"La literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a todas partes" André Breton
martes, 3 de enero de 2012
Oración II
1. un relámpago breve
2. el aleteo de una mariposa que no altera el otro lado del mundo
3. el miasma en que me retuerzo
4. huesos dobles pudriéndose en el suelo
5. insectos mordiendo el melancólico silencio
6. la placenta de tu madre que bebo para que no nazcas
7. tu latido lento que me hace gritar hasta la sordera
8. tu nombre iluminado
9. ojos vivos devorados por hormigas gigantescas
10. Can Cerbero esperando en las puertas del cielo
Mi noche tiene ictericia en las pupilas y adolesce de tus manos.
En la esquina de tu cuarto espero tu fantasma, entre las sombras,
porque el incendio que pinta la aurora es suficiente para enloquecerme.
otro relámpago / todo el hielo de mi voz posado en tus entrañas / tu madre sangrando el calor de tus posibles pasos / tu nombre asesinado
Lo que sí sé de cierto:
no hay salvación
para el alma que alumbra sus huellas
con estrellas muertas.
Music on: Ruby rises - Oren Lavie
Quote: "Yo, ahora, como conclusión provisional a un largo destino"
Reading: Sputnik, mi amor - Haruki Murakami
domingo, 25 de diciembre de 2011
Fin de año
Conteo de los daños: en el año que termina gané los kilos que perdí con mucho esfuerzo durante meses del anterior, hallé un par de arrugas nuevas, resequedad en el cabello, falta de chispa, de belleza, en general; cosas nimias, que les pasan a todos, no tantos daños, creo yo. Por otro lado conocí gente que me enseñó cosas, me embarqué en la aventura de la independencia de la casa familiar, reuní nuevas experiencias gratas, y gracias a las no gratas pude aprender.
Por fin eliminé a esa persona del facebook, borré sus números de todos los gadgets, y aunque siga en mi memoria, ya no lo marco, ni por nostalgia, ni para ver si de casualidad, en su casa, se encuentra y levanta la bocina. Dejé de pensar inútilmente en la gente que no se preocupa por mí y traté de voltear los ojos a aquella que sí lo hace, que lo demuestra, que lo intenta. Logré sufrir un poco menos.
Renuncié al amor, hace un año, lo recuerdo bien, me encaminaba a la desesperanzada certeza de que el amor no habría nunca de tocar mi puerto y lo sufría estoicamente; hoy ya no lo sufro, lo acepto, lo dejo ser y lo agradezco. Me concentro, mejor, en las cosas que me interesan: el arte, la literatura, la música, las amistades sinceras, las cosas que pasan en mi cabeza. Antes solía pensar que a pesar de todos los sufrimientos que el amor ocasiona, aquella batalla valía la pena librase a cambio de los momentos de satisfacción y alegría; hoy ya no creo eso, no vale la pena llorar por noches enteras, torturarse por no saber cosas, por no tener lo que uno espera del otro, sufrir constantemente por no entender nada. No vale la pena.
Fue un año de aprendizaje, si así lo puedo llamar. Entendí que lo mío, lo mío, no es la vida del académico especializado en letras que destruye y analiza las obras literarias hasta encontrarles cosas que seguramente el autor jamás pensó, ayudándose de teoría literaria de un montón de ociosos, estudiosos y expertos franceses. ¿Qué será lo mío? Todavía no lo sé, sólo disfruto leer literatura, sobre todas las cosas; no soy buena escritora, carezco de talento e inteligencia suficiente para serlo, pero, aunque ya no soy una jovencita, no me angustia no haber hallado aún mi propósito o mi vocación. Ahora estudio, y supongo que después de terminar el ciclo estudiantil del cual sólo sobrevivirá la experiencia, tendré que amoldarme a la sociedad, iré a pedir trabajo a una oficina, me vestiré como la gente decente, pagaré mis deudas, y todas las cosas que se hacen en esta vida. Cuando llegue el momento, veremos.
Los daños seguirán apareciendo, las desilusiones, los amigos que uno cree que están, pero no están, las latosas convenciones familiares, el amor ingrato que aparecerá disfrazado en verdosa aura, los encuentros, los desencuentros, las tristezas, las alegrías, cosas más, cosas menos.
Sólo puedo esperar lo mejor, en medida de lo sano, deseo simplemente que la vida no se complique demasiado, pero no todo depende de uno.
El año que termina me dejó pocos daños, me permitió hacer cosas nuevas, conocer gente y experimentar sensaciones distintas, me siento contenta y agradecida por ello. No tengo quejas grandes, sólo conflictillos mínimos que existen por mi falta de amor propio, mi incapacidad de mirarme a los espejos, mi estupidez nata; cosas nimias, insignificantes.
Prefiero quedarme con lo bueno, con el momento y la conciencia plena del instante. No puedo decir todavía que soy feliz, pero me llena una esperanza extraña, no opiácea ni futil, como siempre, sino algo similar a la contentud, si es que eso existe. En general, estoy bien. Ser feliz, bueno, quizá algún día lo sea.
Music on: Freedom road - The Divine Comedy
Quote: "Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas." Julio Cortázar
Reading: Aquí abajo - Francisco Tario
domingo, 18 de diciembre de 2011
Un secreto (2)
Hace tanto que ya no registro el tiempo,
se levanta un alba igual a la de otros siglos,
despierto de soñar en otro espacio,
un sitio de humo dibujado con nuestros cuerpos enlazados.
Mido mis arrugas con las tazas de café
bebidas bajo tu nombre de soledad y piedras;
revivo en el atardecer la memoria de tus pies y tus esquinas,
tu palabra provista de una promesa iluminada.
Somos rezagos de pinturas incrustadas en las camas,
nuestros destinos vigilados por las Moiras
son el fantasma de un tiempo eterno,
una bestia de fauces insaciables
que sólo calma su hambre con mentiras.
