"La literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a todas partes" André Breton
sábado, 8 de abril de 2023
Releer es entender
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lunes, 24 de octubre de 2022
This year's love
jueves, 17 de febrero de 2022
Presentación de "La costumbre del vacío"
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Music on: Bliss - Muse
Quote: "Mostly I have felt myself becoming a servant of sadness. I am still looking for the beauty in that" Maggie Nelson
Reading: Cuentas pendientes - Vivian Gornick
miércoles, 24 de noviembre de 2021
La costumbre del vacío

Dejé el alcohol hace tiempo y no me han dado ganas de volver a él realmente. Se supone que con eso debería haber bajado de peso; conozco gente que deja el alcohol y con eso, sólo con eso, transforma su cuerpo. Para mí no. Hace años aprendí a andar en bici y rápido se me hizo hábito salir todos los domingos a pedalear unas cuatro horas. Mi novio me dijo, entonces, que así seguramente iba a perder peso. También pasa que gente comienza a moverse más de lo usual y pierde peso. Pero bueno, a mí tampoco me pasó.
A los veintitrés hice mi primera dieta y en los siguientes años, intenté no sólo dietas, sino varias cosas que mi falta de constancia y mi llanto continuo (o mi cuerpo, mi genética, no sé) me impidieron concretar: ejercicios crónicos: clases de todo lo que se pueda: spinning, step, zumba, body pump, kick boxing, natación, ejercicios de fuerza. Incluso me compré el famoso lema de que “si no duele no sirve”, y entré en una dinámica de sufrimiento, hambre y privaciones que tampoco me llevaron al éxito. Siempre que bajaba algunos kilos los recuperaba eventualmente. Y sé que esto puede tener muchos nombres: falta de voluntad, de disciplina, de constancia, de aguante, la verdad me da lo mismo. También sé cuánto hice para lograrlo (no es que ame ser una gorda), pero fracasé en absolutamente todo. En algún momento alguien me dijo que si tomaba té de diente de león seguro perdía peso. Comencé a tomar un litro diario. Sólo conseguí enfermar mis riñones. Luego, como el sentido común lo dicta, comencé a hacer ejercicio en exceso, casi todos los días, todo lo que podía y hasta lo que no podía. En dos meses de esos esfuerzos tampoco bajé de peso, en cambio me lastimé las rodillas. Un doctor me dijo que yo no debía hacer nada de esos ejercicios, que tenía un defecto en los huesos y que si seguía insistiendo en la elíptica y el zumba sólo iba a lograr lastimarme más. Y vaya, yo no quería eso, y ni modo, me quedé sentadita admirando la manera en que Murakami, que empezó a correr a sus treintaitrés, hacía maratones, y al hacerlos me recordaba mi fracaso, yo, que a esa edad ya tenía dolor de rodillas.
No tengo madera para lo que se necesita para lograrlo, pensé. Y eventualmente lo asumí, no siempre es ley que si uno se esfuerza logrará lo que quiere, a veces el esfuerzo no alcanza, a veces hay muchos factores que están ahí para impedir el éxito. En esta vida, mientras sea posible, uno puede decidir qué batallas quiere seguir peleando. Yo dejé de pelear; me resigné a que no todos podemos medirnos con la misma vara y que me tocaba asumir el fracaso.
Empecé a pensar muchas cosas, más bien, me di cuenta de que muchas de esas cosas ya las tenía en la cabeza, por ejemplo, mientras contaba mis calorías y me comía mi medio bolillo para el desayuno y mi única tortilla para la comida y me preparaba mentalmente para la lata de atún de la noche; o bien cuando hacía repeticiones en el gimnasio o cuando me bañaba en sudor y también en lágrimas y no se notaba la diferencia. Entonces, un día, todas esas cosas que había estado pensando las escribí.
También hice un recuento de hechos duros y estadísticas, así como de testimonios encontrados por aquí y por allá, tanto de gente conocida como desconocida, y me pareció que era importante complementar mis ideas con estos hallazgos. Comencé a darme cuenta de que mucho de lo que se decía en el mundo sobre el hambre, el ejercicio y el cuerpo ideal estaba equivocado. No tomo refresco y sin embargo soy gorda. Como frutas y verduras y dos litros diarios de agua y eso tampoco parece ser algo que repercuta en el tamaño del cuerpo. Me puse a pensar en por qué si estaba haciendo las cosas bien no tenía éxito. Y sentí que, si no podía arreglarlo ni entenderlo, al menos debía escribirlo.
