Hoy quiero escribir algo un poco más personal, porque es un año nuevo y uno se deja contagiar con la idea de que hay que cerrar ciclos y que uno tiene que empezar el año bien y quién sabe qué más. Voy a hacerlo porque creo que de vez en cuando tengo que aterrizar y porque necesito hablar, porque como leí por ahí alguna vez, hablar salva. Me encamino hacia una escritura sobre algo más atrevido y cómo no, más dolido pero al mismo tiempo más mío y por lo tanto más desnudo, más auténtico, creo. Siga las instrucciones, tenga un poco de paciencia,
para mí ha sido terapéutico esto de decir a todos y a nadie, pero también ha
sido artístico.
El sonido de lo perdido tiene muchas formas, muchas vetas,
muchos colores. Sí, el sonido también tiene color y densidad porque mis
recuerdos están impregnados de música, piezas que pueden ser el inicio y el fin
de un viaje que fue tan intenso y feliz como ahora es todo lo contrario, una
cárcel, un deseo por olvidar, un cencerro que cada que se mueve arrastra
toneladas de recuerdos hasta la garganta y me asfixian, una vela prendida cuya
cera cae inerme sobre mi piel sin que se acabe, sin que se pueda apagar jamás.
Sus recuerdos ahora tienen el color extraño de lo que ya no existe. Me pregunto frecuentemente si acaso mis recuerdos y sus recuerdos siguen siendo los mismos. Me siento como un hueco del que él se deshizo y ahora está llenando con alguien más, aunque él diga que no. Así es, ahora él hace con otra persona las cosas que solía hacer conmigo, y me echa en cara que me fui, que un día me iré para siempre y que él ha tenido que seguir con su vida. Nada de eso es cierto, porque aunque me fui no me fui realmente y aquí empieza el ciclo interminable de la no comprensión, el cual desemboca en el dolor y regresa a la no comprensión y así.
Hace ya tiempo que me había dado a la tarea de escribir en torno a los recuerdos y a ese peculiar color del cual se tiñen, de las canciones que los acompañan, mismas que forman el soundtrack de nuestras vidas poco a poco, sin que nos demos cuenta. Así, sin darnos cuenta nos vamos llenando de cosas y lo cierto es que toda la música de este post ingenuo y catártico se corresponde con recuerdos específicos. Qué más quisiera yo poderme deshacer de lo que la música ha generado, me siento como Alexander DeLarge ante el horror provocado a través de las bellísimas composiciones de Beethoven, uno tampoco regresa a la música después de que ésta ya vivió con uno las experiencias y luego de que ésta ya no es música solamente. Y una vez más me ha ganado la ingenuidad, el hecho de creer que nada de esto me pasaría con él, que recordar nuestra música no sería jamás doloroso. Ingenuidad, lo mismo, dolor, falta de entendimiento, incompletitud.
Voy a hablar también de un rencor, más que solamente de un dolor; voy a hablar de una catarsis y
una transformación, de un simulacro y de un renacimiento a fuerza de enterrar
recuerdos y de crear un mundo alterno, personal, para no enloquecer. Empezaré
como se debe, con una especie de preludio. No podría enumerar todas las cosas y
todas las experiencias, los sonidos, los olfatos, las comidas, los llantos, en
fin, todas esas cosas que conforman la vida, no podría encerrarlas jamás en una
entrada, ni en un baúl, ni en la bodega más grande del mundo, porque todas
aquellas cosas son ya parte de mí. Pero esto es un intento por exorcizar, no
por olvidar, una parte de mi vida que terminó y a la cual quiero ponerle un
certero punto final para no regresar. He tenido que fabricarme un engaño, una
vez más, porque la realidad es demasiado pesada y no puede salvarse, porque
siento que no puedo seguir viviendo en la misma realidad. Este es el preludio y
al mismo tiempo es la llave que lo cerrará todo, una muestra sonora de algunas
cosas que él representa o simboliza o participa o genera, da igual, (aquí usted
le pone play al cuadrote de abajo).
Mientras miro hacia la calle al lugar exacto
en que sé que todos los días aparece para tomar el microbús, escribo. Eso no es lo que
importa, me digo, no importa que se pare ahí y lo vea y se vaya, (algún día lo
veré, lo sé); lo que importa es que yo lo veo y él no me ve y que así como no
me ve ahora estará sin verme el resto del tiempo, y yo lo mismo haré, porque así pasa cuando dos
personas que se conocen demasiado bien tienen que alejarse para siempre, tienen
que hacer de cuenta que no existen, o que existieron en una especie de veta
extraña robada al resto del tiempo, un tiempo que no es el del día a día sino
uno que ha sido encapsulado en un secreto que duele y no desaparece.
