viernes, 24 de agosto de 2007

Interpol y tú

Escuchar a Interpol es escucharte a ti, a ti, corazón, sólo a ti, y leer tus mensajes a las doce de la noche, claro, mientras escuchaba a Interpol y te recordaba con tus ojos que me miraban y tus labios sobre los míos. Pero es que eres un sueño, todo tú eres un sueño, no puedes ser otra cosa, y no puedo creer que no conozcas a Interpol, irónico que te recuerde con algo que tú no conoces ¿no? pero bueno, eso lo perdono, la indulgencia llega cuando me besas, así, nada más, cuando me abrazas… y eso es todo…

Como cerrar los ojos y morir en el silencio de la espera al próximo encuentro, eres tú, como imaginar tanto que ya no sé si lo que hay en mi cabeza es cierto o falso, estar siempre confundida entre lo consciente y la somnolencia que tu aroma dulce le trae al recuerdo, ¿o a la imaginación?

¿Cuál es el verdadero recuerdo? ¿Cómo saber? El recuerdo… ¿Es el parque del Franz Mayer, tus brazos alrededor de mí y tus labios mordiendo mi cuello? ¿O el recuerdo es el salón de clases con la luz apagada y nuestros labios encontrados en el beso perfecto? ¿Cuál es el verdadero recuerdo? y ¿cuál es el sueño? ¿Eres tú en realidad el que llega en el metro y me encuentra ahí leyendo el libro de Henry Miller? ¿O eres tú el que me sonríe cada que acaricio su cara? ¿O eres los dos? ¿El que calla después de los besos? ¿O el que me dice que me quiere?

Ya no sé. Sólo sé que no puedes ser otra cosa sino un sueño… el sueño de Interpol y el tuyo y la forma en que extrañamente ya no puedo pensar en uno sin el otro. Porque esa noche después del último mensaje dormí escuchando a Interpol y tal vez haya soñado contigo mientras dormía y luego desperté y seguías tú, en el sueño constante que existe también en la vigilia y después el mensaje que me despertó y la rareza de saber que me dormí leyendo tus palabras y desperté igual y escuchar de nuevo “Rest my Chemistry” y saber que ahí estabas tú también…

sábado, 18 de agosto de 2007

La verdad de la Historia

La frase que dicta "la Historia la hacen los ganadores de las guerras" es ya bastante conocida y al parecer no necesita gran explicación; sin embargo, a pesar de saber que la historia se puede manipular a conveniencia, aún la gente cree que lo que se llama "historia oficial" es la que se debe creer, como si fuera ésta una especie de dogma incuestionable y certero.

Creo que a estas alturas es justo analizar más a fondo el curso de la historia y cuestionar objetivamente las posibles causas y los fines para los cuales una mentira se dice con la consigna de que se convierta en verdad.

Nadie tiene la verdad absoluta, eso ni ingenuamente puede ser tomado en serio, creo yo, pero aún así la educación impartida a los niños (hablo de México en especial, aunque en muchos países sucede la misma cosa) se sigue basando en deificar a los personajes históricos y a gestar montones de mentiras sobre ellos.

Para ejemplos, hay demasiados, ahí tenemos a Don Miguel Hidalgo o a Don Benito Juárez, personas que en realidad han dejado de ser personas y que se han convertido en personajes, en héroes ya etéreos e inexistentes, no seres humanos. La historia oficial nos enseña a respetar los valores morales de estos dos hombres, su valentía, inteligencia (y demás virtudes bonitas que se le puedan ocurrir a uno), todo sin abrir la posibilidad a pensar que quizá estas personas no eran nada de lo que nos dijeron (quizá sí, pero aún es bueno tener las posibilidad de pensar lo contrario ¿o no?).

Y no sólo se trata de personajes concretos, sino también de hechos, guerras, eventos cruciales en la historia y construcción de las naciones, y todo es fácilmente manipulado a conveniencia de quien lo quiera contar. Una mentira dicha con frecuencia y regularidad poco a poco se torna en verdad, pues no hay nadie que sepa ya lo contrario y uno se predispone a creer en lo que le dicen pues todos lo creen de esa manera así que, así debió ser ¿no?

