasar, ojalá hubiésemos sido más sabios con nuestro tiempo, yo me malgasté con mis esperanzas. Ojalá él hubiera sido menos comodino, menos egoísta; ojalá yo hubiera sido menos paciente, menos cordial. Pero lo hecho ahí está. Ya es demasiado tarde. Una vez más me regreso al punto de partida, en el que establezco que no quiero tener tratos con la eternidad y ruego por ser lo suficientemente fuerte para no querer buscarla en nadie más, con ninguna de sus formas. Lo leo como un mantra y espero lograrlo; está probado que soy capaz de resistir las decepciones y que, como Villaurrutia afirmó tener la muerte dentro de sí, yo tengo el dolor en mí, pero eso no significa que guste de removerlo y de que me aceche.

He aceptado, después de otro fracaso, que el amor correspondido no es para mí. Repito, entonces me dejé llevar por la idea de que él me quería, a su manera, y que era suficiente. Antes yo había dejado a alguien porque su manera de querer no me era suficiente y no quería abandonar otra vez, por la misma razón. Igual todo salió mal. Quizá es mi condena, que nadie jamás pueda darme lo que quiero y entonces yo sólo tendré que decidir si quedarme con las sobras y seguirme comprando ideas involuntariamente, o quedarme sola. No puedo dejar de nombrar el poema de Borges, “El amenazado” y sobre todo los primeros versos: “Es el amor, tendré que ocultarme o que huir. / Crecen los muros de su cárcel como en un sueño atroz”. Así veo el amor y lamento mucho haberlo querido ver de otra manera, en algún otro momento.

Claro que sé que hay cosas más importantes que el amor (ahora más bien, veo al dolor como el eterno compañero) y no estaría tan clavada en este hecho de no ser por la evidencia trascendental: “él puede y quiere amar, sólo decidió no amarme a mí” y peor “le tomó sólo semanas hacerlo”  y yo, después de intentarlo por años, no logré nada, eso es un fracaso personal que con nada se salva, un dolor que, a través de mi araña, estará rondándome todo el cuerpo hasta siempre. Es verdad que hace unos 4 o 5 años pasé por algo igual y es verdad también que uno cambia y pone las expectativas en otras cosas y emprende nuevos proyectos y conoce más personas y todo eso ayuda, pero no puede negarse el dolor, ese dolorcito manso e inocente. Y ¿qué hacer? Yo ya no quiero hacer nada con esto, sólo dejarlo ir, poco a poco. Sólo escribiré, en medida de lo posible, luchando hasta el cansancio para quedarme vacía por completo, sin esperanza alguna, asumiendo que el mundo no tiene sentido y buscando el coraje para seguir viviendo, no hay más. Pienso también en eso de “no cometer los mismos errores”, pero también sé que se haga lo que se haga, bien, mal, echándole ganas o no, nunca va a ser suficiente, el esfuerzo no es suficiente, nada es suficiente y como leí por ahí, en los artículos de Alejandro Páez: “Detrás de la amistad, el amor, el esfuerzo, el trabajo, el alcohol, la dedicación y todo lo que nos da felicidad por un instante, descansa el dolor.” Y sí, mi dolor es como una araña invisible y pequeñita, condenada a jamás abandonarme.


Con todo lo dicho, apenas he podido esbozar lo que siento. Aún en sobriedad existen cosas que no pueden salir con facilidad, palabras que no se pueden decir.  Samuel Taylor Coleridge igualmente tuvo un sueño visionario antes de escribir “Kubla Kahn”; con la distancia necesaria en comparaciones, puedo decir que él supo, como yo sé ahora, que luego de la visión, el viaje y el sueño alucinante, el traslado de esa experiencia a palabras que todos conozcan es un mero intento condenado al fracaso, la palabra nunca podría ser capaz de expresar todo lo que vio ni cómo lo vio ni mucho menos cómo lo sintió, pero valía la pena hacer el intento. Yo he hecho el intento para salvación personal, no soy visionaria, ni vate, ni siquiera poeta, no cambiaré las masas a partir de mi aprendizaje, pero creo firmemente, como Clarice Lispector que “hay que hablar porque hablar salva” y además porque no soy partidaria del olvido, porque si escribo ahora será más fácil recordar mañana y podré seguir adelante a pesar de los fracasos inminentes; así lo canta Leonard Cohen “there is a crack in everything, that’s how the light gets in”.

Music on: Leonard Cohen - The partisan
Quote: "Festejemos porque el lodo sabe a rosas para los que aman" Alejandro Páez Varela
Reading: Kitchen - Banana Yoshimoto