Siga usted las instrucciones y escúcheme como
si usted fuera él, escuche mi rencor, mi dolor y mis charcos de vacíos que
tratan de reconstruirse a través de palabras que se quedan en los ojos de
nadie. Sígame en la travesía del recuerdo, no quiera sermonearme, acaso trate
de entenderme, aunque sé que es muy difícil entender una elegía a los vivos, un
deseo de que el vivo no sea más un vivo. Es complicado, pero sígame.
Las elegías se escriben, según la tradición, cuando
se lamenta cualquier cosa, las hay elegías funerales, que son las que contienen
esos cantos y versos de duelo por la muerte lamentable de algún ser importante.
Esta elegía es, de una manera extraña, las dos cosas, me lamento por algo y lo
sufro y al mismo tiempo le escribo a un ser ido, o no necesariamente, o algo así,
para el caso. Decidí escribir esta elegía porque al final, todo esto se trata
de un muerto, un muerto que aún no lo está pero cuya presencia sin presencia es
igualmente lamentable.
A veces la gente que vive tan cerca, a tan
pocos pasos de uno está más muerta que aquella a la que uno tiene viviendo al
otro lado del mundo, por temporadas o no, y que de cualquier modo siempre está
más cerca. A veces pienso que existen otro tipo de muertos, unos que no están
bajo tierra, que uno puede verlos como traga cerebros auténticos y que son muy latosos
porque están presentes en su particular forma de no estar. Esos muertos son
como sombras de lo que eran cuando vivos, si se les puede designar en tales
categorías; son personas que ya no son las que eran entonces, que cambian y
seguirán cambiando y cuyos pensamientos que alguna vez estuvieron en una persona
ahora están en otra, en otras cosas, hacia otros destinos y con otras formas. Yo
escribo ahora a uno de esos muertos, una elegía por todo el tiempo compartido
y el pesar de tenerlo que enterrar simbólicamente. Escribo por alguien que me expulsó de su vida, a resumidas cuentas, con todas las palabras rebuscadas que se puedan tratar de enunciar.
Cómo enterrar a uno de estos muertos, la
pregunta se suspende sin respuesta posible. Hace varios años yo amé tanto y era tan incapaz de alejarme de ese hombre que no me amaba, que lo único que deseaba era que se muriera, así, auténtica y sinceramente. Deseaba que un día amaneciera muerto y así yo pudiera sentirme bien por fin. Que estuviera muerto y que fuera la muerte lo que me lo hubiese quitado del camino, muerto para decir "si no me amó es porque la vida no le dio el tiempo suficiente" o alguna cosa así. Entiendo el sentimiento pero en esta ocasión la cosa es un poco distinta, es lidiar con alguien a quien no le deseo realmente la muerte, pero que para mí lo está y lo estará en lo que me queda de vida.
Después del preludio, tan musical y armónico, tan lleno de recuerdos lindos (porque esa es de sus canciones favoritas, yo nomás hago el homenaje silente) está el desenlace que se enmarca en una sinfonía carente de allegros, una pieza casi eterna plagada de tonalidades oscuras y vibraciones solemnes pero rencorosas. En este estado uno entiende el deseo de que las cosas sean otra cosa y más que eso, deseo de que el recuerdo ya no exista. Uno quisiera seguir siendo sin esa sombra pesada de la gente que muere y no muere porque sigue presente. De los fantasmitas que acechan en la vida y en la virtualidad de la web gracias a los malditos amigos en común (aquí usted le vuelve a picar en el play al cuadro que sigue, pues si me salieron bien las cuentas, el anterior ya se terminó).
La cosa pasó así; que yo creí que después de
que el amor es una mierda y que uno sufre el desamor por décadas, había una
manera de realizarse en una relación sana y feliz que sólo fuera amistosa, para
nada sexual ni sensual ni ninguna de esas complicaciones o complejidades de las
que disfrutan los seres humanos. Pensé que no había nada más auténtico y eterno
que una amistad sincera. Entonces lo dejé entrar más y más y más. Esto me
duele, ya sé, por mi mismo problema con la eternidad y mi incapacidad natural de
controlar cosas que suceden fuera de mí y mi necedad de creer que a pesar de
las evidencias, puedo hacerlo. Tengo un dolor tan inexplicable que creo que no es dolor nada más. Un vacío tan irreparable
que sólo puedo pensarlo como un muerto, sólo así puedo lograr que no me duela. Porque
esto se ha tornado tan absurdo. El rencor me invade, el enojo, la decepción, el
sentir que todo lo que uno construye a lo largo del tiempo, sin darse cuenta,
entregándose sin más a las cosas como se van dando y como se van presentando,
dando más y más sin darse cuenta de lo mucho que se da y luego… nada, caerse. Experimentar
la no presencia del otro, sin una razón que se pueda comprender con sencillez.