Un caso concreto: la conquista de México; dado que el señor Hernán Cortés (buen estratega, sí, pero un ser sanguinario y enfermo) fue testigo de una de las matanzas más terribles en la historia humana, claro que, actualmente, no se ve a Hernán Cortés como una figura terrible y odiada, razón simple: él ganó la guerra. En cambio Hitler, (nótese que no justifico a Hitler como persona, sino como la víctima de los hechos posteriores a él), el señor estuvo al frente de una de las matanzas más crueles de la historia, sí, pero objetivamente, no se pueden comparar los millones de judíos asesinados frente a los millones más que perecieron durante la conquista de América y no sólo eso, sino la explotación y muerte que existió durante los 300 años de la colonia. La razón se infiere, a Hitler le tocó perder la guerra.

No digo que mis datos sean los más acertados posibles, eso, como aclaré en el inicio, no es posible, sin embargo lo que trato de demostrar es la falta de decisión que se tiene para atreverse a pensar en otras cosas diferentes a las que se nos han enseñado en las escuelas.

Otro caso: la Revolución Mexicana; después de acabada, el gobierno se encargó de callar a todos aquellos que se atrevieran a hablar mal de la revolución, puesto que la figura del gobierno no estaba en una posición conveniente para aceptar que después de tantísimos muertos y heridos, el país seguía en la misma miseria, entre otras cosas.

Entonces la historia en sí puede muy bien ser vista como una serie de engaños, casi como la literatura, pues en realidad la diferencia entre una y otra es sólo que la literatura acepta desde el inicio que lo que cuenta es de una o de otra forma, en mayor o menor medida, una ficción.

No importa saber que la historia se hace por los ganadores de guerras si no entendemos el verdadero significado de esta frase y tampoco basta con quedarnos con la idea de lo que nos cuenta la historia oficial, pues, aunque la verdad sea imposible de encontrar totalmente, sí vale la pena querer la oportunidad de pensar diferente.

viernes, 10 de agosto de 2007

(...)

Quizá tenías razón… y cuánto me duele que así sea. Quizá lo mejor haya sido olvidarnos uno de otro, tú ya te has olvidado de mí desde hace mucho tiempo, creo, aunque, ¿cómo saberlo con certeza? Yo me rehúso al olvido, dicen que el olvido es la supervivencia pero ¿de qué me serviría olvidarte? Si lo hiciera, seguramente cometería los mismos errores que cometí entonces contigo, y quiero pensar que tengo la oportunidad de redimirme, aprender, salir adelante sin retornar al ciclo que tuve contigo. Tal vez lo que necesito no es el olvido en sí, sino sólo la idea de la supervivencia.

Pero aún estoy confundida… sola, angustiada, tal vez loca. Hasta hace un mes tenía la idea de conocerte y no sólo eso, de saber dónde buscarte y a dónde llamarte, pero el orgullo, o no sé, el sentido común tal vez...

En estos meses, desde la última vez que hablamos me hice a la idea de que efectivamente lo mejor sería el abandono, o al menos el alejarme del vicio de tu nombre por un tiempo, no llamarte por teléfono, ni mensajitos ni nada de irte a buscar a donde sé (o sabía) que te encontraría. Pero es que todo parece un ciclo inevitable, cansado pero eterno, no fui fuerte, no sé siquiera si esa es la palabra que deba usar, y un día de hace no mucho, que estaba de vacaciones y el cerebro se concentró en otras cosas, decidí que tal vez podría ser capaz de cerrar el ciclo del dolor que sufrí por tu culpa y que entonces podía llamarte por teléfono como una persona civilizada, ya sabes, preguntar cómo estas, qué tal te ha ido, nada de ofensas ni reproches, como algo nuevo que tuviera un tinte saludable y con futuro.

Y entonces, después de pensar qué te diría y de prepararme para escuchar tu voz otra vez, ahí tienes que llamo y nada. El teléfono suspendido con ese terrible sonido, el tururú que indica que ese número ya no existe. Bueno, hablarte a tu casa, es lógico, pero nadie contestaba nunca, ni la contestadora siquiera, y el teléfono sonaba y sonaba siempre y nada más.