Del fulgor de una palabra de tus labios
hoy queda la materia huésped de un prado inhóspito,
la huella creciente de lo incierto,
de que hemos de perecer después del beso,
sin memoria
igual que el polvo detrás de los zapatos,
como el sueño que poco salva este mundo tan pesado.
Despertar
es alzar la cara al cielo y encontrarlo del color de la muerte,
tocar sus dedos para caer de nueva cuenta entre la vida,
y recordar que somos parte de un prístino secreto
que retumba con decoro en las ventanas.
Todavía vivimos en el mundo.
En las noches limpio mis almohadas con la brisa del instante;
visitas mi cuerpo ávido del tuyo, nos juntamos en deseo por unos momentos, robándole una estación al resto del tiempo.
Desapareces al punto de la siguiente hora, como si tu presencia fuese títere del limbo.
Sé que ningún minuto es capaz de guardarnos
y que el reloj en tu muñeca es la guadaña que se acerca lentamente a nuestros cuellos.
La verdad más fría del mundo no es la muerte, sino lo eterno.
Hoy tenemos un miedo más antiguo que el tiempo que también tememos,
en nuestras espaldas se eriza el infinito: es el terror por la vigilia que se apila poco a poco en ahogados suspiros.
Habremos de sobrevivir a ese absorber simultáneo de deseo.
Dormir será un tumulto de agonía, preámbulo a la luz que nos destroce los ojos para siempre.
No moriremos todavía.
Necesitamos más delirio,
deseamos menos silencio anidándose en la garganta propia,
menos verdad y más sueños compartidos,
más amor de felicidad vestido.
Viviremos un día más, en el mismo palpitar incierto
sostenidos por una clepsidra en pausa
y un secreto.
Music on: Sonata IX - John Cage
Quote: "el mundo desgraciadamente es real" Jorge Luis Borges
Reading: Casa de campo - José Donoso
martes, 6 de diciembre de 2011
Eterno Retorno
Sé que todo es mutable. Pero también sé que a mí la vaciedad no me abandona. A veces es sólo el engaño de que estoy plena, o es que la plenitud es tan fugaz que parece ilusoria, igual que la felicidad, no así la nostalgia. Cada quien tiene sus retornos a lo mismo, inevitables.
Me detesto por ese regreso, por escribir las mismas sandeces. Concluyo que no tengo talento para nada, que esto de escribir es sólo una fuga que ni siquiera tiene pretensiones artísticas que la justifique (pero si hablamos de las mil cosas para las que no tengo talento, nunca paramos pues son demasiadas, cada una saltando a la cara en el peor momento). Me pierdo.
No puedo escribir nada mejor, lo he aceptado, no se trata de talento, a veces creo que ni de disciplina; es ya como una mala costumbre esto de agarrar el blog (o el cuaderno que según es para las cosas privadas, da igual, al final nadie lee y mi pobrecito blog se llena sólo de spam). El problema es que me esfuerzo, me esfuerzo para escribir cosas mejores, en leer a los grandes e inspirarme con ellos, pero la mayoría de las veces sólo termino plagiando alguna de sus excelentes frases y las vuelvo un chiste, un pretexto más para mis depresiones, vacíos, faltas y tristezas.
Así soy, primordialmente, con faltas acumuladas y esfuerzos echados a perder. Con todo, he aprendido algunas cosas, una de ellas, muy importante: no esperar nada de los demás, dejar que den lo que me puedan dar… y listo. Me creo el cuento de que es mejor "que me de igual" y sencillamente opto por adaptarme a lo que el otro puede ofrecerme (porque yo siempre doy más y eso ya se demostró que no lleva a nada bueno) y me mantengo en ese standard que ha establecido la otredad. Pero de alguna manera que nunca sé anunciar, aquel otro se aburre, se fastidia, algo se le funde, deja de interesarse. Y yo me quedo en el mismo estado en que inicié, tratando, ya no de obtener más, sino de conservar eso poco que existía. Y de todos modos no sirve de nada.
Me regresa el vacío, el esfuerzo que no tiene ningún fruto. Sé que todo tiene que llegar a un fin, y es terrible, porque trato de que el fin tarde más en aparecer y devorarlo todo. Sé que no podemos soñar en conjunto eternamente, pero siempre es el otro el que decide despertar primero y yo me quedo ahí suspendida, en la falta de entendimiento general.
Entonces escribo, porque no puedo hablar, porque no sabría qué decir, pues no entiendo al otro y porque decir o no decir ya da igual ante las cosas que se perdieron en algún momento y que no se pueden recuperar. Por eso escribo y callo, pues no hay otra manera de sufrir lo que no se entiende.
Y lo peor, soy ridículamente igual a Sísifo, me da asco no poder evitar ese destino. Un final tremendo que dará inicio a otro que tendrá un final tremendo y así y así. Me da asco decir las mismas cosas siempre, y no es porque esté por acabarse el año o porque tenga una crisis del apocalipsis, no, siempre es así, otras formas, otros cuerpos, otras palabras, pero siempre igual, no logro cambiar mi discurso… pero ¿cómo cambiarlo si me siguen pasando las mismas cosas siempre? Una esperanza rota, una desilusión crónica, un espacio onírico fragmentado, un desaliento general por la vida.
Es mi culpa y no hallo cómo resurcir los hechos. No puedo desalienarme de la verdosa esperanza, no consigo dejar de creer. ¿Qué se le va a hacer? Carezco de talento para tantas cosas, mis relaciones afectivas se tornan en un gran signo de interrogación, tampoco escribo bien, así pues, no tengo una fuga que me justifique, no sé llorar como lo hace el resto de la gente. Y aun así soy una romántica incurable y una existencialista fallida, pésima combinación.