Y no entender. Ese es el otro gran problema. No
entender su manera de pensar, que él no entienda la mía y en el camino se
pierden los años de confidencialidad. Parece que tenía que ser así, aunque yo
no lo entienda. Aunque el no entender me esté volviendo loca. No entender, por
ejemplo, por qué me dice que siempre seré parte de su vida y que no es sin mí. Pero que de todos modos me ignora y me aleja; no entender por
qué paulatinamente la distancia fue creándose hasta ser tan grande que duplicó todas las maneras de racionalizarla, tan grande que el dolor se pierde en ella
y sólo queda algo más profundo, un desasosiego, una incertidumbre y un
desconocimiento pues uno no sabe en qué momento el dolor dejó de ser dolor para transformarse en un monstruo rencoroso, triste y enojado.
Me hace falta ser sincera… hablar aunque no
entienda, decir lo mucho que me desconcierta, lo mucho que lloro cada que leo
las conversaciones recientes por facebook, lo mucho que me duele la pérdida. Por
eso le escribo esto (y téngame paciencia que tengo que cambiar de enunciación):
Ahora que no estás me siento peor que si hubiera terminado una relación de
pareja de esas que duran más de 10 años, en donde se conocen tan bien que se
completan las frases, tan bien que saben exactamente qué le gusta comer al otro,
que saben del otro todo lo que se puede saber y un poco más de lo que no se
puede saber. No me di cuenta pero yo estaba en una de esas relaciones quitándole
la cosa sexual que todo lo complica. Pensé que sólo así sería posible aspirar a
la eternidad.
Es una tortura tener que encontrar al muerto
simbólico en todas las cosas que soy ahora, cómo borrar a la persona que soy y
que me gusta, pues es tanto el acumulamiento de experiencias y de aprendizajes
que no puedo hacer de cuenta que no existe. Cómo exorcizar a la persona que ya
no está aquí cerca. Pues no hallo otra manera que a través de la elegía y de la acción. En el
mundo del simulacro uno pretende cosas que no son, todos fingimos que somos lo que no somos, que tenemos
lo que no tenemos. Mi simulacro personal consiste en enterrarlo, en hacer de
cuenta que ya no existe, en verlo en la calle y hacer de cuenta que no lo
conozco, pensar que aquel hombre que me cambió la vida y que tanto contribuyó a
hacer de mí lo que soy ya ha muerto y que si acaso lo hallo en la calle entraré
en la simulación, haré de cuenta que es un perfecto desconocido, alguien que
todos los días a eso de las 8 de la mañana se para en la esquina de mi casa a
tomar el camión que lo lleva al trabajo. Un extraño, un fantasma acaso. Porque aquel
que yo conozco, en lo que a mí respecta, existió, me cambió, y de pronto murió. Ya se me irá curando el dolor, el rencor, el desprecio, y todas las cosas feas que siento ahora, ya se me irán secando las lágrimas en tanto me dé a la tarea de borrar y de esconder sus cosas y sus recuerdos tan profundo como pueda. El mundo, entendámoslo, ni se detiene ni se acaba por una sola persona y más nos conviene seguir la vida y no amargarse demasiado por lo ido. Escribo una elegía, un lamento encapsulado, al que ya no quiero regresar.
Music on: Ludus - Arvo Pärt Quote: "El arte es esa Ítaca de verde eternidad, no de prodigios" J.L. Borges Reading: La esquina es mi corazón - Pedro Lemebel
Pocas veces las clases universitarias hacen tanto sentido en
la vida, pocas veces las lecturas son realmente reveladoras, pocas veces uno
aprende tanto en tan pocos minutos. Pero pasa. He traído en la cabeza el mismo
discurso, ya no amoroso necesariamente, pero sí de relaciones interpersonales. En mi defensa puedo
decir que en soledad y lejos de las rutinas y los lugares acostumbrados por
años he aprendido muchas cosas, he tenido momentos de nulidad, de sueños y
contrasueños, de revelaciones silenciosas y sobre todo de crecimiento en
distintos niveles.