Luego ya no supe qué hacer. Sí, quizá era mejor esto, pero entonces, ¿por qué me duele haberte perdido así? Ya no sé donde buscarte, de pronto recordé que ya no trabajabas en la preparatoria y que la última vez que hablamos estabas buscando nuevo empleo, ya no tenía a dónde buscarte o a dónde llamarte, la angustia me cerró la garganta.

Por meses y meses te creí seguro, sabía que estaba enojada contigo, dolida, pero aún sabía que si pasaba cualquier cosa te podría encontrar si marcaba un número, si iba a tu casa… pero ya no tengo eso tampoco, me dijiste que te habías divorciado y que estabas viviendo con tu hermana pero yo jamás supe donde vivía tu hermana y tampoco lo podía averiguar. Así que me quedé sin nada, con sólo el recuerdo y una sensación increíblemente extraña, algo entre la desilusión y el alivio, algo que se gesta desde dentro y va saliendo poco a poco, algo que no sé si debiera hacerme reír o llorar.

¡Qué frágil ha sido todo esto!, yo tan segura de ti a pesar del dolor y tú que de pronto decides desaparecer. Es lo mejor, quiero pensar que lo es… pero… qué duro, me siento perdida, quién sabe desde hace cuánto que te perdí y ahora, la certeza de tu ausencia me está deshaciendo, por un lado, pero por otro sé que ahora ya no hay nada qué hacer, absolutamente nada sino seguir adelante con la vida. No poder hacer nada duele, cómo duele tu ausencia, cómo duele saber que hay una ausencia, saber, sólo saber, cómo te extraño, ahora más, si ha sido orgullo, vanidad, sentido común o destino, cómo es que te pude haber perdido así…

domingo, 5 de agosto de 2007

Escribir para trascender

Si uno quisiera trascender en el mundo, probable, práctica y muy seguramente, no sería a través de las palabras, pues siendo objetivos, las palabras perecen justo en el momento inmediato al segundo en que son dichas, éstas a veces podrían parecer la verdad absoluta y no sólo eso sino una verdad absoluta guardada en libros a través del tiempo, pero lo cierto es que estas palabras, aunque busquen trascender hacia algo específico, se redefinen para cada lector y para cada momento por lo que la esencia se pierde o se cambia.

Entonces, si la palabra es tan efímera, por qué uno, como escritor que a veces se dice ser, recurre irremediablemente a las palabras, por qué, por ejemplo, lo hago yo ahora en este instante... A esa pregunta yo respondo cono sencillez porque para mí no hay más verdad que la que se externa a través de líneas sinceras; lo que yo digo ahora, bien no podrá tener valor para el futuro, pero tiene valor para el presente y significa algo para este momento.

Como siempre ha sido, el ser humano busca una forma de expresión que le permita conocer el mundo y conocerse a sí mismo. El pensamiento perece, la palabra no, la literatura no y es a través de ella que uno busca una identificación sublime con cada cosa existente o quizá, a veces, inexistente. Así que la importancia de la palabra sí es trascender, pero no como algo inmóvil; la palabra no es el resultado único y universal de una sóla cosa sino de muchas y esa versatilidad, ese movimiento creacionista, muy semejante a la creación del mundo, es el tipo de trascendencia de una línea, una frase, una idea.

John Keats entendió la verdadera razón de la literatura como arma de trascendencia, él, sufriendo de tuberculosis la mayor parte de su vida, tuvo que hacerse a la idea de renunciar a ésta antes de que cumpliera siquiera los 23 años, y aún así él buscaba trascender y lo hizo a través de su obra, de sus poemas en donde hace que las palabras hablen por él y se tornen en la huella misma de lo que él era y así trascendió y no sólo para él sino para todos los futuros lectores que encuentran en sus palabras el aliento de vida que todos necesitamos en algún momento de neustras vias.

Quizá no todas las palabras busquen tan desesperadamente la trascendencia, pero tampoco podemos negar que cada letra pretende reflejar una parte de lo que somos y así, una parte de lo que queremos dejar al mundo, para que no se nos olvide.

domingo, 29 de julio de 2007

Nicotina para insomnes

Siempre supiste que la encontrarías ahí, y no quisiste buscar, sino hasta el último momento, hasta el límite de todo lo que podías soportar, cuando ya no había otra cosa que hacer, cuando esperar no era suficiente y te entró la extraña sensación de conciencia que te dijo que debías actuar.