Music on: Ara bátur - Sigur Rós
Quote: “Mi palabra está unida al gemido de un espacio desierto" Díaz-Casanueva
Reading: Casa de campo - José Donoso
Me detesto por ese regreso, por escribir las mismas sandeces. Concluyo que no tengo talento para nada, que esto de escribir es sólo una fuga que ni siquiera tiene pretensiones artísticas que la justifique (pero si hablamos de las mil cosas para las que no tengo talento, nunca paramos pues son demasiadas, cada una saltando a la cara en el peor momento). Me pierdo.
No puedo escribir nada mejor, lo he aceptado, no se trata de talento, a veces creo que ni de disciplina; es ya como una mala costumbre esto de agarrar el blog (o el cuaderno que según es para las cosas privadas, da igual, al final nadie lee y mi pobrecito blog se llena sólo de spam). El problema es que me esfuerzo, me esfuerzo para escribir cosas mejores, en leer a los grandes e inspirarme con ellos, pero la mayoría de las veces sólo termino plagiando alguna de sus excelentes frases y las vuelvo un chiste, un pretexto más para mis depresiones, vacíos, faltas y tristezas.
Así soy, primordialmente, con faltas acumuladas y esfuerzos echados a perder. Con todo, he aprendido algunas cosas, una de ellas, muy importante: no esperar nada de los demás, dejar que den lo que me puedan dar… y listo. Me creo el cuento de que es mejor "que me de igual" y sencillamente opto por adaptarme a lo que el otro puede ofrecerme (porque yo siempre doy más y eso ya se demostró que no lleva a nada bueno) y me mantengo en ese standard que ha establecido la otredad. Pero de alguna manera que nunca sé anunciar, aquel otro se aburre, se fastidia, algo se le funde, deja de interesarse. Y yo me quedo en el mismo estado en que inicié, tratando, ya no de obtener más, sino de conservar eso poco que existía. Y de todos modos no sirve de nada.
Me regresa el vacío, el esfuerzo que no tiene ningún fruto. Sé que todo tiene que llegar a un fin, y es terrible, porque trato de que el fin tarde más en aparecer y devorarlo todo. Sé que no podemos soñar en conjunto eternamente, pero siempre es el otro el que decide despertar primero y yo me quedo ahí suspendida, en la falta de entendimiento general.
Entonces escribo, porque no puedo hablar, porque no sabría qué decir, pues no entiendo al otro y porque decir o no decir ya da igual ante las cosas que se perdieron en algún momento y que no se pueden recuperar. Por eso escribo y callo, pues no hay otra manera de sufrir lo que no se entiende.
Y lo peor, soy ridículamente igual a Sísifo, me da asco no poder evitar ese destino. Un final tremendo que dará inicio a otro que tendrá un final tremendo y así y así. Me da asco decir las mismas cosas siempre, y no es porque esté por acabarse el año o porque tenga una crisis del apocalipsis, no, siempre es así, otras formas, otros cuerpos, otras palabras, pero siempre igual, no logro cambiar mi discurso… pero ¿cómo cambiarlo si me siguen pasando las mismas cosas siempre? Una esperanza rota, una desilusión crónica, un espacio onírico fragmentado, un desaliento general por la vida.
Es mi culpa y no hallo cómo resurcir los hechos. No puedo desalienarme de la verdosa esperanza, no consigo dejar de creer. ¿Qué se le va a hacer? Carezco de talento para tantas cosas, mis relaciones afectivas se tornan en un gran signo de interrogación, tampoco escribo bien, así pues, no tengo una fuga que me justifique, no sé llorar como lo hace el resto de la gente. Y aun así soy una romántica incurable y una existencialista fallida, pésima combinación.
Music on: Ara bátur - Sigur Rós
Quote: “Mi palabra está unida al gemido de un espacio desierto" Díaz-Casanueva
Reading: Casa de campo - José Donoso
martes, 29 de noviembre de 2011
Nunca más
Other friends have flown before,
on the morrow he will leave me
as my hopes have done before
Edgar Allan Poe
1.
¿Y cuántas lunas más antes de que tus pasos dejen de acompañar los míos?
Así como sé que la plenitud
es sólo el inicio de la nostalgia
estoy segura de que esas lunas
observadas a placer por mis nebulosas cuencas
ya han sido demasiadas.
Soy realista,
viajando falaz entre los túneles del tiempo
espero el oscuro momento en que dirás que no
para convertirme en la estatua que llora sal y nunca muere.
Mientras tanto
—y ya que jamás niego que soy irremediable—
sostengo tu silencio
y espero, cansada
el más diminuto sobresalto
que me muestre algo más que tu espalda.
2.
Cierto que de esperar me he acostumbrado a tu extraña ausencia
porque estás a mi lado
y aún te desmoronas con una lentitud lastimera.
Espero lo peor mientras a veces
te empeñas en hablar
y en tu palabra primitiva
sin que lo sepas
sostienes fuertemente mi espera.
3.
Pero sucede que también temo que digas que sí.
Gota a gota diluida entre mis órganos, huyo a la verdad más simple,
a que de tu garganta se escape
la canción crónica
que imite al cuervo ominoso que no sabía otro parlamento, siempre igual.
Porque sí
es una esperanza pesada que me acompañará pintando de ilusión todos mis deseos.
También temo que de pronto digas que sí.
¿Cuántas noches más despertará mi oído ante tu fantasma?
Resplandece la melancolía entre pálidos desiertos.
Del insomnio rezagado tejo sombras en la cabeza del tiempo,
con las flores en la estancia hundo el alma sin voluntad por el recuerdo.
Hoy las moscas siembran su nostalgia en la planta de mis pies.
No sé si es la distancia la única y verdadera guadaña del anhelo
o si acaso es la muerte,
la muerte que es igual a la luna —cercana, mutable, definitiva—
la muerte la que invade poco a poco el corazón desencantado,
la muerte que no llega cuando la llamo,
la verdadera artesana de la tortura.