Lágrimas he derramado a lo largo de mi vida
por la tragedia de que nunca recibo de la gente lo que espero de ella o porque nunca sucede lo que
me gustaría que sucediera. Pero he aprendido y sigo aprendiendo. He aprendido
por un lado, a soltar a la gente hacia la libertad, y por otro, que uno no puede esperar que las personas cambien porque uno lo quiera, ni
siquiera porque uno se los pida. Son obviedades, pero en verdad son cosas que
dan mucho trabajo de entender plenamente y es todavía más difícil aplicarlo a
la vida. Yo, por el momento, estoy en ese camino del aprendizaje y
hasta hoy estoy bien.
Me he dado cuenta de que las relaciones
afectivas pueden tornarse pesadillezcas. En mi experiencia no sólo con las
relaciones de pareja. En los últimos meses he padecido un descentramiento total
a causa de la amistad, así que no es exclusivo, aunque sí más frecuente, que sea el
amor no correspondido, trágico y sufrido el que venga a ocasionar las crisis. Pero en
realidad la cosa podría ser bien simple. La clave, creo, es mantenerse fiel a
uno mismo y entender que no hay vacíos que otras personas puedan llenar si uno
no es capaz de llenarlos primero. No digo que la gente debe estar condenada a
una vida de soledad y declarada misantropía, para nada. Sólo digo que no es una
buena idea montar las esperanzas en la otredad y que la completitud debe
alcanzarse por uno mismo a través de las cosas que a uno le gustan en sí.
Además, muy importante en este aprendizaje de
las relaciones, es saber soltar. Así fue que después de una clase muy bizarra
sobre Roland Barthes aprendí a gozar la nulidad, la anulación del otro y la
libertad de ambos. La cosa va más o menos así: uno tiene que aprender a no
querer agarrar al otro y entender que esto es una apuesta no por la renuncia,
sino por la libertad. Alcanzar la nulidad, para Barthes, es un estado de
placer, esta nulidad aparece cuando mi persona es capaz de soltar al otro. Mas
en este soltar, muy importante, no existe el sacrificio. Es decir, no es que yo
deje al otro en libertad y yo sufra sabiéndolo lejos de mí. Al soltarlo también
se suelta el sacrificio. Así yo entiendo
que si bien puedo amar al otro, y que en el amor no hay nada de trágico, amo algo más
grande, más trascendental que el otro, es decir, yo amo la libertad de ambos. La
renuncia al sacrificio de la renuncia es sensata y está apoyada en ese deseo
más grande y sólo de esta manera es posible gozar la anulación del otro, y
todos felices.
Es complejo en la práctica, lo sé. Pero bueno,
si uno tiene problemas para soltar y no se atreve a optar por la libertad,
habría que hacerse la pregunta fundamental: ¿me quedo o me voy? Y si uno se queda, se queda
bien, acepta y ama al otro como es, sin tragedias, ni dramas, ni berrinches,
ni expectativas. Y si se va, también, sin tragedias, ni dramas, ni berrinches,
ni expectativas. La cosa no debiera ser tan complicada. Hay que soltar y si
uno no puede soltar, ya habrá otro incauto que quiera agarrar por siempre
y que ante ese acto se pierda la libertad y uno termine creyendo que la libertad del otro es
un sacrificio personal terrible.
Debiera se sencillo, creo. Ahora que llegar ahí es
casi budista y honestamente, bastante complicado en la práctica. Yo lo estoy intentando. No puedo dejar de
amar, así soy, pero estoy aprendiendo a dejar al amor por debajo, para que
cuestiones más trascendentales, duraderas y sobre todo personales me lleven a
conseguir mi estado de placer.
Music on: Hometown Waltz - Rufus Wainwright Quote: "Lo poco y nada que lo quiero, tú no lo traes nunca, / debido a esa carencia aspiro a tanto". Henri Michaux Reading: El imperio de las flores - Severino Salazar
"No se ilusione: Amar es dirigir, en medio de un
campo de batalla,
un coro dulce que canta a la derrota." Alejandro Páez Varela.
A punta de observación, y de regresar a leer a
mis poetas preferidos, los que hablan del amor y no lo ensalzan hacia la
eternidad, pude anclar de nuevo los pies a la tierra. Y es que me encanta
volar. Olvido los errores y suelo hacer de cuenta que después de una palabra
linda habrá una eternidad. Y lloro todavía porque la realidad es real, porque
no se puede rescatar amor en una fotografía tomada hace meses o en una palabra dicha hace todavía más.