Pero actuar, para qué actuar, pensaste, si no hay nada más que salvar, ni a ella ni a ti… pero luego recuerdas sus ojos verdes y crees que tal vez sí habrá algo que salvar ahí, si es que tu alma está condenada, quizá no lo esté la de ella. La duda, siempre la duda, el pensar una y otra vez sobre lo mismo, si debes o quieres actuar. Con cuántos cigarros te habrás consumido en el pensamiento sobre sus caderas y su cabello castaño… con cuántas horas de insomnio recreaste su cintura en tus manos, sus besos dulces, su piel sudorosa en el orgasmo, cuántas veces… ya para qué contarlas.

Y ahora qué es lo que tienes, un cuarto frío y sólo, sin ella a tu lado, cigarros y más cigarros que se consumen en las noches en las que si concilias el sueño no es sino ella la que aparece. A veces piensas que tal vez no es demasiado tarde, a veces te vistes y quieres salir, pero ya en la puerta hay siempre algo que te detiene, no quieres tener esperanza, y salir a buscarla, sólo pensar en encontrarla te congela, no sabes siquiera si lo que quieres es en verdad encontrarla.
Pero de nuevo al regresar a la cama, al terminar o encender otro cigarro, qué importa, es ella la que vuelve a tu mente y casi sientes que te toma de la mano y recarga su cabello húmedo en tu hombro.

Actuar, hacer, no saber si en verdad no hay nada que salvar, esperar, amar, odiar, perdonar, redimirse... Finalmente sales del cuarto decidido a irte, ponerte la chamarra y prender el último en la cajetilla después de una noche intensa de insomnio y desesperación. Lo sabías, no había otro lugar dónde buscar y esa noche decidiste que el tiempo no podía durarte para siempre y que el insomnio se estaba tornando demasiado difícil; y ahí, aún debatiendo entre la desilusión y la expectativa, llegas al café del centro con la seguridad de encontrarla, un paso, dos, la puerta se cierra, y sí, ahí está ella pero no está sola; aún detrás del aparador y de las meses llegas a presenciar el momento en que la esperanza se torna en algo odioso y donde el pecho se te contrae en una angustia inexplicable y ajena, no importa quién es el que la está besando, ya no hay nada qué preguntar.

En realidad no era una sorpresa tan grande, lo sabías, ahí estaría ella, pero no esperándote, quizá finalmente su alma ha sido salvada, quizá sólo tú eres el condenado o probablemente es que los dos han estado condenados desde el principio pero ella aún no se ha dado cuenta, sí, tal vez es solo que tú has entendido el significado de la condena eterna, mejor que ella no lo sepa, así uno de los dos podrá ser feliz todavía.

El insomnio regresa y la esperanza parece haberse ido, de camino a casa compras una cajetilla más y fumas el resto de la noche, dormir es definitivamente imposible, actuar ha sido en vano también. Tu cama vacía te reclama, te acuestas y aún entonces, en la soledad y la oscuridad absoluta, dibujas su nombre una y otra vez con el humo del cigarro...