Music on: Another world - Antony and the Johnsons
Quote: “Lo que te estoy escribiendo no es para leer, es para ser.” Clarice Lispector
Reading: Río subterráneo - Inés Arredondo
jueves, 24 de noviembre de 2011
"Porque la idea de un fin es intolerable para mí"
A veces no encuentro manera de decir, el llanto se me va para adentro, ya lo he dicho bastante, pero es verdad, pocas veces lloro ya hacia afuera… hoy no quiero decir, porque decir no siempre salva, hoy quiero que otros digan por mí y callar hasta tragarme todo el llanto en el precioso silencio... Me aterra el ciclo que no deja de repetirse, me cuesta trabajo imaginar a Sísifo feliz.
Me he tomado unas libertades poéticas, básicamente de cambio de género, pero así tal cual, que el escritor admirado, el que sí sabe escribir, Henry Miller, lo diga por mí.
Cuando me dejó, fingía, o quizá lo creyese, que era necesario para nuestro bien. Yo sabía en el fondo de mi corazón que estaba intentando librarse de mí, pero era demasiado cobarde como para reconocerlo. Pero, cuando comprendí que él podía prescindir de mí, aunque fuera por poco tiempo, la verdad que había intentado desechar empezó a crecer con abrumante rapidez. Fue más doloroso que ninguna otra cosa que hubiese experimentado antes, pero también fue curativo. Cuando quedé completamente vacía, cuando la soledad hubo alcanzado tal punto, que no podía aguzarse más, tuve de repente la sensación de que, para seguir viviendo había que incorporar aquella verdad intolerable a algo mayor que el ámbito de la desgracia personal. Tuve la sensación de que había dado un cambio de rumbo imperceptible hacia otro ámbito, un ámbito de fibra más fuerte, más elástica, que la verdad más horrible no podía destruir. Me senté a escribirle una carta en la que le decía que me sentía tan desdichada por haberlo perdido, que había decidido empezar un libro sobre él, un libro que lo inmortalizaría, dije que sería un libro como nadie había visto antes. Seguí divagando extáticamente y de pronto me interrumpí para preguntarme por qué me sentía tan feliz. Al pasar bajo al sala de baile, pensando de nuevo en este libro, comprendí de repente que nuestra vida había llegado a su fin: comprendí que el libro que estaba proyectando no era sino una tumba en la que enterrarlo… a él y a mi yo que le había pertenecido. Eso fue hace algún tiempo y desde entonces he estado intentando escribirlo ¿por qué es tan difícil? ¿Por qué? Porque la idea de un fin es intolerable para mí.
Music on: Black mirror - Arcade fire
Quote: "Seré todos o nadie. Seré el otro que sin saberlo soy, el que ha mirado ese otro sueño, mi vigilia." Jorge Luis Borges
Reading: Un soplo de vida - Clarice Lispector
Me he tomado unas libertades poéticas, básicamente de cambio de género, pero así tal cual, que el escritor admirado, el que sí sabe escribir, Henry Miller, lo diga por mí.
Cuando me dejó, fingía, o quizá lo creyese, que era necesario para nuestro bien. Yo sabía en el fondo de mi corazón que estaba intentando librarse de mí, pero era demasiado cobarde como para reconocerlo. Pero, cuando comprendí que él podía prescindir de mí, aunque fuera por poco tiempo, la verdad que había intentado desechar empezó a crecer con abrumante rapidez. Fue más doloroso que ninguna otra cosa que hubiese experimentado antes, pero también fue curativo. Cuando quedé completamente vacía, cuando la soledad hubo alcanzado tal punto, que no podía aguzarse más, tuve de repente la sensación de que, para seguir viviendo había que incorporar aquella verdad intolerable a algo mayor que el ámbito de la desgracia personal. Tuve la sensación de que había dado un cambio de rumbo imperceptible hacia otro ámbito, un ámbito de fibra más fuerte, más elástica, que la verdad más horrible no podía destruir. Me senté a escribirle una carta en la que le decía que me sentía tan desdichada por haberlo perdido, que había decidido empezar un libro sobre él, un libro que lo inmortalizaría, dije que sería un libro como nadie había visto antes. Seguí divagando extáticamente y de pronto me interrumpí para preguntarme por qué me sentía tan feliz. Al pasar bajo al sala de baile, pensando de nuevo en este libro, comprendí de repente que nuestra vida había llegado a su fin: comprendí que el libro que estaba proyectando no era sino una tumba en la que enterrarlo… a él y a mi yo que le había pertenecido. Eso fue hace algún tiempo y desde entonces he estado intentando escribirlo ¿por qué es tan difícil? ¿Por qué? Porque la idea de un fin es intolerable para mí.
Music on: Black mirror - Arcade fire
Quote: "Seré todos o nadie. Seré el otro que sin saberlo soy, el que ha mirado ese otro sueño, mi vigilia." Jorge Luis Borges
Reading: Un soplo de vida - Clarice Lispector
martes, 15 de noviembre de 2011
Silencio
El silencio es esa respiración del mundo que no hemos entendido pero sí escuchado, algunas veces, hace tanto… cuando este mismo mundo parecía más sincero, más aprehensible, más abierto. El silencio se quedó conmigo después de un adiós no dicho, es esa sensación que yo sigo teniendo y que tú perdiste hace mucho. Creo que es lo que me hace ser yo, todavía yo, ese yo que muchas veces está luchando por no confundirse con el resto.
No es que me haya arrepentido, no. Pero es difícil convertirse en silencioso espectador de lo inasequible. Es complicado quedarse anclado en un mismo punto, poder ver el fin a unos metros de distancia y luego estar en el fin, y cuando digo es estar es eso, estar, quedarse ahí, nada más. Y todavía más difícil es ver y ver y no poder cerrar los ojos, ver cómo estoy yo sola en el fin mientras tú ya estás inaugurando otro principio.