Es la misma historia. Mi problema es que tengo
una muy caprichosa memoria selectiva. Pero afortunadamente llega un punto, raro
y difícil de encapsular, en el que uno puede verlo todo desde otra perspectiva.
Ya estoy cansada de los mismos altibajos de
siempre, de sentirme alegre y hasta arriba de la montaña rusa para
inmediatamente después llorar por una carencia estúpida que me desmorona hasta
niveles inverosímiles. A veces sólo quisiera que las mentiras fueran ciertas,
quisiera tener una bonita relación de pareja, estable, única, entregada,
eterna; pero esas cosas no existen. En mi experiencia, la gente
anhela cosas que no existen porque cree que las ha visto en otro lado, porque
hay quienes lo aparentan a la perfección: parejitas que han estado juntas por
años y que según indica la cosa, nunca han tenido ninguna dificultad. No soy tan idiota, sé que no es cierto, pero la apariencia y el bendito mundo del
simulacro es a veces mucho más grande que la realidad. Y yo me compro lo que
sea, de manera impulsiva en varias ocasiones. Entonces vuelo y quiero todo eso, la cursilería que con el tiempo se
convierte en más cursilería, las palabras que creo siguen trascendiendo a
través del tiempo. O yo qué sé… las tonterías se manifiestan de muchas formas.
Pero a veces también logro ser realista. Me hago
declaraciones categóricas como que: “todas las cosas hermosas que hace sentir
el amor son tan efímeras que no valen la pena frente a las cosas terribles y
dolorosas que el desamor desata”; y entonces me convenzo a punta de muchísima
voluntad de que el amor de pareja (lo que sea que eso signifique) no es, viendo el panorama completo, algo
tan emocionante ni tan indispensable ni tan lindo. Me repito a mí misma, como
un mantra, que el amor es a mí lo que cualquier droga es para un drogadicto en
recuperación, una sustancia que hace sentir bien a ratos pero que al final destruye.
Me repito entonces que lo bueno que le pueda hallar al amor nunca es más que
lo malo y que dado que soy una romántica irremediable, una compradora
compulsiva de ilusiones, mejor me saldrá alejarme de él, así como buen drogadicto
en terapia al que le dicen que debe alejarse de las sustancias para que pueda
conservar su vida.
Y es bien difícil. Pero tengo varios mantras
guardados en forma de poemas que escribe la gente que sí sabe escribir, sobre haber sido destrozada por la consecuencia. Tales cosas
me funcionan como el ejercicio espiritual de San Ignacio de Loyola, es decir, imaginarse
en el infierno, recurrir a la consecuencia maligna y desgraciada con el objeto
de permanecer en el lado del bien.
Y siempre es bueno preguntarse: ¿Quién va a
querer estar sufriendo gratis? ¿Por qué habría yo de necesitar legitimarme a
través de una persona? ¿Por qué tendría yo que reconstruir mi vida después de
que el amor, sea mucho o poco, se acabe y todas las cosas ligadas a ese amor,
cosas que existían antes de él, ahora me duelan por la consecuencia?
No, basta de todo eso. Voy a dedicarme a mí.
Regaré mis plantas y conservaré lindo mi jardín (metáfora, claro) en lugar de
esperar que otros me regalen las flores. Iré a hacer cosas yo sola, sin
ligarles elementos exteriores más importantes que yo misma. Tomaré lo mejor de
la gente que me rodea, de la que aún puedo aprender cosas, disfrutar, pasarla bien, pero sin dejar de
ser yo. Porque es una verdad universal que cuando uno ama se entrega, va dando
y dando, con la creencia falsa de que mientras da también gana, sin darse
cuenta de que pierde; uno cede cosas mínimas al principio, hasta que después de un tiempo considerable ve cómo ya ha empeñado sus noches, sus fines de semana, sus lugares
especiales, sus actividades, sus cosas, sus pensamientos, etc.
Así es como es. Y no hay que culpar a nadie,
creo que ni siquiera me debo culpar a mí misma. Agradezco haberme dado cuenta,
agradezco mucho a la persona más desagradable e inteligente que conozco, el
haberme enseñado (sin querer, a base del ejemplo), cómo no deben de hacerse las cosas, cómo no debe
uno tirarse a la vereda a sufrir y quebrarse el seso por estas cosas raras.