sábado, 21 de julio de 2007

lo que crea el inconsciente

y pensar sólo pensar lo que yo le dijera es que no puedo desprender mi ilusión del balance maravilloso con el que te mueves el brillo de tu cabello me derrite tus ojos bellísimos tan sinceros tus labios llenos de ese néctar de dios que me enloquece te amo tanto te deseo infatigablemente en mitad de la noche al alba en el tiempo inexistente en el espacio intangible siempre te miro y con sólo mirarte vivo tus manos cálidas toman forma en mis sueños y hacen maravillas inimaginables te amo y tus palabras dulces pétalos que caen sobre mi piel desnuda me erizas me hielas me satisfaces te amo y quisiera arrojarme a tu cuerpo y jugar con los rizos débiles en tu pelo tocar tus piernas con mis manos perdidas encontrarme en tus besos idealizados enredarme en el aroma de tu piel toda y saber que el silencio es triste y necesario y luego seguir pensando que lo tengo enfrente y que puedo decir las cosas te amo te deseo te necesito te idolatro y te vivo te sueño y te idealizo y me resultas tan bello que no creo que seas real que a veces no pienso que existas pero te miro de nuevo con el azabache de mis pupilas que se pierde en el miel de las tuyas y de nuevo tu misma luz me recorre cada centímetro y sé que eres real que vives no sólo en los sueños que te hacen más bello sino que te acercas a mí y rozas débilmente mi ropa me sonríes y de tu rostro de ángel se elevan más esperanzas de mi pobre alma que siempre te anhela y luego si no fuera suficiente me pasas tus dedos por la espalda y siento más que nunca tus huellas y creo oler el aroma de tu piel en la mía como en las rosas más bellas jamás existentes y callarme porque no puedo hablar cuando lo tengo a un lado porque me pierdo en su sonrisa y solo pensar otra vez en la posibilidad y decirme a mi misma y te amo sé que te amo y que eres el sueño más real y más hermoso que mi mente podría crear y mi existencia vivir que eres perfecto y maravilloso y que te amo y te amo y te amo

viernes, 13 de julio de 2007

Homero y Marge al teléfono.

Es terriblemente difícil escoger sólo un episodio o sólo un momento simpsoniano, siento que elegir uno u otro es menospreciar a los demás. Todos son geniales. Y esta es una muy pequeña muestra de cuán buenos son... "Homero, ya marcaste."

Larga vida a Los Simpsons

Sin duda alguna, la caricatura de Los Simpsons se ha convertido en el emblema de, no sólo una generación, sino varias. Las aventuras incoherentes de la familia amarilla, junto con los ciudadanos de la bella Springfield, han entretenido a tantísima gente alrededor del mundo como, creo yo, ninguna caricatura lo ha hecho y probablemente no lo hará jamás.

Sus capítulos se han repetido muchísimas veces, aunque no demasiadas, y el público que los admira actualmente, bien puede ser un niño de primaria o un profesionista treintañero. El efecto es el mismo, una dosis bien administrada de humor dentro de una historia que de entrada parece normal pero siempre tiene cosas fuera de lo común.

Los Simpsons son atemporales; cuando yo cursaba el tercer año de primaria, me topé en la televisión con el que sería mi primer capítulo visto de Los Simpsons, sin necesidad de poner el nombre del episodio, sé que con decir que es aquel en el que Flanders y Homero finalmente se hacen amigos, ya tendrán una idea de cuál se trata; aquí Ned lo lleva a ver el partido de fútbol americano (y le compra un sombrero nacho), las dos familias conviven en un día de campo desastroso (donde los niños Flanders se hacen adictos al azúcar y Homero destruye el auto de Ned), y finalmente Homero termina con la paciencia de Flanders quien en el sermón dominical le grita públicamente; con estos detalles cualquier lector, medianamente conocedor de Los Simpsons, sabrá ubicar con facilidad el episodio en cuestión.

Ese mismo capítulo aún se sigue transmitiendo en la televisión abierta, (y también por el canal Fox) y creo que no hay más que decir para reforzar la idea de la vigencia de esta maravillosa serie.

Su creador, Matt Groening, es, sencillamente, un genio, un hombre con una imaginación prodigiosa, un humor limpio, directo, irónico como el de pocos, y que aparte, es un experto de la cultura internacional (basta prestar atención a las miles de referencias a películas, canciones, obras de teatro, momentos históricos, actores, cantantes, políticos, etc., que en sus episodios aparecen por una u otra razón).

Después de más de veinte años al aire, Groening cumple con la promesa de cerrar el ciclo de las aventuras simpsonianas con una película. Cierto es que quizá muchos de sus últimos episodios no tienen la calidad de los primeros, o mejor dicho, de los favoritos (generalmente concentrados en las temporadas 5 a la 10); sin embargo, el genio de Groening no se ve cansado, los personajes se han renovado constantemente y sus ocurrencias hilarantes siguen estando a la orden del día.

La expectativa frente a la película es muy grande y aunque sabemos que ésta significa la cuminación de las temporadas diseñadas para la televisión, creo que tendremos aún muchos Simpsons que disfrutar, a pesar de que hayamos visto sus capítulos cientos de veces.