Me engaño a mi misma todos los días, ya sabes, tal vez para no enloquecer y para no tener que ver lo que no he acabado de comprender y que nunca comprenderé. Me engaño y muchas veces tengo éxito al creer esas mentiras, verdades inventadas que vienen a convertirse en todo lo que puedo ser y tengo que ser para seguir adelante (adelante, siempre, porque aunque quiera, el atrás tampoco es posible, porque el mundo, desgraciadamente, es real).
El fin es eso que debería conocer muy bien, pues ya he estado ahí mucho tiempo; sin embargo no deja de lastimarme mi pasividad y mi falta de acción. Cierto que no soy capaz de luchar, de gritar, de moverme. Es una sensación extraña, como un escalofrío eterno, algo que si pudiera nombrar lo llamaría “nostalgia absurda”, es como llorar no por un tiempo ido que no volverá sino por uno que sigue transcurriendo pero se sabe insalvable desde siempre, desde antes de acontecido.
Por eso regreso al silencio, mi refugio, guarida, principio y fin; ahí me escucho ser al lado del mundo que recuerdo, en el instante de la respiración inmóvil soy todavía lo que quiero y no existen más cosas que las cosas propias, pensadas por mi cerebro, órgano precioso que si todavía existe es porque no lo he dejado salir de este espacio. Hablar no sirve de nada, escribir es sólo una terapia que ayuda a sosegar el grito y prolonga la mentira, bendita mentira.
Esta noche respiro con el mundo, me debo a la falta de palabras, reduzco el recuerdo a un paisaje impresionista, desvanecido, de lo que no existe pero es bello. Callo. El silencio prescinde de absurdos (no te contiene); tampoco necesita entendimientos ni requiere de la luz.
Music on: Field below - Regina Spektor
Quote: "porque nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio" Clarice Lispector
Reading: Un soplo de vida - Clarice Lispector
martes, 8 de noviembre de 2011
Rosa a media noche
Tienes tantas ganas de no dormirte que te aferras a mirar la ventana vacía, Rosa, ¿me escuchas? le decía el marido que se retorcía de dolor en el lecho cercano en donde sudaba frío y no conciliaba el sueño. Tienes tantas ganas de no regresar conmigo, pensó, y luego dudó si acaso sólo había pensado o si sus labios temblorosos y secos habían externado el pensamiento.
La situación era la misma desde hacía unas semanas: por una razón que Joaquín no alcanzaba a entender, su esposa se levantaba puntual a la media noche a ver hacia la calle desierta. A veces parecía que lloraba con sus ojos grandes y oscuros que ya no le funcionaban bien. Miraba estática e inmutable hacia un vacío quizá poblado por sus sueños; raras veces hablaba al marido, y cuando lo hacía era como si se dirigiera a otra persona o, más extraño, como si hablara con el de hace treinta años, no al que yacía junto con un dolor constante en la espalda y las piernas. No a ese, aunque fuera el mismo pero diferente por el paso de los días.
Rosa y Joaquín se habían casado hacía treinta y cinco años, ahora el peso del tiempo se cernía irremediablemente sobre los dos, no sólo en las arrugas y los cabellos canos, sino en el tedio de mirarse las caras y encontrar muerta la esperanza de regresar a amarse. El día de la boda Rosa estaba radiante y convencida de que todas sus amigas envidiaban su condición. Los padres de ambos se mostraban contentos. Los jóvenes se casaron en una iglesia de las afueras de la ciudad. Ahora la familia de ambos había muerto o mudado lejos. El matrimonio nunca procreó hijos, cosa que la gente desde un principio auguró como el inicio de su desgracia. Rosa y Joaquín tan sólo contaban con la compañía única del otro, así había sido por mucho tiempo ya, un tiempo pesado y doloroso que regresaba sobre sí mismo para burlarse de su tristeza.
¿Por qué no me contestas? Rosa, vente a dormir, ¿qué haces? Decía Joaquín cada que al despertar a causa del dolor, la veía allá en la ventana, inmutable, callada, muy alerta. Ella usaba vestidos de algodón de color claro y el cabello lo recogía de vez en cuando en una trenza que parecía no crecer más. El rostro de Rosa se iluminaba a la mitad con el farol de la calle en una postura inerte, así, asumía el semblante marmóreo de una estatua antigua maltratada por el tiempo. Rosa, ¿qué tanto miras afuera? Y las respuestas de Rosas eran nulas, su esposa era un fantasma que ya no hablaba.
Esa manía de mirar la ventana a la media noche le había surgido a Rosa una mañana de junio cuando despertó agitada y llorando por haber soñado algo aterrador. ¿Qué te pasa?, le preguntó Joaquín. Con vos imperturbable le contestó: Tuve un sueño horrible, nada más: Estábamos como muertos los dos y un montón de hormigas negras se comían nuestros cuerpos, pero no estábamos completamente muertos, porque sentíamos; yo quise gritar y no pude y las hormigas se me metieron en la boca. Rosa suspiró con un poco de alivio y resignación. Ojalá pudiera dejar de soñar porque mis sueños son una broma muy cruel, dijo en un susurro con los ojos húmedos y la voz quebrada que esperaba una respuesta solidaria de su compañero en la cama. Pero Joaquín no prestó atención. Sufres porque les pones mucho interés, le dijo, yo sueño cosas horribles todas las noches y no me despierto llorando, replicó enojado mientras le daba la espalda. ¿Qué sueñas tú? le preguntó Rosa, buscando aún el mínimo roce de empatía con ella. Sueño lo que sueñan todos, todos los que todavía estamos cuerdos.
Los años de compañía, en lugar de acercarlos, los había alejado abismalmente, sin embargo, en ellos existía una nube de certeza que les decía que no podían dejarse. Calladamente sabían que sus vidas no tenían sentido sin el otro cerca, aunque la cercanía también representara la distancia y con esto una soledad más insoportable. Lo único que se atrevían a afirmarse, cada uno para sí mismo, era que ya era demasiado tarde para todo lo demás. Ambos callaban al respecto. Hacía años que esas reflexiones se habían convertido en un secreto y el silencio era el cómplice cotidiano de una convivencia pacífica y aparentemente desinteresada.