Agradezco que indirectamente me haya demostrado cómo es esto, para que yo lo
viera después con más claridad. Y como Borges, una vez más, le huyo al amor,
por miedo a que me destroce (y no me avergüenza el miedo, que es, como dijera Hobbes, la única pasión de la vida). Ahora sólo ruego ser lo suficientemente fuerte como
para no ceder otra vez ante los encantos que aparenta, ante las palabras
hermosas sobre las cuales dan ganas de erigir monumentos, ante los mensajes o
las llamadas que parecen haberse hecho para sostener el mundo entero, ante
tantas y tantas cosas más.
Y seguir.
Music on: Brahms - Symphony 3 Quote: "El amor es un tabique en la iglesia de los perdidos" A. Páez Varela Reading: El placer del texto - Roland Barthes
En los
momentos más difíciles, a veces los más determinantes, es que uno se da
cuenta de cuán solo se encuentra y de lo poco que le sirven las palabras para sentirse
mejor. Escribió Bretón: “una aberración monstruosa hace creer a los hombres que
el lenguaje ha nacido para facilitar sus relaciones mutuas” y tiene toda la
razón. A veces uno no puede comunicar a través del lenguaje y aunque pudiera,
siempre existe esa finísima soledad que nos separa tanto de los otros, pero
tanto y al mismo tiempo tan imperceptiblemente que es difícil aprehender la
magnitud de la separación, el peso de la distancia. Estamos solos, la soledad resulta a veces ineludible, parte de la metáfora muerta de que ésta se convierte en la única compañía.
Me he dado cuenta de obviedades, cosas que no
había querido ver o siquiera reparar en ellas. La gente se va
muriendo y al menos en mi familia no es que lleguen nuevas personas a suplir a
los muertos. No soy tan vieja y ya he enterrado a varios familiares cercanos (sé de cierto que gente de mi edad no ha visto siquiera un cadáver); y resulta que nos vamos
haciendo menos porque contrario a lo que he visto que sucede en otras familias, donde existe esa idea de que la gente joven va y se casa y tiene hijos (o al menos va
y tiene hijos) y así la familia sigue creciendo, o sea, aunque el abuelo se muera hay
el nieto que seguirá en la procreación alegre. Pero en mi familia no pasa así. La
gente se muere, los jóvenes somos pocos y no nos reproducimos, ni siquiera
tenemos una buena relación entre nosotros.
Hablaba al principio del lenguaje porque es
necesario y porque por tantas cosas que puedo traer guardadas no me es posible
realmente comunicarlas. De hecho, más allá de la posibilidad, siento que no es
algo que quiera compartir así como así con la gente porque la gente tiene sus ocupaciones y
siempre carece de tiempo para escuchar o servir de consuelo. Incluso me da un
poco de vergüenza robar algunos minutos de su tiempo a causa de mis tonterías. A veces pienso en contratarme a un psicólogo que me escuche los traumas, al fin que para eso están, pero no, el dinero es preciado como para gastarlo en tonterías así. Entonces escribo, porque es lo único que me sale bien (y llorar en silencio,
don que no todos dominan) y porque escribir es un placer hedonista y gratuito, quizá el
único que se puede satisfacer en soledad.
Y regreso a la soledad. Creo que es tiempo de irme
acostumbrando. La familia decrece, los pilares se tambalean, ya nada se
conserva como era, a pesar de los esfuerzos por que así sea. Del amor de
pareja, que tanto me puede obsesionar, no es tiempo de hablar pues está estático, inexistente, no correspondido, y ahora estoy sin
hallar quién cumpla mis expectativas y sin deseos de seguir torturándome al
respecto. Mas bien regreso a esa soledad mansa que ahora sé estará conmigo el
resto de mi vida, del lado de lo familiar, de aquéllo que en la escuela nos enseñan como la base de toda sociedad y el principio de todo contacto humano. Sé que estaré asistiendo a más funerales que a bodas o a
fiestas de cumpleaños, así es en mi familia, una sociedad de viejos que no han
hecho lazos tan fuertes con lo que se suele llamar la “familia política” o “de
segundos grados”. No me quejo, en realidad he aprendido a estar bien con lo que soy y lo que tengo; sólo comparto la impresión, el hecho de que uno no se da cuenta de cosas evidentes, que uno da por sentado algunas cosas sin reparar realmente en ellas. Y es sólo que me hace falta acostumbrarme
a ese estado de soledad irremediable al que voy a pertenecer. Nada más.
¿Qué hacer? yo lo soluciono de la manera más simple, ponerme a escribir, en parte como terapia performativa y porque de algo ayuda decir sin
decir, voltear hacia adentro del alma y dejar salir un poco porque aun ese poco es
tremendo y dejarlo al ojo público y extraño ayuda bastante, porque así aliento
el voyeurismo de lo que escribo, porque lo que escribo es parte de lo que soy y
de esta manera puedo continuar sin haber olvidado lo que he sido en tal o cual
momento. Ah, y porque la escritura es una manera de ahuyentar un poco la
soledad, o al menos engañarme con ideas (yo, la eterna consumidora de ilusiones). Así la vida.