Poco a poco todo lo que escribí se convirtió en un libro. Un libro que no pretende glorificar el fracaso ni abrazar la mediocridad, sino simplemente contar su historia y sus vericuetos, los errores y trabas, las dificultades; un libro que tampoco quiere justificar, sino sólo decir las cosas como son; un libro que cuenta, que mide y que pesa. Pensé que era importante asentar cómo fueron los procesos y cómo me fui topando con los hechos, también quería reproducir la desesperación y la necesidad de querer entrar en una talla o en un modelo de cuerpo. Yo quería hablar del hambre y de la locura que implica privarse de comer porque la saciedad deja de ser un estímulo normal biológico para convertirse en un mecanismo de culpa; hablar del hambre y de la privación voluntaria por la comida.
El resultado fue La costumbre del vacío, que se publicará con la hermosa editorial LibrObjeto, con quien estoy muy agradecida por haberse arriesgado a tener en su catálogo un libro incómodo y extraño que sin embargo contiene cosas necesarias y dolorosas. Por mi parte, como me cansé de seguir intentando perder peso, enfoqué mis esfuerzos en la escritura, y en que con ella pudiera cerrar un capítulo y así dejar de refugiarme en el vacío como religión, como una costumbre que por ser gorda tenía que obligatoriamente conservar.
Ya para terminar, hay un hecho consignado en el libro que no deja de darme vueltas en la cabeza. Hay gente que muere de hambre en el mundo, porque no tiene nada qué comer; mientras en otros lugares hay gente que tiene todo a su alcance y decide voluntariamente dejar de alimentarse porque hacerlo implica una culpa enorme, una vergüenza, un fracaso. ¿Por qué sucede esto? ¿Qué está tan mal en nuestra sociedad para que la gente se someta a eso? Es una pregunta que no he podido responder completamente, pero al menos he dejado de consagrarme a ese dios del cuerpo esbelto al que se le adora y se le ofrenda con hambre. Escribo estas últimas líneas mientras me como un plato de cereal con plátano y leche, cosa que antes estaba prohibidísimo y me generaba una culpa inmensa. Ya me cansé de estar hundida en tales aguas. Quizá soy una mediocre, si me lo dicen puedo vivir con eso, siempre que me dejen comer.
Este texto fue publicado originalmente en Los Ojos del Tecolote.
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Music on: Strange - Celeste
Quote: "Ser estúpido es una elección personal y no necesariamente hay que llevar uniforme para ejercer ese maligno talento." Nona Fernández
Reading: Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio - Andrea Chapela
lunes, 8 de noviembre de 2021
El comienzo
Un día, por ahí de 2017 mandé un poema a un concurso. Y ganó. Es curioso porque este poema lo estuve trabajando en un taller y me dijeron que era muy largo, que no se entendía bien, y medio me desanimé, pero decidí no hacer caso y hacerlo más largo y más críptico. Siempre hay ojos que opinan distinto, afortunadamente. Lo pongo aquí porque se publicó en un librito que no sé si se consiga, la verdad, y pues es un poema que me gusta.
El comienzo
Cayó el invierno sobre tus párpados y el cielo se pasmó
de rojo.
Tardé el llanto en limpiar la sangre que no era tu
sangre,
el cansancio marchitó los ímpetus
y volcó su savia en los dedos de la plaga.
Querido:
Voy a contarte
ahora la historia del comienzo.
Desde la espuma de lo perdido,
una última oración quiso quebrar la sincronía del tiempo.
Los días pasaron en silencio,
cuidaban palabras que, como las piedras, resistían los
embates del
vacío.
Dormí gritando sentencias que nunca habrían de conocer el
aire
y desperté en un lecho desconocido
que se iluminaba penosamente con la calma del amanecer.
Tenía los ojos dirigidos al norte.
—Al norte, hubieras aprendido a decir, al norte.
Porque aunque todavía no lo sabías,
hacia allá alumbraba la estrella de tu nombre.
Decidí llamarte Arturo, no por el rey glorioso, sino por
el astro,
porque la memoria de mis padres apuntaban a noches largas
de mirar
estrellas,
a jornadas limpias de avistar centelleos y aprender
constelaciones.
Al norte, habrías dicho, ya en tus primeros años
y en tu palabra comenzaría el aprendizaje
y el observar los astros como legado.
Cuántas veces quise mostrar el cielo a tus brazos
tiernos,
enseñar las letras a tus labios y las nubes a tu frente.