Esa mañana, en la revelación de junio, como Rosa llamaría después a ese evento que la hiciera despertar en lágrimas, el matrimonio no habló más al respecto de los sueños. Entonces Rosa decidió que ya no quería dormir. Al llegar la noche se acostó a la hora habitual: las diez en punto, pero no quiso cerrar los ojos. Se quedó inmóvil a ratos, luego tuvo momentos de inquietud y angustia. A las doce se levantó, jaló con cuidado la silla de madera en la que Joaquín se sentaba a leer el periódico y la llevó a la ventana. Miró la eternidad a través del cristal sucio, el vacío de cemento de la calle y el horizonte apenas iluminado por las luces de ciudad. Se perdió en sus adentros y empezó a soñar despierta, en su mente pensaba en cosas que no existían, modificó su propia realidad y el mundo entero a placer, desde el cuarto que la contenía y hacia el infinito.
Las noches siguientes, Joaquín se daba cuenta de que Rosa se levantaba y se negaba al sueño. Rosa, detrás de la ventana, en el cuarto de los silencios, pensaba poco y soñaba mucho despierta, hasta que decidió que quería programar sus sueños para que éstos no fueran una crueldad al despertar. Entonces se imaginaba cosas menos tristes, casi alegres, no que el marido estuviera tullido para la eternidad en esa cama, ni que sus hermanos hubieran muerto. Pensaba en la Rosa joven, la que era la más hermosa de sus amigas, y en su esposo emprendedor, el gallardo, el tierno. El del rostro varonil y perfecto. A veces pensando en eso sonreía. Sabía que si se esforzaba lograría conciliar el sueño y soñar dormida lo que había ideado despierta; así pasó Rosa algunas noches encontrando el vacío a través de la ventana y llenándolo con las imágenes que le gustaba recrear y a veces, también pensaba en un futuro más agradable. El gris del paisaje externo se pintaba de colores cálidos y el lugar donde alguna vez había crecido el pasto se recreaba lleno de flores y luz.
Luego de unas noches ilusoriamente perfectas en donde lo imaginado se continuaba en el sueño, la realidad también se convirtió en una broma cruel. Casi como le había pasado en la revelación de junio, Rosa despertó agitada pues estaba metida en un sueño maravilloso que había sido interrumpido por el sonido de un camión que pitaba cerca de la ventana. Se sintió triste. El sonido inconfundible de un claxon la llevó al momento exacto en el que Joaquín había tenido el terrible accidente que lo había dejado así. Rosa estaba sudando y lloraba sin control. En un intento por regresar al sueño volteó la cara para ver a Joaquín. Hacerlo fue devastador. En ese instante, como si el tiempo no hubiera pasado, se dio cuenta de lo evidente: que el sueño se había convertido en el cobarde refugio donde su marido se encontraba perfecto. Rosa supo que al despertar la realidad habría de imponerse, lo miró cual era ahora: flaco, enfermizo, con esa gran cicatriz en la mejilla que le quedó sin esperanza de atenuarse siquiera. No pudo ahogar el sonido de su llanto en aumento. ¿Qué te pasa?, le dijo Joaquín. Sollozando no supo contestar ante esa escena que la aplastaba. El marido, sin percatarse, simplemente la regañó por ser tan tonta. Rosa no sabía si contarle lo que había soñado, decirle te soñé como eras antes, cuando éramos felices, también compartirle que esa noche no había visto ni hormigas ni muerte sino su rostro de antaño. Rosa prefirió callar. En el mutismo impuesto por sí misma, Joaquín pronunció una frase que se quedó en el aire como sentencia, lo que necesitas es tener algo que te entretenga, lo que sea que te saque de la cabeza esas manías y obsesiones.
Rosa lloró en silencio todos los días y sus noches por semanas y tuvo terror a quedarse dormida de nuevo. Regresaron las visitas a la ventana vacía a la media noche, hasta que de pronto, en un momento en que el marido roncaba ruidosamente, Rosa encontró otra forma de salvarse. Concluyó que la única forma de continuar con el sueño aún estando despierta era dejar que éste tomara el control de su vida. De modo que hizo que el sueño se trasladara a la realidad al punto en que ya no había diferencia consciente entre lo que era onírico y lo que no. Se dejó llevar a voluntad por la locura y en silencio, como siempre, decidía lo que quería vivir. Entonces imaginó otro mundo real: Joaquín y ella tomados de la mano mientras él la miraba con la fortaleza ausente de melancolía.
Joaquín determinó que ese delirio pasaría con el tiempo, igual que todo pasaba sin quedarse en sus vidas para siempre y se convencía de no otorgarle importancia alguna a los arranques absurdos de su mujer, pero en el fondo sabía que Rosa estaba perdiendo la razón y le preocupaba. Aunque lo que más le angustiaba no era eso sino el hecho de que al estar loca y delirante, se encontraba más feliz, rotunda y bella. Ya no había llantos nocturnos ni insomnios, tampoco visitas angustiosas a la ventana o agitaciones por las pesadillas. Rosa dormía profundamente y se levantaba de buen humor. Fue entonces, en una de las extrañas veces en que la escuchó hablar dirigiéndose al hombre que él ya no era, que Joaquín empezó a comprenderlo todo y se tomó la molestia de escucharla con atención. Es que tú andas muy mal, Joaquín, vístete y levántate que mis hermanos van a venir a comer. Y Joaquín la miraba aún con incredulidad ante el delirio pero con ganas de dejarse llevar por él. Es que estás loca, le decía, y ella contestaba sonriendo que sí, que era la locura la que la tenía atrapada y que así estaba bien. Joaquín continuó con los gritos efusivos seguidos por la más fría indiferencia hacia su esposa.