Music on: Einsemkeit - Lacrimosa Quote: "sueño con nuevas armonías, un arte de las palabras, más sutil y más franco, sin retórica, y que no intenta probar nada" André Gide. Reading: Días tranquilos en Clichy - Henry Miller
Uno cree que hay cosas eternas, sí, de
verdad lo cree. Yo que soy una compradora compulsiva de ilusiones lo sé. Hace tiempo,
una excelente profesora de español dijo que eso del amor eterno era una
mentira. Entonces pensé que ella era una amargada y no presté atención, yo con
mis esperanzas influenciadas por todas las cosas que pinta el mundo en el verde
más puro, para decirlo en términos de Sor Juana, yo tan irremediablemente
ilusionada a mis escasos quince años. Cuánta razón tenía aquella mujer.
Así nos debieron de haber dicho desde
niños, que no existe el príncipe azul, que los cuentos de Disney no son para
creer, incluso debieron habernos dicho, sí, aunque me digan que estoy loca, que
no hay tal cosa como los reyes magos, mucho menos tal aberración como un dios
que cuida de uno a todo momento. Así nos debieron de haber dicho para
ahorrarnos algunas decepciones.
Pero me dirán que ese aprendizaje es parte
de la vida. Y supongo que es cierto. Así como es parte de la vida aprender a no
creerse nada que no esté dentro de uno mismo. Ya no hablemos del amor, que es
una cosa tan intangible y tan problemática que ahora no tiene cabida. Hablemos de
otras cosas que uno se hace a la idea de que serán, de hecho, auténticamente,
para siempre. Digamos, por ejemplo, que una amistad construida a lo largo de
años no se pensaría que podría acabar así como así. Y ya sé que sucede, que no
estoy descubriendo el hilo negro, que a todo mundo le pasa. Pero no porque a
todo mundo le duela me va a doler a mí menos.
Hoy no tengo la más mínima intención de ser
poética. Hoy dejo de lado toda la erudición de la que a veces hago gala, sólo
para regresar a lo primigenio, al dolor de haber perdido gente en el camino de
la existencia, gente con la cual creí que estaría por siempre, porque la
amistad me parecía más elevado que el amor, menos caprichosa, más íntegra, más
real, más sincera y por lo tanto con ese potencial casi casi de lo real, de que
sería eterna. Pero no. Un día te das
cuenta de cómo poco a poco esa persona a la que querías tanto ya está caminando
hacia otro lado, cómo la nostalgia es lo único que te tiene en vínculo con tal
persona, cómo todo lo que pasa de nuevo ya no lo puedes relacionar como solías
hacerlo, porque de pronto hay un vacío que ya no se puede llenar.
No pretendo explicarme al cien por ciento. Estoy
tan ofuscada y estoy siendo tan sincera que no me alcanza el argumento para
decir directamente lo que pasa. A veces es mejor así, desahogar un poco la pena
y llorar hacia los adentros esa pérdida que no se ve y que nadie nota, pero que
se siente. ¿qué hace uno cuando pierde al amigo de toda la vida? ¿qué hace uno
cuando aún vivo ha decidido hacer otra vida en la que uno no está contemplado? Pues
uno se aleja, es como en el amor, me voy de donde no me quieren y hago de
tripas corazón, me guardo todos los recuerdos y me engaño pensando que ya se me
irá olvidando, que si borro las fotos del facebook puedo hacer de cuenta que
también borraré los hechos. ¿qué hace uno? Perder un amigo así duele más, creo,
que perder un amor, porque el amor uno sabe que se acaba, uno cree que en
cambio puede confiar en la amistad. Pero al final no hay gran diferencia.
Así que la eternidad no existe, una vez
más. Y las decepciones por la realidad no terminan. Parece que no es algo que
vaya a terminar. Es triste.
Music on: Nothing song - Sigur Rós Quote: "imagino que el horizonte termina en mi casa" Graciela Huinao Reading: S/Z - Roland Barthes
Dicen los entendidos que un escritor no
escribe sino la misma cosa una y otra vez, yo no sé, supongo que sí, a veces,
soy así, que no me supero, que le doy cien mil novecientas cuarenta y tres
vueltas a la misma cuestión, sólo para añadirle cosas que tampoco se resuelven.