Y quise también ser el regazo que sofocara la tristeza;
pero fui sólo la mano que juntó la tierra para tu
apresurado descanso.
Querido:
Mienten los que
dicen saber lo que se siente.
No es sólo el deseo por revertir lo hecho,
es el silencio helado entre la carne y el escalofrío que
surca
incluso las lágrimas;
no es el tiempo que ha faltado ni el error desconocido,
es esa suerte de hueco que me dice que de algo sirve el
lamento,
esa urgencia de decirte todo, aunque no lo haya
comprendido,
el deseo de enunciar con cuidado cada letra
para construir una verdad que me haga menos insatisfecha,
es esa gotera roja que no acaba de arder en mi vientre
y que busca echar raíces
pero no puede.
Apenas te supe tuve un sueño:
una voz me cantaba que tendrías unos ojos grises que se
irían
haciendo oscuros con el tiempo.
Poco después el vaivén de tu pequeño cuerpo empezó a
hacerse lento.
Y cuando dejé de saberte entendí que el sueño era un
anuncio,
oráculo de verdades temibles:
el negro de tus ojos era la hoz que extendía la oscuridad
hacia adentro.
Querido:
El refugio se
secó y sólo tú supiste que la noche sería
la única
linterna.
Yo llenaba el cántaro encerrando un tiempo,
cantaba a la nada esperando un eco de regreso.
Dolía la espera,
de mirarla tanto le hallé el cuerpo:
un anfibio deforme con múltiples lenguas y hedor a
incienso rancio:
tenía pestañas poderosas como fauces que rompían las
sábanas,
gritos burbujeantes de estertores flotaban de su
mandíbula
y siluetas deformes se agazapaban en los pliegues de su
propia baba.
Como una niebla ingrávida,
mis cobardes palabras flotaban fracturadas.
Querido:
Comencé a
hablarte porque no sabía.
Di las lecciones que no podía esperar hasta mirarte,
pensaba en el futuro ignorando que tus respiros de bruma
volvían el aliento al fondo,
a la cueva vedada a los pedazos de mi boca.
Entre la ciega angustia de la ignorancia,
el tacto pulverizó los atajos
cual vuelo impostergable de pájaros furiosos.
Mi mano comenzó a temblar deshecha en la profundidad de
la madrugada.
Piel adentro la quietud reinaba,
la semilla marchitada se dolía de desesperanza.
Entonces las preguntas empezaron a llover de la estancia
y,
como hormigas ponzoñosas,
cada una caminaba hasta las raíces de mis huesos:
qué sendero andar para dar fin a lo que nunca tuvo
inicio,
qué poner en tu piel recién bañada,
cómo arreglarte el ceño si aún no te conocía,
qué atuendo vestiría la noche,
con qué alhajas de adiós se adornaría.
La duda estaba instalada con un zumbido de ponzoña,
con olor a vinagre y sal envejecida.
Querido:
Tu cabello
apenas crecido cascabeleaba despacio al ritmo
de la angustia.
Que nadie sepa de las sombras, me dije.
Que nadie note que no puedo deletrear esa verdad
amagada entre mis pestañas entumecidas.
Que nadie hable de esta certeza helada que marca el
sendero
del desierto.
Quise contarte que esto no fue así todo el tiempo.
La realidad no nos derrumbaba y se podía dormir en calma;
pero la presencia constante de la verdad derrotaba mis
intentos,
y ahora sólo tenía entre la carne
un anhelo agujerado con la constancia abatida,
y esperaba cuervos que llegarían hambrientos, volando
impetuosos
con sus plumas de hierro,
a deshacer la sábana con que tapaba mis intentos.
Querido:
He cuidado de ti
mirando el reino de los insectos.
Te hablo y te imagino con la devoción que enciende la
ignorancia.
—Mira a la distancia, te digo,
un rayo de sol asoma y pinta las montañas de rosa.
Mira los árboles, las estrellas, el mundo entero, te digo.
Pero las cosas las miro sola
y las imagino a través de tus ojos desconocidos,
tus ojos:
la negrura y el presagio que no supe entender en tus
ojos.
Estoy atrapada en un tiempo que no comprendo,
y tengo nada más diez uñas que no alcanzan,
diez uñas quebradas que no pueden salvarte del encierro.
Querido:
No dejé de
alimentar lo que creía eran tus latidos.
Mis venas irrigaban sangre viva a las cavernas del gélido
silencio,
hasta que un escalofrío despertó mi conciencia errada
y el grito de todos los muertos retumbó en la calidez de
mis empeños.