Oye Joaquín, cuéntame, cómo son esos sueños que tienes, ¿te acuerdas?, esos que decías que eran muy feos. Joaquín no soñaba hormigas pero deambulaba la presencia de la muerte. En sus sueños había ríos de sangre que lo ahogaban y precipicios interminables a los que caía. Miró a su esposa con miedo, pero aún quiso seguir en la misma postura. Es que estás loca, loca, le dijo con una voz que dudaba entre la desesperación y la verdad. Sí, si no estuviera loca ya no podría estar viva. Eso fue lo último que dijo Rosa antes de que Joaquín pensara que, de hecho, él ya no había tenido tampoco esos sueños horribles y de que luego se decidiera, un poco de manera inconsciente, a optar por la locura. Mira qué bonito el jardín afuera, Joaquín. Y Joaquín advertía que afuera todo era desierto y gris, pero miró la cara de su mujer, encontrándola un poco más joven y tranquila, le sonrió y sin dudar le dijo: Sí, muy bonito. ¡Mira cuántas flores se ven por allá!
Music on: Lullaby - The Cure
Quote: "Los escritores se dividen en aburridos y amenos. Los primeros reciben también el nombre de clásicos" José Antonio Ramos Sucre
Reading: El huésped - Guadalupe Nettel
La situación era la misma desde hacía unas semanas: por una razón que Joaquín no alcanzaba a entender, su esposa se levantaba puntual a la media noche a ver hacia la calle desierta. A veces parecía que lloraba con sus ojos grandes y oscuros que ya no le funcionaban bien. Miraba estática e inmutable hacia un vacío quizá poblado por sus sueños; raras veces hablaba al marido, y cuando lo hacía era como si se dirigiera a otra persona o, más extraño, como si hablara con el de hace treinta años, no al que yacía junto con un dolor constante en la espalda y las piernas. No a ese, aunque fuera el mismo pero diferente por el paso de los días.
Rosa y Joaquín se habían casado hacía treinta y cinco años, ahora el peso del tiempo se cernía irremediablemente sobre los dos, no sólo en las arrugas y los cabellos canos, sino en el tedio de mirarse las caras y encontrar muerta la esperanza de regresar a amarse. El día de la boda Rosa estaba radiante y convencida de que todas sus amigas envidiaban su condición. Los padres de ambos se mostraban contentos. Los jóvenes se casaron en una iglesia de las afueras de la ciudad. Ahora la familia de ambos había muerto o mudado lejos. El matrimonio nunca procreó hijos, cosa que la gente desde un principio auguró como el inicio de su desgracia. Rosa y Joaquín tan sólo contaban con la compañía única del otro, así había sido por mucho tiempo ya, un tiempo pesado y doloroso que regresaba sobre sí mismo para burlarse de su tristeza.
¿Por qué no me contestas? Rosa, vente a dormir, ¿qué haces? Decía Joaquín cada que al despertar a causa del dolor, la veía allá en la ventana, inmutable, callada, muy alerta. Ella usaba vestidos de algodón de color claro y el cabello lo recogía de vez en cuando en una trenza que parecía no crecer más. El rostro de Rosa se iluminaba a la mitad con el farol de la calle en una postura inerte, así, asumía el semblante marmóreo de una estatua antigua maltratada por el tiempo. Rosa, ¿qué tanto miras afuera? Y las respuestas de Rosas eran nulas, su esposa era un fantasma que ya no hablaba.
Esa manía de mirar la ventana a la media noche le había surgido a Rosa una mañana de junio cuando despertó agitada y llorando por haber soñado algo aterrador. ¿Qué te pasa?, le preguntó Joaquín. Con vos imperturbable le contestó: Tuve un sueño horrible, nada más: Estábamos como muertos los dos y un montón de hormigas negras se comían nuestros cuerpos, pero no estábamos completamente muertos, porque sentíamos; yo quise gritar y no pude y las hormigas se me metieron en la boca. Rosa suspiró con un poco de alivio y resignación. Ojalá pudiera dejar de soñar porque mis sueños son una broma muy cruel, dijo en un susurro con los ojos húmedos y la voz quebrada que esperaba una respuesta solidaria de su compañero en la cama. Pero Joaquín no prestó atención. Sufres porque les pones mucho interés, le dijo, yo sueño cosas horribles todas las noches y no me despierto llorando, replicó enojado mientras le daba la espalda. ¿Qué sueñas tú? le preguntó Rosa, buscando aún el mínimo roce de empatía con ella. Sueño lo que sueñan todos, todos los que todavía estamos cuerdos.
Los años de compañía, en lugar de acercarlos, los había alejado abismalmente, sin embargo, en ellos existía una nube de certeza que les decía que no podían dejarse. Calladamente sabían que sus vidas no tenían sentido sin el otro cerca, aunque la cercanía también representara la distancia y con esto una soledad más insoportable. Lo único que se atrevían a afirmarse, cada uno para sí mismo, era que ya era demasiado tarde para todo lo demás. Ambos callaban al respecto. Hacía años que esas reflexiones se habían convertido en un secreto y el silencio era el cómplice cotidiano de una convivencia pacífica y aparentemente desinteresada.
Esa mañana, en la revelación de junio, como Rosa llamaría después a ese evento que la hiciera despertar en lágrimas, el matrimonio no habló más al respecto de los sueños. Entonces Rosa decidió que ya no quería dormir. Al llegar la noche se acostó a la hora habitual: las diez en punto, pero no quiso cerrar los ojos. Se quedó inmóvil a ratos, luego tuvo momentos de inquietud y angustia. A las doce se levantó, jaló con cuidado la silla de madera en la que Joaquín se sentaba a leer el periódico y la llevó a la ventana. Miró la eternidad a través del cristal sucio, el vacío de cemento de la calle y el horizonte apenas iluminado por las luces de ciudad. Se perdió en sus adentros y empezó a soñar despierta, en su mente pensaba en cosas que no existían, modificó su propia realidad y el mundo entero a placer, desde el cuarto que la contenía y hacia el infinito.