Quiero pensar que mi escritura es el eterno
proyecto bartheano que nunca se concluye, que cuando está a punto de llegar a
la luz, se desvanece, que uno no puede realmente poseer lo que desea con toda
la pasión y pureza del mundo, que esto es un intento, una simulación, pero que
al mismo tiempo no se puede salir de tal cosa.
No lo sé de cierto, diría el poeta, tan
sólo me contento, de vez en cuando, con echar un par de líneas en torno a las
cosas que suceden, a las cosas que pienso, tratando de decir y expresar, a
veces tratando de crear, y siempre con la extraña conciencia de que escribir es
necesidad, aunque no diga nada, de nuevo, aunque el proyecto inasible sea todo
lo que tengo.
La pretensión, no sé si sea comunicar;
encuentro que en ocasiones hay quienes me leen y encuentran también algo, eso
es bueno. Y aunque el cuadernito es el eterno cómplice, y a veces el twitter, ese lugar para soledades que nadie
lee ni escucha, o el facebook, que en algunos momentos de practicidad tecnológica
sirve para echar un pensamiento breve, me satisface de alguna forma seguir
echando ideas, proyectando eternamente, esa es la pretensión real.
La mejor parte, confieso, es cuando logro
superar la autocensura y ser y escribir sin que importe nada sino sólo la
persona que soy cuando lo hago y cuando me instalo en el mundo para que me vean
y me hace bien. Quizá algún día, renueve este blog al que
sólo llegan comentarios spam y de vez en cuando, muy de vez en cuando, de una
persona real, pero sin cambiar las cosas que ya no son (que con el paso de los
años, aunque no parezca, sí existen). Creo en la evolución y ahora, recientemente,
en el proyecto.
Y mucho menos me despediré, como en algún
momento pensé hacerlo, no, porque he entendido que las despedidas se hacen una
sola vez y mejor hacerlo por las buenas y porque soy pésima para despedirme. Seguiré
hablando del amor que sé que no me
corresponde, de la futilidad que invade mis pensamientos, de mi egoísmo y mis
maneras irremediables de querer, de necesitar, de desear, de mi búsqueda por
saber y al mismo tiempo no saber, de las máscaras, los silencios, las formas
informe y el todo que siempre es fragmento y el cielo que siempre es también
mar y el instante, cuando puede transformarse en eternidad.
Music on: Lo imprescindible - Shakira Quote: "La sombra es manto, de modo que, en el límite, es posible concebir una luz feliz" Roland Barthes Reading: Puerto Trakl - Jaime Luis Huenún
Atrás de mí está todo lo que soy, lo que me
hace seguir adelante. Esta es la paradoja, el miedo, el terror de sentir que
puedo abandonarlo todo por él, el terror de saber que mi manera de amar y de
desprenderme de mí, por él, es tan grande
que él mismo no lo podrá aceptar.
Hoy camina detrás de mí, no me toma de la
mano porque también teme, no me dice las cosas que siente, porque la palabra es
muy grande y él conoce la magnitud de un verbo, un sustantivo,
una frase; no habla pero en sus ojos veo todo lo que siente y lo que piensa. Aún
con eso sé que yo espero más y temo romper el precioso equilibrio que lo
sostiene a mi espalda. Somos un par de descarriados saliendo lentamente del
infierno, y yo no quiero voltear, porque mi propia luz develaría todo el poder de lo que siento y ese mismo poder sería capaz de aniquilarlo.
La paradoja.
Yo quiero decirle todo mi amor, mi entrega,
decirle que no duermo si él no está bien, que sueño terribles pesadillas sólo
por una noche en la que no sé de su existencia, por una noche en que no me sé
la dueña de sus pensamientos. Porque amar me convierte en un monstruo camino
hacia adelante dejándolo atrás, como Orfeo, condenada a seguir adelante sin
poderlo tocar como quiero, sin contemplar el objeto de mi deseo, mi anhelo
perfecto.
Él esto todo lo que amo, lo que necesito. Por
miedo estoy ahora en este castigo, me he impuesto a no voltear, porque mi
fatalidad es tan grande que aquello que me antecede, mi Eurídice personal, puede
desaparecer en cuanto me muestre como soy. Así
será: andaré siempre hacia adelante, sin poder voltear hacia lo que amo,
para no destruirlo.
Music on: Rachmaninov - Sinfonía 2 Quote: "Amar a alguien y poco a poco ya no amarlo. El único dolor que me permito". Jorge Volpi Reading: La hora de la estrella - Clarice Lispector