Querido:
Quiero
convencerte de que esto es sólo la puerta del comienzo.
Esta tierra no es la desembocadura de los esfuerzos
arrojados al vacío,
no es ésta una cárcel sino una puerta a amaneceres que yo
no
pude regalarte.
—Ya no temas, te digo,
hoy es el último intento.
He contado trescientos sesenta y cinco días y aún más
porque ignoro el momento exacto,
la noche me engaña, el hormigueo nunca fue el mismo.
He cumplido tu primer año, querido, porque es el tiempo
que dura cualquier ciclo.
Escucha una última vez
cómo mis manos escapan de los frescos bordes de la
tierra:
hoy la mezcla de barro y agua
llegará a protegerte más de lo que yo he logrado.
Pronto vendrá la hora de remover el luto,
espera,
hay rituales que deben continuarse hasta que la memoria
les permita la consagración;
yo te enseñaré,
con la alegría del primer descubrimiento,
qué significado guarda el pasar de los astros
y te seguiré hablando hasta que mi voz se acabe
o lleguen las lágrimas a florecer el campo.
Ya no hay nada que te ate a mis inútiles deseos,
pronto habrá tiempo para perdonar los recuerdos,
para cambiar las flores de esta vida por un sueño.
Erigiré un palacio, donde el silencio sea palabra
y la oscuridad incendio,
aquí, en las fuentes de plata que salvan el cauce de los
naufragios
y encienden los precipicios hasta la llegada del alba.
Llegará un último granizo para cortar la oscuridad
tiránica
y fracturar las rejas que alimentan la humedad de las
tinieblas.
Quiero creer que el futuro no te hará desaparecer por
completo,
que entre la niebla suave del silencio encontrará tu voz
su camino
y que los mismos astros que me enseñaron a hablarte
llevarán entre tu mano la llave de un mejor camino.
El monstruo de la espera recuperará la forma primigenia
de las buenas nuevas;
y mis uñas, maceradas de intentos,
habrán de retirarse de su guardia de nostalgia y
sufrimiento.
Querido:
tus cuencas
informes ya no serán presagios,
nacerá una
última luz para atravesar la tierra,
con pasos
inaudibles
marcará la pauta
del comienzo.
***
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Music on: A sky full of stars - Coldplay
Quote: "La mente es como un trineo inmundo que nos arrastra por malos caminos dejando huellas para que nos atrapen." Ariana Harwicz
Reading: Los pequeños macabros - Yesenia Cabrera
martes, 2 de noviembre de 2021
28 de octubre y la nueva alegría
miércoles, 1 de septiembre de 2021
La "salvación" del olvido
“Quizá sobreestimamos la memoria. Quizá es mejor olvidar. Denme el Proust del olvido y lo leeré mañana”, escribió Francisco Goldman al rememorar a Aura Estrada y el dolor que le causaba su muerte. Creo que todos hemos coqueteado con la idea de que el olvido nos salvará del dolor, pero el dolor ¿no es acaso parte de la vida?
Hace unos días volví a la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, de Michel Gondry. Volví y reconfirmé que el final no es un final feliz. Quizá en 2004, cuando salió por primera vez, en mi ingenuidad sí me pareció la alternativa perfecta, romanticé las segundas oportunidades y me pareció hermosa la posibilidad de deshacerse de aquello que lastima. En aquel año tenía varias cosas que quería borrar y obviamente una perspectiva bastante cerrada al respecto. Hoy afirmo sin miedo que el olvido es más doloroso que todo recuerdo.
La premisa de la película es muy coherente y universal, ¿a quién no le ha sucedido que después de una experiencia devastadora, lo único que quisiera es no haber tenido que pasar por ahí? Y, además, ¿cuánto tiempo nos atormenta terriblemente un recuerdo que se clava en la memoria y por más que queramos no lo podemos sacar? ¿No incluso pensamos que seríamos felices, muy felices de no tener ningún registro al respecto? En la película se obtiene esa posibilidad mediante un método que más o menos resulta convincente y, entrados en el pacto de ficción con Gondry, lo compramos sin problemas a pesar de las nebulosas bases científicas que nos presenta.