Las noches siguientes, Joaquín se daba cuenta de que Rosa se levantaba y se negaba al sueño. Rosa, detrás de la ventana, en el cuarto de los silencios, pensaba poco y soñaba mucho despierta, hasta que decidió que quería programar sus sueños para que éstos no fueran una crueldad al despertar. Entonces se imaginaba cosas menos tristes, casi alegres, no que el marido estuviera tullido para la eternidad en esa cama, ni que sus hermanos hubieran muerto. Pensaba en la Rosa joven, la que era la más hermosa de sus amigas, y en su esposo emprendedor, el gallardo, el tierno. El del rostro varonil y perfecto. A veces pensando en eso sonreía. Sabía que si se esforzaba lograría conciliar el sueño y soñar dormida lo que había ideado despierta; así pasó Rosa algunas noches encontrando el vacío a través de la ventana y llenándolo con las imágenes que le gustaba recrear y a veces, también pensaba en un futuro más agradable. El gris del paisaje externo se pintaba de colores cálidos y el lugar donde alguna vez había crecido el pasto se recreaba lleno de flores y luz.
Luego de unas noches ilusoriamente perfectas en donde lo imaginado se continuaba en el sueño, la realidad también se convirtió en una broma cruel. Casi como le había pasado en la revelación de junio, Rosa despertó agitada pues estaba metida en un sueño maravilloso que había sido interrumpido por el sonido de un camión que pitaba cerca de la ventana. Se sintió triste. El sonido inconfundible de un claxon la llevó al momento exacto en el que Joaquín había tenido el terrible accidente que lo había dejado así. Rosa estaba sudando y lloraba sin control. En un intento por regresar al sueño volteó la cara para ver a Joaquín. Hacerlo fue devastador. En ese instante, como si el tiempo no hubiera pasado, se dio cuenta de lo evidente: que el sueño se había convertido en el cobarde refugio donde su marido se encontraba perfecto. Rosa supo que al despertar la realidad habría de imponerse, lo miró cual era ahora: flaco, enfermizo, con esa gran cicatriz en la mejilla que le quedó sin esperanza de atenuarse siquiera. No pudo ahogar el sonido de su llanto en aumento. ¿Qué te pasa?, le dijo Joaquín. Sollozando no supo contestar ante esa escena que la aplastaba. El marido, sin percatarse, simplemente la regañó por ser tan tonta. Rosa no sabía si contarle lo que había soñado, decirle te soñé como eras antes, cuando éramos felices, también compartirle que esa noche no había visto ni hormigas ni muerte sino su rostro de antaño. Rosa prefirió callar. En el mutismo impuesto por sí misma, Joaquín pronunció una frase que se quedó en el aire como sentencia, lo que necesitas es tener algo que te entretenga, lo que sea que te saque de la cabeza esas manías y obsesiones.
Rosa lloró en silencio todos los días y sus noches por semanas y tuvo terror a quedarse dormida de nuevo. Regresaron las visitas a la ventana vacía a la media noche, hasta que de pronto, en un momento en que el marido roncaba ruidosamente, Rosa encontró otra forma de salvarse. Concluyó que la única forma de continuar con el sueño aún estando despierta era dejar que éste tomara el control de su vida. De modo que hizo que el sueño se trasladara a la realidad al punto en que ya no había diferencia consciente entre lo que era onírico y lo que no. Se dejó llevar a voluntad por la locura y en silencio, como siempre, decidía lo que quería vivir. Entonces imaginó otro mundo real: Joaquín y ella tomados de la mano mientras él la miraba con la fortaleza ausente de melancolía.
Joaquín determinó que ese delirio pasaría con el tiempo, igual que todo pasaba sin quedarse en sus vidas para siempre y se convencía de no otorgarle importancia alguna a los arranques absurdos de su mujer, pero en el fondo sabía que Rosa estaba perdiendo la razón y le preocupaba. Aunque lo que más le angustiaba no era eso sino el hecho de que al estar loca y delirante, se encontraba más feliz, rotunda y bella. Ya no había llantos nocturnos ni insomnios, tampoco visitas angustiosas a la ventana o agitaciones por las pesadillas. Rosa dormía profundamente y se levantaba de buen humor. Fue entonces, en una de las extrañas veces en que la escuchó hablar dirigiéndose al hombre que él ya no era, que Joaquín empezó a comprenderlo todo y se tomó la molestia de escucharla con atención. Es que tú andas muy mal, Joaquín, vístete y levántate que mis hermanos van a venir a comer. Y Joaquín la miraba aún con incredulidad ante el delirio pero con ganas de dejarse llevar por él. Es que estás loca, le decía, y ella contestaba sonriendo que sí, que era la locura la que la tenía atrapada y que así estaba bien. Joaquín continuó con los gritos efusivos seguidos por la más fría indiferencia hacia su esposa.
Oye Joaquín, cuéntame, cómo son esos sueños que tienes, ¿te acuerdas?, esos que decías que eran muy feos. Joaquín no soñaba hormigas pero deambulaba la presencia de la muerte. En sus sueños había ríos de sangre que lo ahogaban y precipicios interminables a los que caía. Miró a su esposa con miedo, pero aún quiso seguir en la misma postura. Es que estás loca, loca, le dijo con una voz que dudaba entre la desesperación y la verdad. Sí, si no estuviera loca ya no podría estar viva. Eso fue lo último que dijo Rosa antes de que Joaquín pensara que, de hecho, él ya no había tenido tampoco esos sueños horribles y de que luego se decidiera, un poco de manera inconsciente, a optar por la locura. Mira qué bonito el jardín afuera, Joaquín. Y Joaquín advertía que afuera todo era desierto y gris, pero miró la cara de su mujer, encontrándola un poco más joven y tranquila, le sonrió y sin dudar le dijo: Sí, muy bonito. ¡Mira cuántas flores se ven por allá!
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