Joel y Clementine mantienen una relación que se podría tildar actualmente como “tóxica”. Se aman, sí, pero es tan intenso el asunto y ambos son tan apasionados en sus propias formas que terminan haciéndose daño (esto es tan asquerosamente real y en otro momento habría que hablar de si eso es o no amor). De modo que se separan de manera dolorosa y su forma de aliviar ese dolor es el olvido de la existencia del otro. Clementine acude a una suerte de clínica en la que se encargan de borrar todo recuerdo relacionado con Joel. Joel eventualmente termina en la misma clínica rogando por el mismo “tratamiento”. Pero Joel tiene una serie de revelaciones en el proceso y ante ciertos episodios (que pasan frente a sus ojos mientras sucede el proceso de eliminación) siente arrepentimiento.
El hecho es que, aunque su relación estaba llena de cosas horrorosas, también tuvo sus luces y sus alegrías. Es clásica la escena de ambos acostados sobre el río congelado en una burbuja de perfección del instante. “Podría morir ahora mismo, estoy exactamente donde quiero estar”, dice Joel. Ahí está la evidencia más grande de la luz y belleza de sus encuentros, de la felicidad, y de esa sensación de perfección que lo hizo sentir que ya ha terminado de vivir y puede morir en completa paz.
Tiempo después de la ruptura, mientras el cerebro de Joel está siendo analizado y los técnicos focalizan los recuerdos que debe borrar, él, desesperado, busca comunicarse con ellos: “Déjame conservar este recuerdo”, les implora, pero el sedante no le permite moverse ni hablarles. Joel quiere resistirse al proceso y tiene un leve grado de éxito porque algunos recuerdos de Clementine permanecen. Y es por esos recuerdos que eventualmente da con ella y le hace ver y recordar lo que fueron.
Después de muchas vueltas y escenarios de locura ingeniados por Gondry, que remiten bastante bien a lo que suelen ser los sueños, Joel y Clementine se encuentran de nuevo en la realidad, aún a pesar de que ambos han sido “borrados” de la mente del otro. En su momento me pareció hermoso que pudieran hacer las cosas bien, pero luego pensé ¿cómo lo van a hacer bien si no tienen registro de lo que hicieron mal? Jamás van a aprender de sus errores y si uno no puede aprender de ellos es casi un hecho que la inercia de la propia personalidad bajo las mismas circunstancias va a desembocar en los mismos resultados.
El momento en que coinciden y deciden recomenzar es una epifanía, y, aunque se dan cuenta —mediante las grabaciones de sí mismos que rescataron (o robaron) de la clínica— de lo que les ha sucedido deciden retomar y tratar de no romperlo todo otra vez. Su decisión es tal porque no tienen real registro en la memoria al respecto, ¿acaso unas grabaciones serán suficientes para ayudarles? Les ha faltado la experiencia, el recuerdo, la verdadera catarsis. Podríamos pensar, y quizá yo lo hice en su momento, que el amor lo puede todo y que, como ambos se amaban intensamente era imposible que no volvieran a estar juntos; incluso podríamos refugiarnos en el pensamiento de que estaban hechos el uno para el otro o algo así. Sin embargo, existe algo terriblemente triste en su situación: lo que se esconde bajo ese final “esperanzador” es la lección de que el olvido nunca es una opción para ser más felices, en este caso les funciona como un placebo, pero no es difícil vislumbrar que al final terminarán odiándose y sufriendo, exactamente como la primera vez antes de olvidarse.
Gondry, además de la historia principal, enfoca el tema del recuerdo dañino a otros de sus personajes. El doctor líder del maravilloso olvido se ha valido de su invento para fines propios y repulsivos. Ha borrado la memoria de su asistente tantas veces por su propia cobardía y para “no lastimarla”. Así, es incapaz de asumir el sinnúmero de aventuras sexuales que ha mantenido con ella y que no conviene que ella tenga presente. Esto es terrible. El olvido no debería ser jamás una solución.
La vida tiene sus dolores y no hay forma de escaparlos. El olvido de este dolor no es una salida, al contrario, es una condena que nos llevará a andar los mismos pasos. Sólo el recuerdo y por supuesto el aprendizaje podrá salvarnos. Gracias a esa lucidez, de repetirnos hasta el hartazgo todas esas cosas que incrementan el dolor, acaso podremos aprender para no repetir. El recuerdo forja lo que somos y en este hipotético planteamiento, al ser como nuestros ingenuos personajes, estaríamos optando por un olvido que irremediablemente nos llevaría a cometer los mismos errores de nueva cuenta.
¿Qué deberíamos elegir, si pudiéramos? Yo, aunque me lastimen, prefiero una buena carpeta de recuerdos antes que el olvido que, de paso, me estará perdiendo también a mí misma y a la que seré a partir de la experiencia.




